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La presunción de culpabilidad: Principios (y derivas) de la Justicia poética (IX)

Hace gracia comprobar hasta qué punto la presunción de inocencia está siendo sustituida por la presunción de culpabilidad, sin que se deje oír el más mínimo quejido. Donde mejor se ve no es en las henchidas declaraciones de principios, sino en las aparentemente menos ideologizadas muletillas de la información diaria. Que esa inversión se exhiba justamente en las noticias que reivindican la inocencia de los perseguidos, es para echarse a temblar.

Es el caso de la noticia que da hoy El País sobre las 331 reclamaciones tramitadas por el Ministerio de Justicia en 2010:

Justicia tramita 29 casos de presos inocentes, otros 288 de personas que acabaron como preventivas entre rejas y luego fueron absueltas y otros 14 de detenidos por órdenes de captura equivocadas

dice la noticia. Lo interesante es la distinción entre presos inocentes y preventivos que fueron absueltos, como cuando dice que quienes reclaman han sido víctimas

de autos de prisión contra sospechosos que, tras meses presos, acaban absueltos; y, los más graves, de errores garrafales que llevan a la cárcel a personas totalmente inocentes.

La única razón para discriminar entre unos y otros la concede el ministerio, pero en el último párrafo: “El argumento es que se trata de sospechosos que alcanzan la absolución por falta de pruebas.” Es decir, que salvo resolución judicial expresa que certifique la inocencia del procesado, el ministerio los considera sospechosos con razón y sin derecho a indemnización.

Se trata de un truco legal como otro cualquiera para denegar a los que han sido procesados injustamente el derecho a que se repare su daño. Pero traducir esa falacia oficial como una distinción de hecho en los periódicos, equivale a suponer que quien pasa meses en la cárcel sin que se demuestre su culpabilidad, no es un “preso inocente”, sino un presunto culpable a falta de confirmación oficial.

Alguien que no es totalmente culpable. Todavía.

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