ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La novela, ese invento de la imprenta (IV)

[1] La sospecha metódica es que la literatura en su actual especificidad puede ya comenzar a ser interrogada en tanto que resultado de una mutación histórica sumamente compleja pero de alcances análogos a los de la invención de la escritura fonética o la generalización de la imprenta (y su correlato obligado: el formato libro y la figura del lector privado que inaugura un ámbito nuevo de experiencia: el de la lectura solitaria y silenciosa).

[2] La generalización de la lectura privada y silenciosa es condición de posibilidad de un ámbito nuevo de experiencia que trastoca profundamente la alianza entre las palabras y las cosas, abriéndola en la dirección que va a constituir el espacio de nuestra modernidad. Recordemos tan sólo, a título de ejemplo, tres de las dimensiones de esta nueva experiencia que halla en la lectura privada y silenciosa su instancia mayeútica: la experiencia de un nuevo modo de religiosidad (por ejemplo, Lutero y el libre examen); la de una nueva forma de racionalidad apoyada en la subjetividad como principio (por ejemplo, Descartes y el discurso del método); la de una nueva narrativa prosaica de nuestra experiencia del mundo (cuyo modelo será la forma “novela”), enfrentada a la magia de las antiguas leyendas (literalmente: “cosas para ser leídas”), criminalizadas ahora como obra de la sinrazón (por ejemplo, en las andanzas del Quijote y Sancho). [negrita mía]

[3] El punto de partida, amablemente polémico, podríamos sentarlo parafraseando, tal vez parodiando, las últimas palabras de Les mots et les choses de Foucault, y decir entonces: “La literatura es un invento reciente…” Aunque quizá fuera más cauto y preciso repetir las palabras de su conferencia “Langange et Littérature” (1964), y decir: “…si le rapport de l’oeuvre d’Euripide à notre langue est bien littérature, le raport de cette même oeuvre au langage grec n’était certainement pas de la littérature”.

[4] Nota y cita de Les mots et les choses…

[5] El 31 de enero de 1837, Goethe (en quien reconocemos a una figura emblemática de ese umbral entre el fin del clasicismo de la elocuencia y el nacimiento de la expresividad literaria) le comenta a Eckermann: “La literatura nacional ya no tiene hoy en día demasiado sentido; ha llegado el tiempo de la literatura universal (Weltliteratur), y todos deben trabajar hoy para apresurar este tiempo.”

[6] Nota a la cita de GoetheConversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, 1836-1848. H.G. Gadamer comenta los alcances de este acontecimiento así: “Lo que se incluye en la literatura universal tiene su lugar en la conciencia de todos. Pertenece al “mundo” (Welt). Ahora bien, el mundo que se atribuye a sí mismo una obra de la literatura universal puede estar separado por una distancia inmensa respecto al mundo original al que habló dicha obra. En consecuencia no se trata con toda seguridad del mismo “mundo”. Sin embargo, el sentido normativo contenido en el concepto de la literatura universal sigue queriendo decir que las obras que pertenecen a ella siguen diciendo algo, aunque el mundo al que hablan sea completamente distinto. La misma existencia de una literatura traducida demuestra que en tales obras se representa algo que posee verdad y validez siempre y para todos. [n.m] Por lo tanto la literatura universal no es en modo alguno una figura enajenada de lo que constituye el modo de ser una obra según su determinación original. Por el contraria, es el modo de se histórico de la literatura en general lo que hace posible que algo pertenezca a la literatura universal”. Cfr. Verdad y método, Salamanca, Ed. Sígueme, 1977.

[7]  Una segunda dirección en esta compleja constitución de las condiciones de posibilidades de la literatura la abre la promulgación de la libertad de prensa – En España (donde, aunque suspendido, todavía existe el Santo Oficio) tendrá lugar con las Cortes de Cádiz, en 1812.

[8]  De las consecuencias que acarrea, podrían retenerse dos. Desde el punto de vista del autor, la modificación de su estatuto moral y jurídico (de su autoridad, si se prefiere decir así), es evidente. Recordemos, como un ejemplo más entre mil posibles, las palabras de Nietzsche en una carta a Peter Gast (Turín, 30 de octubre de 1888): “El día de mi cumpleaños he comenzado otra cosa que parece lograse y que se halla ya bastante avanzada. Se titula Ecce Homo o cómo se llega a ser lo que se es. Se trata, con gran audacia, de mí y de mis libros. Con este escrito no sólo he querido presentarme antes del gran acto solitario de la “Transvaloración”, sino que quiero también probar lo que puedo arriesgarme a hacer con el concepto alemán de la libertad de prensa. Mi inquietud es que se va a confiscar enseguida mi primer libro de la “Transvaloración” El Anticristo, y además, legalmente con todo derecho.”

Y en segundo lugar, desde el punto de vista del medio en el que se desenvuelve la palabra escrita, la libertad de imprenta va a conducir directamente al surgimiento de periodismo, y con él nacerá una nueva noción tutelar: la de opinión pública.

[¿Añadir?: Dos nuevas figuras: el crítico y el "intelectual"]

[9] El 24 de julio de 1793 se reconoce “la propriété lettéraire et artistique”, siguiendo los pasos de la sección 8 de la Constitución Federal de los Estados Unidos (1787). La noción de propiedad intelectual será la tercera de las grandes condiciones de posibilidad necesarias para la constitución del espacio de lo que hoy conocemos como literatura.

[10] Sin embargo, sí debería atenderse a una consecuencia mayor derivada de la promulgación de la propiedad intelectual, grave y no tan obvia [como la anterior, su mercantilización]. Se trata del modo como se altera profundamente la repetibilidad de lo escrito (que es el elemento mayor de lo que constituye el “ser memorable” que la escritura le concede a la voz). Desde la transformación forzosa del estatuto de los procedimientos de reescritura legítimos (versiones, refritos, traducciones…, amenazados siempre por la nueva noción de “plagio literario”), hasta el primado y los prestigios de la originalidad que moverá los afanes de toda vanguardia, pueden considerarse consecuencias directas de esta noción. Su paroxismo exangüe debe buscarse en la literatura académica curricular (propia al publish or perish), encenagada siempre en un mar de comillas, notas a pie de página, bibliografías secundarias, etc, que definen, no sólo un género literario nuevo, sino también un modelo de lo que en adelante se entenderá por rigor en el trabajo del crítico o del intelectual.

[11] Se dirá, y con razón, que tal vez no se haya presentado a este debate nada en conclusión sino una serie de afirmaciones tan manidas y sabidas como las que repiten que universidad, mercado y periodismo son hoy aquellas instancias específicas que enmarcan, y de modo estricto, nuestro espacio literario: sobredetermina[n] su producción (si se prefiere, su difusión) y encauzan el consumo (si se prefiere, su recepción). Es cierto. Sin embargo, si nos hemos detenido morosamente en señalar algunos de los detalles más emblemáticos del andamiaje que permite la aparición de un espacio llamado “literatura” ha sido con vistas a aportar a este debate un cierto régimen de atención posible, una inclinación específica para la reflexión, algo como otro ángulo para la mirada. Lo importante no son aquí los grandes condicionamientos exteriores que pesan sobre lo literario (presionándolo, vigilándolo, dirigiéndolo…), y que no son bien conocidos. Lo importante era señalar aquellas condiciones de posibilidad que permitieron su nacimiento y que, aún hoy, la hacen seguir siendo lo que es –hasta tal punto son interiores, indiscernibles pero presentes en cada uno de los gestos que constituyen los hábitos de su práctica. Es verosímil pensar que, si estas condiciones interiores que le dieron nacimiento desaparecieran, la literatura, tal y como hoy la conocemos, desaparecería también –y desaparecería para dar paso a otra cosa cuyos perfiles nos está vedado, nos es imposible siquiera imaginar. En cierto sentido, podría afirmarse que, desde el día mismo de su nacimiento, la literatura no ha hecho otra cosa sino encararse con el augurio presentido de su propia desaparición –y tratar de exorcizarlo, de demorarlo cuando menos… como a sabiendas de que aquello para lo que la literatura nos está preparando, cuyo advenimiento constituiría el triunfo de su noble y dramática tarea de dos siglos, exigirá también su propia desaparición…

Miguel Morey, La invención de la literatura (Apuntes para una arqueología).

Encuentros en Verines 1994.

Archivado en: Ese invento de la imprenta, Leer, escribir, Reporting in progress

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