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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La novela, ese invento de la imprenta (V)

[1] “Acerca del imperio de la Novela en la modernidad, y especialmente durante el siglo XIX, Walter Benjamin, en su ensayo sobre la figura del narrador, se hace eco de una tesis ya convertida hoy en evidencia: la novela, precisamente por ser esencialmente escrita, es la obra de un individuo aislado  y solitario que se dirige a un lector, no solamente anónimo, sino igualmente aislado y solitario (ya que la leerá mentalmente y en privado). Benjamin cita la “teoría de la novela” de Lucácks para recordar que esta forma literaria –la literatura universal– señala “la falta de patria trascendental”. Falta de patria, falta de tierra, falta de naturaleza. Falta de comunidad”

[Nexo: La idea de literatura universal de Goethe, a través de Morey; por cierto, el comentario de Gadamer sobre la existencia del mundo en la literatura traducida, citado también por Morey, nos recuerda los comentarios de Steiner sobre el caso de la traductora rusa de Byron]

[2] Sigue a [1]. “Y, en su lugar, técnica (la imprenta). Es, podríamos decirlo así, el indicador de la <era del individuo> frente  a la <era de la comunidad> señalada por las narraciones orales y los cuentos (consustanciales a la época del artesanado medieval). […] La novela es el escrito de un individuo desconocido dirigido a otro individuo desconocido y en el que se cuenta la historia de uno o varios individuos en cuanto tales (y no en cuanto miembros de una comunidad).

[Nexo: expresión calcada a la de Rancière: desconocido a desconocido]

[3] La precaución de Pardo de la que habíamos hablado, importante: “Y aquí es preciso no invertir la causalidad: no es que la novela, o la imprenta, produzcan un <cambio de época> (tesis que no solamente sería grotesca sino claramente insostenible: ni la cultura ni la técnica tienen tanto poder), es que lo atestiguan”.

[4] “La vida moderna no puede ser narrada en un cuento, sólo puede ser novelada, y no puede ser contada <en común> porque no es <vivida en común> en el mismo sentido en que lo era la existencia en las sociedades premodernas. Los burgueses: gente sin patria, sin nobleza de sangre, sin Dios y sin fe […], plebeyos sin honor, todo urdimbre”.

[5] “Casi podría decirse que la literatura –es decir, la novelística– es una de las pocas creaciones artísticas propia y acabadamente burguesa (o sea, civil, urbana, industrial), y seguramente por eso parece ser aún hoy la más plebeya –la más <popular>– de todas las artes o el más bajo de los géneros literarios.”

[6] “El antes citado argumento de Benjamin sobre la transición de la narración oral a la literatura pasa por alto un hecho importante. Antes de la novela, antes de la imprenta, la trama que se ofrecía a las gentes sin linaje para que consiguieran trabar los acontecimientos que se sucedían en su vivir ordinario también se hallaba escrita en un libro o, más bien, en el Libro (aunque ciertamente ellos sólo conocía este libro a través de lecturas orales convertidas en narraciones, en cuentos, en <historia sagrada>).”

¿Ciertamente? Seguramente es por eso por lo que Benjamin “pasa por alto” ese hecho. Pero no es eso lo decisivo de todas formas para nuestro argumento: porque lo lo decisivo es lo que hizo la imprenta hizo con los libros, también con el Libro: el siguiente  párrafo de Pardo viene de una u otra forma a señalarlo.

 [7] “En el momento en que el Libro se imprime –y ningún otro libro le precede en este honor–, como tantas veces se ha dicho, el creyente puede sentir por primera vez que la trama que  allí se le ofrece para desvelar la oscuridad en la que transcurre su existencia no alude ya al argumento de su existencia comunitaria, no le ofrece la sustancia o el hilo con el que reunirse con los demás […] sino que se refiere a su existencia individual (y esta individualización, que la impresión del Libro lleva a su perfección técnica, estaba ya sin duda prefigurada en muchas prácticas de la pastoral cristiana).”

De hecho, la libre interpretación de las escrituras, la interpretación personal al menos, era uno de los tres rasgos decisivos que Morey destacaba como consecuencias de la lectura “privada y silenciosa” brindada por la imprenta. Y no sólo con consecuencias religiosas: ahí está, por ejemplar, el materialismo poético y rural de Menocchio, el molinero cósmico de Ginzburg (y su condena a la hoguera) .

[8] “Si algo es propio de la novela moderna es, precisamente, que el personaje que la protagoniza (y a cuya construcción como individuo asiste y colabora el lector) es –no importa cuál sea la singularidad de sus rasgos– un <hombre cualquiera> […], un hombre vulgar. Este hombre cualquiera –nada menos que el sujeto de la Declaración Universal de Derechos del Hombre– es, como tanta veces se ha dicho, un molde vacío, tan vacío como el molde de las letras de las cajas del impresor”.

José Luis Pardo, “Ensayo sobre la falta de argumentos”, en Nunca fue tan hermosa la basura, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010, pp. 57-101

[9] “Así pues, lo que hoy llamamos literatura no ha existido siempre bajo esta forma: ésta es una constatación tan obvia como fácil de olvidar. Sobre su olvido se asientan, de hecho, tanto las <historias de la literatura occidental> como –aún más– las <historias de la literatura universal>, e incluso toda la <crítica literaria> […]. No se trata, claro está, de un olvido en el sentido empírico y trivial de la palabra (algo que podríamos resolver atendiendo más cuidadosamente a los hechos), o al menos es un error tan incorregible que sobre él nos sostenemos nosotros mismos en cuanto portadores de nuestra herencia cultural y en cuanto hombres letrados. Pero ello no elimina la intuición de que todo eso que hoy nosotros no podemos comprender de otro modo que como <literatura –Edipo Rey, Don Quijote, Hamlet o La Divina Comedia–> fue, en su momento, otra cosa, una cosa que ahora no nos es posible percibir más que como algo irremediablemente perdido para la literatura y a causa de ella.

De entre nuestros contemporáneos, quizá haya sido Michel Foucault quien ha sostenido con mayor contundencia esta tesis […].”

José Luis Pardo, “Ensayo sobre la falta de personalidad”, en Nunca fue tan hermosa la basura, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010, pp. 103 y ss.

Archivado en: Ese invento de la imprenta

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