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Este blog ya no es lo que era. Ahora es mucho mejor.

Viejos artículos frescos

Por razones que no vienen, de momento, al caso, he tenido que rescatar algunos artículos que escribí hace años. Uno sobre los sin papeles y otro sobre la violencia machista. “Repatriar apátridas” es de 2003 y “El sexo de los políticos y la política de los sexos“, de 2004, y se publicaron en la desaparecida revista Lateral.

Tanto los temas como el enfoque me sigue pareciendo que están de actualidad, a pesar de que, en concreto para el problema de las asesinadas por sus parejas, el porcentaje de las víctimas inmigrantes haya aumentado (aunque no tanto si se discriminan las extranjeras de países de la Europa rica, como es conveniente para saber qué significa en el contexto de ese debate “inmigrante”). Los fragmentos de la carta que, en el curso de una polémica, envié al director de Lateral y he pegado al final del texto del artículo, aclaran por lo demás la tesis de la posesión y el crimen.

Por cierto, que ambas piezas se archivan en la nueva colección “Artículos y reportajes” que he abierto en Scribd.com (más de mil lectores ya para los dos capítulos de Margarita Robles y el ex fiscal jefe José María Mena, extractados de Justicia poética). Esta colección acogerá lo que he publicado durante estos años en revistas cuyos archivos no se encuentran a través de la web.

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El filósofo de la emancipación

Jacques Rancière es, sin duda, el filósofo francés vivo que más me interesa. Aunque poco conocido y menos citado en España, las mejores librerías  tienen siempre unas cuantas obras suyas: alguna en su lengua original, casi todas las demás traducidas por editoriales sudamericanas. Profesor de Estética en París VIII, nacido en la Argelia francesa (como Derrida) en 1940, se ocupa de la filosofía y las ciencias sociales, las revueltas, el arte y la educación, siempre desde un punto de vista político: ¿en qué medida sirve todo eso a la idea y la práctica de la emancipación; en qué medida sirve a su ocultación? Tiene varias obras imprescindibles, pero si tuviera que recomendar una que sirviera de introducción y al tiempo que resultara útil para leer entre líneas muchos de los más acuciantes debates de nuestra actualidad, sería El odio a la democracia (2005).

De la traducción española, disponible en Scribd.com, sólo he consultado la introducción, que pego aquí abajo. Aunque contiene graves errores, siempre es mejor leerlo mal traducido que no leerlo. Un esfuerzo más si queremos se republicanos.

Una joven que tiene a Francia en vilo por el relato de una agresión imaginaria; adolescentes que se niegan a quitarse el velo en la escuela; la Seguridad Social en déficit; Montesquieu, Voltaire y Baudelaire destronando a Racine y Corneille en los textos propuestos en el bachillerato; asalariados que se manifiestan por el mantenimiento de sus sistemas de jubilación; una gran escuela que crea una red de reclutamiento paralela; el desarrollo de la tele-realidad, el matrimonio homosexual y la procreación artificial. Inútil buscar lo que reúne acontecimientos de naturaleza tan discordante. Ya cien filósofos o sociólogos, politólogos o psicoanalistas, periodistas o escritores, nos han proporcionado, libro tras libro, artículo tras artículo, emisión tras emisión, la respuesta. Todos estos síntomas, dicen, traducen una misma enfermedad, todos los efectos tienen una sola causa. Eso que se llama democracia, es decir, el reino de los deseos ilimitados de los individuos de la sociedad moderna de masas.

Hay que comprender lo que constituye la singularidad de esta denuncia. El odio a la democracia no es ciertamente una novedad. Es tan viejo como la democracia por una simple razón: la palabra misma es la expresión de un odio. En primer lugar, ha sido un insulto inventado, en la Grecia antigua, por los que veían la ruina de todo orden legítimo en el incalificable gobierno de la multitud. Ha sobrevivido como sinónimo de abominación para todos los que pensaban que el poder correspondía por derecho a los que estaban destinados por su nacimiento o llamados por sus competencias. Lo es todavía hoy para los que hacen de la ley divina revelada el único fundamento legítimo de la organización de las comunidades humanas. La violencia de este odio es ciertamente actual. No es, sin embargo, el objeto de este libro, por una simple razón: yo no tengo nada en común con los que la manifiestan, luego nada que discutir con ellos.

Al lado de este odio a la democracia, la historia ha conocido las formas de su crítica. La crítica tiene derecho a una existencia, pero hay que asignarle sus límites. La crítica de la democracia ha conocido dos grandes formas históricas. Hubo el arte de los legisladores aristócratas y eruditos que quisieron pactar con la democracia considerada como hecho incontornable. La redacción de la constitución de los Estados Unidos es el ejemplo clásico de este trabajo de composición de fuerzas y de equilibrio de los mecanismos institucionales, destinado a sacar del hecho democrático el mayor provecho posible, y a la vez contenerlo estrictamente para preservar dos bienes considerados como sinónimos: el gobierno de los mejores y la defensa del orden de la propiedad. El suceso de esta crítica en acto ha nutrido muy naturalmente el suceso de su contrario. El joven Marx no tuvo ningún problema para revelar el reino de la propiedad en el fundamento de la constitución republicana. Los legisladores republicanos no habían ocultado nada. Pero él supo fijar un tipo de pensamiento que no está agotado todavía: las leyes y las instituciones de la democracia formal son las apariencias bajo las cuales, y los instrumentos por los cuales, se ejerce el poder de la burguesía. La lucha contra estas apariencias deviene entonces la vía hacia una democracia «real», una democracia donde la libertad y la igualdad no estarían ya representadas en las instituciones de la ley y del Estado, sino encarnadas en las formas mismas de la vida material y de la experiencia sensible.

El nuevo odio a la democracia que es el objeto de este libro no depende propiamente de ninguno de estos modelos, incluso si combina elementos tomados a los unos y los otros. Sus portavoces habitan todos en países que declaran ser democracias en sentido estricto. Ninguno de ellos reclama una democracia más real. Nos dicen, por el contrario, que esta ya lo es en demasía. Pero ninguno se compadece de las instituciones que pretenden encarnar el poder del pueblo ni propone medida alguna para restringir este poder. La mecánica de las instituciones, que apasiona a los contemporáneos de Montesquieu, de Madison o Tocqueville, no les interesa. Es del pueblo y de sus costumbres que se compadecen, no de las instituciones de su poder. La democracia no es para ellos una forma de gobierno corrompida, es una crisis de la civilización que afecta a la sociedad y, a través de esta, al Estado. De ahí todas esas contradanzas que, a primera vista, pueden parecer sorprendentes. Los mismos críticos que denuncian sin descanso esa América democrática de donde vendría todo el mal del respeto de las diferencias, del derecho de las minorías y de la affirmative action que minan nuestro universalismo republicano, son los primeros en aplaudir cuando la misma América emprende la propagación de su democracia a través del mundo por la fuerza de las armas.

El doble discurso sobre la democracia no es nuevo, ciertamente. Nos hemos habituados a escuchar que la democracia era el peor de los gobiernos con excepción de todos los demás. Pero el nuevo sentimiento antidemocrático propone una versión más perturbadora de la fórmula. El gobierno democrático es malo, nos dice, cuando se deja corromper por la sociedad democrática, que quiere que todos sean iguales y que todas las diferencias sean respetadas. Es bueno, por el contrario, cuando moviliza a los individuos reblandecidos de la sociedad democrática con la energía de la guerra que defiende los valores de la civilización, que son los de la lucha de civilizaciones. El nuevo odio a la democracia puede entonces resumirse en una tesis simple: no hay más que una democracia buena, la que reprime la catástrofe de la civilización democrática. Las páginas que siguen buscarán analizar la formación y exponer las apuestas de esta tesis. No se trata solamente de describir una forma de ideología contemporánea. Esta tesis nos elucida también sobre el estado de nuestro mundo y sobre lo que en este se entiende por política. Puede así ayudarnos a comprender positivamente el escándalo que pesa sobre la palabra democracia y a redescubrir lo esencial de su idea.

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Garzón, entre el derecho y la política: cuatro notas

1.- Detrás del espectáculo suscitado por el proceso a Garzón y su investigación sobre los crímenes del franquismo, hay que fijarse en el punto ciego que el debate oculta: que técnicamente es inevitable que la política y el derecho acaben encontrándose (el concepto de estado de excepción sigue ahí para recordádnoslo).

2.-La interpretación de la ley que hizo Garzón para abrir su investigación (que puesto que lo que se investigan son “crímenes de lesa humanidad”, los tratados internacionales suscritos por España están por encima de la Ley de Amnistía de 1977) se funda en el mismo gesto con el que el juez Varela lo procesa: pone nombre a las cosas. El gesto del juez Garzón es ciertamente original,  pero eso no quiere decir que se deba sólo ni principalmente a su “imaginación creativa”, como sostiene Varela. Ahí estaban las desapariciones y los muertos del franquismo, y ahí estaban las definiciones del derecho internacional sobre lo que son crímenes de lesa humanidad: él dice que la cosa encaja en el nombre.  Y para mostrarlo, dedicó sus escritos a describir públicamente los hechos en tanto que crímenes contra la humanidad. El juez Varela, por su parte, dice que esa interpretación es prevaricadora: para decir eso, está diciendo, aunque sin decirlo, que las desapariciones y las muertes no coinciden con la definición de crímenes  de lesa humanidad; y lo dice, además, negando la posibilidad de que en el proceso puedan oírse otras voces que comparten esa interpretación. Esto es, escamotea su gesto fundamental (negar sin afirmarlo que pueda haber tal discusión). A partir de ahí, lo único que el juez Varela puede hacer para sostener su auto, es dar por hecho que las intenciones de Garzón nada tenían que ver con la plausibilidad de esa  interpretación. Y para mostrar la prevaricación se dedica principalmente a la introspección psicológica y a la lectura sintomática de Garzón y sus autos, sin que nada pueda verificarse fuera del mundo interior de cada uno.

3.- El patetismo del Partido Popular, llamando a las armas para defendernos del supuesto ataque a la democracia que supondría criticar las decisiones del Supremo, y dar a entender de paso que la Justicia es imparcial y ciega, y que nada tiene que ver por tanto con la política, esto es, con la guerra civil, deja traslucir precisamente su concepción contraria: que Garzón sea apartado les ahorra a ellos repetir que los crímenes del franquismo deben quedar impunes en base a una decisión política: la Ley de Amnistía. Enfrente, el reduccionismo de ciertos defensores de Garzón, para los que la Justicia en este caso es sólo política, se cubre señalando la identidad de los querellantes (la Falange, etc…), y subliman así su argumento porque tampoco se atreven a plantearlo directamente: ¿es hora de revisar ese pacto por el olvido?

4.-El asunto Garzón no ha despertado ningún proceso político. El proceso a Garzón, tal y como se nos plantea, sólo puede considerarse político en el sentido profesional y corporativista al que esa palabra se ha visto reducida: esto es, es político porque en él se dirime una lucha de clanes, sobre el ruido de micrófonos y plumas y el brillo de las togas. ¿Nada tienen que decir esos defensores de Garzón de los desvelos de la juez invertida, Margarita Robles, tan progresista, para que la suspensión le  llegue cuanto antes? ¿Nada tienen que decir los juristas Populares del auto nominativo del instructor Varela, escrito con estilo de sentencia? La ultraderecha –que no se acaba de creer que le hayan dado vela en su propio entierro– es la excusa perfecta (como leía el otro día en un blog privado) para que ciertos clanes (que incluye a políticos y jueces, y todos los que les cuelgan) se merienden al juez, o lo que para la nueva justicia es lo mismo, al personaje.

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La apuesta de la prensa por los temas propios

Ayer me compré cuatro diarios. Luego no tuve tiempo de leerlos y ordenarlos como quería, para comentarlos aquí, así que vaya por delante que esta nota llega con un día de retraso. Pero me parece excesivo volverlos a comprar hoy. Los datos no cambiarían sustancialmente.

Quería medir el peso real de los temas propios en cada uno de los periódicos, que es la apuesta que siempre se reivindica como clave a la hora de definir la estrategia editorial.

Las portadas de El País, El Mundo, Abc y Público, traían ayer esta proporción entre historias propias (no accesibles al resto; bien porque se trata de una exclusiva, o de un tema propio) e informaciones:

El País: 0/8
El Mundo: 0/8
Abc: 0/4
Público: 0/6

Sólo en la portada de El País se da una circunstancia curiosa  a la hora de calibrar el peso de los temas propios dentro del periódico. El titular de apertura “El fiscal avisa de que hay suficientes pruebas para sostener el ‘caso Gürtel’, no es un tema propio, aunque la información más importante del Gürtel, según la jerarquización interna de la sección, sí vendría a serlo: la última discusión sobre las deliberaciones del TSJM, donde el periódico va un día por delante del resto.

Más allá de ese particular, pues, no hay ninguna discriminación importante en la selección de los temas de portada. Si analizamos la sección “Nacional”, por ejemplo, de los cuatro periódicos, el resultado entre temas exclusivos y comunes, es la siguiente:

El País: 2/16
El Mundo: 1/23
Abc: 1/13
Público: 1/14

Todos los que no eran temas propios ya habían sido publicados antes de que se imprimieran los periódicos.

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Memoria histórica y justicia poética

Mientras escribía Justicia poética,  el libro sobre Tommouhi y Mounib, los dos marroquíes condenados por una identificación errónea, y pensando sobre la “sacralización” de la palabra de las víctimas, para el caso de las agresiones sexuales, sobre todo, me preguntaba hasta qué punto ese proceso se enmarca en otros más generales y contemporáneos.

El modo en que a veces se aborda el holocausto es uno de esos marcos que me atraían. El que muchos hayan querido definirlo como lo inhumano, lo inenarrable, lo irrepresentable, al tiempo que reclaman para los testigos (las víctimas de los campos) el estatuto de única autoridad –frente a otras formas de representar o recordar lo ocurrido, como por ejemplo las fotografías– que debe dar cuenta de ello, a menudo reclamaba mi atención con la sombra de un interrogante. Las justificaciones teóricas, a veces trazadas en la urgencia de una polémica, me recuerdan el punto de partida que lleva a los jueces de hoy a tener por infalible las declaraciones (y las identificaciones) de las víctimas:

“La Shoah tuvo lugar. Yo lo sé y todos y cada uno lo sabemos. Forma parte del saber. Al que cada uno de nosotros está llamado. Nadie puede decir: “no sé”. Es un saber que se funda sobre el testimonio, que forma un nueva forma de conocimiento [savoir]. No hace falta ninguna prueba”. [***]

La teoría, sin embargo, supone muchas veces un insalvable problema práctico para abordarlo periodísticamente. Hace falta ser Janet Malcolm. Un libro recientemente editado en España, sin embargo, nos refresca un caso perfecto para abordar ese tipo de análisis. John Demjanjuk, que está siendo juzgado en Múnich, Alemania, acusado de la matanza de miles de judíos en el campo de concentración de Sobbibor, en Polonia, durante la II Guerra Mundial, ya fue condenado a muerte a finales de los años 80 por un tribunal israelí. Entoces, los testigos aseguraron que Demjanjuk era “Iván el Terrible”, y que manejaba las cámaras de gas, pero en otro campo polaco, en el de  Treblinka. Años después, tras la aparición de documentos que probaban que su identidad era otra, Demjanjuk fue absuelto. Ahora, a los 89 años, afronta otro juicio por otros hechos distintos.

Es uno de los casos de los que se ocupa “Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables”, de Elisabeth Loftus, que acaba de publicar Alba. “Si los supervivientes estaban tan seguros de que era Iván el Terrible, cuando al parecer no lo es, ¿no es natural preocuparse de que ahora otros testigos afirmen con la misma certeza que estuvo en Sobbibor?”, se pregunta Loftus en el prefacio a la edición española. El caso de Demjanjuk ocupa el capítulo nueve. Hay que leerlo.

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***Gérard Wacjman, “De la croyance photographique”, en Les Temps Modernes, marzo-abril-mayo 2001, p. 53; cito por Rancière, Le spectatuer émancipé, La Fabrique, 2008, p. 100]

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La escritura en la época de su distribución digital

El noticiario semanal nos demuestra bien palmariamente que cualquiera puede estar hoy en la situación de ser filmado. Pero no basta con esta posibilidad. Todos tienen hoy una pretensión de ser filmados. Lo que mejor aclara esta pretensión es una ojeada a la situación histórica de la actual literatura. Durante siglos, en la literatura las cosas estaban dispuestas de tal modo que un pequeño número de escritores se enfrentaba a muchos miles de lectores. Ya en los años finales del siglo pasado se produjo un cambio. Con la gigantesca expansión de la prensa, que no deja incansable de poner a disposición de sus lectores nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de los lectores –casualmente al principio– pasó a contarse entre los escritores. La cosa empezó cuando la prensa abrió su “buzón”, pero hoy día no hay casi ningún europeo partícipe del proceso de trabajo que no pueda en principio encontrar ocasión de publicar una experiencia laboral, una reclamación o un reportaje o cosas semejantes. La distinción entre autor y público está con ello a punto de perder lo que fue su carácter fundamental. Se hace funcional, variable de acuerdo al caso. El lector está siempre preparado para convertirse en escritor. En tanto que entendido, una figura en la que, bien que mal, ha tenido que irse convirtiendo, sumido en un proceso laboral altamente especializado –no importa en este caso lo modesta que sea la ocupación de la que entienda-, obtiene acceso al estatuto de autor. Es el trabajo el que toma la palabra. Y su representación por la palabra constituye una parte de la capacidad que se requiere para entregarse a su ejercicio. La competencia literaria no se basa ya en la educación especializada, sino en la politécnica, y de este modo se convierte en común.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primera redacción, [¿1933?]. Abada editores, Madrid.

(Aquí pueden leer la versión de Taurus).

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