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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

«La literatura no es una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y misterio»

La escritura después de Borges

Ricardo Piglia (Adogué, 1941) y Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) tienen algunas cosas en común: escritores de muchos registros y géneros distintos, los dos viven y trabajan fuera de Argentina, su país de nacimiento. Piglia en Nueva York, en cuya Universidad de Princeton enseña Literatura Latinoamericana; Manguel, en los alrededores de Poitiers, Francia, donde ha reconstruido una vieja casa y reunido los 30.000 volúmenes de su biblioteca. Y conocen profundamente la obra de Borges. La semana pasada pasaron por Madrid, invitados por la Casa de América, para conmemorar el 25 aniversario de la muerte del autor de El Aleph, que se cumplió el pasado martes: murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, la misma ciudad en la que [H]abía nacido, [en Buenos Aires], casi 87 años antes.

Público: ¿Qué lectura de Borges les parece que predomina hoy: la del autor ‘argentino’ o la del autor ‘universal’, desterritorializado?

Ricardo Piglia: Yo creo que él tiene una recomendación sobre la lectura que siempre me pareció muy productiva: uno tiene que localizar al que lee, no al texto que está leyendo. Es decir, uno tiene que leer desde un lugar específico. No leer en abstracto, desde cualquier lugar. Ese lugar puede ser geográfico o puede ser una posición. Uno puede leer, por ejemplo, como católico. O sea, el que lee también debe reflexionar desde donde lee. Y no tanto preguntarse desde dónde está escrito ese texto.

Alberto Manguel: Sí, además él decía que ser argentino era un acto de fe. Es inevitable, construimos la definición que nos convenga. Pero es cierto: es el texto el que es universal, y el lector es particular.

Público: Como crítico, ¿fue más importante por la nueva forma de abordar los textos que por sus propios aciertos a la hora de ensalzar o desterrar a ciertos autores? Manguel ha escrito en alguna ocasión que se podría construir una historia de la gran literatura sólo a partir de los que él descartó.

Manguel: Sí, porque eso era un juicio de él. No le gusta Balzac, no le gusta Zola, le gusta poco Baudelaire…

Piglia: No le gusta Proust.

Manguel: No le gusta Proust [risas]. Piglia: Ahí hay un problema con Borges. Nosotros mismos teníamos ese problema. Borges tiene un solo modo de ver la literatura. Y, a veces, los discípulos reproducían ese modo. Muchos, un poco idiotas, hacían el mismo gesto de Borges y decían: no, me gusta más Stevenson que Joyce. Eso sólo era cierto para Borges, que por lo demás había leído con mucho cuidado a Joyce.

Manguel: Si tomamos a Borges como el indicador de la forma en que hay que leer la literatura, el 80% de la literatura universal no existiría.

Público: Los dos han subrayado la tensión entre la vida y la literatura para entender a Borges. Pero Ricardo Piglia afirma que Borges siempre mantuvo esa tensión, mientras que según Alberto Manguel para él la vida era sólo la confirmación de lo leído.

Manguel: Sí, una confirmación o una denegación o una desilusión. Le pasó una experiencia muy concreta al final de su vida. Él siempre había adorado los tigres. La figura del tigre, estética y simbólicamente. Bueno, pues había un millonario que tenía tigres en su estancia. Y lo invitó, y un tigre se le acercó: un verdadero tigre. Y Borges estaba asqueado porque olía a carne podrida.

Piglia: [Risas] Claro, un verdadero tigre no es el tigre platónico… Yo celebro esa posición de Borges, frente a una posición más bien populista, muy común en América Latina, de que el escritor debe vivir, debe ser, no sé, camionero, porque esas cosas parece que ayudan a la literatura. Ayudan a la vida de esa persona, pero luego hay que ver lo que uno escribe, ¿no? Pero, al mismo tiempo, Borges habla de esa nostalgia de la experiencia, en ese sentido yo decía que mantiene siempre los dos puntos. Es un escritor que, cuando está en la biblioteca, dice: qué bueno sería estar en la Pampa cabalgando con un caballo. Y cuando está en la Pampa, dice: me tengo que volver a leer.

Público: Borges tenía un interés profundo por la narración en sí, por la estructura de la historia. Y a menudo la encontraba fuera de la novela. Sobre todo en los cuentos populares, los wésterns, en el cine más comercial de Hollywood.

Piglia: En eso hay cuestiones que él plantea ya en los años treinta, diciendo: a todo el mundo le gusta La pasión de Juana de Arco de Dreyer, pero a mí en cambio me gusta Aleluya, qué se yo, algo más comercial. O sea, siempre tuvo posiciones firmes: en tanto que no le gustaba el cine artístico europeo y sí las películas de género. Le gustaba la narración.

Manguel: Sí, y creía que en la narración, y la narración épica era importante, el cuento servía mucho mejor que la novela. Decía que inventar una historia era fascinante, pero que escribir una novela era una exageración. Y decía, y esto sigue siendo verdad hoy, que uno puede recordar un cuento, pero no puede recordar Madame Bovary.

Piglia: En el género policial, él valoraba sobre todo los cuentos. Decía que las estructuras de género cuando eran llevadas a las novelas perdían en intensidad. Eso es muy contemporáneo.

Público: Él buceaba incluso un paso más allá: en la estructura de la literatura popular, en el sentido de ‘oral’, ¿eso también sigue siendo contemporáneo, o ahora está todo más intelectualizado?

Piglia: No, yo creo que una de las escenas contemporáneas más clásicas es esa idea de que no hay jerarquías, ¿no? Que probablemente sea un poco excesivo. Porque a mí me gusta el Pato Donald, pero me parece mejor Hamlet. Pero no creo que sea una cuestión de jerarquías, sino de intensidad y de misterio, de complejidad. Porque ¿cuál es la diferencia? En el fondo Borges lo entendió bien. Los géneros populares tienen esquemas, repiten módulos de narraciones, y eso es lo único que los diferencia de la alta literatura. La alta literatura quiere innovar, inventar formas nuevas, y el género popular tiende a repetir estereotipos. El detective, que está en todas las novelas negras; el melodrama, en el que siempre hay alguien que es abandonado. Y la gente quiere ver esa repetición.

Manguel: Sólo que la narración, tus novelas, por ejemplo, se tiene que apoyar en esas estructuras. Hay que apoyar lo que uno quiere contar sobre algo. Y esas estructuras populares son muy útiles. Ese eco permite al lector reconocer un esqueleto.

Público: En esos mismos años, en la década de los veinte del siglo pasado, también Walter Benjamin escribía sobre esa tensión. Y no necesariamente se habían leído entre ellos.

Piglia: No, no creo. Tuvieron algún cruce: a Blanqui. Borges lo cita casi en el mismo momento que lo utiliza también Benjamin. Estaban interesados en cosas muy similares. También en la cábala.

Manguel: En la idea de fragmento.

Piglia: Sí, pero la distinción entre novela y narración de Benjamin es muy útil para entender a Borges. Siempre ha habido narración, dice Benjamin, pero no siempre ha habido novela. Como diciendo: hay un río, que viene desde el origen y que seguirá, pero la novela es un momento, no es la única manera de narrar.

Manguel: Y Borges lo dice en uno de sus ensayos sobre la novela, citando un poco burlonamente a Menéndez Pelayo en Orígenes de la novela, donde dice que lo que hay son narraciones que un día se convertirán en novelas.

Público: De Borges y Benjamin se abusa para construir todo tipo de metáforas sobre el nuevo entorno que supone internet. No sé si están de acuerdo en que la novela es un invento de la imprenta. Si así fuera, ¿internet puede transformar la narración de la misma manera que lo hizo la imprenta?

Piglia: Sí. Si uno maneja el criterio, que es un poco el criterio de Benjamin, de que ciertos medios técnicos producen nuevas formas de escritura, tendría que imaginar que no inmediatamente. Porque todavía estamos en un proceso de cambio. En el futuro quizá aparezcan nuevas formas de escritura que reflejen las posibilidades de esos nuevos medios técnicos. Pero la novela no es solamente la imprenta.

Manguel: Tenemos que remontar la novela a las novelas griegas: el pathos erótico en las novelas de amor griegas, que son obviamente novelas. No necesitan esperar a la imprenta para existir. Las novelas romanas tampoco.

Público: Pero ¿esas novelas podían ser leídas como pudieron serlo a partir de la imprenta: cada uno en su casa, sin importar a qué edad, etc?

Manguel: Bueno, en la medida que se tuviese acceso a ese texto. Obviamente no es como cuando la imprenta empieza a producir cientos de miles de ejemplares. Quizás lo que modifique los distintos géneros por la aparición de la imprenta es la presencia de esa multiplicidad y también del formato. Yo creo que consciente o inconscientemente, a partir de la impresión de libros, el escritor empieza a visualizar el libro objeto. Creo que la nueva tecnología elimina un poco esa concepción, esa encarnación del texto y la jerarquía de esa encarnación. En la red todo se parece. Y eso sí, yo creo, puede dar lugar a otra forma de escribir. Pero que tampoco será absolutamente nueva, porque no existen esas formas absolutamente nuevas. El rollo de [Juan] Benet [sobre el que escribió en 1969 su novela Una meditación, sin saltos de párrafo ni capítulos] corresponde a la electrónica.

Piglia: Porque me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.

Fuente: Público

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Sigue leyendo

Esta es la nueva página de libros y escritores en internet:


www.sigueleyendo.es


Sean todos bienvenidos. Están en su casa.

Un saludo.

Cristina.



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Jacques Rancière, en Madrid

Jacques Ranciére estará esta tarde,  a las 16.30 horas, en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid (Metro: Ciudad Universitaria), para hablar sobre “Estética y política”.

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¿Quién filtrará una exclusiva a un diario con muros de pago?

Toda esta historia de Wikileaks, todo este peerse en tinaja para que retumbe, aclara al menos una cosa interesante para el periodismo que viene. ¿Elegirá alguna vez Wikileaks a un diario con muros de pago en Internet para filtrar sus noticias como altavoz? Digo Wikileaks porque comprendo que imaginar que alguien quiera ya filtrar algo a un periódico es un esfuerzo demasiado grande para nuestros días. Mi impresión es que no, que nunca lo haría. Si se hubiera producido, que hubieran elegido al El Mundo, por ejemplo, ¿qué habrían hecho Orbyt y Elmundo.es? ¿Habrían mantenido el acceso restringido; y con ello la imposibilidad de recomendar y rebotar las informaciones en las redes sociales, etc…? Sea cual sea la respuesta, evidencia una cosa: que estamos hablando de otra cosa, no del mismo negocio que buscaba la mayor repercusión pública de sus noticias. Porque si mantuvieran el acceso, supondría una barrera difícilmente justificable: imaginemos igualmente un nuevo 11-M. Y si no la mantuvieran, sería como reconocer su propio fracaso: hoy que de verdad tenemos una noticia, la damos en abierto.

Todo lo cual, ya lo había dicho Clay Shirky hace semanas.

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Nueva York, capital de La Mancha

“Ahora [¡por fin!] tenemos el primer gran distribuidor de ebooks en español, y no está en Barcelona ni en Buenos Aires sino…¿en Nueva York? ¿Cómo es eso? ¿Uno de los grandes distribuidores on-line lanzando e-books de un grupo internacional de editores dirigido a lectores en…Estados Unidos? ¿Ese mercado tan cerrado, que tanto se mira el ombligo?”.

Pues sí, Barnes&Noble, el mayor distribuidor de ebooks en español del mundo, directo al lector. El párrafo  y la noticia original (la traducción es urgente y libre) están aquí.

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Walter Benjamin, un faro para la navegación digital

(W.B. en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, en 1939. Foto: Gisèle Freund)

“Hemos intentado hacer lo que habría hecho Benjamin con el Libro de los Pasajes si hubiera tenido ordenador”, dice César Rendueles, comisario de la exposición Walter Benjamin. Constelaciones, para resumirla. La muestra se abrió ayer en el Círculo de Bellas Artes de Madrid e internet y hoy en la Fundación Luis Seoane de A Coruña. Luego añadió: “Es también la forma de exponer materiales sin aura”.

El gran desafío de esta exposición es explicarla, coincide Rendueles con Ana Useros, también comisaria. El reto refleja la fidelidad al recorrido del filósofo alemán: “Hemos intentado poner en juego su propia metodología al elaborarla”. Así, conviene recordar que el Libro de los Pasajes, su proyecto más ambicioso, es un montaje de citas y apuntes, y no porque quedara inconcluso.

Walter Benjamin (1892-1940), que se suicidó en una pensión de Portbou para evitar ser devuelto a la Francia de Vichy por la policía franquista, es uno de los filósofos más fragmentarios y complejos del siglo XX. Y esa extraña ambición de coleccionista era su método. Su obra, además, analiza y desmonta ese aura mágico, casi religioso, que durante siglos ha envuelto a las obras de arte y que su traslado a los museos no ha hecho más que secularizar. “El coleccionista siente aversión por los museos”, dice una de las citas de Benjamin.

Nada de objetos, por tanto. ¿Qué materiales se pueden exponer, entonces, para recorrer su obra sin traicionarlo? “Es una exposición estrictamente inmaterial”, resuelve Rendueles, que al tiempo que salta de un concepto a otro para no dejar cabo suelto, desvela la gran virtud de esta exposición: es inagotable. Tanto el montaje documental, Constelaciones, que se proyectará ininterrumpidamente en una pequeña sala de cine, como el Atlas Walter Benjamin, un hipertexto para navegar por miles de conceptos y fragmentos clave de su obra, enlazan una lectura casi infinita. Es como si Benjamin hubiera encontrado al fin el medio para producir los efectos que buscaba con su escritura, y que son los que el público busca ahora en la lectura digital.

La muestra gira entorno a la “reproducción”, al hilo de una de sus obras más influyentes: La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. De ahí que se exhiba simultáneamente en Madrid y A Coruña, y en breve en Alicante, Bilbao, Granada y Buenos Aires. Pero no hace falta salir de casa: el material puede rastrearse en la web del Círculo de Bellas Artes.

Benjamin celebró el horizonte que abría la reproductibilidad técnica del arte, aunque también señaló sus peligros. El principal, el de la “estetización de la política”, gracias a la posibilidad de exhibir y diseminar la imagen del poder en una sola dirección. “La reproducción en masa favorece la reproducción de masa”, escribió. Huyendo del nazismo de masas, a través de los Pirineros, había llegado a Portbou, donde murió el 26 de septiembre de 1940.

Fuente: Público

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Justicia Poética en Periodismo Humano

Elena Cabrera y Carolina León han recuperado para periodismohumano la entrevista radiofónica que me hicieron en su programa ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor?, en Radio Carcoma, poco después de que saliera el libro. Esta vez, al paso de los diecinueve años de la detención de Tommouhi. Manu Fernández, el fotógrafo de Público, ha tenido además la generosidad de ofrecer sus fotos para ilustrar la versión digital de aquel “Reportaje a la verdad”, que es como la titularon. La nueva versión de la entrevista está aquí.

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La principal máscara del yo es la jeta

Los editores reunidos en Formentor critican el empobrecimiento de la cultura

Palma, 11 sep (EFE).- Los editores que participan en la cita literaria Conversaciones de Formentor (Mallorca), [bajo el título Las máscaras del yo] han criticado “el creciente empobrecimiento y la banalización de la cultura en la sociedad”, que les impide hacer llegar a los lectores libros que “escapen del dictado de la industria del puro entretenimiento”.

Así lo exponen en las conclusiones de un encuentro a puerta cerrada celebrado en Formentor, en el que participaron tanto representantes de grandes editoriales como Alfaguara, Mondadori y Santillana, así como de otras más pequeñas como Cort, Lumen, Moll, Fisher, El Tall, Salobre y Alfabia.

Los editores destacan que el principal problema al que se enfrentan hoy en día no es “la irrupción aún en ciernes del libro digital”, sino la mala situación de la cultura, según el documento, facilitado por la Conselleria balear de Presidencia.

“Los editores encuentran cada vez más dificultades para hacer llegar a los lectores los libros que se escapan del dictado de la industria del puro entretenimiento, aquellos libros que defienden la excelencia literaria, el riesgo y la combatividad como herramienta de conocimiento individual y social”, indican las conclusiones.

Este problema se agrava con la “progresiva deserción”, por parte de los medios de comunicación, de “sus obligaciones críticas e informativas”, ya que, en su opinión, están “dedicados tan sólo a hacerse eco de la publicidad editorial” y ello “contribuye a la simplificación del panorama literario”.

[...]

EFE.

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¿Hay más escritores que lectores?

A principios de mes estuve en el I Encuentro de Autores Bubok, en el Café Libertad 8 de Madrid. Buscaba un tema. Bubok es una empresa digital que imprime cualquier libro propuesto por un usuario registrado. Basta con que otro usuario lo compre. La distribución incluye también el formato electrónico. Había unos 50 autores, con una edad media similar a la de cualquier presentación de libros: 50 años. Uno de ellos, un psiquiatra de fina barba blanca, tomó la palabra: “Hola, soy José María Páez, tengo un libro publicado en Bubok. He vendido dos ejemplares y estoy aquí a ver si vendo el tercero. Porque los dos primeros los he comprado yo”.

Páez, de unos setenta años, propuso un control de calidad a la hora de publicar, como subrayando que la sobresaturación explicaba en parte sus escasas ventas. Lo cual contradecía el espíritu de la reunión (“Bubok: publica sin límites“). Los datos muestran que su caso no es particular. Bubok ha publicado 22.903 títulos en poco más de dos años. El número de ejemplares vendidos ronda los 50.000, según la empresa. Poco más de dos ejemplares por título.

Más allá de que Bubok pueda ser visto como una segunda división de la literatura, porque atrae a los autores que las editoriales tradicionales rechazan, su núcleo original puede leerse como un síntoma. Félix de Azúa, en El aprendizaje de la decepción, describía hace años el mercado poético: hay doscientos autores que escriben doscientos libros al año, que publican doscientas editoriales  y que leen esos mismos doscientos poetas.

¿Y la ficción? En el número enero-febrero de Mother Jones, el editor del Virgina Quarterly Review, Ted Genoways lo resumía así:

Aquí en la VQR habitualmente tenemos diez veces más envíos de autores al año que suscriptores. Y muy, muy pocos se solapan. Lo sabemos –lo hemos comprobado. Así que hay un número cada vez mayor de gente que escribe y envía ficción, pero hay cada vez menos gente que lee las mejores revistas donde se publican. [original en inglés]

En la primera división española se editan 60.000 títulos al año. Creo que ninguno de los dos mercados se entienden si esta premisa: hay mucha gente que escribe gratis y que quiere publicar. Lo cual no es un juicio de nada. Es sólo que me parece un dato a tener en cuenta, ahora que parece que nada era gratis antes de Internet.

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La escritura en la época de su distribución digital

El noticiario semanal nos demuestra bien palmariamente que cualquiera puede estar hoy en la situación de ser filmado. Pero no basta con esta posibilidad. Todos tienen hoy una pretensión de ser filmados. Lo que mejor aclara esta pretensión es una ojeada a la situación histórica de la actual literatura. Durante siglos, en la literatura las cosas estaban dispuestas de tal modo que un pequeño número de escritores se enfrentaba a muchos miles de lectores. Ya en los años finales del siglo pasado se produjo un cambio. Con la gigantesca expansión de la prensa, que no deja incansable de poner a disposición de sus lectores nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de los lectores –casualmente al principio– pasó a contarse entre los escritores. La cosa empezó cuando la prensa abrió su “buzón”, pero hoy día no hay casi ningún europeo partícipe del proceso de trabajo que no pueda en principio encontrar ocasión de publicar una experiencia laboral, una reclamación o un reportaje o cosas semejantes. La distinción entre autor y público está con ello a punto de perder lo que fue su carácter fundamental. Se hace funcional, variable de acuerdo al caso. El lector está siempre preparado para convertirse en escritor. En tanto que entendido, una figura en la que, bien que mal, ha tenido que irse convirtiendo, sumido en un proceso laboral altamente especializado –no importa en este caso lo modesta que sea la ocupación de la que entienda-, obtiene acceso al estatuto de autor. Es el trabajo el que toma la palabra. Y su representación por la palabra constituye una parte de la capacidad que se requiere para entregarse a su ejercicio. La competencia literaria no se basa ya en la educación especializada, sino en la politécnica, y de este modo se convierte en común.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primera redacción, [¿1933?]. Abada editores, Madrid.

(Aquí pueden leer la versión de Taurus).

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