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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Ahmed Tommouhi, el punto ciego de la justicia española

Este marroquí, tras ser condenado por error, fue estafado por sus abogados

(Ahmed Tommouhi, en Martorell, 2010. Foto: Manu Fernández)

Ahmed Tommouhi es un albañil marroquí al que justo hoy hace 19 años detuvieron por casualidad en una pensión de Terrassa (Barcelona). No ha vuelto a coger una paleta. Tampoco ha vuelto a Marruecos ni volverá nunca a Nador, dice, donde nació en 1951. “Cuando me vine era joven, estaba sano y tenía trabajo; no voy a volver ahora viejo, enfermo y vacío”, añade este hombre que no sabe el día en que nació, pero no olvida el que empezó a vivir como si estuviera muerto. “Era lunes, seguro, del mismo mes en que estamos ahora”. El 11 de noviembre de 1991 lo detuvieron porque era marroquí, regordete y tenía entradas.

“Mi juventud, mi vida, mi futuro, todo me lo arruinaron ese día”, relata. Desde entonces, Tommouhi ha pasado 15 años preso por varias violaciones y un robo ocurridos en Catalunya en 1991. Más de la mitad, sin embargo, los pasó a la sombra después de que el Tribunal Supremo reconociera que había sido condenado por error y recomendara su indulto. En 1999, el entonces fiscal jefe de Catalunya, José María Mena, lo había solicitado para él y para el otro marroquí junto al que fue condenado, Abderrazak Mounib, porque tenía la “profunda convicción” de que eran inocentes, no sólo en la sentencia desmentida por el ADN y revocada por el Supremo en 1997, sino en todos los casos.

El Gobierno, primero del PP y luego socialista, congeló el indulto durante nueve años. Mientras, Mounib murió en una celda de Can Brians y Tommouhi cumplió íntegra su condena, después de que los abogados a los que pagó casi siete millones de pesetas, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, también lo engañaran. Le facturaron procedimientos que no habían llevado ellos aprovechándose de que es analfabeto. “Soy un hombre cero, mi vida no vale nada”, cuenta por teléfono desde casa de su hijo Khalid, en un pueblo de la provincia de Barcelona.

De los poderes que contribuyeron a arruinar la vida de Tommouhi (Abderrazak Mounib murió el 26 de abril de 2000 de un infarto), sólo la Guardia Civil y el periodismo han rectificado. Los guardias civiles (desde el agente que abrió la investigación que dio el vuelco a este caso en 1996, Reyes Benítez, hasta su jefe, el comandante Pedro Pizarro, que firmó con él el informe) lo hicieron a sabiendas de que tiraban piedras contra su tejado. Los periodistas atribuyeron los errores a fuentes anónimas y al hecho de que Tommouhi es físicamente muy parecido a un violador confeso.

Los políticos y los jueces hacen mutis por el foro. Margarita Robles, vocal del Consejo General del Poder Judicial, redactó una de las condenas que sigue vigente: el informe descartado de la Policía Científica exculpaba a Tommouhi, pero ni Robles ni sus compañeros de tribunal entendieron que el semen analizado era de otro hombre. “Si lo condené, será porque se ajustaba a derecho”, afirma Margarita Robles cuando se le ha preguntado por este caso. Cuando se ha preguntado al compañero de tribunal de Robles, Gerard Thomàs, por qué apoyaba el indulto del hombre al que ellos mismos habían condenado, soltó: “Ahí tenga el Gobierno su patata caliente”. El Gobierno enfrió la patata denegando el indulto a Tommouhi en abril de 2008.

Los huéspedes y la pensión

Tommouhi fue detenido en aquella pensión porque la dueña había entregado la ficha de los huéspedes, como cada lunes, en la comisaría de Terrassa, y la policía quiso comprobar si se trataba de uno de los dos “marroquíes” que las víctimas de una ola de violaciones describían como sus agresores. El huésped tenía 40 años, entradas y papada, como uno de los violadores. Lo detuvieron y lo pasearon esposado por delante de las víctimas antes de la rueda de reconocimiento. La mitad lo señalaron. Los jueces no preguntaron por ninguna otra prueba: tres condenas por violación y una por robo.

Cuando, cuatro años después, la Guardia Civil detuvo a uno de los dos violadores que seguían asaltando a parejas en los mismos descampados, se descubrió el gran parecido entre Antonio García Carbonell y Tommouhi. La investigación abierta por Reyes Benítez sólo pudo demostrar la confusión en la única muestra de semen que, analizada en 1996, dio resultado. García Carbonell es gitano y habla caló, lo que añadió al parecido físico la confusión lingüística. Las demás sentencias, que no pueden revisarse si no aparecen evidencias científicas de su inocencia, siguen vigentes. Esos antecedentes han impedido que Tommouhi recupere los permisos de trabajo y residencia que tenía en 1991. Vive sin papeles desde hace año y medio.

“El poder ya no quiere saber nada: nadie me llama”, señala. Uno puede preguntarse entonces de qué sirve seguir leyendo su historia en los periódicos. “¿Dónde voy a reclamar si no? No he encontrado un sitio donde ir a hablar y a reclamar, si lo hubiera, iría y no hablaría con cualquiera que me llame, pero, como no lo hay, pues hablo”, asegura con calma y sin pose. A su mujer y a su hija mayor, que siguen en Maruecos, no las ha vuelto a ver desde hace casi 20 años. En España viven sus cinco nietos.

Fuente: Público

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Tommouhi, delante de las cámaras

“Si uno está manchado, el dinero no vale para nada”, dice Tommouhi en el vídeo de LaVanguardia.es realizado por Iván Vila. Esta aquí.

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La comisión de deontología del Colegio de Abogados de Barcelona se pronunciará

En el Colegio de Abogados de Barcelona me aseguran que el director de la Comisión de Deontología, Juan Oset, se va a estudiar el tema y me contestará esta misma tarde o mañana por la mañana. No tenían constancia de este asunto, me asegura el portavoz del Colegio, antes de que entienda a qué se refiere: quiere decir que el asunto no está denunciado ante ningún juzgado y por tanto ellos no han recibido comunicación formal que les permita abrir un expediente contra sus dos colegiados. El asunto es que los abogados Jorge Claret y Pedro J. Pardo estafaron a su cliente, Ahmed Tommouhi.

Bien, pero es que el cliente ni sabe leer ni escribir y durante años nadie le explicó lo que la minuta refleja: que Claret y Pardo le facturaron procedimientos que habían llevado de oficio otros abogados, como el asunto de Cornellá (que llevó de oficio Pere Ramells, también colegiado del ICAB), o el de Terrassa (que llevó también de oficio Desiderio Fernández); que le facturaron también un recurso presentado por el fiscal (el colmo de la perversión, porque no sólo le cobraron por el trabajo que hizo otro, es que le cobraron por el trabajo del fiscal cuando lo que éste pretendía con su recurso es que le aumentaran la pena); y que le facturaron, por último, el trabajo que hizo ante el Supremo en Madrid y ante el Tribunal de Derechos Humanos en Estrasburgo, Manuel Ollé, al que por cierto llamaré mañana para ver qué tiene que decir también de todo este asunto. “No cobré ni un duro, cero patatero”, me dijo cuando lo entrevisté en su despacho de la calle Goya, en Madrid, en enero de 2009.

Cuando todo esto ocurre, y los periodistas (cosa que no he hecho sólo yo; pero esto se sabrá el jueves) lo ponen en conocimiento del Colegio y le facilitan además la minuta, la prueba de la estafa: ¿tiene algo que decir el Colegio de Abogados de Barcelona o no? ¿Tiene algo que hacer? ¿Estafar sale gratis si el cliente no sabe cómo ni dónde denunciarlo?

Seguiremos informando.

P.D. Por cierto, el tema que publico mañana en el periódico también rescata la fabulosa sentencia de Margarita Robles, Gerard Thomàs y Felipe Soler Ferrer.

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Parece que por fin vamos a saber qué opina el Colegio de Abogados de todo esto

La jefa de prensa está de vacaciones. La persona que la sustituye en estos casos ha salido. Pero tiene que volver enseguida. Mi interés es saber qué opina el Colegio de Abogados de Barcelona sobre el hecho de que dos de sus colegiados, Jorge Claret y Pedro J. Pardo, estafaran a un cliente, Ahmed Tommouhi, aprovechándose de que era analfabeto. Voy a escribir una historia esta semana en el periódico sobre Tommouhi, y me ha parecido que, después de denunciar el silencio, había que darles la oportunidad de romperlo.

Seguiremos informando.

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Informe sobre el libro electrónico

El Grupo de Trabajo sobre el libro electrónico del Ministerio de Cultura ha emitido su primer informe. Aquí puede leerse entero.

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Memoria histórica y justicia poética (II)

Los falsos culpables y el libro Juicio a la memoria de Elizabeth Loftus, seguramente la primera experta mundial en psicología del testimonio. El capítulo 9 está dedicado a John Demjanjuk, condenado como “Iván el Terrible”, guardián nazi del campo de exterminio de Treblinka, Polonia, durante la II Guerra Mundial; condenado a muerte por un tribunal israelí en 1987. El libro recoge una serie de casos en los que Loftus intervino como forense, siempre a petición de la defensa, para desmontar la infalibilidad de las identificaciones (en fotografías y en ruedas) de víctimas y testigos de horrendos crímenes. Esto es, para advertir de que las víctimas y testigos podían haberse equivocado.

Demjanjuk está siendo juzgado de nuevo en Alemania, acusado esta vez de ser guardián, pero en otro campo polaco, Sobbibor. La razón es que la condena anterior fue finalmente revocada, porque aparecieron documentos, tras la desclasificación de los archivos que siguió a la caída de la URSS (Demjanjuk es ucraniano, en origen), que mostraban que no era el tal Iván el Terrible. Lo contrario habían afirmado ante el tribunal cinco supervivientes del campo. Es curioso, sin embargo, leer el capítulo (escrito hace 20 años, cuando todavía no se sabía del error, pero había muchos indicios que lo sugerían), y comprobar no sólo que las razones por las que Loftus (que es judía) se planteó su participación como forense en ese caso se parecen mucho a las que impiden a las víctimas y sus familiares, de los delitos sexuales, por ejemplo, admitir que se hayan podido equivocar, sino que el acusado sirve para lo mismo: para expiar la culpa colectiva.

Esto es lo que dejo grabado su tío Joe (“mi tío ha sido un padre para mí”), de 86 años, en su contestador automático cuando la psicóloga Loftus le pidió consejo sobre si debía aceptar el caso de Demjanjuk (supuesto Iván el Terrible) o no:

Querida, ten presente que no se va a juzgar a una sola persona, sino a todo un mundo, en el que sucedieron esas atrocidades. Se me complican los sentimientos porque todavía me remuerde la conciencia por lo que poco que hice en tiempos del holocausto, como tantos otros millones de judíos…

Elisabeth Loftus no aceptó el caso.

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¿Los escritores cumplen alguna función social?

Los escritores son uno de los grupos humanos más atrasados en el análisis de su experiencia social. Los unos ven en los otros compañeros de profesión exclusivamente; su predisposición a juzgar y defender se dirige mucho más hacia abajo que hacia arriba, tal como sucede en general en todos los gremios.  A veces son capaces de negociar provechosamente con los editores, pero igual que en la mayor parte de los casos no saben explicarse la función social de su trabajo, en su comportamiento frente a la editorial nunca reflexionan sobre la función de la misma. Sin duda que también entre los editores algunos tienen ideas muy ingenuas sobre el negocio al que se dedican, y creen realmente que distinguir los libros buenos de los malos es por cierto su única tarea moral, y que distinguir los libros fáciles de vender e los que son difíciles es su única tarea comercial. Pero, en general, el editor tiene un concepto más claro de las personas para las que edita que el que poseen los escritores de las personas para las que escriben. Por eso, los escritores no están a la altura del editor y, en general, no pueden controlarlo. ¿Quién podría hacerlo? No es el público, sin duda, pues la edición les es desconocida. Así que sólo quedan los libreros. Y no hace falta anotar que su control sería muy problemático, aunque sólo fuera porque sería tan secreto como irresponsable. [...]

Walter Benjamin, “Crítica de las editoriales”, publicado el 16 de noviembre de 1930 en el Frankfurter Zeitung, y recogido en las Obras Completas de Abada editores.

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¿Hay más escritores que lectores?

A principios de mes estuve en el I Encuentro de Autores Bubok, en el Café Libertad 8 de Madrid. Buscaba un tema. Bubok es una empresa digital que imprime cualquier libro propuesto por un usuario registrado. Basta con que otro usuario lo compre. La distribución incluye también el formato electrónico. Había unos 50 autores, con una edad media similar a la de cualquier presentación de libros: 50 años. Uno de ellos, un psiquiatra de fina barba blanca, tomó la palabra: “Hola, soy José María Páez, tengo un libro publicado en Bubok. He vendido dos ejemplares y estoy aquí a ver si vendo el tercero. Porque los dos primeros los he comprado yo”.

Páez, de unos setenta años, propuso un control de calidad a la hora de publicar, como subrayando que la sobresaturación explicaba en parte sus escasas ventas. Lo cual contradecía el espíritu de la reunión (“Bubok: publica sin límites“). Los datos muestran que su caso no es particular. Bubok ha publicado 22.903 títulos en poco más de dos años. El número de ejemplares vendidos ronda los 50.000, según la empresa. Poco más de dos ejemplares por título.

Más allá de que Bubok pueda ser visto como una segunda división de la literatura, porque atrae a los autores que las editoriales tradicionales rechazan, su núcleo original puede leerse como un síntoma. Félix de Azúa, en El aprendizaje de la decepción, describía hace años el mercado poético: hay doscientos autores que escriben doscientos libros al año, que publican doscientas editoriales  y que leen esos mismos doscientos poetas.

¿Y la ficción? En el número enero-febrero de Mother Jones, el editor del Virgina Quarterly Review, Ted Genoways lo resumía así:

Aquí en la VQR habitualmente tenemos diez veces más envíos de autores al año que suscriptores. Y muy, muy pocos se solapan. Lo sabemos –lo hemos comprobado. Así que hay un número cada vez mayor de gente que escribe y envía ficción, pero hay cada vez menos gente que lee las mejores revistas donde se publican. [original en inglés]

En la primera división española se editan 60.000 títulos al año. Creo que ninguno de los dos mercados se entienden si esta premisa: hay mucha gente que escribe gratis y que quiere publicar. Lo cual no es un juicio de nada. Es sólo que me parece un dato a tener en cuenta, ahora que parece que nada era gratis antes de Internet.

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La escritura en la época de su distribución digital

El noticiario semanal nos demuestra bien palmariamente que cualquiera puede estar hoy en la situación de ser filmado. Pero no basta con esta posibilidad. Todos tienen hoy una pretensión de ser filmados. Lo que mejor aclara esta pretensión es una ojeada a la situación histórica de la actual literatura. Durante siglos, en la literatura las cosas estaban dispuestas de tal modo que un pequeño número de escritores se enfrentaba a muchos miles de lectores. Ya en los años finales del siglo pasado se produjo un cambio. Con la gigantesca expansión de la prensa, que no deja incansable de poner a disposición de sus lectores nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de los lectores –casualmente al principio– pasó a contarse entre los escritores. La cosa empezó cuando la prensa abrió su “buzón”, pero hoy día no hay casi ningún europeo partícipe del proceso de trabajo que no pueda en principio encontrar ocasión de publicar una experiencia laboral, una reclamación o un reportaje o cosas semejantes. La distinción entre autor y público está con ello a punto de perder lo que fue su carácter fundamental. Se hace funcional, variable de acuerdo al caso. El lector está siempre preparado para convertirse en escritor. En tanto que entendido, una figura en la que, bien que mal, ha tenido que irse convirtiendo, sumido en un proceso laboral altamente especializado –no importa en este caso lo modesta que sea la ocupación de la que entienda-, obtiene acceso al estatuto de autor. Es el trabajo el que toma la palabra. Y su representación por la palabra constituye una parte de la capacidad que se requiere para entregarse a su ejercicio. La competencia literaria no se basa ya en la educación especializada, sino en la politécnica, y de este modo se convierte en común.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primera redacción, [¿1933?]. Abada editores, Madrid.

(Aquí pueden leer la versión de Taurus).

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