ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

¿Por qué esta vieja historia nos interroga todavía?

Los puntos de inflexión de esta historia están ya en las hemerotecas, pero dispersos. Y esa dispersión ha dado alas, por lo general, a dos interpretaciones. La transmitida por los medios: la tragedia de un inocente –uno, porque al otro, muerto, lo remató el olvido—que ha pasado 15 años en la cárcel por un parecido fatal; y la que sostienen desde la judicatura y el Ministerio: que no se ha demostrado que sean inocentes en las otras condenas. En el fondo, comparten la misma explicación: que todo se sostiene en el convencimiento, puramente subjetivo, de las víctimas. Los primeros no han explicado cómo pudo formarse ese convencimiento –más allá del gran parecido físico— y los segundos dan por sobreentendido que ese convencimiento equivale a certeza, pues, dicen, se trata de una prueba “incontestable”.  

El hecho mismo de cómo pudieron ser condenados dos inocentes se pierde así en la distancia, difuminado tras las versiones inverificables, las decisiones indiscutibles y los argumentos incontrastables. La única verdad indiscutible de esta historia, sin embargo, sigue en pie: que el nexo original entre las dos personas que fueron condenadas por las violaciones de 1991 y las propias violaciones –la autoría—no ha sido nunca verificado. Ese origen es mi meta (K.K.).  

La desconexión entre lo real y su representación ha alcanzado en este caso una perfección envidiable, aunque descorazonadora. La tesis que sostiene la instrucción policial y judicial del caso Mounib-Tommouhi  es un enorme hipertexto que se enrosca sobre sí mismo sin ninguna conexión exterior con la realidad y del que nada puede verificarse fuera. Así también los argumentos de las sentencias. Los hechos se declararon “formalmente probados”, pero no se aportó una sola prueba material que sostuviera dicha declaración. Esa capacidad de verificación, sin embargo, es la obligación de los distintos ámbitos de representación de lo real a los que ha acompañado el periodismo en este asunto: la policía, la justicia y la política.  

Ni la justicia ni la política han cumplido con ella, tampoco después de conocerse los resultados del ADN que obligaron a revocar una de las sentencias. Los jueces en persona siguen echando mano hoy del cortafuego de los diferentes puntos de vista formales para sofocar la verdad material de los hechos, quizá porque los abrasa. Y el Gobierno, a la hora del indulto, se acoge al argumento de que siguen formalmente condenados en otras causas para no concederlo, aunque todos los datos objetivos apuntan a que realmente fueron condenados sin pruebas.  

¿Y el periodismo, qué ha hecho para verificar la inocencia que, de una forma u otra, proclama? Nada. Todo lo más, hemos aprovechado el trabajo hercúleo de un guardia civil que sí cumplió con esa obligación epistemológica –la verificación—que  permite sustanciar materialmente el relato formal de unos hechos, también aquel suyo sobre la inocencia de Tommouhi y Mounib: si exprimimos sus informes, quedan los restos biológicos pertenecientes a García Carbonell y a la otra persona no identificada. El verbo está hecho de carne.  

Por lo demás, el periodismo se ha limitado a poner la voz de Tommouhi al frente del coro de versiones: “soy inocente”; pero el horror de los crímenes, el convencimiento sincero –aunque erróneo—de las víctimas, el prestigio oficial de jueces y gobierno, y sobre todo su higiénica exposición como una suma de versiones, como un montoncito de voces, ha hecho que  la verdad se haya visto reducida, en el mejor de los casos, a su estatuto espectacular: el de “una hipótesis que jamás puede ser demostrada”. 

Es hora de mostrar aquí que estos dos hombres no siguen condenados sólo por error –lo que guardaría todavía una relación, aunque desviada, con ellos y con la verdad de los hechos y la responsabilidad—sino que ahora la condena se mantiene, en verdad, por pura cobardía electoralista. Tommouhi y Mounib han sido condenados no sólo siendo inocentes, sino también siendo ignorantes. Ignoran que l’air du temps conlleva que si pueden dictarse efectos prácticos como la prisión sin que ninguna razón verdadera los motive, lo razonable es que la verdad tampoco tenga ya ninguna consecuencia. Ignoran, en este tiempo de metáforas, su importancia simbólica: que no son un mensaje asumible, en esta época que todo lo asume.  

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Archivado en: El Ministerio y el indulto, Epistemología de la vida cotidiana

2 Responses

  1. Tote dice:

    Entre otras razones para comprender el error de las víctimas no hay que olvidar el origen marroquí de Mounib y Tommouhi. Los culpables tenían que ser moros. Así los describieron por su aspecto y porque hablaban árabe. Nadie se cuestionó su capacidad para identificar este idioma. En 1991, unos jóvenes residentes en Cataluña ¿estaban habituados a oir hablar árabe como para reconocerlo? Si los agresores hubieran sido rubios ¿habrían dicho lo mismo? ¿Y si hubieran sido morenos que hablaban en polaco? Dos violadores que hablaban una lengua extraña tenían que ser moros y eso buscaba la policía. Y eso encontró, y eso presentó a sus víctimas.
    Comenzaron encorsetados en una descripción y terminaron encorsetados en el formalismo de la justicia y el cinismo de los que la imparten. Juristas y políticos que se rasgan las vestiduras ante la posibilidad de aceptar que una sentencia firme es errónea. Aunque esté equivocada la Ley es la Ley. Estado de Derecho le llaman.

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  2. Calder magullado dice:

    Ya lo cantaba Sabina (sin que sirva de precedente): Y si dos vascos atracan a un farmacéutico en Vigo, jura el testigo que eran sudacas

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