ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Dos falsos policías (III)

3.-El caso de Olesa 

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A las 20,30 horas del martes 5 de noviembre de 1991, M y su amiga E estaban en el taller de la calle Trasera, en Olesa de Montserrat (Barcelona), donde trabajaba su amigo JJ, esperando a que éste engrasara la cadena de la moto de M. El trabajo le llevó menos de media hora. Luego, JJ y  M acompañaron a E a la calle Colón, donde ésta había aparcado su coche. E se fue para Esparraguera, un pueblo cercano, sobre las nueve de la noche. M y JJ se dirigieron al gimnasio de la carretera de Manresa. Estaba cerrado, así que se quedaron charlando con Ma, una prima de M, durante una hora. La prima de M se marchó sobre las diez. JJ y  M, cada uno en su moto, decidieron dar una vuelta por Olesa y comprobar de paso cómo había quedado la cadena recién engrasada. El recorrido empezó por la zona de las Casas Baratas, subieron por Las Planas, bajaron  por el centro de Formación Profesional, giraron a la izquierda y, recto, llegaron hasta Can Vicentó, al final del pueblo. Luego, por la carretera de Calisá, se acercaron hasta los alrededores del Instituto de Bachillerato de Olesa. Aparcaron en un camino que lleva a la vieja fábrica de Can Vila Pou, y se pusieron a hablar. Ella tenía veintiún años, él diecisiete. Sobre las 22,30 pasó de largo, hacia la fábrica, un Peugeot 205, blanco, con un alerón doble a media altura de la luna trasera y matrícula de Barcelona, letras KJ. Enseguida giró a la izquierda y se fue a aparcar junto a un almacén que había más abajo. Al chico, que era mecánico, el ruido le pareció el de un motor diesel, aunque, pensando que se trataba de una pareja de novios, no le prestó mayor atención. Los dos amigos siguieron charlando hasta que dos hombres los sorprendieron abordándolos por la espalda. “Éstos son”, llegaron diciendo, como acusándolos de haber  roto o destrozado algo. Nosotros no hemos hecho nada, comentó JJ: uno de los individuos le golpeó en la cabeza y el cuerpo con uno de los  palos de madera, largos y muy gruesos, que traían.  M les pidió que se identificasen. Ellos insistieron en que eran “policías o guardias jurado”, dudó M al declarar. Uno de los individuos llevaba la voz cantante, y el otro obedecía. Les dijeron que les tenían que acompañar porque se había cometido un robo en un almacén agrícola cercano y querían comprobar algunas cosas. Los dos jóvenes, que no se creyeron que fueran policías, se resistieron. JJ estaba sangrando y M le pidió al que llevaba la iniciativa que llamara a un médico si de verdad eran policías, lo que al parecer “puso nervioso” al agresor, que empezó a insultarla. El “mandado” obligó a JJ a ponerse en marcha camino de la nave, mientras el otro vigilaba, amenazante, que M acabara de ponerle los candados a las motos. Acabaron llevándoselos a palos y empujones por caminos de campo hasta la caseta. El que obedecía se mordía el cuello del jersey –de cuello alto y color “crudo o blanco”, según M— al hablar, como para que no se le viera la cara. Los asaltantes, que mantuvieron una pequeña discusión antes de entrar a la caseta, hablaban árabe entre ellos, según los chicos. El “más activo” le pidió a M las llaves de su moto: fue a recogerla y la aparcó dentro de la nave.  El “Jefe” era grueso, con entradas, tenía el pelo corto, la cara redonda, los labios grandes y la barriga prominente, y mediría un metro sesenta y cinco de estatura. Vestía pantalón gris de tergal, camisa clara y chaqueta marrón oscura. El chico se fijó que calzaba unas zapatillas de estar por casa. El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda, aunque las “características generales eran similares al primero”, dijo la chica. El que mandaba hablaba con ellos en castellano, pero con dificultades. Al menos dos de los golpes le cayeron a JJ en la cabeza, lo que le dejó aturdido durante un rato y le provocó dos cortes de cinco y un centímetro. Antes de entrar a la nave, JJ pudo ver la silueta y el aspecto que tenían, pero, a pesar de que dijo recordar(*) que había luz suficiente, explicó que entre que lo deslumbraban con la linterna y los nervios, no pudo ver bien la cara de los asaltantes. La “nave” era una hilera de pequeñas casetas sin enlucir unidas por un mismo techo de uralita y acuñada(**) : era más alto el muro trasero que el de la fachada. Una vez en el interior, el mandado ató a JJ con las cuerdas de una carretilla que había dentro. Primero le ató las manos. Una vez en el suelo, le ató los pies. Las cuerdas lo amarraban a su vez al bastidor de la carretilla. JJ estaba “atontado”.  El Jefe registró a M y le quitó las cuatro mil pesetas que llevaba. “El subordinado” le ató a ella también las manos a la espalda. Colocaron una manta en el suelo. El que mandaba obligó a la chica a tenderse sobre ella y a quitarse la cazadora, el pantalón y las bragas. La resistencia que opuso M, el agresor la venció apaleándola en la barriga. El otro, cumpliendo órdenes, esperaba vigilante fuera de la nave, por si acaso se acercaba alguien. Utilizaban la linterna para deslumbrar y controlar a la chica y a su amigo dentro de la caseta, aunque al parecer también la utilizaron fuera. Cuando terminó el que estaba dentro, se turnaron. Los dos eyacularon dentro del cuerpo de la chica. JJ presenció las violaciones. Habían empleado una violencia brutal. El informe médico recoge que M presentaba numerosas marcas amoratadas en los pechos, en las muñecas, junto a la columna. En la parte de atrás del muslo derecho tenía un cardenal de 15×4 centímetros. En el pie tenía (***) además dos cicatrices, aunque antiguas, de un accidente de tráfico que había sufrido unos meses antes. Los agresores recogieron parte del dinero que se les había caído al suelo, desataron a la chica, le ayudaron, con la linterna que llevaban, a buscar las llaves de su moto, y se marcharon. Una vez solos, la chica, con una navaja llavero, desató a su amigo. Se subieron juntos a la moto de M y fueron a buscar la de JJ. La encontraron tirada en un huerto cercano. Subidos cada uno en la suya, se marcharon. En la huída, JJ tuvo un pequeño accidente, aunque sin graves consecuencias. Llegaron a casa alrededor de la medianoche. Antes de ir al hospital, M se duchó y se cambió de ropa.  

Fuentes: Estoy en plena mudanza, así que hasta la semana que viene no podré enlazar aquí los documentos en los que se basa este relato.


(*) Mejor: “dijo recordar”

(**) Mejor “forma de cuña”

(***) Añadir : “también”; [mejor aún: “además”]

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