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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Ministerio de las tonterías

La anterior Subsecretaria de Justicia, Ana de Miguel, respondió en EL PAÍS, en diciembre de 2005, a una carta al director que María José Henares había enviado días antes. Defendía la omisión del Ministerio  en el tema del indulto solicitado para Tommouhi y Mounib por el Fiscal Jefe de Cataluña, en 1999, y que el Gobierno, ocho años y medio después, sigue sin resolver. Sólo en contadas ocasiones se puede comprobar la bajeza –en sentido técnico—de los  argumentos ministeriales, porque a menudo sus respuestas son formales, burocráticas y calcadas a la anterior. Esta vez, sin embargo, tuvo que hablar,  y más allá de las baladronadas (“concédanos [donde no se sabe muy bien a quién se dirige, pues faltaría el “se” –concédaSEnos—para que fuera impersonal] también conservar la esperanza en nuestro sistema judicial…”), dejó esta frase: 

“Pero subsisten tres condenas donde la prueba practicada es incontestable, acreditan la autoría en la realización de actos de mucha gravedad, referidos a delitos contra la libertad sexual, de los que provocan alarma y rechazo social.”

Que la “prueba practicada es incontestable” es una mentira práctica cuya única verdad residía hasta el momento en que, efectivamente, nadie –salvo Reyes Benítez, pero de eso hace ya once años: el tiempo olvida– se había tomado el trabajo de contestarlas. Más allá de eso es una falsedad insostenible tanto en el plano práctico como en el teórico.  

En la práctica, es tan “incontestable” como la “prueba practicada” de aquella otra víctima que señaló a Tommouhi y Mounib como sus violadores, y que se ratificó el día del juicio afirmando literalmente, como veremos aquí, que “no había tenido nunca ninguna duda”, pero que seis años después el resultado del ADN demostró errónea y obligó al Tribunal Supremo a revocar la condena de ambos marroquíes.

En la teoría, Luigi Ferrajoli lo resume así en su Derecho y razón (Trotta): “es falsa cualquier generalización sobre la fiabilidad de un tipo de prueba o conjunto de pruebas” (p. 135). Y, más aún: “no existe ningún criterio, formulable en vía general y abstracta, para establecer el grado objetivo de probabilidad de una hipótesis respecto de un tipo de prueba” (p. 148).

La ampulosidad del término intenta disimular la pobreza de contenidos concretos. Una miseria realzada luego por la falta de concordancia entre sujeto y predicado, reflejo de la brecha entre causas y consecuencias que atraviesa este caso. Es sólo una letra, pero reveladora. Es la ene. Si leen esta frase con atención y memoria (“Pero subsisten tres condenas donde la prueba practicada es incontestable, acreditan la autoría”) verán que el verbo –“acreditan”—concordaría en todo caso con el sujeto “tres condenas” y no, como parecería lógico, con “la prueba practicada”. Pero la lógica no tiene nada que decir en este proceso alucinado. En realidad, lo único que acreditaría la autoría serían las condenas y no las pruebas, porque nunca las hubo más allá del sagrado convencimiento de las víctimas, esa forma de fetichismo en tiempos de verdugos.

 Faltaría, por último, una conjunción (“y” o “que”, por ejemplo) para que la frase no quedara inconexa y amontonada, pero ése es el tipo de homenajes que rinden las frases falsas a la verdad que ocultan.

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Archivado en: El Ministerio y el indulto

2 Responses

  1. vanessa dice:

    Hee Braulio pareces del FBI JAJAJ.

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  2. Tote dice:

    Decía, también, Ana de Miguel en su carta: “Su nombre es Ahmed Tommouhi y lucha, como todo procesado, como todo condenado, como haría cualquiera de nosotros, por defenderse y obtener la libertad.”
    La Subsecretaria se permitía opinar sobre cuáles eran las motivaciones de Tommouhi y, en esto, también se equivocaba. No es cierto, no luchaba, ni lucha, por la libertad sino porque se reconozca su inocencia. Al igual que Mounib, rechazaba el indulto si no se acompañaba de un reconocimiento del error. “El indulto es para los culpables” decían en 2002, un par de meses antes de la muerte de Mounib.
    La Subsecretaria olvidaba la dignidad, la necesidad de que les devolvieran su honor. Ana de Miguel ya no es Subsecretaria pero Tommouhi sigue luchando por su dignidad. La libertad, dicen, que ya la tiene pero tampoco es cierto, sigue preso de una pelea contra un monstruo al que no le importa el paso del tiempo.

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