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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Dos falsos policías (IV)

Aviso al lector:

El título “Dos falsos policías”  debe entenderse como el paraguas que agrupa los diversos casos de la ola de violaciones del otoño de 1991,  aún cuando, como en este caso de Cornellà, los agresores no se presentaran nunca como tales. Este es también el único caso de esta serie (I, II, y III) en el que los asaltantes encuentran a las víctimas en una zona urbana, iluminada y en el que median entre ellos unos primeros minutos sin violencia.

4.-El caso de Cornellà 

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El 7 de noviembre de 1991 era jueves. N, de 14 años y G, de 15, habían salido del casino de Sant Feliu de Llobregat y esperaban en una parada el autobús para volver a su casa de Cornellà, en el área metropolitana de Barcelona. Eran alrededor de las ocho de la tarde cuando se acercó un coche pequeño, de color gris seguramente, claro en todo caso, ocupado por dos hombres, de unos veinte años el copiloto, el conductor de unos cuarenta, que se ofrecieron a llevarlas hasta Cornellà. Ellas aceptaron. El copiloto abrió su puerta y bajó del coche para que, doblado el asiento delantero, se subieran a la parte de atrás. Era un turismo de dos puertas. Nada más subir, los hombres se presentaron diciendo que eran árabes. No consta que añadieran sus nombres. El vehículo, según contó N a la policía, tenía una bandeja cubriendo el maletero; la tapicería era gris con franjas verticales negras y una franja roja, más estrecha, horizontal, que la bordeaba; y tenía tres relojes no horarios en el cuadro y uno horario en la parte baja, junto al cenicero. “¿Cómo os montáis en un coche con las cosas raras que pueden pasar?”, les preguntó el conductor, ya en camino por la carretera de Sant Joan Despí en dirección a Cornellà. Las chicas, sorprendidas, les pidieron repetidamente que las dejaran bajar, a lo que el conductor se negó. “Vamos a esperar a una cuñada suya”, continuó, refiriéndose al copiloto. N iba sentada detrás del conductor, cuya cara veía reflejada en el espejo retrovisor: Tenía los ojos achinados, pequeños, marrones, oscuros y prolongados y con arrugas por la parte de fuera. De unos cuarenta o cuarenta y cinco años, uno setenta de alto, complexión normal, con entradas, llevaba una chaqueta de cuero  marrón y guantes de lana. N oyó que hablaba español con acento cuando se dirigía a ellas, y árabe o similar cuando hablaba con el copiloto. Añadió que le había visto un reloj con pulsera metálica, de plata o acero, dudó. El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas; llevaba guantes de cuero y cazadora negra. No le oyó que hablara español, sino en árabe y sólo entre ellos. A la altura del barrio de la Fuensanta el conductor se desvió adentrándose en él.  N y G vivían más adelante, así que pidieron explicaciones. Callejeando, y sin que mediara respuesta, salieron a un descampado: Tomaron un camino lleno de baches por el que se cruzaron con dos vehículos, antes de desembocar en una calzada donde N recordó haber leído en un cartel: “Carretera de Sant Boi”. Las chicas gritaban pidiendo que las dejaran bajar. “Vamos a hacer algo con vosotras”, oyeron que les decían. Lo primero que pensó G fue que les iban a robar. Después de varias vueltas embocaron un camino: El coche avanzaba rozando con las ramas de algunos árboles. La casa junto a la que, entre huertos, se pararon,  no tenía luz. El conductor paró el motor y apagó las luces. Primero les propusieron “realizar el acto sexual”, según declaró G, a lo que ellas se negaron. N pensó inmediatamente que las iban a violar. El conductor hizo como que desistía en sus amenazas, entregó al copiloto la pistola que había sacado, que a N le pareció pequeña y que tenía un silenciador(*), y salió del coche. “Mátalas si quieres”, le dijo. El copiloto, que ya las estaba amenazando con una navaja, intentó golpear a G con una porra de madera que también portaba, pero su amiga logró evitarlo. Llegaron a quitarle la porra. G le golpeó en un ojo con ella y ambas intentaron escaparse. N llegó a poner un pie en el suelo, pero el conductor, que seguía fuera, le cerró el paso con la puerta. Les pegaron con la porra  y un bate a ambas. N empezó a sangrar por un labio partido. El conductor la sacó del coche. G procuró fijarse todo lo que pudo en los autores y anotar la matrícula: B-7661-FW. Para ella, el hombre de más edad, el conductor, tendría unos cuarenta años; de altura y complexión normales, aunque algo obeso, tenía el pelo negro, aspecto agitanado y vestía una cazadora de piel marrón. El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, señales en la cara y llevaba una chaqueta de piel marrón también. Éste fue, el copiloto, el que se quedó con ella dentro del coche. La violó vaginalmente. A N, fuera, apoyada contra el coche, y con algo, seguramente su propio jersey, puesto en la cabeza, el conductor intentó penetrarla vaginalmente. N declaró que creía que no lo había conseguido, pero que tampoco podía asegurarlo porque los golpes en la cabeza la habían dejado medio inconsciente y que recordaba lo ocurrido a trozos. Cuando volvió en sí, se vio ensangrentada y andando por una carretera. La esposa del automovilista que las recogió las llevó a casa de G y sus padres, al hospital de Bellvitge, donde N llegó con traumatismo craneoencefálico y vómitos, además del corte en el labio superior y una contusión en el pómulo derecho. G tenía contusiones en la tibia derecha, a media altura, así como en el codo y pómulo derechos. A ninguna se le tomaron muestras esa noche. G declaró de madrugada, a partir de las 03:47, según el acta, y al final de su declaración  pidió remarcar: “que dichos individuos les dijeron que eran árabes, aunque cuando hablaban con ellas lo hacían en castellano correctamente, por lo que ignora si cuando hablaban entre ellos era árabe o lo hacían para disimular.”  Al día siguiente, pasada la  una del mediodía, entregó a la policía las bragas, marca Princesa, y los vaqueros Levi’s que llevaba puestos la noche anterior. N declaró el viernes día 8, poco antes de las tres de la tarde. Entregó tres prendas que llevaba la noche de autos: un polo Adidas de color añil y manchado de sangre, unos vaqueros azules, marca Lee, y unas bragas. En la zona vaginal de su braga, sin marca ni talla, había una gran mancha de semen.


(*) No olvidar que Reyes nos contó que era un revólver de plástico al que habían añadido un cañón de hierro.

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Archivado en: La pistola humeante

One Response

  1. Tote dice:

    G., con 15 año, tuvo la sensatez de declarar que no sabía si hablaban árabe, ellos habían dicho que eran árabes pero ella no sabía si era verdad. Los demás, incluídos policías y jueces, lo dieron por cierto.

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