ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Dos falsos policías (V)

Aviso sobre lo publicado:  

5.- El Caso de Tarragona I (La Secuita) 

A unos veinticinco kilómetros de Salou está La Secuita.  Desde Tarragona se tarda un cuarto de hora por la carretera de Perafort, una calzada estrecha que se hunde en una rotonda antes de girar a la derecha y empinarse los dos kilómetros finales serpenteando por una cuesta suave hasta el pueblo: un puñadito de casas blancas horadado por las ventanas y una pequeña iglesia románica, sobre una falda de cultivos, almendros y avellanos. La Secuita. A mitad de ese último tramo de subida y a mano izquierda, a la carretera le sale un brazo estrecho y de tierra, un caminito que se mete en un pinar frondoso y rectangular que queda en un recodo. El caminito desemboca en el viejo campo de fútbol del equipo local. Hoy está abandonado. La pared de la única grada lateral está cuarteada por la maleza que, reventándola, asoma; la pintura de los anuncios de empresas locales está descolorida; la cancha, enredada de matojos, y la basura, amontonada de escombros, litronas de cerveza, material de obra y plásticos. Sólo los esqueletos de las porterías mantienen y dibujan el antiguo orden rectangular que imprimía su forma hasta  en el pinar. En 1991, tampoco servía ya de sede para los partidos del Club de Fútbol La Secuita, descolgado de todas las competiciones oficiales. Entonces tenía dos usos principales. Durante el día, los chicos del pueblo iban allí a jugar al fútbol. Por la noche no era raro, sobre todo los fines de semanas, que sirviera para que los chicos y chicas, mejor si en parejas, se buscaran y charlaran a oscuras. A eso fueron A y L, dos quinceañeros del pueblo, con S y R, de quince y catorce años respectivamente, amigas y vecinas de la misma manzana en Barcelona que pasaban el fin de semana en sus casas en La Secuita, la noche del sábado 9 de noviembre. Llegaron en moto desde casa de S., donde las dos chicas habían cenado juntas. De camino habían comprado dos paquetes de tabaco en el bar del centro del pueblo. Aparcaron las motos y se sentaron junto a la portería más alejada de la entrada, al fondo del pinar. Eran alrededor de las once de la noche cuando vieron llegar un coche que se acercó, más o menos,  hasta la mitad del campo, según A recuerda todavía. Las luces largas que traían puestas los deslumbraban. Era un Renault 5 Saga (*) gris metalizado del que bajaron dos hombres armados con un palo de madera, como un bate, y un revólver y dándoles el alto. “Policía”, dice A que gritaron. A veía el perfil de los dos hombres recortados por un hilo de luz contra la oscuridad. Volvieron a dejar el revólver en el coche y les pidieron la documentación (**). Los chicos se habían dado cuenta de que no eran policías cuando los asaltantes empezaron a golpearles con el palo, gritándoles que se tiraran al suelo, bocabajo (***). Les ataron las manos a la espalda y les quitaron las carteras. A las chicas les taparon además los ojos: a S con su propio jersey y a R con un pañuelo, aunque esta última podía ver. Metieron a los cuatro en el asiento trasero. Por el camino de la entrada apareció una luz redonda. Eran J y O, dos amigos del pueblo de A y L, que llegaban en moto. Al ver el Renault 5 lo primero que pensaron fue que era el del Tete, un amigo común de La Secuita, y aparcaron la moto delante del coche. Les llamó la atención que en la aleta frontal tenía un golpe, junto al faro izquierdo. El cristal estaba roto, no así la bombilla, que seguía encendida. Ni J ni O supieron muy bien de donde habían salido los dos hombres que se les plantaron delante, aunque declararon que pensaban que debía haber sido de dentro del coche. Los golpearon y les ataron las manos con la bufanda azul marino y rayas blancas que J llevaba puesta. Los metieron a los dos en el maletero, pero como la puerta no cerraba del todo, desataron a O, lo sacaron y lo metieron delante, a los pies del copiloto. O contó luego que cuando le pusieron la pistola en la nuca sintió que era metálica, y que creía que era de verdad, sin llegar a precisar si tenía el agujero del cañón obstruido o no. Arrancaron, los ocho dentro del Renault 5, salieron por la otra salida que el campo tenía y cogieron de nuevo la carretera, dirección La Secuita. Enseguida se desviaron metiéndose por el camino que lleva al Mas del Hereguet. Circularon unos 50 metros más y detuvieron el vehículo. No habrían andado un  kilómetro desde el campo de fútbol hasta el campo de avellanos donde pararon. Los asaltantes sacaron a los seis chavales del vehículo. Ataron a los cuatro chicos detrás del coche, tumbados sobre el suelo, bocabajo y pierna con pierna: para A y L emplearon las gomas de la bandeja que cubría el maletero; para J y a O, los jirones de una camiseta interior de tirantes blanca, marca San Telmo. Los agresores hablaban entre ellos: Uno le pedía al otro que tuviera cuidado no se le escapara un tiro, al tiempo que amenazaba a los cuatro amigos con pegárselo él mismo si no se estaban quietos. Habían renunciado ya a pasar por policías: en algún momento empezaron a decir que eran “moros”. Les palparon el cuello y las muñecas buscando joyas y relojes. A J le rajaron con una navaja el anorak –12.900 pesetas—para quitarle el reloj Casio que llevaba. Uno se llevó a S entre los avellanos, a través de cuyo enramado –el avellano es un arbusto de hoja caduca, y era otoño—A podía ver cómo el agresor la desnudaba y la manoseaba. Los chicos oyeron que su amiga gritaba, llorando, que le hacía mucho daño. El agresor le tapaba la boca. S se resistió. El violador le dio varias patadas en la vagina. S lo describió como de baja estatura, uno sesenta y cinco aproximadamente, de unos cuarenta años, gordito, piel oscura, barriga, pelo corto y liso. Le pareció que hablaba una lengua extranjera, posiblemente norteafricana. Vestía una cazadora negra y un pantalón de pana. Del otro sólo dijo que tenía bigote.  Ese otro había metido a R dentro del coche. Luego acabó violándola fuera, en la parte de adelante. “Mira cómo la tengo de dura”, oían los chicos, sin ver a R, que le gritaba. La golpeó repetidas veces, más cuanto más repetía R, ante sus insistentes preguntas, que no lo había hecho nunca. Le pegaba y le gritaba mentirosa. Era, según R, de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara. Luego dejó que se vistiera y la echó encima de los cuatro chicos, detrás del Renault 5. Los chicos no miraban para no ver que el otro estaba violando, ahora delante de ellos y analmente, a S.  A memorizó la matrícula: B-7661-FW. Se marcharon poco antes de la una de la madrugada. Les habían dicho que volverían en una hora, y que los esperaran, amenazaron, porque si no los matarían. Los chicos desobedecieron inmediatamente: el primero que consiguió soltarse cortó las ataduras de los demás con un mechero. Al subirse las mallas que llevaba esa noche, S notó cómo un líquido le bajaba, al parecer, de la vagina.  Juntos fueron a avisar a sus padres. Los chicos no pudieron añadir gran cosa a las descripciones que de los agresores habían dado sus dos amigas: apenas A,  que dijo que uno tenía barba, retuvo algún rasgo. Lo que sí añadieron fueron las impresiones que le había dejado la extraña forma de hablar de los asaltantes. Para uno hablaban castellano aunque con acento; para otro hablaban normalmente en español, aunque en algún momento habían hablado un idioma extranjero que no podía precisar. Un tercero insinuó que  podía ser “árabe norteafricano”. A dijo que lo hacían en árabe, y con voz afónica. Los padres de S, que a la mañana siguiente  acompañaron a su hija y a R durante la visita al Hospital Juan XXIII de Tarragona, hicieron constar ante el juez “su protestas por la actuación del ginecólogo [que las atendió], que trataba a las niñas como si fueran unas frescas.” 


(*) Comprobar, por su dueño de entonces, que el Renault-5 GTX era, efectivamente, un SAGA. Si no, quitarlo de aquí.

(**)  Nos llama la atención este gesto de esconder el revólver. La policía planteó a menudo la posibilidad de que no fuera una pistola de verdad, y quizá tenga que ver con ello.

(***) Es importante el matiz que se recoge en el “Informe Operativo” firmado por José Martín Vázquez el 10 de noviembre de 1991: “Dijeron eran policías [sic] y piden a los presentes sus documentos, y dicen que se los tenían que llevar”: por la mecánica comitiva de los hechos, se deduce que quiere decir que se “tenían que llevar” a los chicos. Nos importa para que se vea una similitud más con el triángulo que nos interesa: Olesa, Tordera (25-11) y este de Tarragona: el hecho de que se presentan como policías y añaden la excusa de tener que trasladarlos  de lugar…

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Archivado en: La pistola humeante

2 Responses

  1. elena urzúe dice:

    Nostalgia del sombrero.

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  2. agustin dice:

    existen archivoa donde comprobar una matrícula,cotejar con el vehículo y situación administratriva del vehículo el dia de los hechos ; como si hay que llegar,( si los hechos estan denunciados ó se consideran como tales) al mismisimo putoarchivocentral.coño.elgarage del escorial.coño.com.

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