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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Dos falsos policías (y VI)

Aviso sobre lo publicado 

6.- El Caso de Tarragona II:  La Bisbal

Los asaltantes debieron continuar viaje, según la reconstrucción policial, por carreteras secundarias hasta enlazar con la C-246, una carretera comarcal que une Valls y El Vendrell, todavía en la provincia de Tarragona. Luego se desviaron por la carretera de Santa Oliva, que va de La Bisbal del Penedès a Llorens. Poco antes del puente de la autopista que cruza esa carretera, rebasaron un camino de tierra que salía a mano derecha: al fondo se podía entrever el chasis de un vehículo. Era el Citroën CX del padre de O, que junto a su novio habían aparcado pocos minutos antes en esa pista sin asfaltar, a unos cinco metros de la carretera, y habían apagado las luces. Sobre la una y cuarto de esa madrugada de domingo, el chico se fijó en un coche que circulando por la carretera de Santa Oliva, en dirección a Llorens, se detuvo apenas rebasado el cruce del camino, dio marcha atrás y entró en la pista donde estaban ellos aparcados. Era un Renault 5 de color claro que se detuvo, sin apagar las luces y bloqueando la salida. La pareja se extrañó. Cuando se quisieron dar cuenta, había dos hombres, con la cara tapada con una media, asomados a la ventana del copiloto. Dos hombres armados con un revólver, una barra de hierro y un palo de madera que encañonándolos y alumbrándoles a la cara con una linterna –“para no ser reconocidos”, según O— les pedían que abrieran el coche. Ellos se negaron. Uno de los asaltantes golpeó entonces el vehículo con la barra de hierro y JC, el chico, bajó un poco la ventanilla y les dio el dinero que tenía, unas mil pesetas. No dejaron de amenazarlos y exigirles que salieran del vehículo hasta que JC entreabrió su puerta, permaneciendo sentado. Los dos hombres lo sacaron y lo tiraron al suelo. Medirían uno setenta, eran robustos y tenían la voz ronca, según JC. Bocabajo, le quitaron el cinturón y le ataron las manos a la espalda. O, que seguía en su asiento, aprovechó para quitarse el reloj y los anillos que le dio tiempo y esconderlos dentro del coche. Le quitaron lo que le quedaba a la vista: un anillo con  un sello de oro, uno de aro de comunión, como una alianza, y otro con un perla blanca y con puntas; y dos cadenas de oro: una de ellas con un escapulario y una cruz. En el escapulario se podía ver la Vírgen de Montserrat por una cara, y el Sagrado Corazón por la otra. En la cruz las iniciales y la fecha de nacimiento de su novio grabadas. JC tenía veintitrés años. O, veintiuno. El más tranquilo de los asaltantes, que a JC le pareció el cabecilla, se metió en el coche y con la mano derecha le volvió a O la cara hacia el cristal. Arrancó y movió el coche unos veinticinco o treinta metros más arriba, alejándose del cruce y del Renault 5 en el que habían llegado. El otro arrastró del cuello a JC hasta llegar de nuevo a la altura del Citroën. Otra vez  bocabajo sobre el suelo, le ataron también los pies con una camiseta y le taparon la cara con su propio jersey. Lo registraron varias veces buscando dinero, pero ya solo le quitaron un reloj Racer con cronómetro. A partir de ahí, JC no veía nada pero sí oía lo que sucedía a su alrededor: por el ruido pensó que era un coche de poca cilindrada. El más tranquilo se volvió a meter en el coche con la chica. Hablaba bastante bien castellano. La chica le preguntó si era marroquí. “Sí”, le respondió, y añadió que hablaban en “saja”. O todavía “consiguió hablar un poco [con él] y [éste] le dijo que llevaban tres o cuatro años en España”. El otro permaneció fuera con su novio golpeándole, no fuerte, pero sí continuamente, dándole patadas y pegándole con la barra. No fueron más de cuatro o cinco minutos, el tiempo que tardó en salir su cómplice del vehículo para relevarlo en su puesto. El segundo que entró, más nervioso y que apenas hablaba, estuvo más tiempo dentro, como unos ocho minutos. La “estuvo besando repetidamente”, por lo que O sostuvo siempre que no tenía bigote. La chica no opuso resistencia por miedo a que le hicieran algo a su novio, por lo que ni ella ni su ropa tenían signos de violencia física, según el parte médico. Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, y llevaban cazadoras de piel. Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas. Cuando terminaron, arrancaron el Renault 5 y después de una maniobra brusca salieron a la carretera, “probablemente”  patinando ruedas, dijo JC. O llegó a ver  tuvo la T de la provincia de Tarragona en la matrícula. (Según averiguó la policía, los asaltantes debieron sustraer esa placa de un turismo rojo –a juzgar por el estado reciente de los remaches—que de camino habían encontrado junto a la cuneta y la sustituyeron por la B-7661-FW que habían lucido en los dos asaltos anteriores y en Cornellà.) Al notar el chico que cuando gritaba ya no le pegaban, se quitó el jersey que le cubría la cabeza y vio que no se habían llevado a su novia. JC se desató las manos lo más rápidamente que pudo y, con los pies atados todavía, se reunió con su novia. Entre ambos terminaron de deshacer los nudos de los pies del chico. A su pregunta, ella le respondió que la habían violado los dos. “Decidimos que ella se quedara en el lugar de los hechos y yo me fui a buscar ayuda a casa de unos familiares, en La Bisbal del Penedés.”, declaró JC. Luego volvieron a recogerla a ella, y se fueron a la Policlínica del Vendrell para ser atendidos y luego a la Guardia Civil para denunciar los hechos. JC volvió dos días después a declarar y, entre otras cosas, añadió: “Que entre ellos hablaban en árabe. Que no puede identificar el dialecto, [pero] que desde luego era árabe y que lo conoce porque lleva diez meses en Melilla haciendo el servicio militar”.

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Archivado en: La pistola humeante

One Response

  1. Tote dice:

    No existe , al menos en Marruecos, ningún idioma ni dialecto que se llame “saja” (ni “saha”). Sí existe la palabra “saha” que se utiliza para brindar o para desear buen provecho o salud para disfrutar algo que has comprado o que estrenas… Pero nadie habla en “saja”, como nadie habla en “salud”, en “que lo disfrutes” o en “à votre santé”.
    Probemos a cambiar el escenario: Suecia, un español detenido y una víctima que declara que su agresor era de esa nacionalidad ya que así se lo había dicho y le había concretado que hablaba en “olé, olé”; ¿a qué resulta absurdo? Así es todo en esta historia.

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