ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La dueña de la pensión no es Funes

No sólo el nuestro de ayer.  Ninguno de los policías que detuvieron a Tommouhi y Zaidani en la pensión Agut de Terrassa preguntaron a la dueña de la pensión dónde estaban ambos marroquíes “el día de autos, es decir el día de la violación“.

“La violación” sobre la que le preguntaban en la vista oral del juicio de Tarragona, a finales de 1994, era las dos violaciones de La Secuita y la doble de La Bisbal,  ocurridas entre las 22:30 del día 9 y las 2:00 del 10 de noviembre del 91. Ese día había entrado Tommouhi en la pensión de Terrassa, y según él, a esa hora estaba en su habitación. No sé, todavía, si la defensa de Tommouhi, o el fiscal, o el propio tribunal, le preguntaron eso mismo a la dueña de la pensión el día del juicio. ¿A qué hora vio usted por última vez al señor Tommouhi esa noche?  Y “no sé” quiere decir que no tengo esa parte del acta oral donde debería estar recogido. La pregunta y la respuesta. Sé lo que me han contado, pero es demasiado vago todavía.

Así que en abril pasado me planté yo mismo en la pensión. En la antigua pensión, porque hoy ya es sólo la vivienda habitual de su dueña (¿tiene marido, hijos?). Me perdonarán que no les hable aquí del lugar, pero es que no encuentro las notas que tomé aquel día, y describir de cabeza y en frío se me da mal. Muy mal. Vida es olvido.

Como muchas veces, tiré de amigos. Ellos tienen coche y saben conducir, y siempre están dispuestos a comer fuera de casa. Comimos en Bellaterra: Más que un pueblo, digamos que es una carretera, un jardín y una farmacia. Del nombre del restaurante no me acuerdo, pero sí de cómo lo imaginábamos: seguro que Cambó y sus colegas reuniría a la ejecutiva de la Lliga aquí, soltó alguno.

Luego fuimos a Terrassa. A un bar que, con luminoso amarillo, seguro se llamaba “Oasis”. Tomamos café. Los dejé pidiendo el pacharán, salí a la calle, subí la cuesta y atravesé el pasaje Agut. Frente a la puerta, tomé las notas que no encuentro. Y toqué al timbre. A través del interfono, hablamos:

“La pensión cerró y ya está”. […] Insití. Quería saber si al menos se lo habían preguntado alguna vez: “si me vuelves a molestar, nos veremos en otro lado”, terminó.

La mujer, dieciséis años después, no recordaba nada.

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Primera detención

El lunes 11 de noviembre, además del fax con las descripciones de los presuntos violadores, en la comisaría de Terrassa entró la ficha de registro de la pensión Agut. Lo habitual es que los hosteleros entreguen las fichas cada mañana: esta vez era lunes, y la dueña de la pensión entregaba las del fin de semana. Los nuevos huéspedes registrados eran dos marroquíes: Ahmed Tommouhi, desde el sábado, y Abdeslam Hammani, desde esa misma mañana del lunes, día 11. 

La coincidencia fue tan sofisticada como explicó uno de los policías el día del juicio oral en la Audiencia de Tarragona: 

“Que detuvieron al señor Ahmed Tommouch en Terrassa, a causa de la llegada [de] un telex (…) y en ese momento llegó una señora de una pensión [con los] datos de un marroquí, que coincidían con los datos del telex, por lo que se fueron a la Pensión y al ver a los [ocupa]ntes de la vivienda, (…) [los] detuvieron y se los llevaron a Comisaría, y allí [lo] puso en contacto con el Juzgado de Guardia y este ordenó [la de]tención.” 

El mismo agente explicó también que 

“el parecido de las características del telex, con los huéspedes de la pensión eran grandes, sobre todo con el de 40 años aproximadamente. Que en el telex se decía que uno de los autores tenía grandes entradas.” 

En efecto, Ahmed Tommouhi tenía 40 años y grandes entradas. Cuando volvió a la pensión, andando desde la obra en la que trabajaba, encontró a la  policía en la pensión, junto a uno de sus compañeros de habitación, Mostafa Zaidani, recién duchado. Este último vivía en la pensión desde hacía un mes. Nada tenía que ver con el Hammani de la ficha de registro. Pero era marroquí y tenía bigote. La policía se llevó a los dos detenidos. 

La conversación entre la Policía y la dueña de la pensión debió ser escueta. El policía admitió el día del juicio de Tarragona “que no preguntó a la dueña de la Pensión donde estaban los árabes el día de autos, es decir el día de la violación”.  

A la mañana siguiente, ambos pasaron la primera rueda de reconocimiento. Hasta dos días después no sería detenido Abderrazak Mounib, a quien finalmente algunas de las víctimas señalaron, junto a Tommouhi, como el otro violador del otoño de 1991.

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Artistas invitados

La prensa, víctima de la mafia

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Del estilo (del libro)

La fuerza metafórica que tienen las vidas de Tommouhi y Mounib proviene precisamente de que no es una metáfora “literaria, sino experiencial”. Así también la de otros actores clave de esta historia: Reyes Benítez, cuyas investigaciones, a deshoras, rigurosas y solitarias, están en el principio de todo este asunto. O Manuel Borraz y Tote Henares, “ciudadanos ejemplares” que, sin pertenecer a ninguna asociación, ni colectivo ni tener ninguna relación profesional con el caso, ni interés que no fuera desinteresado, lo mantuvieron vivo. Ahí está la página web de Borraz, o los cientos de páginas que entre ambos han escrito: recursos a la fiscalía, ruegos y preguntas a las instituciones, informes para el Ministerio de Justicia, etc. O los jueces que en su día lo condenaron y años más tarde se mostraron a favor del indulto, pero que no quieren volver a oír hablar del tema, “porque hace ya mucho tiempo”. El mismo tiempo que ellos pasaban en la cárcel. O esa intervención del Síndic de Greuges (el Defensor del Pueblo catalán) del año 2000 en el Parlament, con comentarios desabrochados sobre lo muy delincuente que era Abderrazak Mounib, lo que no obviaba, decía, para que se le reconociera inocente en este caso (**). Mounib no tenía antecedentes cuando lo detuvieron. El Síndic hablaba desde el desconocimiento, o sea desde el desprecio compasivo y olímpico de los ignorantes. De modo que sólo con la mayor simplicidad y exactitud científica hay que intentar contar esa cadena objetiva de errores, casualidades, contradicciones, humillaciones, pundonor e impericia que vertebran esta historia. No se puede trufar el relato de estas vidas tan extrañas, tan crudas, tan ejemplares, en un mundo tan indiferente, con un esfuerzo estetizante –“artístico”—añadido y despegado de la verdad. “El resultado sería insoportable”. Y lo que es peor: resultaría increíble. La prosa seca arde mejor (***).

(**)  La intervención está recogida en las actas del diario de sesiones del parlamento catalán.

(***)  “La poesía seca arde mejor”, creo que es una frase de Octavio Paz.

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El fax

Es lunes, 11 de noviembre de 1991. Ni la policía nacional ni la guardia civil tienen a ningún sospechoso. La última violación de la serie de la que luego serían acusados y en algunos casos condenados Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib había ocurrido en La Bisbal,  la madrugada del sábado al domingo. La policía nacional empieza a coordinar sus actuaciones.  Este escrito, pasado por fax a todas  las comisarías de Barcelona a las 15,40 horas de la tarde de ese lunes, es uno de los dos cables que llevó a la detención de Ahmed Tommouhi.  

El texto –todo en mayúsculas—resume, aunque con imprecisiones, los hechos objeto de la investigación. Añade las descripciones de los presuntos autores, basadas sobre todo en los testimonios de Cornellà, y fija la atención en el Renault 5 empleado en las últimas agresiones. Entre corchetes van algunas precisiones mías. Dice así: 

 “Entre las 20h y las 22h. del día siete de los corrientes, G y N, ambas domiciliadas en Cornellà de Ll., han sido víctimas de violación por parte de dos individuos de raza marroquí o similar [no sabemos a qué similitud se refiere exactamente, pero en todo caso G. había declarado que eran “gitano” o de “aspecto agitanado”] que utilizaban un vehículo de marca Renault-5 color gris plateado, matrícula B-7661-FW. (Est)a matrícula es falsa, correspondiendo a un turismo Seat 131. El mismo vehículo y los mismos autores, en la noche del 9 al 10, (ta)mbién del presente mes realizaron sendas [exactamente dos violaciones en La Secuita y  una violación doble en La Bisbal]  violaciones en  Tarragona y La Bisbal. 

 Los mismos individuos son presuntos autores de múltiples violaciones (en) distintas poblaciones de la provincia de Barcelona, entre los días 31-10-91 y el actual, utilizando siempre vehículos de tamaño pequeño de distintas marcas y con diferentes matrículas –sopechamos que siempre falsas–.  

Siempre llevan consigo una pistola, un bate de béisbol y una porra (co)mo la utilizada por la policía, causando siempre lesiones a las víctimas.  

Los autores son:  

1)     de 40-45 años de edad, 1,65 a 1,70 m. de estatura, complexión normal, (…) puede que algo obeso, pelo castaño oscuro –puede tener entradas manifiestas–, liso y corto, ojos achinados, pequeños, color marrón (o)scuro, habla español con acento. 

 2)     De 20-25 años de edad, de 1,70-1,73 de estatura, complexión normal, pelo negro, liso y corto, cara redonda –al  igual que el anterior–,  cicatrices en la cara de haber sufrido la viruela o similar, ojos pequeños, cejijunto y pobladas, no habla español, al parecer   

Ambos son morenos si bien el joven lo es en particular. 

 Interesa 

 La detención de dichos individuos, y de ser habido [sic] el vehículo sin los ocupantes, realizar la espera, dando inmediata cuenta  a esta comisaría –Grupo P. Judicial–. 

El vehículo puede llevar un golpe en su parte delantera izquiera, a la altura del faro.”  

Hasta aquí el fax.   

Entre las comisarías que lo recibieron estuvo la de Terrassa, que en 1991 tenía 158.063  habitantes, según el INE. Ahmed Tommouhi, un marroquí que había llegado a esa ciudad una semana antes para trabajar como albañil, vivía en una habitación de la pensión Agut, en el pasaje del mismo nombre, desde hacía dos días.  Desde el sábado 9 de noviembre por la tarde. Tenía 40 años.  El lunes por la noche durmió en comisaría.  

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Dos falsos policías (y VI)

Aviso sobre lo publicado 

6.- El Caso de Tarragona II:  La Bisbal

Los asaltantes debieron continuar viaje, según la reconstrucción policial, por carreteras secundarias hasta enlazar con la C-246, una carretera comarcal que une Valls y El Vendrell, todavía en la provincia de Tarragona. Luego se desviaron por la carretera de Santa Oliva, que va de La Bisbal del Penedès a Llorens. Poco antes del puente de la autopista que cruza esa carretera, rebasaron un camino de tierra que salía a mano derecha: al fondo se podía entrever el chasis de un vehículo. Era el Citroën CX del padre de O, que junto a su novio habían aparcado pocos minutos antes en esa pista sin asfaltar, a unos cinco metros de la carretera, y habían apagado las luces. Sobre la una y cuarto de esa madrugada de domingo, el chico se fijó en un coche que circulando por la carretera de Santa Oliva, en dirección a Llorens, se detuvo apenas rebasado el cruce del camino, dio marcha atrás y entró en la pista donde estaban ellos aparcados. Era un Renault 5 de color claro que se detuvo, sin apagar las luces y bloqueando la salida. La pareja se extrañó. Cuando se quisieron dar cuenta, había dos hombres, con la cara tapada con una media, asomados a la ventana del copiloto. Dos hombres armados con un revólver, una barra de hierro y un palo de madera que encañonándolos y alumbrándoles a la cara con una linterna –“para no ser reconocidos”, según O— les pedían que abrieran el coche. Ellos se negaron. Uno de los asaltantes golpeó entonces el vehículo con la barra de hierro y JC, el chico, bajó un poco la ventanilla y les dio el dinero que tenía, unas mil pesetas. No dejaron de amenazarlos y exigirles que salieran del vehículo hasta que JC entreabrió su puerta, permaneciendo sentado. Los dos hombres lo sacaron y lo tiraron al suelo. Medirían uno setenta, eran robustos y tenían la voz ronca, según JC. Bocabajo, le quitaron el cinturón y le ataron las manos a la espalda. O, que seguía en su asiento, aprovechó para quitarse el reloj y los anillos que le dio tiempo y esconderlos dentro del coche. Le quitaron lo que le quedaba a la vista: un anillo con  un sello de oro, uno de aro de comunión, como una alianza, y otro con un perla blanca y con puntas; y dos cadenas de oro: una de ellas con un escapulario y una cruz. En el escapulario se podía ver la Vírgen de Montserrat por una cara, y el Sagrado Corazón por la otra. En la cruz las iniciales y la fecha de nacimiento de su novio grabadas. JC tenía veintitrés años. O, veintiuno. El más tranquilo de los asaltantes, que a JC le pareció el cabecilla, se metió en el coche y con la mano derecha le volvió a O la cara hacia el cristal. Arrancó y movió el coche unos veinticinco o treinta metros más arriba, alejándose del cruce y del Renault 5 en el que habían llegado. El otro arrastró del cuello a JC hasta llegar de nuevo a la altura del Citroën. Otra vez  bocabajo sobre el suelo, le ataron también los pies con una camiseta y le taparon la cara con su propio jersey. Lo registraron varias veces buscando dinero, pero ya solo le quitaron un reloj Racer con cronómetro. A partir de ahí, JC no veía nada pero sí oía lo que sucedía a su alrededor: por el ruido pensó que era un coche de poca cilindrada. El más tranquilo se volvió a meter en el coche con la chica. Hablaba bastante bien castellano. La chica le preguntó si era marroquí. “Sí”, le respondió, y añadió que hablaban en “saja”. O todavía “consiguió hablar un poco [con él] y [éste] le dijo que llevaban tres o cuatro años en España”. El otro permaneció fuera con su novio golpeándole, no fuerte, pero sí continuamente, dándole patadas y pegándole con la barra. No fueron más de cuatro o cinco minutos, el tiempo que tardó en salir su cómplice del vehículo para relevarlo en su puesto. El segundo que entró, más nervioso y que apenas hablaba, estuvo más tiempo dentro, como unos ocho minutos. La “estuvo besando repetidamente”, por lo que O sostuvo siempre que no tenía bigote. La chica no opuso resistencia por miedo a que le hicieran algo a su novio, por lo que ni ella ni su ropa tenían signos de violencia física, según el parte médico. Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, y llevaban cazadoras de piel. Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas. Cuando terminaron, arrancaron el Renault 5 y después de una maniobra brusca salieron a la carretera, “probablemente”  patinando ruedas, dijo JC. O llegó a ver  tuvo la T de la provincia de Tarragona en la matrícula. (Según averiguó la policía, los asaltantes debieron sustraer esa placa de un turismo rojo –a juzgar por el estado reciente de los remaches—que de camino habían encontrado junto a la cuneta y la sustituyeron por la B-7661-FW que habían lucido en los dos asaltos anteriores y en Cornellà.) Al notar el chico que cuando gritaba ya no le pegaban, se quitó el jersey que le cubría la cabeza y vio que no se habían llevado a su novia. JC se desató las manos lo más rápidamente que pudo y, con los pies atados todavía, se reunió con su novia. Entre ambos terminaron de deshacer los nudos de los pies del chico. A su pregunta, ella le respondió que la habían violado los dos. “Decidimos que ella se quedara en el lugar de los hechos y yo me fui a buscar ayuda a casa de unos familiares, en La Bisbal del Penedés.”, declaró JC. Luego volvieron a recogerla a ella, y se fueron a la Policlínica del Vendrell para ser atendidos y luego a la Guardia Civil para denunciar los hechos. JC volvió dos días después a declarar y, entre otras cosas, añadió: “Que entre ellos hablaban en árabe. Que no puede identificar el dialecto, [pero] que desde luego era árabe y que lo conoce porque lleva diez meses en Melilla haciendo el servicio militar”.

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Álex

Álex es uno de los chicos agredidos en La Secuita, donde dos menores fueron violadas y sus cuatro amigos, golpeados y maniatados, como se leía aquí ayer. Aquí relata los hechos según los recordaba 14 años después de que ocurrieran: la entrevista se realizó en Tarragona, en diciembre de 2005:

 

Los silencios tapan los nombres de los menores: sólo se oye el nombre de César, que ni era menor, ni tuvo nada que ver con lo sucedido. Es sólo un vecino del pueblo.  Y se oyen dos voces femeninas: una que pregunta, la de Mónica C. Belaza, mi compañera de Máster y reportaje de entonces, y una que ayuda a Álex a recordar la edad que tenía en noviembre de 1991. “Quince” años, apunta. Es su novia

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Dos falsos policías (V)

Aviso sobre lo publicado:  

5.- El Caso de Tarragona I (La Secuita) 

A unos veinticinco kilómetros de Salou está La Secuita.  Desde Tarragona se tarda un cuarto de hora por la carretera de Perafort, una calzada estrecha que se hunde en una rotonda antes de girar a la derecha y empinarse los dos kilómetros finales serpenteando por una cuesta suave hasta el pueblo: un puñadito de casas blancas horadado por las ventanas y una pequeña iglesia románica, sobre una falda de cultivos, almendros y avellanos. La Secuita. A mitad de ese último tramo de subida y a mano izquierda, a la carretera le sale un brazo estrecho y de tierra, un caminito que se mete en un pinar frondoso y rectangular que queda en un recodo. El caminito desemboca en el viejo campo de fútbol del equipo local. Hoy está abandonado. La pared de la única grada lateral está cuarteada por la maleza que, reventándola, asoma; la pintura de los anuncios de empresas locales está descolorida; la cancha, enredada de matojos, y la basura, amontonada de escombros, litronas de cerveza, material de obra y plásticos. Sólo los esqueletos de las porterías mantienen y dibujan el antiguo orden rectangular que imprimía su forma hasta  en el pinar. En 1991, tampoco servía ya de sede para los partidos del Club de Fútbol La Secuita, descolgado de todas las competiciones oficiales. Entonces tenía dos usos principales. Durante el día, los chicos del pueblo iban allí a jugar al fútbol. Por la noche no era raro, sobre todo los fines de semanas, que sirviera para que los chicos y chicas, mejor si en parejas, se buscaran y charlaran a oscuras. A eso fueron A y L, dos quinceañeros del pueblo, con S y R, de quince y catorce años respectivamente, amigas y vecinas de la misma manzana en Barcelona que pasaban el fin de semana en sus casas en La Secuita, la noche del sábado 9 de noviembre. Llegaron en moto desde casa de S., donde las dos chicas habían cenado juntas. De camino habían comprado dos paquetes de tabaco en el bar del centro del pueblo. Aparcaron las motos y se sentaron junto a la portería más alejada de la entrada, al fondo del pinar. Eran alrededor de las once de la noche cuando vieron llegar un coche que se acercó, más o menos,  hasta la mitad del campo, según A recuerda todavía. Las luces largas que traían puestas los deslumbraban. Era un Renault 5 Saga (*) gris metalizado del que bajaron dos hombres armados con un palo de madera, como un bate, y un revólver y dándoles el alto. “Policía”, dice A que gritaron. A veía el perfil de los dos hombres recortados por un hilo de luz contra la oscuridad. Volvieron a dejar el revólver en el coche y les pidieron la documentación (**). Los chicos se habían dado cuenta de que no eran policías cuando los asaltantes empezaron a golpearles con el palo, gritándoles que se tiraran al suelo, bocabajo (***). Les ataron las manos a la espalda y les quitaron las carteras. A las chicas les taparon además los ojos: a S con su propio jersey y a R con un pañuelo, aunque esta última podía ver. Metieron a los cuatro en el asiento trasero. Por el camino de la entrada apareció una luz redonda. Eran J y O, dos amigos del pueblo de A y L, que llegaban en moto. Al ver el Renault 5 lo primero que pensaron fue que era el del Tete, un amigo común de La Secuita, y aparcaron la moto delante del coche. Les llamó la atención que en la aleta frontal tenía un golpe, junto al faro izquierdo. El cristal estaba roto, no así la bombilla, que seguía encendida. Ni J ni O supieron muy bien de donde habían salido los dos hombres que se les plantaron delante, aunque declararon que pensaban que debía haber sido de dentro del coche. Los golpearon y les ataron las manos con la bufanda azul marino y rayas blancas que J llevaba puesta. Los metieron a los dos en el maletero, pero como la puerta no cerraba del todo, desataron a O, lo sacaron y lo metieron delante, a los pies del copiloto. O contó luego que cuando le pusieron la pistola en la nuca sintió que era metálica, y que creía que era de verdad, sin llegar a precisar si tenía el agujero del cañón obstruido o no. Arrancaron, los ocho dentro del Renault 5, salieron por la otra salida que el campo tenía y cogieron de nuevo la carretera, dirección La Secuita. Enseguida se desviaron metiéndose por el camino que lleva al Mas del Hereguet. Circularon unos 50 metros más y detuvieron el vehículo. No habrían andado un  kilómetro desde el campo de fútbol hasta el campo de avellanos donde pararon. Los asaltantes sacaron a los seis chavales del vehículo. Ataron a los cuatro chicos detrás del coche, tumbados sobre el suelo, bocabajo y pierna con pierna: para A y L emplearon las gomas de la bandeja que cubría el maletero; para J y a O, los jirones de una camiseta interior de tirantes blanca, marca San Telmo. Los agresores hablaban entre ellos: Uno le pedía al otro que tuviera cuidado no se le escapara un tiro, al tiempo que amenazaba a los cuatro amigos con pegárselo él mismo si no se estaban quietos. Habían renunciado ya a pasar por policías: en algún momento empezaron a decir que eran “moros”. Les palparon el cuello y las muñecas buscando joyas y relojes. A J le rajaron con una navaja el anorak –12.900 pesetas—para quitarle el reloj Casio que llevaba. Uno se llevó a S entre los avellanos, a través de cuyo enramado –el avellano es un arbusto de hoja caduca, y era otoño—A podía ver cómo el agresor la desnudaba y la manoseaba. Los chicos oyeron que su amiga gritaba, llorando, que le hacía mucho daño. El agresor le tapaba la boca. S se resistió. El violador le dio varias patadas en la vagina. S lo describió como de baja estatura, uno sesenta y cinco aproximadamente, de unos cuarenta años, gordito, piel oscura, barriga, pelo corto y liso. Le pareció que hablaba una lengua extranjera, posiblemente norteafricana. Vestía una cazadora negra y un pantalón de pana. Del otro sólo dijo que tenía bigote.  Ese otro había metido a R dentro del coche. Luego acabó violándola fuera, en la parte de adelante. “Mira cómo la tengo de dura”, oían los chicos, sin ver a R, que le gritaba. La golpeó repetidas veces, más cuanto más repetía R, ante sus insistentes preguntas, que no lo había hecho nunca. Le pegaba y le gritaba mentirosa. Era, según R, de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara. Luego dejó que se vistiera y la echó encima de los cuatro chicos, detrás del Renault 5. Los chicos no miraban para no ver que el otro estaba violando, ahora delante de ellos y analmente, a S.  A memorizó la matrícula: B-7661-FW. Se marcharon poco antes de la una de la madrugada. Les habían dicho que volverían en una hora, y que los esperaran, amenazaron, porque si no los matarían. Los chicos desobedecieron inmediatamente: el primero que consiguió soltarse cortó las ataduras de los demás con un mechero. Al subirse las mallas que llevaba esa noche, S notó cómo un líquido le bajaba, al parecer, de la vagina.  Juntos fueron a avisar a sus padres. Los chicos no pudieron añadir gran cosa a las descripciones que de los agresores habían dado sus dos amigas: apenas A,  que dijo que uno tenía barba, retuvo algún rasgo. Lo que sí añadieron fueron las impresiones que le había dejado la extraña forma de hablar de los asaltantes. Para uno hablaban castellano aunque con acento; para otro hablaban normalmente en español, aunque en algún momento habían hablado un idioma extranjero que no podía precisar. Un tercero insinuó que  podía ser “árabe norteafricano”. A dijo que lo hacían en árabe, y con voz afónica. Los padres de S, que a la mañana siguiente  acompañaron a su hija y a R durante la visita al Hospital Juan XXIII de Tarragona, hicieron constar ante el juez “su protestas por la actuación del ginecólogo [que las atendió], que trataba a las niñas como si fueran unas frescas.” 


(*) Comprobar, por su dueño de entonces, que el Renault-5 GTX era, efectivamente, un SAGA. Si no, quitarlo de aquí.

(**)  Nos llama la atención este gesto de esconder el revólver. La policía planteó a menudo la posibilidad de que no fuera una pistola de verdad, y quizá tenga que ver con ello.

(***) Es importante el matiz que se recoge en el “Informe Operativo” firmado por José Martín Vázquez el 10 de noviembre de 1991: “Dijeron eran policías [sic] y piden a los presentes sus documentos, y dicen que se los tenían que llevar”: por la mecánica comitiva de los hechos, se deduce que quiere decir que se “tenían que llevar” a los chicos. Nos importa para que se vea una similitud más con el triángulo que nos interesa: Olesa, Tordera (25-11) y este de Tarragona: el hecho de que se presentan como policías y añaden la excusa de tener que trasladarlos  de lugar…

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Ajustar hora y fecha

“La noche del sábado 9 al domingo 10 de noviembre de 1991 se produjeron tres asaltos en escenarios y horas diferentes, entre las 22.30 y la 02.00 de la madrugada, en la provincia de Tarragona. El primero ocurrió sobre las 22.30 en Salou, una turística localidad costera. Dos hombres, al parecer sin bajarse del coche en el que viajaban, robaron de un tirón un bolso a dos hermanas, Fidela y María Maximina, que no pudieron describir el rostro de sus agresores porque los vieron ya de espaldas. Aun así, debieron [de] declarar que se trataba de dos “individuos norteafricanos”, de entre treinta y tres y cuarenta años, y complexión fuerte, o así al menos lo recogió la guardia civil en una diligencia posterior. El coche era un Renault 5 gris con matrícula B-7661-FW, confirmaron.” 

Los hechos del caso de Tarragona, que incluye este robo en Salou, las dos violaciones de las chicas de La Secuita, y la doble violación de O en El Vendrell, en apenas cinco horas (todas se relatarán aquí), ocurrieron la noche del mismo sábado que Ahmed Tommouhi entró a vivir en la pensión de Terrassa, donde dos días después sería detenido. La ficha de la pensión no detalla la hora, pero sí la fecha: 9-11-91. La dueña de la pensión entregó su ficha, junto con la de otro marroquí llegado también ese fin de semana, en la Comisaría de la Policía Nacional de Terrassa, el lunes por la mañana: 11 de noviembre. 

A partir de ahí, y antes de saber lo que declaró la dueña de la pensión –nos falta la parte del acta del juicio oral que recoge su testimonio–, podemos establecer lo siguiente: Entre la pensión en la que se hospedó Ahmed y Salou, donde se cometió el robo con tirón, hay 118 kilómetros de distancia y la guía Campsa, a día de hoy, calcula que la ruta más corta llevaría 1 hora y 14 minutos [en coche]. 

Esta semana veremos aquí qué fue lo  que hizo a la policía pensar que esos dos marroquíes podían ser los autores de la ola de violaciones que golpeaba Cataluña desde hacía ya más de un mes. Pero podemos ir adelantando trabajo.  Ustedes dirán, pero a mí  me parece que una pregunta clave, a partir de estos hechos, es: ¿a qué hora entró Ahmed y cuándo fue visto por última vez en dicha pensión por los huéspedes y, sobre todo, por la misma dueña que lo recibió, le cobró un mes por adelantado y le preparó la cama?. […]

Una pregunta sencilla con una respuesta concreta: algo al alcance de “cualquier español con reloj”.

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Profanas confesiones de domingo

La imposibilidad, la impotencia para poner en común nuestros deseos es la verdadera medida de nuestro aislamiento.

Hace dos veranos recuperé de un mercadillo de libros uno de los últimos de Giorgio Agamben: Profanaciones.  Allí, bajo el título “Desear”, se lee esto:

            Desear es lo más simple y humano que existe. ¿Por qué, entonces, nuestros deseos nos resultan inconfesables? ¿Por qué es tan difícil ponerlos en palabras? Tan difícil que terminamos por esconderlos; construimos para ellos una cripta en alguna parte de nosotros, donde permanecen embalsamados, a la espera.   

       No podemos trasladar al lenguaje nuestros deseos porque los hemos imaginado. En realidad la cripta sólo contiene imágenes, como un libro de figuras para niños que todavía no saben leer, como las images d’Epinal de un pueblo analfabeto. El cuerpo de los deseos es una imagen. Lo inconfesable del deseo es la imagen que nos hemos hecho de él.          

              Comunicar a alguien los propios deseos sin las imágenes sería brutal. Comunicarles las propias imágenes sin las los deseos, un aburrimiento (como contar los sueños o los viajes). Pero, en ambos casos, resulta fácil. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a comprender que el asunto quedará para siempre sin despachar. Que nosotros mismos somos deseos inconfesados, para siempre prisioneros en la cripta. (pp. 67-68) 

         Como casi todo lo que escribe Agamben, una de las mejores cabezas de Europa, no sé si está de actualidad porque nos es contemporáneo, o porque es una epifanía de la eternidad, y él es sólo el último mensajero.

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