ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Excma. Fiscal Jefa de Cataluña

Correspondencias 

Ante la EXCMA FISCALIA DEL TRIBUNAL SUPERIOR DE CATALUÑA (…):

  

“Con el objeto de conocer  la postura de la fiscalía ante este  caso, de si mantiene alguna investigación abierta al respecto,  y de si la nueva ley sobre identificadores de ADN podría modificar en algo dicha postura, o abre [al menos] alguna posibilidad, desearía entrevistarme con la Excma Fiscal Jefe, [Teresa Compte]”.

  En Barcelona, a  7 de noviembre de 2007.

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Dos falsos policías (IV)

Aviso al lector:

El título “Dos falsos policías”  debe entenderse como el paraguas que agrupa los diversos casos de la ola de violaciones del otoño de 1991,  aún cuando, como en este caso de Cornellà, los agresores no se presentaran nunca como tales. Este es también el único caso de esta serie (I, II, y III) en el que los asaltantes encuentran a las víctimas en una zona urbana, iluminada y en el que median entre ellos unos primeros minutos sin violencia.

4.-El caso de Cornellà 

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El 7 de noviembre de 1991 era jueves. N, de 14 años y G, de 15, habían salido del casino de Sant Feliu de Llobregat y esperaban en una parada el autobús para volver a su casa de Cornellà, en el área metropolitana de Barcelona. Eran alrededor de las ocho de la tarde cuando se acercó un coche pequeño, de color gris seguramente, claro en todo caso, ocupado por dos hombres, de unos veinte años el copiloto, el conductor de unos cuarenta, que se ofrecieron a llevarlas hasta Cornellà. Ellas aceptaron. El copiloto abrió su puerta y bajó del coche para que, doblado el asiento delantero, se subieran a la parte de atrás. Era un turismo de dos puertas. Nada más subir, los hombres se presentaron diciendo que eran árabes. No consta que añadieran sus nombres. El vehículo, según contó N a la policía, tenía una bandeja cubriendo el maletero; la tapicería era gris con franjas verticales negras y una franja roja, más estrecha, horizontal, que la bordeaba; y tenía tres relojes no horarios en el cuadro y uno horario en la parte baja, junto al cenicero. “¿Cómo os montáis en un coche con las cosas raras que pueden pasar?”, les preguntó el conductor, ya en camino por la carretera de Sant Joan Despí en dirección a Cornellà. Las chicas, sorprendidas, les pidieron repetidamente que las dejaran bajar, a lo que el conductor se negó. “Vamos a esperar a una cuñada suya”, continuó, refiriéndose al copiloto. N iba sentada detrás del conductor, cuya cara veía reflejada en el espejo retrovisor: Tenía los ojos achinados, pequeños, marrones, oscuros y prolongados y con arrugas por la parte de fuera. De unos cuarenta o cuarenta y cinco años, uno setenta de alto, complexión normal, con entradas, llevaba una chaqueta de cuero  marrón y guantes de lana. N oyó que hablaba español con acento cuando se dirigía a ellas, y árabe o similar cuando hablaba con el copiloto. Añadió que le había visto un reloj con pulsera metálica, de plata o acero, dudó. El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas; llevaba guantes de cuero y cazadora negra. No le oyó que hablara español, sino en árabe y sólo entre ellos. A la altura del barrio de la Fuensanta el conductor se desvió adentrándose en él.  N y G vivían más adelante, así que pidieron explicaciones. Callejeando, y sin que mediara respuesta, salieron a un descampado: Tomaron un camino lleno de baches por el que se cruzaron con dos vehículos, antes de desembocar en una calzada donde N recordó haber leído en un cartel: “Carretera de Sant Boi”. Las chicas gritaban pidiendo que las dejaran bajar. “Vamos a hacer algo con vosotras”, oyeron que les decían. Lo primero que pensó G fue que les iban a robar. Después de varias vueltas embocaron un camino: El coche avanzaba rozando con las ramas de algunos árboles. La casa junto a la que, entre huertos, se pararon,  no tenía luz. El conductor paró el motor y apagó las luces. Primero les propusieron “realizar el acto sexual”, según declaró G, a lo que ellas se negaron. N pensó inmediatamente que las iban a violar. El conductor hizo como que desistía en sus amenazas, entregó al copiloto la pistola que había sacado, que a N le pareció pequeña y que tenía un silenciador(*), y salió del coche. “Mátalas si quieres”, le dijo. El copiloto, que ya las estaba amenazando con una navaja, intentó golpear a G con una porra de madera que también portaba, pero su amiga logró evitarlo. Llegaron a quitarle la porra. G le golpeó en un ojo con ella y ambas intentaron escaparse. N llegó a poner un pie en el suelo, pero el conductor, que seguía fuera, le cerró el paso con la puerta. Les pegaron con la porra  y un bate a ambas. N empezó a sangrar por un labio partido. El conductor la sacó del coche. G procuró fijarse todo lo que pudo en los autores y anotar la matrícula: B-7661-FW. Para ella, el hombre de más edad, el conductor, tendría unos cuarenta años; de altura y complexión normales, aunque algo obeso, tenía el pelo negro, aspecto agitanado y vestía una cazadora de piel marrón. El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, señales en la cara y llevaba una chaqueta de piel marrón también. Éste fue, el copiloto, el que se quedó con ella dentro del coche. La violó vaginalmente. A N, fuera, apoyada contra el coche, y con algo, seguramente su propio jersey, puesto en la cabeza, el conductor intentó penetrarla vaginalmente. N declaró que creía que no lo había conseguido, pero que tampoco podía asegurarlo porque los golpes en la cabeza la habían dejado medio inconsciente y que recordaba lo ocurrido a trozos. Cuando volvió en sí, se vio ensangrentada y andando por una carretera. La esposa del automovilista que las recogió las llevó a casa de G y sus padres, al hospital de Bellvitge, donde N llegó con traumatismo craneoencefálico y vómitos, además del corte en el labio superior y una contusión en el pómulo derecho. G tenía contusiones en la tibia derecha, a media altura, así como en el codo y pómulo derechos. A ninguna se le tomaron muestras esa noche. G declaró de madrugada, a partir de las 03:47, según el acta, y al final de su declaración  pidió remarcar: “que dichos individuos les dijeron que eran árabes, aunque cuando hablaban con ellas lo hacían en castellano correctamente, por lo que ignora si cuando hablaban entre ellos era árabe o lo hacían para disimular.”  Al día siguiente, pasada la  una del mediodía, entregó a la policía las bragas, marca Princesa, y los vaqueros Levi’s que llevaba puestos la noche anterior. N declaró el viernes día 8, poco antes de las tres de la tarde. Entregó tres prendas que llevaba la noche de autos: un polo Adidas de color añil y manchado de sangre, unos vaqueros azules, marca Lee, y unas bragas. En la zona vaginal de su braga, sin marca ni talla, había una gran mancha de semen.


(*) No olvidar que Reyes nos contó que era un revólver de plástico al que habían añadido un cañón de hierro.

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Ministerio de las tonterías

La anterior Subsecretaria de Justicia, Ana de Miguel, respondió en EL PAÍS, en diciembre de 2005, a una carta al director que María José Henares había enviado días antes. Defendía la omisión del Ministerio  en el tema del indulto solicitado para Tommouhi y Mounib por el Fiscal Jefe de Cataluña, en 1999, y que el Gobierno, ocho años y medio después, sigue sin resolver. Sólo en contadas ocasiones se puede comprobar la bajeza –en sentido técnico—de los  argumentos ministeriales, porque a menudo sus respuestas son formales, burocráticas y calcadas a la anterior. Esta vez, sin embargo, tuvo que hablar,  y más allá de las baladronadas (“concédanos [donde no se sabe muy bien a quién se dirige, pues faltaría el “se” –concédaSEnos—para que fuera impersonal] también conservar la esperanza en nuestro sistema judicial…”), dejó esta frase: 

“Pero subsisten tres condenas donde la prueba practicada es incontestable, acreditan la autoría en la realización de actos de mucha gravedad, referidos a delitos contra la libertad sexual, de los que provocan alarma y rechazo social.”

Que la “prueba practicada es incontestable” es una mentira práctica cuya única verdad residía hasta el momento en que, efectivamente, nadie –salvo Reyes Benítez, pero de eso hace ya once años: el tiempo olvida– se había tomado el trabajo de contestarlas. Más allá de eso es una falsedad insostenible tanto en el plano práctico como en el teórico.  

En la práctica, es tan “incontestable” como la “prueba practicada” de aquella otra víctima que señaló a Tommouhi y Mounib como sus violadores, y que se ratificó el día del juicio afirmando literalmente, como veremos aquí, que “no había tenido nunca ninguna duda”, pero que seis años después el resultado del ADN demostró errónea y obligó al Tribunal Supremo a revocar la condena de ambos marroquíes.

En la teoría, Luigi Ferrajoli lo resume así en su Derecho y razón (Trotta): “es falsa cualquier generalización sobre la fiabilidad de un tipo de prueba o conjunto de pruebas” (p. 135). Y, más aún: “no existe ningún criterio, formulable en vía general y abstracta, para establecer el grado objetivo de probabilidad de una hipótesis respecto de un tipo de prueba” (p. 148).

La ampulosidad del término intenta disimular la pobreza de contenidos concretos. Una miseria realzada luego por la falta de concordancia entre sujeto y predicado, reflejo de la brecha entre causas y consecuencias que atraviesa este caso. Es sólo una letra, pero reveladora. Es la ene. Si leen esta frase con atención y memoria (“Pero subsisten tres condenas donde la prueba practicada es incontestable, acreditan la autoría”) verán que el verbo –“acreditan”—concordaría en todo caso con el sujeto “tres condenas” y no, como parecería lógico, con “la prueba practicada”. Pero la lógica no tiene nada que decir en este proceso alucinado. En realidad, lo único que acreditaría la autoría serían las condenas y no las pruebas, porque nunca las hubo más allá del sagrado convencimiento de las víctimas, esa forma de fetichismo en tiempos de verdugos.

 Faltaría, por último, una conjunción (“y” o “que”, por ejemplo) para que la frase no quedara inconexa y amontonada, pero ése es el tipo de homenajes que rinden las frases falsas a la verdad que ocultan.

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Dos falsos policías (III)

3.-El caso de Olesa 

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A las 20,30 horas del martes 5 de noviembre de 1991, M y su amiga E estaban en el taller de la calle Trasera, en Olesa de Montserrat (Barcelona), donde trabajaba su amigo JJ, esperando a que éste engrasara la cadena de la moto de M. El trabajo le llevó menos de media hora. Luego, JJ y  M acompañaron a E a la calle Colón, donde ésta había aparcado su coche. E se fue para Esparraguera, un pueblo cercano, sobre las nueve de la noche. M y JJ se dirigieron al gimnasio de la carretera de Manresa. Estaba cerrado, así que se quedaron charlando con Ma, una prima de M, durante una hora. La prima de M se marchó sobre las diez. JJ y  M, cada uno en su moto, decidieron dar una vuelta por Olesa y comprobar de paso cómo había quedado la cadena recién engrasada. El recorrido empezó por la zona de las Casas Baratas, subieron por Las Planas, bajaron  por el centro de Formación Profesional, giraron a la izquierda y, recto, llegaron hasta Can Vicentó, al final del pueblo. Luego, por la carretera de Calisá, se acercaron hasta los alrededores del Instituto de Bachillerato de Olesa. Aparcaron en un camino que lleva a la vieja fábrica de Can Vila Pou, y se pusieron a hablar. Ella tenía veintiún años, él diecisiete. Sobre las 22,30 pasó de largo, hacia la fábrica, un Peugeot 205, blanco, con un alerón doble a media altura de la luna trasera y matrícula de Barcelona, letras KJ. Enseguida giró a la izquierda y se fue a aparcar junto a un almacén que había más abajo. Al chico, que era mecánico, el ruido le pareció el de un motor diesel, aunque, pensando que se trataba de una pareja de novios, no le prestó mayor atención. Los dos amigos siguieron charlando hasta que dos hombres los sorprendieron abordándolos por la espalda. “Éstos son”, llegaron diciendo, como acusándolos de haber  roto o destrozado algo. Nosotros no hemos hecho nada, comentó JJ: uno de los individuos le golpeó en la cabeza y el cuerpo con uno de los  palos de madera, largos y muy gruesos, que traían.  M les pidió que se identificasen. Ellos insistieron en que eran “policías o guardias jurado”, dudó M al declarar. Uno de los individuos llevaba la voz cantante, y el otro obedecía. Les dijeron que les tenían que acompañar porque se había cometido un robo en un almacén agrícola cercano y querían comprobar algunas cosas. Los dos jóvenes, que no se creyeron que fueran policías, se resistieron. JJ estaba sangrando y M le pidió al que llevaba la iniciativa que llamara a un médico si de verdad eran policías, lo que al parecer “puso nervioso” al agresor, que empezó a insultarla. El “mandado” obligó a JJ a ponerse en marcha camino de la nave, mientras el otro vigilaba, amenazante, que M acabara de ponerle los candados a las motos. Acabaron llevándoselos a palos y empujones por caminos de campo hasta la caseta. El que obedecía se mordía el cuello del jersey –de cuello alto y color “crudo o blanco”, según M— al hablar, como para que no se le viera la cara. Los asaltantes, que mantuvieron una pequeña discusión antes de entrar a la caseta, hablaban árabe entre ellos, según los chicos. El “más activo” le pidió a M las llaves de su moto: fue a recogerla y la aparcó dentro de la nave.  El “Jefe” era grueso, con entradas, tenía el pelo corto, la cara redonda, los labios grandes y la barriga prominente, y mediría un metro sesenta y cinco de estatura. Vestía pantalón gris de tergal, camisa clara y chaqueta marrón oscura. El chico se fijó que calzaba unas zapatillas de estar por casa. El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda, aunque las “características generales eran similares al primero”, dijo la chica. El que mandaba hablaba con ellos en castellano, pero con dificultades. Al menos dos de los golpes le cayeron a JJ en la cabeza, lo que le dejó aturdido durante un rato y le provocó dos cortes de cinco y un centímetro. Antes de entrar a la nave, JJ pudo ver la silueta y el aspecto que tenían, pero, a pesar de que dijo recordar(*) que había luz suficiente, explicó que entre que lo deslumbraban con la linterna y los nervios, no pudo ver bien la cara de los asaltantes. La “nave” era una hilera de pequeñas casetas sin enlucir unidas por un mismo techo de uralita y acuñada(**) : era más alto el muro trasero que el de la fachada. Una vez en el interior, el mandado ató a JJ con las cuerdas de una carretilla que había dentro. Primero le ató las manos. Una vez en el suelo, le ató los pies. Las cuerdas lo amarraban a su vez al bastidor de la carretilla. JJ estaba “atontado”.  El Jefe registró a M y le quitó las cuatro mil pesetas que llevaba. “El subordinado” le ató a ella también las manos a la espalda. Colocaron una manta en el suelo. El que mandaba obligó a la chica a tenderse sobre ella y a quitarse la cazadora, el pantalón y las bragas. La resistencia que opuso M, el agresor la venció apaleándola en la barriga. El otro, cumpliendo órdenes, esperaba vigilante fuera de la nave, por si acaso se acercaba alguien. Utilizaban la linterna para deslumbrar y controlar a la chica y a su amigo dentro de la caseta, aunque al parecer también la utilizaron fuera. Cuando terminó el que estaba dentro, se turnaron. Los dos eyacularon dentro del cuerpo de la chica. JJ presenció las violaciones. Habían empleado una violencia brutal. El informe médico recoge que M presentaba numerosas marcas amoratadas en los pechos, en las muñecas, junto a la columna. En la parte de atrás del muslo derecho tenía un cardenal de 15×4 centímetros. En el pie tenía (***) además dos cicatrices, aunque antiguas, de un accidente de tráfico que había sufrido unos meses antes. Los agresores recogieron parte del dinero que se les había caído al suelo, desataron a la chica, le ayudaron, con la linterna que llevaban, a buscar las llaves de su moto, y se marcharon. Una vez solos, la chica, con una navaja llavero, desató a su amigo. Se subieron juntos a la moto de M y fueron a buscar la de JJ. La encontraron tirada en un huerto cercano. Subidos cada uno en la suya, se marcharon. En la huída, JJ tuvo un pequeño accidente, aunque sin graves consecuencias. Llegaron a casa alrededor de la medianoche. Antes de ir al hospital, M se duchó y se cambió de ropa.  

Fuentes: Estoy en plena mudanza, así que hasta la semana que viene no podré enlazar aquí los documentos en los que se basa este relato.


(*) Mejor: “dijo recordar”

(**) Mejor “forma de cuña”

(***) Añadir : “también”; [mejor aún: “además”]

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Ja sóc aquí

Nada más aterrizar,  un amigo me avisa de que no podré coger el tren hasta la estación de Francia. El chófer del aerobus, preguntado por un destino, responde que sí, aunque añade, como curándose en salud, que por lo menos una hora. Tres euros noventa. A través de la emisora de radio frecuencia del bus se oyen las instrucciones de la central, distribuyendo el tráfico. Las colas en las paradas del centro, dirección aeropuerto, son soviéticas. Dieciocho grados. Estoy, por fin, en Barcelona.

Me quedo cuatro meses.  El centro de gravedad será la mitad de un pisito alquilado junto a la Ciudadela. En la otra mitad vive una pareja. Justo detrás del Palau de Justicia. A cinco minutos está el bar y la plaza donde detuvieron a Mounib. Al lado siguen viviendo su mujer y sus hijos, en el barrio de Sant Pere. 

La semana que viene hará dieciséis años. No consta que Mounib y Tommouhi se hubieran visto antes de que los reunieran en los Juzgados de Instrucción del Paseo Lluís Companys. Algunos de los amigos y vecinos de Mounib que acudieron al juzgado aquella tarde, han vuelto a Marruecos. Nouredinne  se ha mudado a Almería. Otros siguen en el barrio. El juez que estaba de guardia es ahora magistrado de la Audiencia. El Bar Joanet ha cambiado de dueño.

Debajo del Arco del Triunfo vi por primera vez a Ahmed en la calle. Como para romper el hielo, no se me ocurrió otra estupidez que preguntarle si recordaba ese edificio afrancesado, con escaleras de mármol en la entrada, de la Audiencia. “Sí, ahí es donde me machacaron”, contestó. 

 Las visitas anteriores solían ser en primavera o verano.  Y breves. Barcelona era una ciudad sin sujetador. Ahora va en serio, abrochada. Yo también. Llega la hora de tocar a las puertas, de visitar a los protagonistas, de rebuscar en los archivos, de pedir entrevistas, de llamar a las víctimas. “Campo abierto para mis botas”. Cuatro meses no son nada.

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Dos falsos policías (II)

2.- Caso Terrassa (*)

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La madrugada del domingo 3 de noviembre de 1991, Y y su novio M estaban dentro del coche de él, un SEAT 131, aparcados junto a un almacén de butano que hay entre la carretera de Matadepera y el Polígono Norte de Terrassa, en la provincia de Barcelona. Eran entre las dos y las tres de la madrugada cuando aparecieron dos hombres. Tendrían unos treinta o treinta y cinco años, según los chicos. Los habían abordado por uno de los laterales del coche, armados uno con una pistola y con una porra de madera, parecida a un bate, el otro. Los asaltantes golpearon los cristales de las puertas diciendo que eran policías y pidiéndoles que abrieran las ventanillas y la documentación. M creyó, en efecto, que se trataba de policías y, bajando un poco su ventanilla, les entregó sus papeles, aunque enseguida uno de ellos le pidió, con tono imperativo, que saliese también del vehículo. A Y la obligaron a bajar por la puerta del copiloto. A M lo pusieron de cara contra su coche, con las manos apoyadas en el mismo. Quisieron atárselas a la espalda y vendarle los ojos, pero él, convencido ya de que en verdad no eran policías, se resistió. El de la porra le golpeó en la cabeza, en un costado y en el pecho. Mientras, el otro encañonaba a su novia: al notar la pistola en la sien, Y la sintió metálica: y pensó que era de verdad. M cayó sangrando al suelo. Su novia declaró que creía que los agresores pensaron que “se lo habían cargado”. Quizá por eso, aprovechándose de la confusión, M pudo escapar corriendo en dirección al Polígono Norte. Le quedó la impresión de que ambos medían uno setenta de altura y eran de complexión fuerte; que el de la porra hablaba en un idioma extranjero, al parecer árabe, y que el otro, el que empuñaba la pistola, hablaba español, aunque con acento árabe. Este segundo, al que recordaba vistiendo una cazadora azul, fue el que le robó la cartera de piel, con el carné y el carné de conducir militares y cinco mil pesetas; antes le habían quitado el reloj de pulsera, analógico, con la correa de piel marrón y la corona dorada, marca Festina, que llevaba. La oscuridad del lugar no le permitió mayores precisiones. La chica se había quedado sola con los asaltantes. Le taparon los ojos y la subieron a una furgoneta que había cerca. Una Mercedes Benz, dijo Y que le había parecido, y entrevió que era de un color azul metalizado. La puerta lateral, por donde la obligaron a subir a ella, era corredera. Una vez dentro la taparon con una manta y arrancaron. La furgoneta estuvo dando vueltas una media hora apestosa: en el cajón de carga donde iba ella se respiraba un intenso olor como de oveja, según le dijo días después a un guardia civil (**). La soltaron junto a la Avenida del Vallés, a la altura del Club Penedés. Antes le habían amenazado con matarla cuando la vieran por la calle si contaba algo a la policía. El de la pistola, de complexión fuerte y unos treinta y cinco años, de raza árabe y uno setenta de estatura, según ella, hablaba perfectamente castellano. El otro, el de la porra, también le pareció árabe, de unos treinta años y, aunque de complexión más delgada, era un poquito más alto: uno setenta y tres mediría; con ella hablaba castellano con dificultades y árabe con su cómplice. Unos jóvenes que circulaban por la Avenida del Vallés, a los que Y les contó lo sucedido, la recogieron y la llevaron hasta el lugar de los hechos. La policía, alertada por su novio, había llegado antes, y había  también una ambulancia que la trasladó a la Mutua de Terrassa. Y no necesitó atención médica. En Urgencias se reencontró con su novio, que tenía contusiones en la cabeza, el costado derecho y el pecho, según el parte médico. M tenía diecinueve años; su prometida (***) Y, diecisiete recién cumplidos. Los dos vivían en Terrassa. A  ella le habían robado un anillo de oro con una esmeralda y nueve circonitas, grabados con las iniciales de su nombre y sus dos apellidos y la fecha 14-02 de 1988 ó 1989, no recordaba, y setecientas pesetas en metálico. El catorce de febrero es el día de San Valentín.

Continuará. 

Fuentes: en breve estarán disponibles aquí mismo. 


(*) Antes, la noche del 31 de Octubre, habían ocurrido otros 3 hechos . El relato está todavía incompleto. Hay también otro hecho en Tordera (Girona), ocurrido o este mismo domingo o la madrugada  anterior al de Terrassa.

(**) Reyes Benítez, al que había conocido, poco después de que la violaran, en el cuartel de Manresa/Ole[s]a/Martorell?.

(***) Volver a comprobar que, efectivamente, fue ella quien habló de su “prometido” en alguna de la declaración.

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Wanted: El Otro

Caso de Gavà.

E: 

El otro le pareció más joven, delgado y de una estatura similar (…). Este último tenía los ojos saltones y oscuros, la tez morena.

Caso de Terrassa.

M:

Le quedó la impresión de que ambos medían uno setenta de altura y eran de complexión fuerte.

Y: 

El otro, el de la porra, también le pareció árabe, de unos treinta años y, aunque de complexión más delgada, era un poquito más alto: uno setenta y tres mediría.

Caso de Olesa.

M:

El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda.

Caso de Cornellà:

N:

El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas.

G:

El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, y con señales en la cara.

Caso de Tarragona:

S.

Del otro sólo dijo que tenía bigote.

R:

Era, según R., de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara.

O:

Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, (…). Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas.

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Kafka, por Martín Elfman

Kafka 400

“Su lenguaje es claro y sencillo como la lengua cotidiana, aunque exquisitamente pulcro y neutral. (…) Su prosa no parece revestir ninguna peculiaridad; no tiene, por sí misma, ningún rasgo seductor ni embriagador;  al contrario, está al servicio de la pura comunicación, y su única característica es que, si se analiza atentamente, se verá siempre que lo que comunica no se podría de decir de manera más sencilla, más clara, más breve.  Lo único que atrae y seduce al lector en la obra de Kafka es la verdad misma, y con su perfección sin estilo –todo estilo distrae de la verdad por su propio atractivo–, Kafka consiguió hacer su obra tan increíblemente seductora que sus historias atrapan al lector aunque en principio no entienda la verdad que contienen”. 

Arendt, Hannah. “Franz Kafka, revalorado”, en  Novelas, Kafka,  Franz Galaxia Gutenberg: pp. 174-175.

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Por el monte las sardinas

El origen de este libro yo lo situaría en el párrafo de la entrevista de Juan Cruz al ex ministro López Aguilar que empecé a analizar aquí el otro día. Si me apuran, en esta frase:

antologia diminuta

Tres sintagmas que resumen nuestra época y que reflejan, a su manera,  la explicación no tanto de porqué o cómo ha podido ocurrir algo así, como de “qué hay en lo ocurrido que no se parece” a nada de lo ocurrido [anteriormente].

Tres sintagmas, en esta diminuta antología de bolsillo: 1.-“El gobierno ha decidido”;  2.-“Un mensaje asumible”;  y 3.-“Indultar a una persona condenada por violación”.

Empiezo por el último. Estas tres notas que podríamos agrupar como Instrucciones para deconstruir un rebozado:

1.-  “En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. […] Por tanto, el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. […] 

El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. […] El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que suelta tinta para ocultarse.”

Orwell, Geroge: “La política y el idioma inglés”, en Letras Libres, junio 2004. 

2.- “Esta frase de Rajoy: “No puede hablarse de marea negra, sino de una situación compleja por la proliferación de manchas localizadas” merece un puesto de honor en lo que Arcadi Espada llama “eufemismos”, dentro de la función “ansiolítica” de la prensa, y en la que él habría subrayado sobre todo “situación compleja”, como una especie de rebozado en huevo y pan rallado para hacer más tragadera la croqueta.” 

Sánchez Ferlosio, Rafael, “Naufragios democráticos”, en ABC, 23-12-2002. 

3.- En la expresión “indultar a una persona condenada por violación” me parece que es la mala conciencia la que estira, inconscientemente, la distancia entre indultar y violación sin poder llegar a decir que sea un “violador” –todo lo más “persona condenada por violación”—pero pretendiendo al menos disimular la duda que le amarga en la boca: que en verdad no lo sea.

Estiramientos que sólo son factibles a condición de que se trate, no de la frase de un hombre, “ese animal capaz de hacer promesas”, ¡y mantenerlas!, sino de una raba de calamar congelado: doradita como un rebozado andaluz,  pero intragable cuando se enfría. 

Continuará.

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Del interés general del caso particular

Más allá de este caso en particular, la errónea identificación por parte de algunas víctimas y testigos oculares configura un problema grave de interés general, ]sobre todo] para los procedimientos penales por delitos graves como violación o asesinato. En España este problema no existe porque las estadísticas no lo recogen,  pero sólo relacionados con nuestro caso, además de Tommouhi y Mounib, hubo al menos otros tres inocentes que pasaron por la cárcel. En estos poco más de dos años que llevo investigando, los periódicos han dado noticias de otros casos muy parecidos

En EE UU, sin embargo, su importancia es innegable. Project Innocent ha demostrado a día de hoy la inocencia de 208  personas encarceladas o ejecutadas desde 1992: Más del 75% de los errores se habían producido por una mala identificación de las víctimas. Y el FBI ha retirado en los últimos años cargos contra 2.000 personas porque el ADN desmentía los “reconocimientos” de los testigos. Dos mil personas que difícilmente podrían haber escapado a una condena injusta.  Así, hay estados norteamericanos que recogen ya, en los protocolos de actuación de la policía, las precauciones resaltadas por las investigaciones de la psicología del testimonio sobre las ruedas de identificación.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

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