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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La verdad y Hafner

Lleva aquí más de medio siglo. Es su paraíso terrenal, dice. El nazi Hafner, Paul, Pablo para los amigos, se instaló en Madrid con sus convicciones immutables en los cincuenta, y allí sigue, en su piso que es su cueva, rodeado de libros que son apologias de Hitler, escuchando en su radiocassette los himnos que aún le hacen vibrar. Por las tardes, acude a reuniones de Fuerza Nueva o visita a los amigos, también nazis, recluidos en una residencia de ancianos. Uno, de 99 años, presume entre sonrisas de ser uno de los aviadores que bombardearon Guernica. 

Hafner niega el holocausto. Con vehemencia. No sabemos si se cree o no lo que dice, pero no cede, ni ante los argumentos de una amiga que trata de convencerlo ni frente a las imágenes del documental sobre el genocidio que le hace ver el director de la película ni ante el testimonio en primera persona de un superviviente de Auschwitz que le visita. Hafner no cede, y sigue instalado en su vehemencia negacionista. 

El paraíso de Hafner, que es también el título de la película que recoge el testimonio de este anciano nazi, es España. Eso dice. No explica por qué, pero es fácil deducirlo. Hafner vino a instalarse en un país sometido a una dictadura fascista, donde él debía sentirse como Adolfo por su casa. Qué diferencia con Francia, donde había intentado instalarse antes: tan pronto puso pie en suelo francés lo metieron en la cárcel. En Madrid, en cambio, no tuvo problemas. Normal, si mandaba Franco, dirán. Pero para Hafner, que ya en España inventó una yogurtera y después montó una granja de cerdos alemanes, el paraíso no acabó con la muerte del caudillo. Dice que se arruinó con los socialistas, pero no por ello corrige su opinión sobre el país donde ha pasado la mayor parte de su vida. En ningún momento habla mal de España, tampoco de la democrática. Total, nunca ha tenido que esconderse. Hafner ha podido, o eso dice, exhibir su ideología y sus mentiras negacionistas sin los problemas que eso le habría comportado en su Austria natal, por ejemplo. Ha podido hacerlo con Franco y sin él.

Hace más de tres décadas que la palmó el susodicho, pero quizá uno de sus legados, precisamente como reacción a la verdad , así la llamaban, oficial y absoluta que impusieron durante 40 años los hombres de Paco, sea el éxito de ese relativismo bienintencionado que afirma que la verdad no existe. Y la verdad existe, por supuesto, pero la palabra que la nombra es una palabra violada cada vez que alguien la usa para calificar sus mentiras, jaleadas impúnemente al grito de “es mi verdad” sin que nadie le recuerde que la verdad no es personalizable ni admite adjetivos. Y eso, aquí, pasa cada día. Sin ir más lejos, los últimos tres años y medio, hemos sido bombardeados a diario con mentiras en torno al peor atentado de la historia de Europa, esgrimidas por políticos y periodistas que para justificar su insistencia en la falsedad no se han cansado de agitar espasmódicamente la bandera de la “búsqueda de la verdad”. La sentencia judicial del caso debería haber puesto freno al fin a la diarrea de embustes y especulaciones más o menos fantasiosas, pero el presidente del tribunal -ayer aclamado, por cierto, como paladín de la justicia y hoy lapidado por un libro escrito por su señora: detrás de un gran hombre hay una siempre una gran mujer, dicen el tópico y las feministas- optó por la adjetivación, y dijo que lo que quedaba establecido en la sentencia era “la verdad judicial”. Refiriéndose, eso entiendo yo, a que la sentencia, como todas, solo habla de hechos conocidos y probados. Pero los diarréicos, que, como Hafner, no ceden, entienden otra cosa: entienden que la verdad judicial ésa es sólo un tipo de verdad, y que por tanto se le podrá oponer o superponer otra, así que contraatacan ahora al grito de que aún queda por conocer “la verdad periodística”, y luego ya veremos si ambas se complementan o entran en conflicto. Eso dicen los diarréicos, como Hafner, nada sospechosos de relativistas, y convencidos, como él y como yo, de que la verdad existe. La verdad existe, por supuesto, pero si viniera con libro de instrucciones, en él debería leerse: no confundir con el simple prejuicio o la pura especulación. 

Hay tantos, sin embargo, que parecen no tener esto claro, y tanta benevolencia con ellos por parte de los relativistas del todo vale, que no extraña que el nazi Hafner, defendiendo y aferrándose a sus fantasías negacionistas, mantenga la espalda tan erguida, con 85 años que tiene. Y más ahora que el Tribunal Constitucional, en una sentencia fallada a principios de noviembre, ha decidido que negar el Holocausto ya no es un delito en España. Porque para el TC perseguir el negacionismo, como hacía el Código Penal, sería anticonstitucional. Sigue siendo delito justificar el genocidio nazi, pero negarlo, ya no. Mientras Hafner lo celebra con su amigo el bombardero de Guernica, nosotros podemos lamentarnos. Porque la sentencia del TC es una mala noticia, al menos para los que crean en el tan manoseado adagio periodístico acuñado por Charles P. Scott, editor de The Independent -entonces The Manchester Independent- casi un siglo atrás: aquello de que “las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. La sentencia, ahora, dice casi, casi lo contrario.

Y no, no son la verdad judicial y la periodística en conflicto, no se me froten las manos los diarréicos. Hablen con propiedad: lo que entra en conflicto son dos formas de mirar, dos convenciones. O convicciones. Mientras, eso sí, las de Hafner, éstas immutables, las “ verdades” de Hafner, siguen a salvo. Ahora más que nunca. En éste, su paraíso. 

Iván Vila.

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Archivado en: Artistas invitados

One Response

  1. […] departe risas y tertulias con otros contemporáneos de su época, como un aviador de 99 años que bombardeó Guernica. Según […]

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