ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Personas y personajes

“Mientras el novelista, al forjar a su héroe o heroína, puede elegir entre todos los aspectos de la naturaleza humana, el periodista, en cambio, debe limitar sus protagonistas  a un pequeño grupo de personas de rara naturaleza, exhibicionistas, imaginativas, que ya han hecho en sí mismas el trabajo que el novelista realiza con sus personajes imaginarios, en suma, personas que se presentan como figuras literarias ya hechas. En el caso MacDonald-MacGinnis tenemos un ejemplo del periodista que aparentemente se dio cuenta demasiado tarde de que el tema de su libro no era adecuado para una obra no ficticia, pues el protagonista no era un miembro de la maravillosa raza de los que hacen ficción sobre sí mismos, como el Joe Gould de Joseph Mitchell y el Perry Smith de Truman Capote, de quienes depende como género vivo el nuevo periodismo y la “novela  no ficcticia”. [El condenado por asesinato] MacDonald, era simplemente un muchacho como los demás, sin nada que ofrecer salvo una tediosa e improbable versión sobre su inocencia de un crimen terrible. En el curso normal de las cosas, [el periodista] McGinnis probablemente habría reconocido con rapidez el carácter vulgar de [el asesino] MacDonald, habría abandonado el proyecto de escribir un libro sobre él y se habria puesto a buscar un individuo que trascendiera la vida, elemento tan decisivo para el trabajo de un periodista como es decisiva la rara imagen para el arte del fotógrafo. Pero por varias razones [el periodista] McGinnis decidió no ver lo que saltaba a la vista. Podemos suponer que una de esas razones  fue su vieja debilidad por encontrarse en el “interior de una situación”; indudablemente fue irresistible para él el ofrecimiento de tener acceso a conversaciones que ningún otro extraño podría oír, de tener “acceso a [el asesino] MacDonald”, en forma exclusiva. Otra razón puede haber sido la presión del deseo de MacDonald, que quería que se escribiera sobre él. Así como mi lectura de la transcripción de las cintas que grabó MacDonald en la cárcel me mostró las penurias que debía haber pasado el pobre McGinnis tratando de convertir aa un Jeffrey MacDonald en un Raskolnikov, así también mis relaciones con el propio MacDonald me permitieron comprobar algo de la seducción de aquel hombre y comprender por qué McGinnis había sucumbido a la fuerza de esa seducción. En la época en que McGinnis se daba ya cuenta de que MacDonald no resultaría un personaje adecuado […], ya estaba demasiado metido en el proceso en virtud del cual una obra escrita se transforma en una mercancía.”

Malcolm, Janet. El periodista y el asesino. Gedisa, pp. 113-115.

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Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana

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