ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La Jonquera, lugar de paso

Anteayer, la alarma del móvil me sacó vibrando del sueño a las seis y media de la mañana. Me vestí, imprimí cuatro folios del documento donde, desguazándolos, voy invententariando los sumarios, y me fui a la estación de Arc del Triomf. El cercanías con dirección a Cerdanyola, donde tenía que reunirme con mi hermano Manolo, entró pasadas las siete de la mañana. Me subí. El aviso de la megafonía, “Propera estació, Cerdanyola Universitat”, me despertó de nuevo, y me bajé. Había dormido todo el trayecto.

La estación está junto a la autopista AP-7. Miré en el párking, y como sólo estaban los autobuses de la UAB,  pedí un café con leche, me senté y esperé. En una mesa, sobre los folios y fijándome en un cuaderno de notas, fui relacionando los nombres y apellidos de los hosteleros que, llamados por la defensa de Abderrazak Mounib, declararon en la causa de Olesa, con el restaurante, bar o supermercado correspondientes que frecuentaba Mounib, concretando si eran nombres de dueños o de camareros. “María, dueña del Molí de Vent”. Uno, que no pude relacionar, quedó como “vecino de la Jonquera”.

Veinte minutos después, y extrañado por la tardanza, pagué el café y salí de nuevo al párking. Quizá porque no había amanecido todavía, resplandecía aún más como una ballena blanca varada en el asfalto. Habría que imaginar ahora que el rótulo “El Majo”, lo llevaba la ballena escrito en la frente, así que abandono la metáfora: mi hermano había corrido las cortinas de la cabina, y dormía su noche por entregas, dentro del trailer blanco de 22 toneladas que conduce, entre Alicante y Perpiñán, hasta tres veces por semana. “El Majo” es el dueño del camión.

Dos besos. Descorrer las cortinas fue como si amaneciera en un mundo en miniatura (nunca llego a esa cisterna, pequeña catarata de bolsillo, de Cortázar). A la espalda de los asientos, una litera con dos camas. En medio, una mesita de noche y de día: tabaco, bote de coca-cola vacío (cenicero), dos móviles, las llaves. Yo quepo de pie. Mi hermano no toca el techo ni saltando. Los asientos son reclinables, y con una amortiguación de aire, regulables en altura. Un hueco en la guantera invita al copiloto a estirar las piernas y reposar los pies.  Los ojillos hinchados y el pelo aplastado, de cachorrillo recién nacido, la voz ronca del único habitante: “¿qué dices, chaval?”. Apaga la luz de la cabina. Arranca.

El copitolo acepta encantado la invitación y estira las piernas. Saliendo del ralentí, tomamos, pianísimo, la curva para encarar la vía de servicio. Entramos, felices y resignados, en el atasco. La radio,  insoportable murga. El chófer come pipas para no dormirse. Yo, agradecido, lo acompaño. Paramos para desayunar.

Los camiones llevan un limitador de velocidad: 90 kilómetros por hora. Sobre las nueve y media, me bajo en una gasolinera,  y recorro el último kilómetro a pie, hasta el pueblo:  él sigue, bordeándolo, camino a Francia. La Junquera, así la llaman todos los camareros con los que hablo, son unas pocas calles que se alargan junto a un arroyo, que se arrastra junto a una carretera, que corre junto a la autopista. Las casas miran, por encima de todo, a la autopista. Cuesta arriba, las calles, el arroyo, la carretera y la autopista convergen como en un embudo, hacia el paso de la frontera, aunque antes se ensancha de nuevo y ahí se resume lo que, bien mirado, es todo esto:  un gigantesco aparcamiento, con un pueblo a las afueras.

El Restaurante Alegría ha cambiado de nombre: “Mar i Sol”. La que fue su dueña, anda por aquí de vacaciones, pero ilocalizable. Su hijo, al que también citaba Mounib, vive en Holanda desde hace diez años. La dueña del Molí de Vent, 50 metros más arriba, falleció en enero del año pasado. El gerente del Bar Norte ha abierto un restaurante frente al Molí de Vent, pero cierra los miércoles. Nadie conoce al que entonces era el camarero del bar del Supermercado Escudero. El Club Valverde, el primero que abrió por aquí, está cerrado a estas horas. Viaje en balde.

Mi hermano, de vuelta de Perpiñán, me deja a media hora de Barcelona: esta vez en Rubí. De todas formas, pienso, todos habían declarado lo mismo: que a Abderrazak Mounib no lo conocían por su nombre, pero sí que lo reconocieron cuando vieron su foto en los periódicos, que era vendedor ambulante, pero que no sabían si el día 5 de noviembre, a las once de la noche, andaba por allí, como él aseguraba. Luego, como siempre que no volvía a casa, se fue a dormir al coche, añadió. Era su coartada. Tuvo que esperar seis años para que el ADN la confirmara. “Todos los lugares son buenos, para pasar de largo, forastero”.

Hoy, Martín me lleva a Gerona.

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Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

2 Responses

  1. Jack el ilustrador dice:

    Muy buena la crónica del viaje. Muy bien escrita para alguien que dice no tener talento para esto. Una buena técnica para que los viajes no sean en balde.

    Me gusta

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