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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Viaje de reconocimiento (y II)

A la vuelta.

 22.07. Los crímenes tienen lugar. Los crímenes en serie, paisaje. El paisaje del crimen, en este caso, es esa depresión que desde el norte de Tarragona se extiende entre las dos cordilleras que corren paralelas al mar, hasta la altura de Terrassa, por lo menos. Sólo como por espasmos puntuales, llegaron al sur de Gerona: dos asaltos que ocurrieron en domingo por la noche. Los otros catorce ocurrieron en este triángulo:

El lado que va de Olesa a la esquina sur del área metropolitana de Barcelona, pero sin entrar en ella, tiene 33 km de carretera, y la altura sobre el vértice de La Secuita, desde Rubí, unos 90. La  coincidencia de la figura que dibujan, y la proximidad entre los lugares de hechos separados por cuatro años, no explica los crímenes, pero los sitúa.

Crímenes que no sólo se relacionan por los autores, el modus operandi, el vehículo, o los días de la semana, también por el espacio, y por cómo está organizado y distribuido ese espacio. No son crímenes urbanos, por ejemplo. No hay cámaras del metro que valgan. Los violadores se desvían por carreteras secundarias, en coches pequeños, generalmente. Atraviesan un paisaje de tendidos eléctricos, transformadores, fábricas, vallas metálicas, y también de campos de almendros, olivos y viñas: pasan del Vallès al Penedès, sin solución de continuidad, como la vida. (Las épocas son un invento de los historiadores). En un entramado de autopistas y autovías, quedan los bajos de los puentes, las carreteras de trayecto olvidado. Los ríos que forman la depresión en la cabeza de los geógrafos antiguos, en las nuestras apenas son charquitos arrojados para que salte la rana: en el cauce del Foix hay casetas de madera, en el del Anoia, se ven las cañas secas, altas, haciéndole la ola a los excursionistas. Pero los atraviesan de noche, sin luna: los lugares a los que acuden prefiguran a sus víctimas: ¿quién, si no esas parejas jóvenes, muy jóvenes, sin piso ni pensiones en el centro (de la ciudad), iban a estar allí, y a esas horas? Las parejas  se habían apartado buscando caminos de tierra, rieras, campos de fútbol abandonados. El deseo en los recodos. 

Todo eso es lo que hay que mostrar, no declarar.

(Maurice Godwin, en El rastreador, se detiene a estudiar el perfil psicogeográfico de los asesinos y violadores en serie. Los lugares donde actúan no son aleatorios:  incluso instintivamente, los primeros asaltos de la noche siempre se producen en el punto más alejado del domicilio del autor, que vuelve a casa arrasando, pero sin tener que volver a pisar tierra quemada. El perímetro de seguridad que establece alrededor de casa, donde no actúa. Muchas ideas interesantes, aunque nunca deban usarse como demostraciones a toro pasado. No hace falta predecir el pasado.)

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Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante

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