ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Tres en uno

Enfrascado como estoy en la redacción de un primer adelanto que tengo que entregar el 31 diciembre, los diferentes ritmos y objetivos que me imponen el libro y el blog es un desgarro bipolar comparable sólo al de ese matrimonio de serbios que buscando, cada uno por su lado, amantes por internet, acabaron encontrándose y se volvieron a enamorar ¡entre ellos mismos! En breve: se divorciaron.

Pero a mí me pasa al vesre. El día que coincide que puedo aprovechar aquí, casi sin distinguir horarios, ni folios, ni lecturas, ni trabajo, lo que he ido escribiendo con otro enfoque, otro estilo y otra distancia, quiero decir, que cuando por la noche caigo por internet buscando esta confianza reciente, espontánea y breve, y acabo aprovechando la misma implacable, exigente y arcaica actividad que no me va a dejar respirar hasta nochevieja, cuando eso ocurre, respiro algo bizco, pero encantado.

Tres son los asaltos que tuvieron lugar la madrugada del 3 de noviembre de 1991: entre las doce y cuarto de la noche, a las afueras de Vilafranca del Penedès, y las tres, en Terrassa, también a las afueras. Los hechos de Vilafranca no los había traído aquí hasta hoy. No los tenía escritos.

En ello estoy. Los resumo: un asalto con coacciones, del que la pareja (A y J.) pudo huir finalmente; un robo con violencia en el que  en el que la chica (Jo.) huyó , y el chico (Pe.) fue maniatado, trasladado y retenido durante durante una media hora; y un robo con rehenes contra la pareja (Y. y M.) de Terrassa. Los hechos habían sido obra de dos autores. Según todas las hipótesis policiales, basadas en las descripciones que daban las víctimas, el vehículo usado, así como el modus operandi, que era idéntico, se trataba siempre de los  dos mismos autores. Las tres causas, sin embargo, fueron juzgadas por separado.

Las contradicciones de las víctimas a la hora de señalar a Abderrazak Mounib, sin embargo, y las consecuencias que se derivaron, hacen imprescindible la transparencia del link, de este método, porque de otra forma lo ocurrido no se lo creería ni Perry (Mason). Veamos.

Jo, la chica del segundo asalto de Vilafranca, ocurrido 15 minutos después del primero, aseguró el 12 de noviembre en reconocimiento fotográfico que Mounib SÍ era uno de los asaltantes, correspondiéndose con el núm 147 del álbum. No olviden cómo se montaron esos álbumes.

Aderrazak Mounib fue condenado.

Un mes más tarde, A., la chica del primer asalto, en la rueda de reconocimiento del 12 de diciembre, no señaló a Mounib, sino a Kechoui S. “Sin ningún género de dudas”, según el acta:

Kechoui S., sin embargo, era un marroquí al que la policía había colocado allí como cebo, para completar la rueda, y que no era sospechoso de nada. Así que, los cambiaron de sitio, y repitieron la rueda. A. afirmó, de nuevo y otra vez “sin ningún género de duda”, que era él, Kechoui.

En esta causa, el novio de A. había, sin embargo, señalado a Mounib. Ese mismo día, A. decidió no personarse como parte en el proceso. Su novio J, sí. La reparación del coche le había costado 440.918 pesetas.

Abderrazak Mounib fue condenado.

Repito. La primera había dicho que era él. La segunda, que era otro. La pareja de Terrassa, Y. y M., víctimas del tercer asalto de esa noche, no sólo no señalaron a Mounib durante las ruedas, sino que cuando vieron su foto publicada el 16 de noviembre en la prensa, como uno de los supuestos autores de la ola de violaciones, acudieron a la comisaría de Terrassa e hicieron constar, expresamente, que el hombre de la foto de El Periódico, Abderrazak Mounib, “no tuvo ninguna participación en los hechos”:

“Por si ello tuviera alguna relevancia”, añadieron.

Estaban seguros y fue una acción loable. Pero no, no tuvo ninguna relevancia nueva, más allá de que Abderrazak Mounib no fuera procesado en la causa de Terrassa. En esta, como en todas las causas, sólo contaba lo que las víctimas, o al menos alguna de entre ellas, ya fuera la chica o el novio, pero siempre que señalaran a alguno de los dos marroquíes que más juego estaban dando, a la hora de decidir el procesamiento, que era casi como decir la condena,  dijeran.

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El hijo mayor (de Mounib)

Diario de campo: 18 enero 2007. 23:03. Barcelona

Hoy he visto a otros. Y he hablado, por teléfono, con bastantes otros más. Pero voy a empezar por Abdel. Abdel Mounib. El hijo mayor del otro. ¿28 años?. El otro, en este caso, es el que está muerto. Abderrazak Mounib. De un infarto, el 26 de abril de 2000, en la cárcel de Can Brians, cumpliéndose así su vaticinio: “A mí no me van a soltar. De aquí me sacarán muerto”. Está enterrado en Fez, Marruecos, donde había nacido 48 años antes. Hoy tendría 55.

Vaqueros, camiseta –imagino que de manga larga–chaqueta de pana fina marrón: una gorra caída hacia atrás, con la visera casi como una peineta. Tiene los ojos grandes, algo tristes, y una vieja cicatriz en la nariz partida.

Hablamos a ratos. Yo me quedo sin preguntas: el mira a cualquier lado. El bar está lleno. El Madrid-Betis de copa en televisión. Entre los clientes, muchos son marroquíes. Hay españoles también. Bar El Balcón III, aquí al lado. Yo también miro. Al final de la barra, se bajan unos escalones y hay un salón con mesas: El humo se agolpa, denso, sobre el techo, a no mucha más altura que la barra donde nosotros estamos. Un hombre con el cuerpo echado sobre la mesa, parece sujetarse la cabeza con una mano para poder fumar con la otra. Hay un tercio de cerveza a su lado.

Están esas escaleras que bajan, y hay otras que suben a una jaula como una mezzanine. Digo una jaula porque  salvo la puerta, el resto del lateral que da  como un balcón sobre la barra, es una tela metálica: dentro hay una mesa de billar y algunos jóvenes que beben cervezas mientras van metiendo bolas: entre golpe y golpe.

Abdel viene mucho por aquí. A jugar al billar, entre otras cosas. Le gusta. Mientras hablamos, de vez en cuando se abre la puerta de la jaula y se asoma alguien, como el cuco del reloj, para decirle algo. En árabe. Por el tono y por lo que le contesta Abdel –“¡pero si te gano!”–, parece que sale a retarlo.

¿Desde la cárcel, tu padre os escribía?, le pregunto: me interesa cualquier papel, cualquier rastro que dejara. “No, a nosotros no”. ¿Pero él sí que sabía escribir y leer?. Abdel: “Sí, sí. Mi padre escribía en la cárcel en un libro, en un diario. Cuando se murió no estaba entre las cosas suyas que nos entregaron. Había otras cosas, pero no el libro que yo había visto cuando le visitábamos”. [Luego le he preguntado a Ahmed sobre ese diario: “yo nunca le ví escribir en un libro”, me dice]

Abdel dice que faltaba muchas veces al colegio: “siempre estaba con mi padre”. Estaba de viaje, vendiendo en la Junquera. Abderrazak trabajó casi siempre como vendedor ambulante, “menos algún tiempo que trabajó de guardia jurado vigilando una obra que había en Diagonal con Marina, donde está la plaza de toros”. (…)

“Mi padre movía más desde la cárcel, que muchos desde fuera”, dice, retomando la conversación por el pico de si sabía escribir y leer. Me cuenta que él le llevaba tarjetas de teléfono de 2.000 pesetas y que con ellas su padre llamó al consulado, a la televisión, a los abogados. Que al principio no le dejaban, pero que luego consiguió un permiso del director y le dejaron llamar todo el tiempo, cuando quería. “Escribió al Rey, al Presidente de la Generalitat, del Gobierno, a todo el mundo…”, añade Taïbi, el amigo de Mounib que nos acompaña paseando por el barrio y que nos ha traído hasta Abdel. Nos ha presentado también a Mustafa. (…) A Mustafá le pregunto si él también estaba el día que lo detuvieron: “estaba sentado con nosotros”, me cuenta. Quedo con él para hoy, sobre las tres de la tarde, en el Bar Reventós.

Abdel pone en palabras, algo amargas, lo que ya me habían reconocido Taïbi y Noureddine. Que después de ese primer día que lo detuvieron y se juntaron quince o veinte amigos para ir al juzgado al día siguiente y pagar a un abogado que lo defendiera, después de aquello se olvidaron, si no de su padre, sí de su madre y de ellos. Ellos son él y sus tres hermanos pequeños.

“Mi madre ha sufrido mucho, y en aquel tiempo nadie le dio un trabajo. Nada. Mi madre no pedía dinero. Pero nadie vino y le dijo, oye, mira, toma y aquí tienes un trabajo. Mi madre salió a buscarlo: a limpiar bares y escaleras, para poder mantenernos. Gracias a mi madre que nosotros estamos aquí ahora, la verdad”.

Al contrario que su familia –“yo sabía que mi padre no podía haber hecho nada porque yo estaba muchos días con él, por el día y por la noche: íbamos a todos los bares, a todos sitios juntos”, dice refiriéndose a los días de La Junquera– los otros, sus amigos, “hay muchos amigos que son amigos de boca”, se queja, viene a decir Abdel que pasaron algunos años mirando a otra parte. Qué iban a hacer, también añade. El mismo abogado al que llamaron el primer día […]

Abdel no dejó sólo a su padre durante los juicios tampoco. “A todos, fui a todos”, dice. Del de Tarragona, dice que la gente les gritaba y les insultaban por los pasillos: “moros hijos de puta: os vamos a matar”, dice que le gritaban los valientes a él y a su madre, en Tarragona.

Abdel se gana la vida con una furgoneta. En Los Encantes, un mercado de segunda mano y antigüedades que hay junto a la Plaza de Las Glorias, […]. Con ella compra “portes” y “lotes”. Lo primero le sirve para ganarse un dinero como transportista: “yo no toco los muebles, ellos se lo cargan y ellos se lo descargan: yo sólo conduzco”. Lo segundo, menos seguro, también a veces le permite ganar más, en menos tiempo. El tiempo que tarda en comprarle a alguien un lote de muebles o trastos viejos que quiere quitarse de encima, y él le da 20 ó 30 euros, para luego vendérselo a alguien que ve posibilidades de negocio revendiéndolo por separado, y le paga a él 150. Por ejemplo. Por las tardes, si no tiene nada que hacer, se viene aquí a jugar al billar y a tomar algún quinto de cerveza.

Le pregunto si su madre cobra alguna pensión. “El PIRMI se lo quitaron”. El Pirmi es un subsidio social para los que no tienen nada. Algo así como una renta básica, o mínima. “Se lo  pagaban mientras mi padre estaba en la cárcel: cuando se murió le quitaron la paga.” Ahora son menos, digo yo que debieron pensar. ¿Y la de viudedad, no tiene derecho a solicitarla? “No, no, porque mi padre no tiene quince años trabajados”, dice, refiriéndose a quince años trabajados y cotizados.

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Un derecho a la imagen puede tapar otro

La polémica sobre el “derecho a la imagen” que ha estallado  en Francia recientemente, entre el Ministerio de Justicia y las asociaciones de fotógrafos, no concierne únicamente a las relaciones entre el derecho de los periodistas a informar a través de la imagen y los derechos de los particulares al respeto de su propia imagen y de su vida privada. Es la singularidad del estatuto actual de las relaciones entre la imagen, el derecho, la política e incluso el arte lo que aparece aquí en el centro de la escena. 

El conflicto surgió a raíz de dos disposiciones de un proyecto de ley relativo a la presunción de inocencia y a los derechos de las víctimas. La primera prohíbe publicar fotos de personas esposadas, la segunda, publicar fotos de víctimas de algún crimen en situaciones que atenten contra su dignidad. La una y la otra se inscriben en una misma perspectiva global  que desarrolla los derechos de las personas: protección de la vida privada, de la imagen y de la dignidad de las personas, presunción de inocencia de toda persona en tanto no haya sido declarada culpable. Ya el “inculpado” había cambiado de nombre: desde entonces está sólo “bajo investigación”. Ahora se da un paso con la proscripción de toda imagen material de su encarcelamiento. Pero este paso de más tiene consecuencias inquietantes. Ya no se trata sólo de eufemizar el nombre de una situación de hecho. Consiste en hacer invisible su materialidad. La protección de la persona privada tiende a convertirse en una suspensión de la visibilidad del acontecimiento en sí mismo. Lo que no ha sido juzgado no tiene por qué ser mostrado, no debe tener visibilidad. Esta regla implícita oculta otra: que a partir de ahora el único juicio es el de los tribunales. Antes, la imagen del inculpado servía también para atraer el juicio de la opinión pública, independiente del de los jueces, incluso como respuesta al de estos. O servía también para reivindicar la justicia intrínseca de una acción obligada a enfrentarse a la ley existente para denunciar un estado de cosas injusto. Se inscribía así en el combate político clásico que cuestiona la legitimidad de las leyes existentes. Todavía recientemente, en Francia, el líder de las acciones campesinas contra la cadena MacDonald blandía las esposas frente a los periodistas como emblema de la justicia de su combate. Dentro de esta nueva lógica, la presunción de inocencia, en tanto que perteneciente al derecho de todo particular, anula el litigio político sobre ese hiato entre dos justicias y dos juicios cuyos emblemas serían las figuras del culpable inocente o del justo encarcelado.

La protección de la persona y de su imagen produce así una operación indisolublemente política y ontológica. Tiende a sustraer, además de cierto tipo de juicio y de manifestación política, una parte de lo visible. Y no es esa parte de ejemplo contagioso o de horror insoportable que se censuraba antes. En materia de violencia, de indecencia o de horror, apenas queda ya nada que las pantallas censuren. La parte proscrita, es esa parte por decidir, litigiosa, que alimentaba el conflicto político, al poner en cuestión a través de la “culpabilidad” del agente, la naturaleza de la acción misma. La cuestión estriba entonces en saber hasta dónde llega la sustracción; si, con la visibilidad de los hechos, no se logra también la certificación de su existencia.

Ésta es la cuestión que plantea la segunda prohibición, la de mostrar a las víctimas de algún crimen en situaciones que atenten contra su dignidad. La viuda de un prefecto asesinado por terroristas corsos se había manifestado así contra una foto que mostraba a su marido con la cabeza contra el suelo. La imagen de una mujer casi desnuda por la onda expansiva de una explosión terrorista en el metro parisino provocó una escándalo parecido. Estos casos particulares, sin embargo, en el que una persona reivindica su dignidad arrastran consigo la cadena inmensa de esas fotos que nos han hecho ver y continúan haciéndonos ver los horrores que han marcado nuestro siglo. Frente a los legisladores, los periodistas y los fotógrafos han blandido esas fotos de los supervivientes de los campos nazis o el de la niña vietnamita, desnuda y quemada por el napalm, que han pasado a la historia o esas otras  que todavía hoy registran la cosecha diaria de crímenes masivos en Bosnia o en Ruanda, en Timor o en Kosovo. Seguramente la apariencia de las víctimas no se ajusta al ideal de la dignidad humana. El sentido común nos dice que es más bien su situación lo que es indigna y que la imagen  lo que quiere  precisamente es dar testimonio de ello.

Esta cuestión  –política y ontológica– va más allá de la simple oposición entre el respeto de las víctimas y el deber e informar sobre su situación. Pues no se trata simplemente de saber si se podrá dar a conocer o no, para los médicos y los justos, los dolores y las injusticias del mundo. La fotografía certifica dos cosas a la vez: no da cuenta solamente de la evidencia del crimen. Da cuenta también de la naturaleza, al marcar la carga de presencia y de común humanidad de aquellos a los que los exterminadores tratan como chusma infrahumana. Lo que los genocidas y las limpiezas étnicas niegan es, en efecto, un primer “derecho a la imagen”, anterior a toda propiedad del individuo sobre “su” imagen: el derecho a ser incluido en la imagen de una humanidad común. La limpieza o el exterminio étnicos son siempre la demostración en acto de sus propios presupuestos: que el exterminado no pertenece a aquello de lo que es excluido, que él no pertenece verdaderamente a la humanidad., no, en todo caso, a aquella que tiene derecho a existir en ese sitio y en ese lugar.  Por esa razón es por lo que la limpieza o exterminio étnicos encuentran su acabamiento lógico en la desaparición de las huellas o en el discurso negacionista.

Alegar contra esas fotografías la dignidad amenazada de las víctimas, ¿no contribuye a sustituir a ese primer derecho negado, el derecho a tener una imagen común, un derecho con el que las víctimas nada tienen que ver: el derecho de propiedad sobre su imagen que ejercen los únicos que tienen medios para hacer de ella moneda de cambio? Parecerá una pregunta de colegio. Nadie se espera todavía, por el momento, encontrarse con que las víctimas kosovares vienen a reclamar indemnizaciones por la publicación de su imagen en la prensa francesa. Y el ministerio ha respondido  a los que se inquietaban por ello afirmando que la ley no concernía a los hechos de guerra. Esta “tranquilizadora” respuesta causa perplejidad.  Porque reenvía el estatuto de la imagen a un reparto de dominios y de géneros que es precisamente lo que se cuestiona. Desde su punto de vista, Hitler estaba en guerra contra el pueblo judío, eliminaba parásitos perjudiciales. De la misma manera, las milicias serbias no estaban en guerra contra el pueblo kosovar. Suprimían a aquellos que no estaban en “su” sitio. Y las operaciones “humanitarias” que responden a la limpieza étnica no pretenden intervenir en una guerra. Si el hecho de la exterminación y el discurso negacionista han  alcanzado en el pensamiento contemporáneo la importancia que sabemos, es porque dan cuenta ellos también de la incertidumbre que golpea hoy en día las líneas de reparto entre las esferas: privado y público, lo político, la policía y la guerra. El derecho del propietario y el derecho de la víctima ilustran en suma el desvanecimiento gradual del mundo político, a favor de una escenario doble: de un lado, el escenario privado de los intereses propietarios; del otro, el de los enfrentamientos étnicos y las intervenciones humanitarias.

Pero no es solamente la imagen en general –y particularmente la imagen fotográfica—la que queda atrapada en esta tormenta. También una cierta idea de la modernidad artística. Lo que ha hecho la doble fortuna –política y artística—de la fotografía en nuestro siglo, es que ella ejemplifica el lazo privilegiado que el arte moderno ha trenzado con la imagen de los anónimos –esos anónimos que en el siglo XIX se apropiaban esa imagen que había estado siempre reservada a los privilegiados, a los que tenían un nombre y hacían la historia. El objetivo de los grandes reporteros registrando los horrores del siglo y el objetivo de los Doisneau o de los Cartier-Bresson sorprendiendo a los niños en la calle o a los enamorados anónimos, eran hermanos. Expresaban ese tiempo en el que cualquiera que se revelaba era susceptible de ser sujeto de la historia y objeto de arte. Es ese anónimo, sujeto común de la política democrática y del arte moderno, quien ve también su imagen borrarse, escindirse en dos. Al mismo tiempo que la ley extiende su protección ambigua sobre los presuntos inocentes y sobre la dignidad de las víctimas, los anónimos de la leyenda fotográfica llegan para pedir a las agencias el precio de mercado de sus imágenes. En un mundo dividido entre propietarios de imagen y propietarios de dignidad, no es solamente la política, sino también el arte el que ve comprometidas sus imágenes.

Octubre 1999.

RANCIÈRE, Jacques: “Un droit à l’image peut en chasser un autre”, en Chroniques des temps consensuels, Seuil, pp. 79-83.

Traducción (muy urgente) de B.G.J.

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Este colega, hiperactivo  y barbudo eco de Rancière.

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Fe de errores: “Ruleta de reconocimiento”

En la entrada “Ruleta de reconocimiento“, del miércoles, 21 de noviembre de 2007, atribuía erróneamente al novio, el acta de reconocimiento en rueda de la chica. Así lo tenía transcrito en una copia manuscrita que hice en su día de todas las actas, copia a la que acudí, pues no tenía entonces el expediente a mano, razón por la cual no estaba enlazada el acta.

La frase  “Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó” es de Y., no de su novio M.

La frase entera es esta:

“Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó con la pistola y el 7º cree según le ve que pueda ser el acompañante [ilegible] que no puede asegurarlo, que en esta postura de perfil le sirve para asegurarlo con más seguridad por que [sic] fue así como les vió”.

Y éste es el fragmento del acta donde consta:

fragmento acta terrassa Y

Tanto ésta, como ésta, pues, son actas firmadas por Y. Así que este párrafo: “Por alguna razón que se me escapa todavía, las chicas de Cornellà repitieron rueda esa mañana, mientras que Y. y M.V. volvieron diez días más tarde para lo mismo”, de esa misma entrada, ha perdido todo sentido. De hecho, la razón se me escapaba porque no hubo razón: las tres chicas repitieron rueda.

Manuel Borraz me corrigió el patinazo, como siempre, cortés y riguroso.

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La Jonquera, lugar de paso

Anteayer, la alarma del móvil me sacó vibrando del sueño a las seis y media de la mañana. Me vestí, imprimí cuatro folios del documento donde, desguazándolos, voy invententariando los sumarios, y me fui a la estación de Arc del Triomf. El cercanías con dirección a Cerdanyola, donde tenía que reunirme con mi hermano Manolo, entró pasadas las siete de la mañana. Me subí. El aviso de la megafonía, “Propera estació, Cerdanyola Universitat”, me despertó de nuevo, y me bajé. Había dormido todo el trayecto.

La estación está junto a la autopista AP-7. Miré en el párking, y como sólo estaban los autobuses de la UAB,  pedí un café con leche, me senté y esperé. En una mesa, sobre los folios y fijándome en un cuaderno de notas, fui relacionando los nombres y apellidos de los hosteleros que, llamados por la defensa de Abderrazak Mounib, declararon en la causa de Olesa, con el restaurante, bar o supermercado correspondientes que frecuentaba Mounib, concretando si eran nombres de dueños o de camareros. “María, dueña del Molí de Vent”. Uno, que no pude relacionar, quedó como “vecino de la Jonquera”.

Veinte minutos después, y extrañado por la tardanza, pagué el café y salí de nuevo al párking. Quizá porque no había amanecido todavía, resplandecía aún más como una ballena blanca varada en el asfalto. Habría que imaginar ahora que el rótulo “El Majo”, lo llevaba la ballena escrito en la frente, así que abandono la metáfora: mi hermano había corrido las cortinas de la cabina, y dormía su noche por entregas, dentro del trailer blanco de 22 toneladas que conduce, entre Alicante y Perpiñán, hasta tres veces por semana. “El Majo” es el dueño del camión.

Dos besos. Descorrer las cortinas fue como si amaneciera en un mundo en miniatura (nunca llego a esa cisterna, pequeña catarata de bolsillo, de Cortázar). A la espalda de los asientos, una litera con dos camas. En medio, una mesita de noche y de día: tabaco, bote de coca-cola vacío (cenicero), dos móviles, las llaves. Yo quepo de pie. Mi hermano no toca el techo ni saltando. Los asientos son reclinables, y con una amortiguación de aire, regulables en altura. Un hueco en la guantera invita al copiloto a estirar las piernas y reposar los pies.  Los ojillos hinchados y el pelo aplastado, de cachorrillo recién nacido, la voz ronca del único habitante: “¿qué dices, chaval?”. Apaga la luz de la cabina. Arranca.

El copitolo acepta encantado la invitación y estira las piernas. Saliendo del ralentí, tomamos, pianísimo, la curva para encarar la vía de servicio. Entramos, felices y resignados, en el atasco. La radio,  insoportable murga. El chófer come pipas para no dormirse. Yo, agradecido, lo acompaño. Paramos para desayunar.

Los camiones llevan un limitador de velocidad: 90 kilómetros por hora. Sobre las nueve y media, me bajo en una gasolinera,  y recorro el último kilómetro a pie, hasta el pueblo:  él sigue, bordeándolo, camino a Francia. La Junquera, así la llaman todos los camareros con los que hablo, son unas pocas calles que se alargan junto a un arroyo, que se arrastra junto a una carretera, que corre junto a la autopista. Las casas miran, por encima de todo, a la autopista. Cuesta arriba, las calles, el arroyo, la carretera y la autopista convergen como en un embudo, hacia el paso de la frontera, aunque antes se ensancha de nuevo y ahí se resume lo que, bien mirado, es todo esto:  un gigantesco aparcamiento, con un pueblo a las afueras.

El Restaurante Alegría ha cambiado de nombre: “Mar i Sol”. La que fue su dueña, anda por aquí de vacaciones, pero ilocalizable. Su hijo, al que también citaba Mounib, vive en Holanda desde hace diez años. La dueña del Molí de Vent, 50 metros más arriba, falleció en enero del año pasado. El gerente del Bar Norte ha abierto un restaurante frente al Molí de Vent, pero cierra los miércoles. Nadie conoce al que entonces era el camarero del bar del Supermercado Escudero. El Club Valverde, el primero que abrió por aquí, está cerrado a estas horas. Viaje en balde.

Mi hermano, de vuelta de Perpiñán, me deja a media hora de Barcelona: esta vez en Rubí. De todas formas, pienso, todos habían declarado lo mismo: que a Abderrazak Mounib no lo conocían por su nombre, pero sí que lo reconocieron cuando vieron su foto en los periódicos, que era vendedor ambulante, pero que no sabían si el día 5 de noviembre, a las once de la noche, andaba por allí, como él aseguraba. Luego, como siempre que no volvía a casa, se fue a dormir al coche, añadió. Era su coartada. Tuvo que esperar seis años para que el ADN la confirmara. “Todos los lugares son buenos, para pasar de largo, forastero”.

Hoy, Martín me lleva a Gerona.

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Personas y personajes

“Mientras el novelista, al forjar a su héroe o heroína, puede elegir entre todos los aspectos de la naturaleza humana, el periodista, en cambio, debe limitar sus protagonistas  a un pequeño grupo de personas de rara naturaleza, exhibicionistas, imaginativas, que ya han hecho en sí mismas el trabajo que el novelista realiza con sus personajes imaginarios, en suma, personas que se presentan como figuras literarias ya hechas. En el caso MacDonald-MacGinnis tenemos un ejemplo del periodista que aparentemente se dio cuenta demasiado tarde de que el tema de su libro no era adecuado para una obra no ficticia, pues el protagonista no era un miembro de la maravillosa raza de los que hacen ficción sobre sí mismos, como el Joe Gould de Joseph Mitchell y el Perry Smith de Truman Capote, de quienes depende como género vivo el nuevo periodismo y la “novela  no ficcticia”. [El condenado por asesinato] MacDonald, era simplemente un muchacho como los demás, sin nada que ofrecer salvo una tediosa e improbable versión sobre su inocencia de un crimen terrible. En el curso normal de las cosas, [el periodista] McGinnis probablemente habría reconocido con rapidez el carácter vulgar de [el asesino] MacDonald, habría abandonado el proyecto de escribir un libro sobre él y se habria puesto a buscar un individuo que trascendiera la vida, elemento tan decisivo para el trabajo de un periodista como es decisiva la rara imagen para el arte del fotógrafo. Pero por varias razones [el periodista] McGinnis decidió no ver lo que saltaba a la vista. Podemos suponer que una de esas razones  fue su vieja debilidad por encontrarse en el “interior de una situación”; indudablemente fue irresistible para él el ofrecimiento de tener acceso a conversaciones que ningún otro extraño podría oír, de tener “acceso a [el asesino] MacDonald”, en forma exclusiva. Otra razón puede haber sido la presión del deseo de MacDonald, que quería que se escribiera sobre él. Así como mi lectura de la transcripción de las cintas que grabó MacDonald en la cárcel me mostró las penurias que debía haber pasado el pobre McGinnis tratando de convertir aa un Jeffrey MacDonald en un Raskolnikov, así también mis relaciones con el propio MacDonald me permitieron comprobar algo de la seducción de aquel hombre y comprender por qué McGinnis había sucumbido a la fuerza de esa seducción. En la época en que McGinnis se daba ya cuenta de que MacDonald no resultaría un personaje adecuado […], ya estaba demasiado metido en el proceso en virtud del cual una obra escrita se transforma en una mercancía.”

Malcolm, Janet. El periodista y el asesino. Gedisa, pp. 113-115.

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Subir las persianas

Las víctimas en general, y las víctimas de delitos sexuales, muy en particular, reclaman el anonimato. Los juicios a puerta cerrada son una consecuencia directa de esa idea tan extendida de que respetando su derecho a la intimidad, estamos poniéndonos de su parte. Más allá de las cuestiones que plantea esa desaparición del público como juez de los que administran justicia, que es un problema político de graves consecuencias jurídicas, no estoy ni siquiera seguro de que ese sagrado anonimato sirva a su pretendida intención de proteger a las víctimas.

El crimen es una forma de negación. No sólo física. Estos que violan, parece una obviedad que necesitan primero reducir al otro a lo que ellos imaginan que es.  Esta idea está presente en la mayoría de las declaraciones de las víctimas que he leído. El insulto es una forma de facilitarse el crimen, o por lo menos lo precede a menudo. En consecuencia, la réplica de las víctimas, redobla los insultos y los golpes que reciben. Los violadores pedían sobre todo dos cosas: que las chicas se callaran, o que repitieran lo que ellos querían oír: que eran “unas guarras”, por ejemplo. Las dos redundan en lo mismo: en negarlas. 

La violación sigue siendo, en gran medida, un tabú. Por supuesto que entiendo que las  víctimas no quieran mostrarse en público. Nadie en su sano juicio puede pretender que no sea compresible. El dolor no puede ponerse en común. Lo que no tengo tan claro es que se trate de una decisión estrictamente personal. Un tabú es un silencio generalizado.  El trauma sufre el tabú en carne propia.

Un silencio generalizado, pero también una forma de estar de acuerdo, solo que secretamente compartida. Que no es lo mismo. Sólo quiero reiterar con esto que comprendo el trauma, pero que no moveré un dedo por el tabú. Apuesto a que nadie aplaudiría con tanta firmeza ese tabú como el médico aquel que trató a las chicas de La Secuita “como si fueran unas frescas”, según contó uno de los padres al juez. Quien más allá de comprenderlo, defiende ese silencio como un acto de reparación con las víctimas, en el fondo comparte el mismo fetichismo impotente que el violador: que las chicas tuvieron su parte de culpa.

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Abandonar

La etimología de abandonar remite a la proscripción. De origen germano, y pasada a través del francés, la puesta en bando sobrevenía a quien, durante la Edad Media, escapaba a la acción ordinaria de la justicia: el bando, tras un período en el que el proscrito podía presentarse él mismo para afrontar su deuda, autorizaba a cualquiera que se cruzara con el bandido a quitarle la vida. La ley, allí donde no llegaba con su brazo, se ponía en manos de cualquiera que pudiera ejecutar el castigo. La venganza pública tenía que ejercerse individualmente. Los abandonados quedaban expulsados del espacio de la ley y la comunidad y, en consecuencia, de su protección y de sus derechos, en aras de la eficacia. La condena era ya el anuncio.

*** 

La detención de Abderrazak Mounib levantó  un cierto revuelo en el barrio de Sant Pere, en Barcelona. Taïbi, vendedor ambulante y gran amigo de Mounib,  reunió a unas veinte  personas para acompañar a la familia. Al día siguiente, y junto con la mujer de Mounib, se acercaron hasta los juzgados, que están a menos de cinco minutos de la calle Metges, donde el 14 de noviembre de 1991 Mounib, acompañado de Ahmed Tommouhi,  iba a pasar la primera rueda de reconocimiento.

Taïbi había avisado también a Santi, su abogado. Sin saber muy bien de qué le acusaban todavía, Taïbi quería que un abogado de confianza se hiciera con el caso. El abogado estuvo en los juzgados, pero no quiso defenderlo. Sus razones personales tienen un interés colectivo, pues señalan tres constantes que han marcado este asunto: la prueba diabólica, la gravedad de los delitos junto con la espectacularidad de las acusaciones, y la carga de trabajo que conllevaba el caso. ¿Quién se hubiera hecho cargo de un marrón así?

******

Ni Taïbi ni ninguno de sus compatriotas fueron a ver a Mounib a la cárcel entonces. No asistieron a los juicios. No volvieron a verlo hasta que, cuatro años después, supieron que un equipo de la Guardia Civil defendía su inocencia.

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Notas, apuntes, esbozos

Adelanto: 31  diciembre 2007. Apuntes

40 pp. Sin Título.

Hechos probados: desde Viladecans hasta Tordera: Habría que visitar algún lugar más.

El recorrido como hilo.

Reyes Benítez, el agente de la policía judicial,  la noche antes de la calçotada, 31 de octubre. Fiesta en el cuartel de Martorell. La Guardia Civil.

El fax y la reunión de la Guardia Civil del 11 de Noviembre: ficha policial. (ya se habían mostrado los álbumes a ciertas víctimas: Viladecanas y Tarragona, etc.): antes de introducir el fax: hablar de las veces que vuelven las víctimas a la comisaría durante el fin de semana;  de sus visitas al hospital, etc.

Detenciones:

Tommouhi: su testimonio, actas policía, registro, declaraciones acta oral, visita a la pensión, entrevistas a vecinos, etc.

 y Mounib: entrevista con su mujer, amigos, reconocimiento médico, el lugar, entrevista dueños del bar Joanet, actas de la policía, juicio oral, declaraciones del propio Mounib;

Ruedas de reconocimiento:

Terrassa: Reyes, Pérez García, Miguel L. López, ¿magistrado Terrassa?, Tommouhi, Zaidani, etc.

Barcelona: Abogados: Joaniquet, Ramells, Lidia Querol, ¿fiscal? Salcedo-Velasco, Taïvi, viuda Mounib, etc.

El Instructor: un Capote de barrio.

 Lo que contó la prensa: ¿qué policías y qué periodistas? ¿qué relación entre ambos?

Declaraciones como imputados: Mounib y Tommouhi, presentación, perfiles

La familia de Mounib, al fondo.

Omar Tommouhi, al fondo.

La carta de Ahmed a su suegro de Marruecos, “voy a salir pronto”: ¿la podríamos conseguir?

***

We think, en The Guardian.

Filed under: El taller

La verdad y Hafner

Lleva aquí más de medio siglo. Es su paraíso terrenal, dice. El nazi Hafner, Paul, Pablo para los amigos, se instaló en Madrid con sus convicciones immutables en los cincuenta, y allí sigue, en su piso que es su cueva, rodeado de libros que son apologias de Hitler, escuchando en su radiocassette los himnos que aún le hacen vibrar. Por las tardes, acude a reuniones de Fuerza Nueva o visita a los amigos, también nazis, recluidos en una residencia de ancianos. Uno, de 99 años, presume entre sonrisas de ser uno de los aviadores que bombardearon Guernica. 

Hafner niega el holocausto. Con vehemencia. No sabemos si se cree o no lo que dice, pero no cede, ni ante los argumentos de una amiga que trata de convencerlo ni frente a las imágenes del documental sobre el genocidio que le hace ver el director de la película ni ante el testimonio en primera persona de un superviviente de Auschwitz que le visita. Hafner no cede, y sigue instalado en su vehemencia negacionista. 

El paraíso de Hafner, que es también el título de la película que recoge el testimonio de este anciano nazi, es España. Eso dice. No explica por qué, pero es fácil deducirlo. Hafner vino a instalarse en un país sometido a una dictadura fascista, donde él debía sentirse como Adolfo por su casa. Qué diferencia con Francia, donde había intentado instalarse antes: tan pronto puso pie en suelo francés lo metieron en la cárcel. En Madrid, en cambio, no tuvo problemas. Normal, si mandaba Franco, dirán. Pero para Hafner, que ya en España inventó una yogurtera y después montó una granja de cerdos alemanes, el paraíso no acabó con la muerte del caudillo. Dice que se arruinó con los socialistas, pero no por ello corrige su opinión sobre el país donde ha pasado la mayor parte de su vida. En ningún momento habla mal de España, tampoco de la democrática. Total, nunca ha tenido que esconderse. Hafner ha podido, o eso dice, exhibir su ideología y sus mentiras negacionistas sin los problemas que eso le habría comportado en su Austria natal, por ejemplo. Ha podido hacerlo con Franco y sin él.

Hace más de tres décadas que la palmó el susodicho, pero quizá uno de sus legados, precisamente como reacción a la verdad , así la llamaban, oficial y absoluta que impusieron durante 40 años los hombres de Paco, sea el éxito de ese relativismo bienintencionado que afirma que la verdad no existe. Y la verdad existe, por supuesto, pero la palabra que la nombra es una palabra violada cada vez que alguien la usa para calificar sus mentiras, jaleadas impúnemente al grito de “es mi verdad” sin que nadie le recuerde que la verdad no es personalizable ni admite adjetivos. Y eso, aquí, pasa cada día. Sin ir más lejos, los últimos tres años y medio, hemos sido bombardeados a diario con mentiras en torno al peor atentado de la historia de Europa, esgrimidas por políticos y periodistas que para justificar su insistencia en la falsedad no se han cansado de agitar espasmódicamente la bandera de la “búsqueda de la verdad”. La sentencia judicial del caso debería haber puesto freno al fin a la diarrea de embustes y especulaciones más o menos fantasiosas, pero el presidente del tribunal -ayer aclamado, por cierto, como paladín de la justicia y hoy lapidado por un libro escrito por su señora: detrás de un gran hombre hay una siempre una gran mujer, dicen el tópico y las feministas- optó por la adjetivación, y dijo que lo que quedaba establecido en la sentencia era “la verdad judicial”. Refiriéndose, eso entiendo yo, a que la sentencia, como todas, solo habla de hechos conocidos y probados. Pero los diarréicos, que, como Hafner, no ceden, entienden otra cosa: entienden que la verdad judicial ésa es sólo un tipo de verdad, y que por tanto se le podrá oponer o superponer otra, así que contraatacan ahora al grito de que aún queda por conocer “la verdad periodística”, y luego ya veremos si ambas se complementan o entran en conflicto. Eso dicen los diarréicos, como Hafner, nada sospechosos de relativistas, y convencidos, como él y como yo, de que la verdad existe. La verdad existe, por supuesto, pero si viniera con libro de instrucciones, en él debería leerse: no confundir con el simple prejuicio o la pura especulación. 

Hay tantos, sin embargo, que parecen no tener esto claro, y tanta benevolencia con ellos por parte de los relativistas del todo vale, que no extraña que el nazi Hafner, defendiendo y aferrándose a sus fantasías negacionistas, mantenga la espalda tan erguida, con 85 años que tiene. Y más ahora que el Tribunal Constitucional, en una sentencia fallada a principios de noviembre, ha decidido que negar el Holocausto ya no es un delito en España. Porque para el TC perseguir el negacionismo, como hacía el Código Penal, sería anticonstitucional. Sigue siendo delito justificar el genocidio nazi, pero negarlo, ya no. Mientras Hafner lo celebra con su amigo el bombardero de Guernica, nosotros podemos lamentarnos. Porque la sentencia del TC es una mala noticia, al menos para los que crean en el tan manoseado adagio periodístico acuñado por Charles P. Scott, editor de The Independent -entonces The Manchester Independent- casi un siglo atrás: aquello de que “las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. La sentencia, ahora, dice casi, casi lo contrario.

Y no, no son la verdad judicial y la periodística en conflicto, no se me froten las manos los diarréicos. Hablen con propiedad: lo que entra en conflicto son dos formas de mirar, dos convenciones. O convicciones. Mientras, eso sí, las de Hafner, éstas immutables, las “ verdades” de Hafner, siguen a salvo. Ahora más que nunca. En éste, su paraíso. 

Iván Vila.

Filed under: Artistas invitados

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