ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El encontronazo con el Otro

Kapuscinski (aquí acentúan la s y la n, pero no sé cómo acentuar consonantes) gustaba de resumir, o más bien de rematar, la definición del periodismo hablando de “el encuentro con el Otro”.

En este caso, y con las víctimas especialmente, hay sobre todo encontronazos. No. No ha ocurrido nada grave: lo grave es la levedad. El día a día que dedicas a meterte en la vida de la gente, que casi siempre estaba haciendo otras cosas. Dieciséis años después, suena el teléfono: mire, es que soy periodista y estoy escribiendo un libro. Ya, pero justo yo llevo dieciseis años intentando olvidarlo, y como comprenderás no me voy a poner a hablar de ello ahora. ¿Por qué debo insistir?

El otro día, el entonces novio de la chica de Terrassa que fue retenida durante media hora, dentro de una furgoneta, que no fue violada (podría poner “pero que no fue violada”, o “aunque”, pero eso es ya dar por sentado que tenía que ser violada, es normalizar la violencia: huye de los conectores, de las preposiciones, siempre que puedas: el cadáver no prueba la necesidad del asesinato), lo que en principio haría pensar que el trauma fue menor, y que, por lo menos él,  quizá querría hablar, también se negó en redondo. “Yo de este caso no quiero hablar”, me dijo. Y me pidió mis datos –que le facilité encantado– para buscarse un abogado.  Me pareció una reacción de pánico. Bueno. Lo entiendo. “Porque es que parece que los malos aquí son las víctimas, y ellos los buenos”, me dijo. Eso, y esto no se lo dije, pero lo digo ahora por si ha llegado hasta aquí, por si con mi nombre anda buscándome por el google, eso, en todo caso, lo ha dicho usted: Yo no.

Luego están las excepciones. Álex, por ejemplo, uno de los cuatro chicos que estaban con las dos menores de La Secuita cuando las violaron. Él no tiene ningún problema en hablar. Es más, creo que el llevaba muchos años queriendo hablar. A él llegué porque, contra lo que decía la chica de La Bisbal en un escrito que envió la Audiencia de Tarragona oponiéndose al indulto solicitado por Mena para los dos marroquíes condenados, él se había mostrado a favor. Él, como víctima, dijo que sí: que no se oponía a que los indultaran. La chica de La Bisbal, por supuesto, lo obvió en su escrito. El Tribunal no lo obvió, porque no puede mentir, pero pasaba de largo, creo que era del único párrafo que, junto a la respuesta, no aparecía ninguna razón que la justificara. Por eso me llamó la atención: un sí pequeñito, solo, arrinconado, casi de rodillas, pero se aguantaba. Era revelador, casi un acto fallido. Así que lo llamé: y dijo sí, otra vez, cuando queráis, yo estoy en Tarragona, dijo como poniéndose por fin en pie, sólo tenéis que llamarme.

Ahmed Tommouhi, el día de la vista oral por el juicio de Olesa, que luego el Supremo revocó, dijo una frase que no me la saco de la cabeza, y que he ido aplazando, el encararla y actuar en consecuencia: 

Me habían informado que había violado a 17 mujeres. Yo no quiero ocultar al tribunal estas acusaciones. Una chica de otro proceso me habló, no sé lo que decía, y en esa ocasión fui absuelto de aquella acusación”.

La última frase es la que me interesa ahora: “una chica de otro proceso me habló”. Sólo puede ser la chica de Gavà, porque es el único caso en el que fue absuelto. Lo absolvieron porque el día de la vista oral, la chica aclaró que lo había señalado a él 

“por ser de raza árabe y de constitución anatómica parecida a la de su agresor, pero sin estar segura de que se trate de la misma persona”

Esa chica le habló a Ahmed, y le dijo algo que Ahmed no recuerda. Quizá la chica lleve también todo este tiempo esperando a que alguien le pregunte. Me pongo a escribirle una carta.

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Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana

2 Responses

  1. A.B. dice:

    Los periodistas, siempre con la sensación de que nos estamos metiendo donde no nos llaman. Y sin tener muy claro del todo si lo que hacemos sirve para algo, o incluso si es contraproducente. Habrá que vivir con ello.

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  2. Eva dice:

    Braulio, te dejo aquí un trocito de Mark Twain (o de su traductor), extraído de Un reportaje sensacional. Quizá contribuya a clarificar tu relación periodística con “el otro”. Te pongo en antecedentes: un redactor solicita una entrevista para la realización de un reportaje. El entrevistado se interesa por su significación (la de la entrevista y la del reportaje). Se produce la siguiente conversación:
    Periodista – Ah…Le diré…Se trata de algo desalentador. Debiera ser hecho con una porra en ciertas ocasiones; pero, habitualmente, el reportero se limita a formular preguntas y el entrevistado a contestarlas. Es algo que está de moda. ¿Me permite que le formule ciertas preguntas, destinadas a poner de relieve los puntos culminantes de su historia pública y privada?
    Entrevistado – Oh…Con gusto. Tengo muy mala memoria, pero supongo que eso no importará. Quiero decir que se trata de una memoria irregular…, sumamente irregular. A veces marcha al galope, y a veces tarda quince días en franquear determinado punto. Esto me apena mucho.
    -Oh, no importa. Usted procurará contestarme lo mejor que pueda.
    – Así lo haré. Empeñaré en ello todo mi cerebro.
    – Gracias. ¿Está preparado?
    – Preparado.
    PREGUNTA.- ¿Qué edad tiene?
    RESPUESTA.- Voy a cumplir diecinueve años en junio
    P.- ¿Será posible? Yo le habría echado treinta y cinco o treinta y seis. ¿Dónde ha nacido?
    R.- En Missouri
    P.- ¿Cuándo comenzó a escribir?
    R.- En 1836.
    P.-¿Cómo puede ser, si sólo tiene diecinueve años?
    R.-No lo sé. El asunto me parece un poco curioso.
    P.- Y lo es. ¿Quién es, en su opinión, el hombre más extraordinario que ha conocido?
    R.- Aarón Burr.
    P.-Pero usted no pudo conocer a Aarón Burr si sólo cuenta diecinueve años…
    R. – Hombre, si usted sabe más que yo, ¿por qué me hace preguntas?
    P.- Bueno, bueno…Ha sido sólo una insinuación, nada más. ¿Cómo conoció a Burr?
    R.- Le diré…Estuve cierto día en su funeral y él me pidió que no hiciera tanto ruido y…
    P.- Pero…¡Santo cielo! Si usted estaba en el funeral de Burr, éste debía estar muerto. Y si estaba muerto…, ¿cómo pudo preocuparse de si usted hacía ruido o no?
    R.- No lo sé. Burr fue siempre un hombre muy original para esas cosas.
    P.- Sin embargo, no lo comprendo del todo. Usted dice que Burr le habló y que estaba muerto.
    R.- Yo no he dicho que Burr estuviera muerto.
    P.-Pero…¿acaso no lo estaba?
    R.- Algunos dicen que sí, otros dicen que no.
    P.- Y usted…, ¿qué opina?
    R.- ¡Oh! Eso no es asunto mío. No era mi funeral.
    P.- ¿Y usted?…Bueno…De todos modos, eso jamás lo aclararemos. Permítame que le pregunte alguna otra cosa. ¿Cuál es la fecha de su nacimiento?
    R. – El lunes 31 de octubre de 1693.
    P. – ¿Cómo? ¡Imposible! Eso significa que usted tiene ciento ochenta años. ¿Cómo se lo explica?
    R.- No me lo explico en absoluto
    P.- Pero usted dijo al principio que sólo tenía diecinueve años, y ahora afirma que tiene ciento ochenta años de edad. La contradicción es tremenda.
    R.- ¿Lo ha notado? (Estrechándole la mano al periodista.) A mí me pareció en muchas ocasiones que la contradicción era tremenda, pero no sé por qué, no podía llegar a una conclusión. ¡Qué rápido percibe usted las cosas!

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