ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El violador y el periodista

La carta de ayer era asquerosamente amable. La dificultad del género carta-al-culpable, que obliga a afinar entre el no ensañamiento y  la impostura, no me excusa. Afiné mal, y acaba siendo impostada.

El equilibrio entre el caso general y cada particular, que creo que resolví bien con las  víctimas, aquí está roto. Es verdad que me interesa él personalmente, pero eso no debería haberme llevado nunca a cerrar tanto el ángulo como para que las víctimas, y aquí incluyo también a Abderrazak Mounib y a Ahmed Tommouhi, no aparezcan enmarcadas. 

Ése me parece que es el problema: que el objetivo está sobredimensionado. Demasiadas ganas de estar delante del malo, sin que en verdad tenga muy claro qué es lo que puede aportar. Quizá yo también sufra ya de deslumbramiento, y esté imaginando personajes, donde me prometí que sólo habría personas de carne y hueso. El tono debería haber sido, pues, mucho más seco y distanciado: es mi trabajo, si usted acepta, bien, si no, también.

Es imperdonable la expresión “el Tribunal Supremo falló que usted era uno de los autores”, cuando llevo dos años huyendo como de la peste, de la verdad formal, para buscar y escarbar en las pequeñas, pero incuestionables, verdades materiales: sangre, huellas, semen, entrecomillados, actas, etc. Es evidente que tenía que haber escrito: “pero el ADN demostró que usted era el violador”. Un tufillo que se contagia luego, irremisiblemente ya, sobre esa otra del final: “las pruebas de ADN convencieron al Tribunal”, verbo descaradamente ambiguo. ¿Desde cuando me importa el convencimiento de nadie?

La media sonrisa con la que siempre me tomo eso del “hombre respetado” y el buen nombre entre sus vecinos, es irreconocible en el párrafo de ayer. La razón seguramente tiene que ver con que ya sabía, al escribirla, que también hay quien no guarda un buen recuerdo del ciudadano modelo, precisamente: García Carbonell fue condenado en 1993 por un delito de amenazas. La expresión “problemas serios” era eso lo que ocultaba.  Y como buen eufemismo, era una deplorable, por más que inconsciente, forma de cubrirme las espaldas. Que no haya podido conocer la versión del amenazado todavía, no me excusa tampoco: debería haber eliminado el párrafo entero.

Por cierto, caigo ahora, que el hecho de elegir el año 1995, en lugar de 1991, como línea divisioria entre un antes y un después de sus problemas con la justicia, se agarra descaradamente al hecho de que no fue hasta entonces cuando lo detuvieron. En verdad mi interés por esa frontera entre el antes y el después, que es sincero, lo es sólo a condición de dejar claro que para mí la frontera está en 1991. Y no lo hice.

Por supuesto, que hay tiempo para corregirse y, si responde, dejar claro todo esto. Pero los errores más vale reconocerlos a tiempo.

Así que agradezco el comentario de Arcadi Espada, que, certeramente, puso el dedo en una llaga, que ya supuraba.

Anuncios

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana

One Response

  1. A.B. dice:

    El blog está alcanzando grandes momentos de intensidad. Reconozco que me pierdo en los vericuetos jurídicos, pero cuando sales a la calle o mandas cartas es apasionante.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Escribe tu dirección de correo electrónico para recibir las nuevas entradas por mail.

A %d blogueros les gusta esto: