ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Transbordos

El cabo V. participó sobre todo en los comienzos de la investigación de 1995, que finalmente llevaría a la detención de García Carbonell. En 1991, sin embargo, estaba en un cursillo en Madrid cuando ocurrieron los hechos: Lo que puede recordar nunca lo supo de primera mano.

El folio-portada que llevaba su nombre, del atestado sobre la recuperación del Renault 5, me explicó ayer en una cafetería de El Ejido, no podría asegurar si lo había recibido en Martorell o en Manresa, los dos equipos de policía judicial en los que trabajó esos años,  ni en qué fecha concreta. Esto último es fácilmente comprobable y así lo haré: en todo caso, su relación con ese atestado parece puramente jerárquica: el que en verdad lo habría pedido sería el guardia Reyes Benítez. “Desde que detuvimos al gitano, Reyes empezó a dar la brasa con lo mucho que se parecía al moro”, me explicó V.

En 1995, el cabo V.  sí se encargó de hacer una primera recopilación de diligencias, y puestas sobre la mesa, recuerda que comentó con un superior una hipótesis que, aunque errónea, daría finalmente en el clavo: “éstos tíos viven en Terrassa”,  pensó. El Teniente Pizarro, hoy comandante, ordenó peinar la ciudad: el objetivo era encontrar el Volkswagen Golf negro que habían descrito las últimas chicas violadas, no muy lejos de donde en 1991 había sido violada la chica de La Bisbal, en L’Arborç del Penedès. Apareció el coche, y luego aparecería Carbonell a recuperarlo y fue cuando lo detuvieron.

Pero, como ya saben, no era en Terrassa donde vivía Carbonell. En este sentido, parece más plausible la tesis de Godwin en El rastreador, que sostiene que los violadores y asesinos en serie trazan, aunque sea inconscientemente, una zona neutra entorno a su domicilio libre de asaltos. La hipótesis concuerda con este caso, pues ninguno de los hechos se cometió en Sabadell ni en sus más inmediatos alrededores.

Por eso, aunque no era su lugar de residencia, Terrassa resultó decisiva para la detención: era la estación elegida para los transbordos. Allí abandonaban los coches quemados. Los investigadores habían localizado ya varios vehículos de los utilizados en los asaltos cuando encontraron el Golf negro. Y allí se subían a los turismos pequeños con los que cometían los asaltos. García Carbonell llegó en una furgoneta, sobre las ocho de la noche, y maniobró para dejarla aparcada donde estaba el Golf, con el que, según costumbre, saldría a delinquir.

Un movimiento, por cierto, exactamente inverso al que hicieron los asaltantes la madrugada del 3 de noviembre de 1991. Las víctimas de los dos primeros asaltos, cometidos en Vilafranca del Penedès sobre la medianoche, con apenas un cuarto de hora de diferencia, describieron que el vehículo era un turismo pequeño. La pareja de novios asaltada en Terrassa, sobre una hora y media más tarde, identificaron que el vehículo era una furgoneta. La chica precisó que la puerta lateral, por donde la metieron a ella, era corredera. Terrassa está entre Vilafranca y Sabadell, en la dirección de sur a norte que se deduce por la hora y la localización de los diversos hechos: primero los situados más al sur, luego los de más al norte.

Todo esto lo digo porque uno de los argumentos utilizados por la fiscalía del Supremo para dudar de que los vehículos utilizados en diversas violaciones cometidas antes y después de que los marroquíes estuvieran en prisión fuera el mismo Renault 5, fue precisamente que el asalto de Terrassa había sido cometido con una furgoneta.

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Materiales

Francisco Palenzuela y Juan Antonio Fernández, los dos ejidenses condenados por secuestrar y apalear a tres inmigrantes en diciembre de 1997, disfrutan desde octubre pasado de un régimen de semilibertad, un híbrido entre el segundo y el tercer grado recogido en el artículo 100.2 del reglamento penitenciario. Palenzuela y Fernández, condenados en 2002 por la Audiencia de Almería a 15 años de cárcel y cuya sentencia ratificó el Supremo en marzo de 2004, ingresaron en prisión en agosto de 2005.

La Dirección de Instituciones Penitenciarias les denegó el tercer grado que para ellos había solicitado la cárcel de El Acebuche, donde cumplen condena: “soy psicóloga antes que directora”, declaró la directora de la prisión, Clotilde Berzosa, a EL PAÍS:  “tanto uno como otro son muy sensibles, muy trabajadores”, añadió.

Los dos empresarios, que según una hermana de Palenzuela muestran un “profundo arrepentimiento”,  no habían hecho frente a sus responsabilidades civiles (más de 36.000 euros en indemnizaciones a las víctimas) en diciembre del año pasado, diez años después de las agresiones. El alcalde de Almería, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador (PP), apoyó a principios de este mes de febrero una nueva petición de indulto –denegado ya en dos ocasiones–, respaldada  por el ayuntamiento de El Ejido y las 57.214 firmas de las que les hablaba ayer.

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El Ejido, paisaje de impunidad

No es la primera vez que voy a El Ejido. La primera fue en junio de 2000, [cuatro] meses después de los ataques racistas que cientos de vecinos dirigieron contra inmigrantes magrebíes. Bullshooter organizaba allí un campeonato nacional de dardos electrónicos, y mi hermano Rafa aceptó ofrecernos a una amiga y a mí una habitación doble y pensión completa durante una semana. El pacto incluía, a cambio, que trabajaríamos sábado y domingo.  Más que un hermano es un mecenas. La semana la dedicamos a hacer entrevistas y visitar lugares para un reportaje que escribiríamos a la vuelta. 

El Viejo Topo lo publicó en septiembre de ese año. “El Ejido, paisaje después de la batalla” rastreaba en qué habían quedado las declaraciones de intenciones, supuestas medidas y anunciadas soluciones aprobadas después de los ataques: habían quedado en nada. No tengo copia ni puedo conseguirla ahora (la biblioteca municipal de Petrer no archiva las revistas), pero recuerdo que el reportaje demostraba, con datos del propio ayuntamiento, que el único cambio que se estaba realmente produciendo era la sustitución de la mano de obra magrebí por otras sudamericanas y de Europa del Este. Era fabuloso el desparpajo con el que diversas fuentes acudían a argumentos sociológicos de corte multiculturalista: es positivo que haya mezcla de razas bajo los plásticos, decían, para justificar aquella limpieza técnica.

Por primera vez me llamó la atención, aunque no se trataba en el reportaje, la necesidad que ciertas movilizaciones tienen de literatura típica y de cómo había sido correspondida por el periodismo. Me sigo preguntando si los disturbios se habrían desencadenado, en aquel momento y en aquel lugar, si los rumores que construyeron el caso típico del discurso racista no hubieran llegado a los titulares: “Detenido un inmigrante marroquí por el asesinato de una joven a la que quiso robar“. El móvil del robo que establecieron varios testigos citados por la prensa no se demostró nunca, y según admitían varias fuentes meses después, la chica ni siquiera llevaba el bolso que supuestamente habían visto esos testigos. La sentencia estableció que Encarnación López, una ejidense de 26 años, había sido asesinada por un esquizofrénico marroquí, lo que de haberse publicado primero habría rebajado en mucho la típica espontaneidad del linchamiento.

Hablamos entonces con Ángeles Garzón y su marido Carlos, un matrimonio de abogados madrileños residentes en Granada, que durante los disturbios se habían trasladado a El Ejido para prestar apoyo jurídico a las víctimas. Los agredidos, explicaban, están dejando El Ejido y no habrá forma de localizarlos y continuar con los procedimientos. No encontré ayer, rastreando en el archivo de El País y Google, que ninguno de los que incendiaron negocios y viviendas de vecinos magrebíes, ni ninguno de los que, por ejemplo, condujeron los camiones que transportaban a vecinos españoles desde el centro de El Ejido a los asentamientos de los inmigrantes, según fotografía publicada creo que por ABC, haya respondido ante la justicia. Las únicas condenas que hallé (nueve años todas sumadas) se pronunciaron contra la agresión que el entonces subdelegado del gobierno en Almería, Fernando Hermoso, sufrió tras el entierro de Encarnación López. En consecuencia, el periodismo tampoco ha añadido una sola palabra que estropee la siesta de los impunes.

Sí encontré, sin embargo, que 57.214 vecinos firmaron a favor del indulto de dos ejidenses condenados a 15 años de cárcel por secuestrar y apalear a dos argelinos y un marroquí en 1997. Los dos secuestradores, Francisco Palenzuela y Juan Antonio Fernández, declararon en junio de 2004 que de ingresar en prisión podrían reeditarse la violencia de febrero de 2000. El alcalde, Juan Enciso, les había expedido dos certificados de buena conducta que ambos empresarios encartaron en sus expedientes. El entonces Ministro de Justicia, López Aguilar, adelantó en 2004 que el indulto sería denegado.

En fin, llegaré pasadas las tres de la tarde.

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Contraseña para algunos (pocos) amigos

Me permitirán una diversión. Picoteando ayer en la biblioteca municipal di con un artículo de Miguel Morey. El número 79 de la revista Archipiélago es un monográfico sobre la figura de Jean Baudrillard y su supuesto desafío a lo real. El artículo de Morey, “Un animal desquiciado”, más allá de lo que dice sobre Baudrillard –y lo dice casi todo callando, pues habla sobre todo de Bataille– lleva una frase que justifica –la hace más justa– una idea editorial que se viene gestando entre algunos, pocos, muy pocos amigos. La traigo aquí por si hicieran falta razones todavía:

“Lo más probable es que los hombres del futuro tengan que aprender a leer solos”.

Lo más probable es que el futuro esté aquí, ahora.

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Preguntas de ida y vuelta

De paso por Petrer (Alicante). En cuanto tenga cerradas las entrevistas –mañana o el miércoles, como muy tarde– me iré a Almería.  La casualidad, o las rutas migratorias, han reunido allí a cuatro protagonistas (secundarios) de esta historia: dos guardias civiles y dos marroquíes.

Los dos guardias civiles son importantes por la misma razón: el Renault 5. Ambos estaban aquellos años destinados en la 412ª Comandancia de la Guardia Civil (Barcelona interior). El coche se recuperó en Mollet del Vallès, que pertenecía a esa comandancia. Hoy uno de ellos está retirado al sol de Los Gallardos. El otro, destinado en un pueblo del poniente.  

Con el primero ya hablé por teléfono: se trata ahora de ver si, cara a cara y con tiempo, recuerda detalles o datos que aclaren el por qué de la escasa repercusión que sobre el caso tuvo lo que  debería haberle dado un vuelco importante: la recuperación del coche  con el que, según la Guardia Civil, se habían cometido las violaciones. El nombre del otro agente  aparece manuscrito (“para el cabo…”) en un folio-portada del atestado sobre la recuperación. Lo que indica, probablemente,  que o bien en 1991, o en 1995, esos atestados e informes tuvieron que pasar por sus manos.

(Por cierto, que aprovecho para resolver una duda que recogía aquí al publicar la relación de delitos cometidos con el Renault 5: me extrañaba que en esa relación no aparecieran las violaciones de Cornellà y Tarragona. La razón, confirmada por dos agentes, es que esos hechos ocurrieron fuera de la demarcación de la comandancia que realizó el informe: Cornellà pertenecía a la Policía Nacional, y Tarragona era de la 431ª Comandancia. La relación la había hecho un puesto de la 412ª (Barcelona interior, con sede en Manresa).)

Luego, a finales de semana, iría a visitar también a los dos marroquíes.

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Sangre, semen y convicciones, o como decíamos ayer

[Esta nota fue publicada en EL PAIS el 26/09/2006

 

El Tribunal Supremo revocó en 1997 una de las condenas a Ahmed Tommouhi y a su compatriota Abderrazak Mounib, porque los análisis de ADN demostraron científicamente el error de la víctima al identificarlos en 1991. Frente al testimonio subjetivo, el Supremo privilegió la corroboración objetiva. La Audiencia de Barcelona, sin embargo, ya lo había condenado en otra causa. El razonamiento fue inverso: los jueces descartaron las pruebas materiales frente a las “categóricas y terminantes declaraciones” de las dos chicas violadas.

Fue en el caso de Cornellà (Barcelona). N., una de las dos víctimas, de 14 años, entregó en comisaría el pantalón, el suéter y las bragas que llevaba puestos el día de autos. [Lo hizo tras su primera declaración]. La policía lo puso en conocimiento del Juzgado de Instrucción número 1 de Cornellà en el primer atestado. Desde ese momento, Estrella Radio Barciela, titular de aquel juzgado, tuteló el proceso y los restos fueron analizados en el Laboratorio de Analítica Forense de la Policía Científica de Barcelona y cotejados con los marcadores genéticos de Ahmed Tommouhi, que accedió voluntariamente al análisis. Él mismo lo reclamaba cada vez que declaraba ante un juez.

El resultado fue negativo. Ni el semen ni la sangre eran de Ahmed Tommouhi, el único acusado en este caso. Los peritos, sin embargo, no acudieron el día del juicio oral, y el tribunal decidió que no hacía falta, como había pedido la defensa, suspender el juicio. La prueba no habría podido “en modo alguno” desvirtuar la “convicción” del tribunal, según la sentencia, convicción que se había formado exclusivamente por el testimonio de las víctimas, sin corroboración objetiva alguna.

La conclusión del informe no excluía, a ojos del tribunal, que Tommouhi fuera quien violó a N. porque habían sido “dos los intervinientes en los hechos”, con lo que los restos podían ser de ese otro. Las chicas, sin embargo, habían declarado que cada uno violó a cada una por separado, y las dos coincidieron en que supuestamente era Tommouhi el que había violado a N.

El contacto, por tanto, se debería haber producido por una salpicadura o un roce entre el violador de la otra chica, de 15 años, y la ropa de N. Pero a ésta última la violaron fuera del coche, “apoyándola de espaldas al agresor”, como ella misma contó el día del juicio. A su amiga la violó el copiloto, y recordó “que fue dentro del coche”. Ni la sangre ni el semen hallados correspondían a los marcadores genéticos de Ahmed Tommouhi. “Con los datos de ese informe, tengo que decir que ese hombre no ha sido”, explica Eugenio O., uno de los autores.

El tribunal dijo que ignoraba “por completo la cualificación técnica o científica” de los peritos, a los cuales no volvió a citar. Pertenecían a la Policía Científica. Eugenio O., el técnico, era diplomado en Farmacia y especializado en Análisis Clínicos. La facultativa que firmó aquellos informes es la actual inspectora jefa del servicio NBQ de la Policía Científica de Madrid.

El tercer argumento de la sentencia para descartar los hechos objetivos en favor del testimonio subjetivo de las víctimas fue que la recogida de la ropa no se había hecho con las suficientes garantías procesales. “No fue acordada por el juez de instrucción”, afirma la sentencia. “Las ropas llegaron con el primer atestado: o sea, que era imposible que el juzgado ordenara nada porque no sabía que había ocurrido eso”, explica Estrella Radio Barciela, la juez que instruyó el caso. El garantismo, que se inventó para proteger al reo, sirvió en este caso para condenarlo.

El tribunal sentenciador fue la Sección Novena de la Audiencia de Barcelona, presidida por Margarita Robles. Para revisar la sentencia está el Tribunal Supremo, pero nadie presentó el recurso. El abogado de oficio de Tommouhi en Barcelona, Pere Ramells, lo anunció oportunamente tras el juicio de 1993. Pero correspondía al Colegio de Abogados de Madrid nombrar a un colegiado suyo para que lo cursara ante el Supremo. Los nombrados no lo hicieron. Se quedó sin defensa y sin posibilidad alguna de que se revocara la sentencia.

 

Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana, La pistola humeante, Margarita Robles Fernández

La verdad degradada

El decisionismo es el efecto de la falta de anclajes empíricos precisos y de la consiguiente subjetividad de los presupuestos de la sanción en las aproximaciones sustancialistas y en las técnicas conexas de prevención y de defensa social. Esta subjetividad se manifiesta en dos direcciones: por un lado, en el carácter subjetivo del tema procesal […]; pero, por otro lado, se manifiesta también en el carácter subjetivo del juicio, que, en ausencia de referencias fácticas exactamente determinables, resulta basado en valoraciones, diagnósticos o sospechas subjetivas antes que en pruebas de hecho. El primer factor de subjetivación genera una perversión inquisitiva del proceso, dirigiéndolo, antes que hacia la comprobación de hechos objetivos (o más allá de ella), hacia el análisis de la interioridad de la persona juzgada. El segundo degrada la verdad procesal de verdad empírica, pública e intersubjetivamente controlable, a conocimiento íntimamente subjetivo, y, por tanto, irrefutable del juzgador .”

FERRAJOLI, Luigi: Derecho y Razón, Trotta, Madrid: 2002, p. 43.

Archivado en: El taller

G.

Yo volvía a casa después de haber estado en Sabadell, frente a la de García Carbonell. El teléfono sonó al entrar en el ascensor. Cuando ya había pulsado el cuarto, oí que preguntaban por mi nombre:

-Soy G. S., añadió.

G. es una de las dos víctimas de Cornellà.

–Hola, G. Me pillas en el ascensor. ¿Qué tal?

–Pues nada, que he recibido tu carta, y he decidido ponerme en contacto contigo.

–Pues muy bien. Bueno, como te explico en la carta –ya fuera del ascensor, abriendo la puerta con la compra en una mano y la llave en la otra, el teléfono mordido entre la cabeza y el hombro—estoy escribiendo un libro sobre esta historia, y bueno, llevo bastante tiempo, más de dos años, aunque he tardado en ponerme en contacto con vosotras. ¿Por qué? Pues porque, no sé, porque bueno, me parecía un poco delicado, pero ahora que estoy llegando al final, bueno al final, a los últimos 8 ó 9 meses –suelto la compra en el poyete de la cocina, y paso al salón—pues creo que debía hablar con vosotras también.

Le he contado que quiero escribir el libro, y que bueno, que la historia no va sólo de estos dos inocentes condenados. Que todos los datos que he ido reuniendo apuntan a que sí, a que hubo un error judicial [en todos los casos], pero que es mi obligación y mi método tener siempre presente la duda de que a lo mejor no hubo tal error. Obviamente, he añadido: “Pero, si te soy sincero, todo lo que he visto y reunido hasta ahora apunta a que sí, a que hubo ese error”.

–A ver. Yo es que no me lo explico. Yo los ví en la tele, que eran dos inocentes y tal, y la verdad es que me indignó un poco y fui a la policía a informarme. Les dije: A ver,  si tenéis las ropas y podéis hacer el ADN, no entiendo por qué se ha podido cometer un error así.

Luego me explicará, y te lo cuento ya lector, para que no caigas en el mismo error que yo, que lo que le indignó fue que aparecieran ellos como pobrecitos y nosotras, ¿qué?. Sigue:

–Yo acudí al Palacio de Justicia a informarme del caso, para ver cómo iba, y allí me enteré de que uno de ellos había muerto en la cárcel y tal, y que bueno, para asegurarme también de que seguían cumpliendo la condena.

–Porque a ver. Nosotras entramos por separado [a las ruedas de reconocimiento]. Yo entré sola. Y N., –¿has hablado con N.?, me preguntará luego—también. Y había mucha gente allí, y todas coincidimos en el mismo.

–Yo sé que había tres, que había uno que era el cabecilla y que el otro quedó sin detener. Que por eso nosotras no reconocimos al del bigote, porque ése no iba el día aquel que nos cogieron a nosotras.

–Y yo nunca dije que fuera gitano. Que también salieron diciendo eso. Hay cosas que he olvidado, pero también hay otras que recuerdo perfectamente: y no me olvido. Yo dije a la policía que tenía aspecto gitano, pero se lo dije para que buscara a alguien así, con esa pinta, pero no que fuera de raza gitana.

–La policía me dijo –me cuenta en otro momento de la conversación–, que esos análisis no se podían hacer. A ver, le dije, no me diga eso porque yo estudio laboratorio y sé que se puede hacer y sé que el ADN no deja duda.

–A ver, que a mí me puedes hablar con total confianza, sin ningún problema, que yo esto ya lo tengo superado.

Yo le había dicho que le mandaría algún reportaje sobre la historia. Insisto:

–Eso, y mándame las fotos.

–Sí, sí. Te mando uno dónde sale la foto del marroquí y la del gitano.

Gitano no. [Risas] Que yo no he dicho que sea gitano: dije que parecía gitano.

Y me pregunta

–¿Y que vas a hacer, vas a escribir un libro, no, con esto?

–Sí, sí.

–Bueno, pues cuando lo publiques, dame un toque que lo compraré.

Tenía la voz tranquila, aunque ha habido dos o tres momentos, segundos, en que ha temblado, ligerísima, casi imperceptiblemente. Sonríe. Es amable y cordial.

17 de Enero de 2008

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Señor Cónsul

18 de Abril de 1992.

Centro Penitenciario de Tarragona.

Esta carta es para el consulado de Marruecos en Barcelona.

Nosotros somos marroquíes, tenemos papeles de Marruecos y papeles de España, y estamos apuntados también en vuestra oficina.

Nos detuvieron el día 15 de Noviembre de 1991; se equivocaron porque nos parecemos a dos violadores. Nos detuvieron a los dos.

Yo tengo cuatro hijos y mujer. Viven aquí conmigo en Barcelona. El otro: también está casado y tiene tres hijos: se llama Ahmed Tommouhi.

Señor cónsul: nosotros no somos gente mala. Señor cónsul esperamos que nos ayude (“que nos eches una mano”).

Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib.

Nos encontramos en Tarragona.

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De los arquetipos y sus inconvenientes

World Press Photo 2006.

GUERRA EN LÍBANO

ELPAIS.COM 09-02-2007

Ésta es la mejor foto del año pasado. La tomó Spencer Platt, un estadounidense de la agencia Getty Images, en Líbano en agosto pasado. Muestra las contradicciones de la guerra: unos jóvenes libaneses ricos paseando en un descapotable por un barrio arrasado en el sur de Beirut. La fotografía ganadora en la categoría Foto del Año del World Press Photo 2006 abrió la sección Internacional del resumen del año publicado a finales de diciembre por el suplemento EPS.– /

La verdadera historia de la foto del año

Los protagonistas de la imagen ganadora del World Press Photo cuentan qué pasó ese día

GERT VAN LANGENDONCK 25/02/2007, ELPAIS.COM

Había sido un día largo para Spencer Platt, fotógrafo de la agencia Getty. Era alrededor de la una de la tarde del 15 de agosto, el segundo día del alto el fuego que acabó con la guerra de 33 días entre Israel y el grupo chií armado Hezbolá. Mientras decenas de miles de refugiados del sur bloqueaban las carreteras de vuelta a sus casas, muchos otros se dirigían al Dahiye (los suburbios del sur de Beirut controlados por Hezbolá). Algunos querían comprobar si sus casas habían sobrevivido a los bombardeos israelíes; otros, simplemente iban por curiosidad.

      Los jóvenes del coche no son turistas, sino vecinos del barrio que querían ver cómo estaba su casa.

      “Estaba levantado desde las siete de la mañana, caminando por el Dahiye, e iba a volverme al hotel cuando, de reojo, vi venir un coche rojo”, dice Platt. “Disparé cuatro o cinco fotos, pero sólo una era buena. Me gustó porque mostraba otro lado de la guerra: el Beirut estupendo. Nunca me imaginé que era la foto”. Platt la envió a su agencia con otras 25 de ese día… y se olvidó del asunto. Meses después, esta imagen fue galardonada con el premio World Press Photo, la mejor del mundo publicada en prensa. ¿Qué había detrás?

      Jad Maroun (22 años) y sus hermanas Bissan (29) y Tamara (26) no se sentían tan estupendos aquel día soleado de agosto. Aparte de que son cristianos, todos viven en el Dahiye, que originariamente era un área cristiana. Al comenzar la guerra habían huido de los bombardeos y se habían instalado en el hotel Plaza de Hamra, una parte suní de Beirut. Allí conocieron a Noor Nasser, musulmana, de 21 años, y a Liliane Nacouzi, cristiana, de 22. También eran refugiadas de los suburbios.

      “Fíjate bien en la fotografía”, dice Bissan Maroun, empleada de banco. “Te aseguro que no lo estamos pasando bien. La mirada en nuestras caras muestra tristeza por lo que le han hecho a nuestro barrio. Ninguno de la foto pertenecemos a la burguesía cristiana”.

      Seis meses después de que fuera tomada la fotografía, los protagonistas se reunieron en el apartamento del prometido de Bissan. Sólo falta Tamara, la chica rubia de la foto, que está ocupada con los preparativos de su boda. También está Lana el Khali (25 años), que es la dueña del Mini Cooper descapotable. El Khali, que se declara atea, era miembro de Samidoun, una ONG libanesa que ayudó a gente desplazada. En los primeros días de bombardeos ayudó a evacuar gente del Dahiye. Después distribuyó comida y material médico por la zona. El coche naranja le vino muy bien. El 15 de agosto, su novio Jad le pidió que se lo prestara para ir con más gente a comprobar el estado de sus casas.

      Jad, que conducía aquel día, admite que tuvo dudas sobre si abrir la capota. “Me preocupaba que la gente se llevara una idea equivocada. Pero hacía calor. Éramos cinco en un coche pequeño y todos queríamos ver bien lo que le había pasado a nuestro barrio”.

      ¿En qué estaban pensando para vestirse con camisetas ajustadas y gafas de sol de diseño en un día como ése? “Pues, somos libaneses”, dice Noor. “Nos vestimos así todos los días. Cualquier otro día, nadie se habría fijado en nosotros, ni siquiera en el Dahiye”. Hay algo que el mundo debe entender sobre Líbano, añade El Khali: “Aquí el glamour es una parte importante de la vida. Va más allá de las clases. Incluso si eres pobre, quieres tener un aspecto glamouroso”.

      No niegan que en aquellos tiempos había en Líbano un turismo de guerra -“pero no es este caso”-. Se preguntan por qué se escoge la foto de Platt, “y no, por ejemplo, la foto del niño muerto siendo sacado de los escombros en Qana”. El Khali inquiere: “¿Es que la foto del niño muerto muestra la realidad de la guerra y esto incomoda a los occidentales?”.

      Spencer Platt nunca supo quiénes eran las personas de la foto. Nunca pretendió juzgarlos. “No hablé con ellos. Podían haber perdido a miembros de su familia. Nadie era inmune al sufrimiento en ese conflicto. Desde luego, yo no quería hacer ningún manifiesto político”. Y añade: “Creo que esta foto nos pide a los espectadores que revisemos nuestros estereotipos de las víctimas de la guerra”.

      ***

      [Bandeja de entrada: Sergio González]

       

      Braulio,

      Sobre la aplicación de los arquetipos a los casos reales, y sus
      consecuencias, se me ocurre que a lo mejor podrías ilustrarlo con la World
      Press Photo del 2006. Esa mezcla entre un anuncio de Chesterfield y la Balsa de la Medusa. La verdadera historia de la foto la contó Gert Van Langendonck en El País.

      un abrazo

      Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana

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