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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El nombre y la impunidad

Antes incluso de decir que iba a escribir este libro, cuando sólo fantaseaba, tenía claro que habría que llamar a cada uno de los protagonistas por su nombre. El que cada uno respondiera al menos con su nombre de su trabajo, y en algunos casos, de lo mal que había hecho su trabajo y de las graves consecuencias que había desencadenado, me parecía de una justicia y una poética mínimas. Es cierto: El afán justiciero me ronronea como ronronea a cualquiera que se ponga la imaginación de lo verosímil, y de nada sirve negarlo: lo importante es evitar que ni uno ni otra permeen el relato de los hechos. Ni venganza personal ni ficción colectiva.

El criterio de relevancia, obviamente, es el primero de los que me servirán para discriminar entre nombrar a alguien o citar sólo su función, por ejemplo. Más allá de eso, la decisión y sus motivos apenas han variado para algunos casos:  jueces, fiscales, funcionarios y ministros, me sigue pareciendo indiscutible que deban aparecer con sus nombres y apellidos, como empleados públicos que son. Estaría bueno ahora que el público, que es el nombre del pueblo fuera del periodo electoral, no tuviera derecho a conocer quién firma las sentencias que se dictan en su nombre. No es sólo que se trate de dinero público, es que se trata de la legitimidad misma de la administración de justicia, uno de cuyos pilares es la “publicidad” con la que actúa.

Enfrente están, obviamente, los casos en los que yo he aceptado respetar el anonimato, cuando éste era una condición para poder entrevistar a alguien, y así se hará.

Hay un tipo de casos, sin embargo, que se ha venido formando según avanzaba en la investigación y que me parece el más interesante. Aquellos en los que el nombre es una  garantía epistemológica. Me explico: los hechos que relata el libro son graves, y no todos van oficial y públicamente garantizados, como es el caso de las sentencias, por ejemplo. Es un lugar común que el anonimato otorga impunidad al responsble de unos hechos e incluso también a las fuentes. En lo que no se repara casi nunca es que esa práctica del relato sin nombres es al periodista al que atribuye mayor impunidad, pues es muy poco probable que alguien salga del anonimato para desmentir unos hechos que, muy veladamente, el perodista le atribuye. Yo puedo atribuir una frase falsa a “El Instructor”, y es casi seguro que nadie se dará, públicamente, por aludido. En consecuencia, no habrá desmentido.

Ahora bien, si yo atribuyo una frase, que además está documentalmente respaldada, a ese mismo instructor, pero con nombre y apellidos, la veracidad, respecto del lector, sale merecidamente reforzada. El lector sabe que detrás de unos hechos hay una persona real que, de tener motivos para negar lo que el periodista está diciendo, podrá hacer uso de su derecho a réplica, y llegado el caso, reclamar judicialmente incluso. Y sabe también, o así se lo advierto ya, que esa misma persona ha sido localizada y preguntada para que añadiera lo que creyese conveniente. Luego yo publicaré, de lo conveniente, lo que sepa que no es falso.

Es, en este sentido, que el aparecer con nombre y apellidos se convierte también en un derecho de los protagonistas, y en un cortafuegos para la imaginación literaria de los periodistas.

Filed under: Epistemología de la vida cotidiana

El distinto retorno del mismo

El hoy teniente R. era entonces otro de los miembros del equipo de policía judicial de Martorell, que llevó la investigación de dos violaciones de 1991 (Esparraguera y Olesa). El viernes, en Almería, insistió en lo que ya otro compañero suyo me había dicho: que el famoso folio en el que aparecía pegada la foto de Mounib, este folio, y sobre el que las víctimas de La Bisbal lo señalaron, no había sido confeccionado con ese objetivo: es decir, no se hizo para que se le mostrara a las víctimas.

De hecho, fue después de mostrar las fotografías a algunas víctimas, cuando se confeccionó: “las víctimas nos iban marcando: se parece a éste, pero no es; a éste; pero tampoco. Era cómo si estuviéramos haciendo un retrato robot, pero con varias fotografías: Así íbamos cerrando el círculo del aspecto que podían tener los autores”, me explicó el teniente R. Y fue más claro todavía: “es que si a mí me señalan a un tío, yo no pego su foto en un papel: yo voy y lo detengo. Si se hizo así fue para que los compañeros tuvieran una idea de a quién se podían parecer los autores que estábamos buscando”.

Así que las víctimas de Esparraguera y Olesa –“ese folio se hizo en Martorell”– marcaron los parecidos de los autores entre diversas fotografías. El famoso folio no es sólo ese folio: iba acompañado de otro en el que aparecen fotografías de individuos que se parecían mucho más al otro autor, que al que se parecería Mounib. El teniente R.: “En el documento eso se decía clarísimo: de rasgos similares. Similares.” La frase literal del folio, compruebo ahora, es:

Fotografías de individuos con características similares a las descritas por las víctimas de los hechos.

El folio, sin embargo, fue mostrado a las víctimas de Tarragona: y tanto la chica como su novio señalaron a Abderrazak Mounib. Lo más curioso de todo es que, una vez había saltado esa liebre, y de nuevo en Martorell, la víctima de Olesa ahora sí creyó reconocer, y lo señaló sin ninguna duda al parecer, a Abderrazak Mounib como uno de sus violadores. El ADN demostraría, cinco años después, que se estaba equivocando.

Filed under: La pistola humeante

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