ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Haciendo pie

No podía avanzar sin escribir esto, y como no estoy seguro de que vaya a mantenerlo finalmente en el libro, lo traigo aquí para que sepan al menos dónde hago pie. La imprecisión del lenguaje no es sólo que sea un problema moral, para mí es también el tapón (¿es posible escribir?) que hay que quitar para empezar a escribir, pero que amenaza siempre con llevarse al niño con el agua sucia. Este fragmento es, pues, a la vez un filtro y una escafandra, sumergido como estoy en la segunda parte del texto.

4.- El semen en tinta se diluye 

La irreductible distancia que hay entre la palabra y el mundo del que habla, lejos de ser un obstáculo para que pueda decirse de una frase que es verdadera, es la condición que permite verificarla. La fuerza notarial de un inventario reside en que en algún armario están las cosas que el acta enumera, no en que las cosas y el acta sean lo mismo. Así también la prosa de las sentencias. Es cierto que una sentencia desencadena/crea acontecimientos que empujan esa literalidad hasta hacerla, en un sentido práctico, incorregible: el tiempo en la cárcel será ya irremplazable por mucho que la sentencia pueda luego, una vez descubierto el error, revocarse y reconocerse injusta. Contra ese problema, sin embargo, tan peligrosa resulta la pretensión de eliminar la distancia ahormando el mundo al pie de la letra, como hablando de él como si fuera una metáfora desgastada.
    Franz Kafka describió, en La colonia penitenciaria, un aparatoso invento, compuesto por una cama sobre la que se tendía y ataba al reo y una rastra de finísimas agujas que descendía hasta rozar imperceptiblemente la piel de éste, que escribía la sentencia sobre el cuerpo mismo del condenado: “En cuanto el hombre está bien atado, la cama es puesta en movimiento. Vibra simultáneamente hacia los lados y de arriba a abajo con sacudidas mínimas y muy rápidas. Seguro que ya ha visto aparatos similares en algunos sanatorios, solo que en nuestra cama los movimientos están todos calculados al milímetro, pues tienen que ajustarse con total precisión a los de la rastra. Es a ésta a la que se encomienda la ejecución real de la sentencia”.  La expresión “ejecución real de la sentencia” subraya bien esa confusión entre lenguaje y mundo, entre la frase y su cosa, como si una sentencia que dictara una pena de muerte, por ser una silla eléctrica la que la ejecuta, fuera menos real. La infalible literalidad de la condena, en La colonia penitenciaria, es siempre una condena a muerte, y así el mecanismo provoca en pocos días la muerte del condenado. La representación jurídica (la sentencia) y lo real (la ejecución) se funden en el cuerpo moribundo del reo. No hay verificación posible, y no sólo porque no sepamos qué dice la sentencia: es sobre todo porque la motivación –el protagonista de El Proceso tampoco sabrá nunca de qué se le acusa– se produce en ese plano intermedio en el que dialogan las palabras y los hechos, en el que podemos establecer qué ha ocurrido y las consecuencias que de ello deben derivarse, y que como tal Kafka ha consecuentemente eliminado.
    La condena por la violación de Olesa de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib comenzó a fraguarse, a realizarse, por un procedimiento inverso, pero igualmente inexorable: consistió también en eliminar esa distancia entre la representación (la sentencia que les atribuía la violación) y lo real (la violación), pero virtualizando las frases con las que se fue tejiendo la instrucción hasta que el mundo real había desaparecido y el contendio del sumario era, técnicamente, inverificable. El rastro de ese despegue del mundo, sin embargo, se distingue en la prosa del sumario desde el mismo 14 de noviembre de 1991 en que ambos pasaron la primera rueda de reconocimiento conjunta. M., la chica, aseguró dos días consecutivos que Ahmed Tommouhi era uno de los violadores. El acta del 13 de noviembre de 1991 transcribe así su afirmación: “Que es el 4º empezando por la izquierda”. Y así la del 14: “Que reconoce sin ninguna duda al 1º [A. Tommouhi] y al 3º [A. Mounib] como los inculpados”. La posibilidad de verificar el contenido real de su declaración ha sido, formalmente, eliminada en la segunda, puesto que el enunciado –“los inculpados”– está ya desplazando el contenido real de la expresión hacia el interior del sumario, desconectándolo así del mundo exterior. Ahmed Tommouhi no violó a M, con lo que es un error manifiesto que la chica diga que uno de los violadores era “el 4º empezando por la izquierda”. Precisamente porque el 4º por la izquierda era Ahmed Tommouhi, la frase es falsa, una falsedad que se corresponde con el hecho real de que, efectivamente, él no la violó, y así lo prueban los restos de semen analizados. “De lo que se trata al fin y al cabo es de que la verdad formal y la verdad material coincidan”, me dijo uno de los jueces que condenó a Antonio García Carbonell por las violaciones de la primavera de 1995. Ese fin, sin embargo, empieza a emborronarse desde el momento en que la acusación se enuncia formalmente de manera que no pueda ya corresponderse con la materialidad a la que se refiere. El inconveniente del segundo día reside en que si bien sigue siendo falso que fuera su violador, ahora es cierto, tomada la expresión en su literalidad, que era el “imputado”, pues es ésta la exacta situación jurídica en la que se encontraba el señor Tommouhi (y el señor Mounib, señalado como “el 3º” en ese acta). 
         La mano del secretario –la letra redonda y grande parece de mujer– registró con ese ligerísimo desplazamiento semántico en las actas de ese día, un profundo corrimiento de tierras, según el cual las actas podían ser literalmente ciertas al mismo tiempo que materialmente falsas, descoyuntando así la buscada correspondencia entre una verdad y otra. Si el oficial de La colonia penitenciaria trabaja convencido de que la letra con sangre entra, la secretaria del Jugado de Instrucción nº 14 de los de Barcelona en 1991 lo hacía quizá sin saber que, con esa forma típica de hablar y de escribir, el semen en tinta se diluye. 

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Archivado en: Epistemología de la vida cotidiana

5 Responses

  1. ladoblehelice dice:

    Los problemas técnicos parece, por fin, que han desaparecido. Disculpen las molestias.

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  2. Celia dice:

    Por fin. Está usted disculpado. Pareces Gopeghi escribiendo, me ha gustado.

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  3. M. dice:

    De acuerdo con Celia. Ya va bien esperar dos semanas, y que entre ellas cuelgues una penosa lista provisional de invitados a frecuentar tus dudas y tachones al confeccionar cada día la lista de la compra, si al cabo vuelves con esta prosa quirúrgica y brillante.
    Y ya que estamos, brother, ya que empiezas a entender mi idioma, podrías ponerme un enlace de esos que nos vinculan…

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  4. El “Yo te condeno porque te han reconocido en rueda y sólo por eso” lo bailan los jueces de distintas maneras:

    1) por convicción
    2) por tradición
    3) por cálculo
    4) por cobardía

    1) por convicción.-
    En los tribunales hay ignorantes “ilustrados” que aún creen que a las víctimas, más que a nadie, se les queda grabada la cara del agresor. Por eso piensan que si la víctima identifica a alguien con seguridad, no hacen falta más pruebas.

    2) por costumbre.-
    Hay funcionarios que ni creen ni dejan de creer y se limitan a seguir la tradición. Aplican el criterio que otros han adoptado al sentenciar, sin cuestionarlo. Si la identificación ha bastado otras veces, basta y sobra. Según cómo, lo llaman jurisprudencia.

    3) por cálculo.-
    Es el caso de los magistrados que son conscientes del riesgo de error y lo asumen fríamente. Saben que las víctimas pueden equivocarse al identificar al culpable en rueda, pero suponen que es un riesgo remoto. Y tienen a mano una excusa sobre la que la sociedad debería pronunciarse: ¿cómo iban a impartir justicia en ese tipo de casos en que no hay pruebas materiales si no es fiándose de lo que diga la víctima?…

    4) por cobardía.-
    En ocasiones, lo determinante será el temor de los jueces a enfrentarse a las víctimas y sus familiares, a los medios, a la sociedad en general. No quieren convertirse en ‘el juez que dejó en libertad al violador que la víctima identificó en rueda con plena seguridad’, aunque luego en la letra pequeña conste claramente que no había más pruebas para inculparlo.

    ¿Y hasta dónde están dispuestos a llegar algunos magistrados para bailar el “Yo te condeno porque te han reconocido en rueda y sólo por eso”?
    Ya se ha comentado alguna vez que en la condena por las violaciones de Cornellà se prescindió del “in dubio pro reo” a la hora de contemplar las pruebas materiales del caso.
    Pero parece que aún hay casos más escandalosos:
    “…el tribunal decidió que el recuerdo de una mujer en estado de shock tras una violación, de madrugada, era más fiable que la ciencia. Y lo condenó. La sentencia ni siquiera menciona que había pruebas biológicas que lo exculpaban; no argumenta por qué prescinde de ellas.”
    (Ver EL PAIS 23/07/2006, “Tres años de cárcel por un error judicial. El Supremo absuelve a un hombre que fue condenado por violación pese a que había pruebas biológicas”, http://www.elpais.com/articulo/espana/anos/carcel/error/judicial/elpporesp/20060723elpepinac_19/Tes/ )

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  5. B.T. dice:

    Tengo que darle alguna vuelta más a tu texto antes de suscribirlo plenamente, pero, en todo caso, ese paréntesis especulativo (–la letra redonda y grande parece de mujer–) es impropio de ti.

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