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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La condensación (semen seco)

La gran tentación es abusar de la palabra “inocente”. En el documental  De Nens, se ve al presidente del tribunal advirtiendo, no sé si al testigo o al defensor que pregunta, que el concepto “inocente” sólo tiene una interpretación posible, y es jurídica. Estoy de acuerdo.

En este caso es fácil abusar de él sin correr además ningún riesgo: el recurso literario está cantado desde que en el caso de Olesa se demostró científicamente que eran inocentes y así fue reconocido por el Tribunal Supremo. Se llama generalización. Siempre me ha parecido ridículo ese (ab)uso, y que al único que absuelve además es al que abusa, no a los condenados: nadie mejor que Tommouhi lo ha expresado: “estoy en la calle, pero sigo estando condenado”, me dijo la primera vez que lo vi en Martorell.

Una juez, joven y profesional –defendía que su profesión tenía una relación directa con la verdad de las cosas–, me señaló los riesgos  que supondría publicar que alguien es inocente existiendo sentencia firme. El Consejo (General del Poder Judicial) no lo consentiría, algo así vino a decir. Yo creo que se toma demasiado en serio al Consejo. Aunque confieso que no me he informado a fondo sobre este asunto; sobre los riesgos. Teniendo en cuenta que la ponente de la sentencia firme contra la que se dirigirá esa afirmación es vocal de ese Consejo, la cosa va cogiendo interés. 

En el caso de Cornellà todos mis desvelos han ido en ese sentido. Este párrafo condensa, achicada el agua al comienzo de uno de los capítulos, el trabajo del caso:

Margarita Robles Fernández, Gérard Thomàs Andreu y Felipe Soler Ferrer condenaron por violación a un hombre distinto del que eyaculó dentro de N.F.  la noche del 7 de noviembre de 1991 en Cornellà y cuyo semen se recuperó deshidratado en la zona vaginal de la braga. El violador continúa impune. Ahmed Tommouhi, cumpliendo condena. Siempre me había resistido a creer que fuera sólo un acto de soberbia. La sentencia muestra ahora que antes hubo un problema de ignorancia: no entendieron el informe pericial.  

Es cierta cada una de sus frases, y así se publicará. Que esto se pueda escribir y publicar debería, en un estado de derecho digno de ese nombre, dar lugar a dos únicas  consecuencias: que se demuestre que es falso y que se castigue en consecuencia a quien lo escribe; o que se demuestre, y se reconozca jurídicamente, la verdad que contiene. De lo contrario, sería admitir que tres chamanes puedan arruinar la vida de un inocente (y consentir de hecho la impunidad).

Esta otra breve, precisa y admirable sentencia del Supremo abre, en mi opinión, el camino jurisprudencial para la segunda opción. Deberían leerla todos los que, verdaderamente, tienen algún interés íntimo, esto es, común, en este caso.

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Archivado en: El taller, Epistemología de la vida cotidiana, Margarita Robles Fernández

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