ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Conversación con M.

El 25 de abril de 2006, sobre las 21,58 horas, llamé a M., la chica violada en Olesa en 1991. Enseguida supo por qué la llamaba, qué era el “caso de Ahmed Tommouhi“. “Cómo no me voy a acordar”, dijo.  Hablamos unos veinte minutos.

Yo estaba preparando un programa de radio: cuatro días después se cumplían siete años sin que el Gobierno hubiera resuelto el indulto de Tommouhi, y queríamos preguntarle al ministerio de Justicia los motivos del retraso. “Y qué quieres que yo te diga; como comprenderás no voy a estar a favor de eso”, dijo. 

Esa postura me sorprendió. Era la segunda víctima con la que hablaba, o mejor dicho: la segunda chica violada, porque también había hablado con Álex, testigo apaleado de otras violaciones. Ella, sin embargo, es la única cuyo caso fue revisado: se analizaron unas muestras, años después de los hechos, y el ADN señaló que los violadores eran Antonio García Carbonell y un pariente suyo, y que Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib, el otro marroquí que llevaba años en la cárcel por estos hechos, eran inocentes. 

“Yo al segundo juicio ni entré”, dijo. Es una frase que sitúa muy bien esta historia. Mucha gente se empeñaba entonces que el caso Tommouhi no saliera de un recipiente muy concreto, fijo: en un asa, el día de su detención y en la otra, el día que se leyó la sentencia del último juicio, en enero de 1995. Se tapa la olla, se pone a fuego lento, y que se cueza en la cárcel. Las víctimas son algunas de esas personas. Por razones perfectamente comprensibles. M. descansó el día que condenaron a Tommouhi y a Mounib, y desde entonces, dijo, no quiere “saber nada”: “Lo único que quiero es olvidarlo”. 

La olla se desbordó un día. La parte que le toca a M. ha sido hasta hoy la vía de escape más gorda. Por ahí se fue una de las condenas, revocada por el Tribunal Supremo en 1997, y hubo que repetir el juicio, un segundo juicio, en 1999. “Es que ni lo vi. Se declaró culpable y ya está”. Antonio García Carbonell había sido condenado también por una ola de violaciones cometida durante la primavera de 1995. 

M. sigue al teléfono. “No entiendo por qué al principio sí que eran unos y luego otros. Si eran los mismos análisis; no sé, de verdad que nunca he entendido el por qué.” M. tiene una visión muy imprecisa del caso: “sólo yo y otras dos chicas denunciamos”. En verdad denunciaron nueve. Sus ganas de olvidarlo todo van dando resultado: “sólo apareció ADN de uno, del que se murió”; “el otro sigue en la cárcel, pero es que pudo ser él”. Le expliqué que no, que el análisis arrojó el perfil genético de dos hombres distintos. 

-¿Y por qué no detuvieron al otro también?”, reclamó.

-No lo detuvieron porque no saben quién es; sólo saben eso, que es un familiar muy cercano suyo. Pero si a esa persona no se le extrae, como a García Carbonell, sangre que pueda compararse con los restos que sacaron de tu ropa, pues no se puede saber quién es. 

-No sé, la verdad, por qué al principio no había ADN y luego sí. 

-No es que no hubiera ADN. Lo que pasaba en 1991 es que la técnica no estaba todavía tan desarrollada como en 1997. Se analizaron los mismos restos, y la segunda vez sí que se puedieron extraer resultados…

-No sé, mira, ya me da igual todo, ¿sabes? Yo lo único que quiero es no volver a pensar en aquello. Que nadie me vuelva a hacer daño, que yo no haré daño a nadie. Y te entiendo a ti, que desde tu punto de vista, como periodista, quieras sacar el tema y que te parezca que estos señores son inocentes. Pero yo los vi, yo sé que son ellos. Yo los vi y mi cuerpo me dice que son ellos. Y a mi nadie me va a decir lo contrario. 

M. hablaba serena, encadenando las frases despacio pero sin pausas. A veces con contundencia. Cuando pasaba demasiado tiempo entre párrafo y párrafo, le preguntaba algo, me justificaba.

-A lo mejor hay una persona inocente en la cárcel, dije.

Ahmed Tommouhi seguía entonces en la cárcel. Abderrazak Mounib había muerto en abril de 2000, tres años después de que se descubriera el error. 

-Ya, pues lo siento, dijo. Yo también he sufrido lo mío, todos hemos sufrido…Si son inocentes, ¿por qué no los han indultado ya? A mí si tienen que indultarlos, que los indulten, tanto me va a dar. 

El Gobierno denegó finalmente el indulto el 30 de abril de 2008, nueve años, exactamente nueve años después de que lo hubiera solicitado en su favor el entonces fiscal jefe de Cataluña, José María Mena. Ahmed Tommouhi, en libertad condicional, sigue condenado por otras tres causas y un único motivo: que las víctimas, como M., lo señalaron.

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Archivado en: El taller, Epistemología de la vida cotidiana

2 Responses

  1. lealio dice:

    Braulio, me pregunto que querías de ella. ¿Por qué te sorprendió su postura? Al fin ya la cabo, ella sólo siente dolor, no? ¡Qué más da (desde el dolor) odiar a uno u a otro! ¿Odia? ¿O ya no?
    (Tengo muchas ganas de leer tu libro).

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  2. ladoblehelice dice:

    Lealio, yo no quería nada. Hace dos años y medio de esa conversación. Entonces, me sorprendió que a pesar de que las pruebas de ADN probaban que sus violadores NO eran Ahmed Tommouhi y Abderrzak Mounib, ella siguiera pensando que sí, que se equivocaban los genes y no sus impresiones.

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