ladoblehélice

La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Para precisar una cita mía que recoge hoy El País, sobre Margarita Robles y la manera en que condenó al inocente Ahmed Tommouhi

<<La Audiencia de Barcelona no tuvo en cuenta en una de las condenas, de la que fue ponente la vocal del Consejo General del Poder Judicial, Margarita Robles, que un análisis de semen excluía la autoría de Ahmed [Tommouhi]. Los jueces no entendieron el informe>>,

“Vidas sentenciadas”, en El País, 28.03.2010.

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El 22 de septiembre de 1992, un tribunal presidido por Margarita Robles Fernández condenó a Ahmed Tommouhi por violación. Una chica de 14 años, asaltada nueve meses antes en Cornellà, lo había señalado en una rueda de reconocimiento.

El semen recogido en la zona vaginal de la braga de la chica, sin embargo, no era de Tommouhi, a quien el Tribunal Supremo reconocería cinco años después que había sido condenado por error en otro caso idéntico: otra chica violada dos días antes que la de Cornellà, en otro pueblo de la provincia de Barcelona, lo confundió con Antonio García Carbonell, violador múltiple, confeso y con el que Tommouhi guarda un gran parecido físico. Aún así, Tommouhi ha estado 15 años en la cárcel.

La deficiente redacción del informe de la Policía Científica, pero sobre todo la soberbia ignorancia de los magistrados (Gerard Thomàs Andreu y Felipe Soler Ferrer, además de la ponente de la sentencia, Margarita Robles), que no entendieron que además de la sangre el análisis incluía también restos de semen, condenaron a Tommouhi a 24 años y dos días de prisión. El violador y su cómplice siguen impunes.

El tribunal descartó el informe también por una cuestión formal. La sentencia no fue recurrida en su día y nunca se ha alegado ante el Supremo que el semen descartaba expresamente a Tommouhi.

Eso es lo que cuentan estos tres capítulos de Justicia poética (Seix Barral) que se publican en Scribd.com: PUEDEN LEERLOS, DESCARGARLOS, COPIARLOS Y DISTRIBUIRLOS AQUÍ.

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FOTO: Ahmed Tommouhi, el 11 de febrero de 2010, en Barcelona.

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ESTE BLOG VUELVE  EL MARTES 6 DE ABRIL.

Archivado en: Algunos capítulos del libro en Scribd.com

La apuesta de la prensa por los temas propios

Ayer me compré cuatro diarios. Luego no tuve tiempo de leerlos y ordenarlos como quería, para comentarlos aquí, así que vaya por delante que esta nota llega con un día de retraso. Pero me parece excesivo volverlos a comprar hoy. Los datos no cambiarían sustancialmente.

Quería medir el peso real de los temas propios en cada uno de los periódicos, que es la apuesta que siempre se reivindica como clave a la hora de definir la estrategia editorial.

Las portadas de El País, El Mundo, Abc y Público, traían ayer esta proporción entre historias propias (no accesibles al resto; bien porque se trata de una exclusiva, o de un tema propio) e informaciones:

El País: 0/8
El Mundo: 0/8
Abc: 0/4
Público: 0/6

Sólo en la portada de El País se da una circunstancia curiosa  a la hora de calibrar el peso de los temas propios dentro del periódico. El titular de apertura “El fiscal avisa de que hay suficientes pruebas para sostener el ‘caso Gürtel’, no es un tema propio, aunque la información más importante del Gürtel, según la jerarquización interna de la sección, sí vendría a serlo: la última discusión sobre las deliberaciones del TSJM, donde el periódico va un día por delante del resto.

Más allá de ese particular, pues, no hay ninguna discriminación importante en la selección de los temas de portada. Si analizamos la sección “Nacional”, por ejemplo, de los cuatro periódicos, el resultado entre temas exclusivos y comunes, es la siguiente:

El País: 2/16
El Mundo: 1/23
Abc: 1/13
Público: 1/14

Todos los que no eran temas propios ya habían sido publicados antes de que se imprimieran los periódicos.

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Memoria histórica y justicia poética

Mientras escribía Justicia poética,  el libro sobre Tommouhi y Mounib, los dos marroquíes condenados por una identificación errónea, y pensando sobre la “sacralización” de la palabra de las víctimas, para el caso de las agresiones sexuales, sobre todo, me preguntaba hasta qué punto ese proceso se enmarca en otros más generales y contemporáneos.

El modo en que a veces se aborda el holocausto es uno de esos marcos que me atraían. El que muchos hayan querido definirlo como lo inhumano, lo inenarrable, lo irrepresentable, al tiempo que reclaman para los testigos (las víctimas de los campos) el estatuto de única autoridad –frente a otras formas de representar o recordar lo ocurrido, como por ejemplo las fotografías– que debe dar cuenta de ello, a menudo reclamaba mi atención con la sombra de un interrogante. Las justificaciones teóricas, a veces trazadas en la urgencia de una polémica, me recuerdan el punto de partida que lleva a los jueces de hoy a tener por infalible las declaraciones (y las identificaciones) de las víctimas:

“La Shoah tuvo lugar. Yo lo sé y todos y cada uno lo sabemos. Forma parte del saber. Al que cada uno de nosotros está llamado. Nadie puede decir: “no sé”. Es un saber que se funda sobre el testimonio, que forma un nueva forma de conocimiento [savoir]. No hace falta ninguna prueba”. [***]

La teoría, sin embargo, supone muchas veces un insalvable problema práctico para abordarlo periodísticamente. Hace falta ser Janet Malcolm. Un libro recientemente editado en España, sin embargo, nos refresca un caso perfecto para abordar ese tipo de análisis. John Demjanjuk, que está siendo juzgado en Múnich, Alemania, acusado de la matanza de miles de judíos en el campo de concentración de Sobbibor, en Polonia, durante la II Guerra Mundial, ya fue condenado a muerte a finales de los años 80 por un tribunal israelí. Entoces, los testigos aseguraron que Demjanjuk era “Iván el Terrible”, y que manejaba las cámaras de gas, pero en otro campo polaco, en el de  Treblinka. Años después, tras la aparición de documentos que probaban que su identidad era otra, Demjanjuk fue absuelto. Ahora, a los 89 años, afronta otro juicio por otros hechos distintos.

Es uno de los casos de los que se ocupa “Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables”, de Elisabeth Loftus, que acaba de publicar Alba. “Si los supervivientes estaban tan seguros de que era Iván el Terrible, cuando al parecer no lo es, ¿no es natural preocuparse de que ahora otros testigos afirmen con la misma certeza que estuvo en Sobbibor?”, se pregunta Loftus en el prefacio a la edición española. El caso de Demjanjuk ocupa el capítulo nueve. Hay que leerlo.

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***Gérard Wacjman, “De la croyance photographique”, en Les Temps Modernes, marzo-abril-mayo 2001, p. 53; cito por Rancière, Le spectatuer émancipé, La Fabrique, 2008, p. 100]

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¿Hay más escritores que lectores?

A principios de mes estuve en el I Encuentro de Autores Bubok, en el Café Libertad 8 de Madrid. Buscaba un tema. Bubok es una empresa digital que imprime cualquier libro propuesto por un usuario registrado. Basta con que otro usuario lo compre. La distribución incluye también el formato electrónico. Había unos 50 autores, con una edad media similar a la de cualquier presentación de libros: 50 años. Uno de ellos, un psiquiatra de fina barba blanca, tomó la palabra: “Hola, soy José María Páez, tengo un libro publicado en Bubok. He vendido dos ejemplares y estoy aquí a ver si vendo el tercero. Porque los dos primeros los he comprado yo”.

Páez, de unos setenta años, propuso un control de calidad a la hora de publicar, como subrayando que la sobresaturación explicaba en parte sus escasas ventas. Lo cual contradecía el espíritu de la reunión (“Bubok: publica sin límites“). Los datos muestran que su caso no es particular. Bubok ha publicado 22.903 títulos en poco más de dos años. El número de ejemplares vendidos ronda los 50.000, según la empresa. Poco más de dos ejemplares por título.

Más allá de que Bubok pueda ser visto como una segunda división de la literatura, porque atrae a los autores que las editoriales tradicionales rechazan, su núcleo original puede leerse como un síntoma. Félix de Azúa, en El aprendizaje de la decepción, describía hace años el mercado poético: hay doscientos autores que escriben doscientos libros al año, que publican doscientas editoriales  y que leen esos mismos doscientos poetas.

¿Y la ficción? En el número enero-febrero de Mother Jones, el editor del Virgina Quarterly Review, Ted Genoways lo resumía así:

Aquí en la VQR habitualmente tenemos diez veces más envíos de autores al año que suscriptores. Y muy, muy pocos se solapan. Lo sabemos –lo hemos comprobado. Así que hay un número cada vez mayor de gente que escribe y envía ficción, pero hay cada vez menos gente que lee las mejores revistas donde se publican. [original en inglés]

En la primera división española se editan 60.000 títulos al año. Creo que ninguno de los dos mercados se entienden si esta premisa: hay mucha gente que escribe gratis y que quiere publicar. Lo cual no es un juicio de nada. Es sólo que me parece un dato a tener en cuenta, ahora que parece que nada era gratis antes de Internet.

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La escritura en la época de su distribución digital

El noticiario semanal nos demuestra bien palmariamente que cualquiera puede estar hoy en la situación de ser filmado. Pero no basta con esta posibilidad. Todos tienen hoy una pretensión de ser filmados. Lo que mejor aclara esta pretensión es una ojeada a la situación histórica de la actual literatura. Durante siglos, en la literatura las cosas estaban dispuestas de tal modo que un pequeño número de escritores se enfrentaba a muchos miles de lectores. Ya en los años finales del siglo pasado se produjo un cambio. Con la gigantesca expansión de la prensa, que no deja incansable de poner a disposición de sus lectores nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de los lectores –casualmente al principio– pasó a contarse entre los escritores. La cosa empezó cuando la prensa abrió su “buzón”, pero hoy día no hay casi ningún europeo partícipe del proceso de trabajo que no pueda en principio encontrar ocasión de publicar una experiencia laboral, una reclamación o un reportaje o cosas semejantes. La distinción entre autor y público está con ello a punto de perder lo que fue su carácter fundamental. Se hace funcional, variable de acuerdo al caso. El lector está siempre preparado para convertirse en escritor. En tanto que entendido, una figura en la que, bien que mal, ha tenido que irse convirtiendo, sumido en un proceso laboral altamente especializado –no importa en este caso lo modesta que sea la ocupación de la que entienda-, obtiene acceso al estatuto de autor. Es el trabajo el que toma la palabra. Y su representación por la palabra constituye una parte de la capacidad que se requiere para entregarse a su ejercicio. La competencia literaria no se basa ya en la educación especializada, sino en la politécnica, y de este modo se convierte en común.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, primera redacción, [¿1933?]. Abada editores, Madrid.

(Aquí pueden leer la versión de Taurus).

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Última actualización

A partir de hoy, el dominio http://www.ladoblehelice.com acoge la transformación de este blog en otra cosa. Esta herramienta que durante casi dos años y medio ha estado al servicio de un proyecto, la investigación y escritura de un libro, Justicia poética, deja por tanto de actualizarse.

Pero no se vayan, porque todo seguirá donde estaba: www.ladoblehelice.com

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Justicia poética en Letras Libres

Letras Libres publica en el número de marzo la entrevista que me hizo Toño Angulo Daneri. Aquí pueden leerla en pdf.

Me gustaría precisar, aún con todo, un detalle que creo queda algo confuso en la entradilla. No se trata sólo de que

Pruebas de adn y otras demostraron que, en efecto, García Carbonell era, junto con un pariente nunca identificado, uno de los criminales de la segunda oleada [de violaciones de 1995] y, por tanto, seguramente también de la primera [de 1991].

Es que una prueba de ADN también demostró que García Carbonell era el violador en uno de los casos de 1991, y así  lo reconoció seis años después el Tribunal Supremo, que declaró inocentes a Tommouhi y Mounib de esa violación de Olesa.

El problema es que hay otras condenas que siguen vigentes. En una de ellas, el caso de Cornellà,  las pruebas científicas también exculparon a Tommouhi, el único condenado en dicha causa, pero el tribunal, presidido por Margarita Robles Fernández, no entendió que los análisis además de sangre, se referían también al semen del violador, como explican los capítulos 23, 24 y 25 del libro. Tommouhi fue condenado a 24 años y dos días de cárcel. El violador y su cómplice, siguen impunes.

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De la distancia

Leyendo un artículo en The Believer, poco después de haber releído algunos capítulos del libro –los estoy preparando para distribuirlos–, estas dos frases resumen la sensación que me produce ahora la relectura de ciertos tramos de esos capítulos (Cornellà y Tarragona, sobre todo):

En “Del rigor en la ciencia” Borges es todavía más radical: trata de “un mapa del Imperio que tenía el tamaño del Imperio”. Este mapa “perfecto” coincide punto por punto con los lugares para los que está pensado servir de guía –y se convirte, por tanto, en inservible. (The Believer, p. 38)

Pues eso.

Pueden escucharlo entero, de la voz del propio Borges.


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