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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Memoria histórica y justicia poética

Mientras escribía Justicia poética,  el libro sobre Tommouhi y Mounib, los dos marroquíes condenados por una identificación errónea, y pensando sobre la “sacralización” de la palabra de las víctimas, para el caso de las agresiones sexuales, sobre todo, me preguntaba hasta qué punto ese proceso se enmarca en otros más generales y contemporáneos.

El modo en que a veces se aborda el holocausto es uno de esos marcos que me atraían. El que muchos hayan querido definirlo como lo inhumano, lo inenarrable, lo irrepresentable, al tiempo que reclaman para los testigos (las víctimas de los campos) el estatuto de única autoridad –frente a otras formas de representar o recordar lo ocurrido, como por ejemplo las fotografías– que debe dar cuenta de ello, a menudo reclamaba mi atención con la sombra de un interrogante. Las justificaciones teóricas, a veces trazadas en la urgencia de una polémica, me recuerdan el punto de partida que lleva a los jueces de hoy a tener por infalible las declaraciones (y las identificaciones) de las víctimas:

“La Shoah tuvo lugar. Yo lo sé y todos y cada uno lo sabemos. Forma parte del saber. Al que cada uno de nosotros está llamado. Nadie puede decir: “no sé”. Es un saber que se funda sobre el testimonio, que forma un nueva forma de conocimiento [savoir]. No hace falta ninguna prueba”. [***]

La teoría, sin embargo, supone muchas veces un insalvable problema práctico para abordarlo periodísticamente. Hace falta ser Janet Malcolm. Un libro recientemente editado en España, sin embargo, nos refresca un caso perfecto para abordar ese tipo de análisis. John Demjanjuk, que está siendo juzgado en Múnich, Alemania, acusado de la matanza de miles de judíos en el campo de concentración de Sobbibor, en Polonia, durante la II Guerra Mundial, ya fue condenado a muerte a finales de los años 80 por un tribunal israelí. Entoces, los testigos aseguraron que Demjanjuk era “Iván el Terrible”, y que manejaba las cámaras de gas, pero en otro campo polaco, en el de  Treblinka. Años después, tras la aparición de documentos que probaban que su identidad era otra, Demjanjuk fue absuelto. Ahora, a los 89 años, afronta otro juicio por otros hechos distintos.

Es uno de los casos de los que se ocupa “Juicio a la memoria. Testigos presenciales y falsos culpables”, de Elisabeth Loftus, que acaba de publicar Alba. “Si los supervivientes estaban tan seguros de que era Iván el Terrible, cuando al parecer no lo es, ¿no es natural preocuparse de que ahora otros testigos afirmen con la misma certeza que estuvo en Sobbibor?”, se pregunta Loftus en el prefacio a la edición española. El caso de Demjanjuk ocupa el capítulo nueve. Hay que leerlo.

——

***Gérard Wacjman, “De la croyance photographique”, en Les Temps Modernes, marzo-abril-mayo 2001, p. 53; cito por Rancière, Le spectatuer émancipé, La Fabrique, 2008, p. 100]

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Archivado en: Cortocircuitos

2 Responses

  1. C. G. dice:

    Con el Holocausto da todo igual. Luego aparece un señor que se hace pasar por víctima, y dice que total, él no lo vivió pero otros sí. Cómo se llamaba?

    Con 89 años.

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  2. ladoblehelice dice:

    Enric Marco.

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