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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La tercera noche de Karl Kraus

Acabo de ojear La tercera noche de Walpurgis, editada por Hiru, en La Central del Reina Sofía. La reedición del libro que escribió Karl Kraus para que no se malinterpretara su silencio frente al ascenso del nazismo es una gran noticia. Aunque no es, desde luego, una gran edición, ni mucho menos a la altura de su precio: 20 euros.

“No se me ocurre nada sobre Hitler”, es la desesperada frase inicial de un texto que ahora nos presentan corrido, pero que en la edición de Icaira que yo había leído está dividido en seis capítulos. La edición de Icaria de finales de los setenta es inencontrable, salvo en contadas bibliotecas. Aunque quien no esté lejos de la Biblioteca Nacional siempre podrá leerlo, en cualquiera de sus ediciones españolas, con la tranquilidad que merece. Al parecer, Kraus empezó a escribirlo en agosto de 1933 y pensaba publicarlo en su revista, Die Fackel, por entregas. Lo terminó antes de que acabara ese año, pero no lo publicó.

No se me ocurre nada sobre Hilter. Yo no sé si no lo publicó sólo por miedo a las represalias (contra él y contra sus allegados), o también por impotencia. Porque esta noche de Walpurgis es, en parte, la angustiosa constatación de lo poco que pueden las palabras cuando se ha desencadenado la acción que todo lo devora, a ellas y a quien las pronuncia. “En todos los campos de la renovación social y cultural somos testigos de esta explosión de la frase hasta hacerse algo fáctico, hasta convertirse en hecho, en acción”, dice en un momento del libro. Un momento en el que, por cierto, me parece que seguimos simpáticamente instalados.

Esa era la desagarradora urgencia en la que se debatía Kraus: saber que cuando Hitler decía que no quedaría un pelo de judío en Alemania, lo hacía a sabiendas de que sus agentes empezaban a raparlos en las comisarías. ¿Qué hacer, entonces, cuando oía esa frase repetida en las calles, en los periódicos, en los altares, en las tabernas, convertida en un latiguillo, en una frase hecha? ¿Escribir o callar? Con palabras había Hitler empezado tiempo atrás a despejarse el camino hacia los campos de concentración, pero Kraus pudo pensar que las suyas, que se empeñaban en distinguir claramente entre la tinta y la sangre, nada evitarían.

No lo sé, ya digo.

Es una lectura que se hace necesario olvidar para seguir escribiendo.


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Cara y cruz

Ese podría ser el título del registro de “condenados por la cara” que habría que empezar a construir aquí. Daniel Ramos Hurtatiz, otro preso por la cara más:

http://www.nortecastilla.es/v/20100515/valladolid/declarado-inocente-hombre-paso-20100515.html

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Una mala noticia: los pederastas podrán seguir presos indefinidamente en EE.UU.

El Tribunal Supremo de Estados Unidos […] defendió [anteayer] la detención indefinida de agresores sexuales una vez concluida su condena; […]

El Supremo revirtió con siete votos frente a dos la decisión de un tribunal inferior que en 2010 determinó que el Congreso sobrepasó su autoridad al aprobar una ley que permite las detenciones indefinidas de personas consideradas “peligrosas sexualmente”.

El caso llegó al Supremo de la mano de los abogados de cinco hombres que dos años después de concluida y cumplida su sentencia vieron cómo las autoridades federales les seguían manteniendo bajo custodia. Todos estaban acusados de posesión de pornografía infantil o abuso de menores y las condenas iban de tres a cinco años de cárcel. En todos los casos, los funcionarios de prisiones argumentaron que su puesta en libertad era una amenaza.

YOLANDA MONGE/El PAÍS

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Viejos artículos frescos

Por razones que no vienen, de momento, al caso, he tenido que rescatar algunos artículos que escribí hace años. Uno sobre los sin papeles y otro sobre la violencia machista. “Repatriar apátridas” es de 2003 y “El sexo de los políticos y la política de los sexos“, de 2004, y se publicaron en la desaparecida revista Lateral.

Tanto los temas como el enfoque me sigue pareciendo que están de actualidad, a pesar de que, en concreto para el problema de las asesinadas por sus parejas, el porcentaje de las víctimas inmigrantes haya aumentado (aunque no tanto si se discriminan las extranjeras de países de la Europa rica, como es conveniente para saber qué significa en el contexto de ese debate “inmigrante”). Los fragmentos de la carta que, en el curso de una polémica, envié al director de Lateral y he pegado al final del texto del artículo, aclaran por lo demás la tesis de la posesión y el crimen.

Por cierto, que ambas piezas se archivan en la nueva colección “Artículos y reportajes” que he abierto en Scribd.com (más de mil lectores ya para los dos capítulos de Margarita Robles y el ex fiscal jefe José María Mena, extractados de Justicia poética). Esta colección acogerá lo que he publicado durante estos años en revistas cuyos archivos no se encuentran a través de la web.

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Publicidad, la justa

Lo que más asombra de la llamada a la omertà del presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, es que pueda dictarla públicamente. Silencio, dice. La discusión sobre si se debe suspender o no a Garzón, y sobre si se debe o no aceptar su solicitud de traslado a La Haya, añade el jefe de los jueces (así se comporta), debe mantenerse en secreto. A su lado, el ministro de Justicia, Francisco Caamaño, calla:

Por parte de los vocales del Consejo, se debe mantener el secreto de las actuaciones cuando éstas han sido fruto del debate que se produce en esta mesa, y que se tiene que producir con libertad, precisamente porque se guarda la reserva. Y que difícilmente hay una libertad completa cuando sabemos que puede haber eso que se llama filtraciones. (Ver vídeo: a partir de 1’10”)

Vale que nos hemos acostumbrado a que muchas sentencias carezcan de la más mínima motivación razonada, y que las instrucciones, retransmitidas en directo, sean cada vez más una condena por adelantado. Pero que ahora proclame para sí el derecho a ocultar las razones que fundamentan sus decisiones, muestra hasta qué punto la justicia poética puede ya comportarse como lo que aspira a ser, un secreto de estado.

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El filósofo de la emancipación

Jacques Rancière es, sin duda, el filósofo francés vivo que más me interesa. Aunque poco conocido y menos citado en España, las mejores librerías  tienen siempre unas cuantas obras suyas: alguna en su lengua original, casi todas las demás traducidas por editoriales sudamericanas. Profesor de Estética en París VIII, nacido en la Argelia francesa (como Derrida) en 1940, se ocupa de la filosofía y las ciencias sociales, las revueltas, el arte y la educación, siempre desde un punto de vista político: ¿en qué medida sirve todo eso a la idea y la práctica de la emancipación; en qué medida sirve a su ocultación? Tiene varias obras imprescindibles, pero si tuviera que recomendar una que sirviera de introducción y al tiempo que resultara útil para leer entre líneas muchos de los más acuciantes debates de nuestra actualidad, sería El odio a la democracia (2005).

De la traducción española, disponible en Scribd.com, sólo he consultado la introducción, que pego aquí abajo. Aunque contiene graves errores, siempre es mejor leerlo mal traducido que no leerlo. Un esfuerzo más si queremos se republicanos.

Una joven que tiene a Francia en vilo por el relato de una agresión imaginaria; adolescentes que se niegan a quitarse el velo en la escuela; la Seguridad Social en déficit; Montesquieu, Voltaire y Baudelaire destronando a Racine y Corneille en los textos propuestos en el bachillerato; asalariados que se manifiestan por el mantenimiento de sus sistemas de jubilación; una gran escuela que crea una red de reclutamiento paralela; el desarrollo de la tele-realidad, el matrimonio homosexual y la procreación artificial. Inútil buscar lo que reúne acontecimientos de naturaleza tan discordante. Ya cien filósofos o sociólogos, politólogos o psicoanalistas, periodistas o escritores, nos han proporcionado, libro tras libro, artículo tras artículo, emisión tras emisión, la respuesta. Todos estos síntomas, dicen, traducen una misma enfermedad, todos los efectos tienen una sola causa. Eso que se llama democracia, es decir, el reino de los deseos ilimitados de los individuos de la sociedad moderna de masas.

Hay que comprender lo que constituye la singularidad de esta denuncia. El odio a la democracia no es ciertamente una novedad. Es tan viejo como la democracia por una simple razón: la palabra misma es la expresión de un odio. En primer lugar, ha sido un insulto inventado, en la Grecia antigua, por los que veían la ruina de todo orden legítimo en el incalificable gobierno de la multitud. Ha sobrevivido como sinónimo de abominación para todos los que pensaban que el poder correspondía por derecho a los que estaban destinados por su nacimiento o llamados por sus competencias. Lo es todavía hoy para los que hacen de la ley divina revelada el único fundamento legítimo de la organización de las comunidades humanas. La violencia de este odio es ciertamente actual. No es, sin embargo, el objeto de este libro, por una simple razón: yo no tengo nada en común con los que la manifiestan, luego nada que discutir con ellos.

Al lado de este odio a la democracia, la historia ha conocido las formas de su crítica. La crítica tiene derecho a una existencia, pero hay que asignarle sus límites. La crítica de la democracia ha conocido dos grandes formas históricas. Hubo el arte de los legisladores aristócratas y eruditos que quisieron pactar con la democracia considerada como hecho incontornable. La redacción de la constitución de los Estados Unidos es el ejemplo clásico de este trabajo de composición de fuerzas y de equilibrio de los mecanismos institucionales, destinado a sacar del hecho democrático el mayor provecho posible, y a la vez contenerlo estrictamente para preservar dos bienes considerados como sinónimos: el gobierno de los mejores y la defensa del orden de la propiedad. El suceso de esta crítica en acto ha nutrido muy naturalmente el suceso de su contrario. El joven Marx no tuvo ningún problema para revelar el reino de la propiedad en el fundamento de la constitución republicana. Los legisladores republicanos no habían ocultado nada. Pero él supo fijar un tipo de pensamiento que no está agotado todavía: las leyes y las instituciones de la democracia formal son las apariencias bajo las cuales, y los instrumentos por los cuales, se ejerce el poder de la burguesía. La lucha contra estas apariencias deviene entonces la vía hacia una democracia «real», una democracia donde la libertad y la igualdad no estarían ya representadas en las instituciones de la ley y del Estado, sino encarnadas en las formas mismas de la vida material y de la experiencia sensible.

El nuevo odio a la democracia que es el objeto de este libro no depende propiamente de ninguno de estos modelos, incluso si combina elementos tomados a los unos y los otros. Sus portavoces habitan todos en países que declaran ser democracias en sentido estricto. Ninguno de ellos reclama una democracia más real. Nos dicen, por el contrario, que esta ya lo es en demasía. Pero ninguno se compadece de las instituciones que pretenden encarnar el poder del pueblo ni propone medida alguna para restringir este poder. La mecánica de las instituciones, que apasiona a los contemporáneos de Montesquieu, de Madison o Tocqueville, no les interesa. Es del pueblo y de sus costumbres que se compadecen, no de las instituciones de su poder. La democracia no es para ellos una forma de gobierno corrompida, es una crisis de la civilización que afecta a la sociedad y, a través de esta, al Estado. De ahí todas esas contradanzas que, a primera vista, pueden parecer sorprendentes. Los mismos críticos que denuncian sin descanso esa América democrática de donde vendría todo el mal del respeto de las diferencias, del derecho de las minorías y de la affirmative action que minan nuestro universalismo republicano, son los primeros en aplaudir cuando la misma América emprende la propagación de su democracia a través del mundo por la fuerza de las armas.

El doble discurso sobre la democracia no es nuevo, ciertamente. Nos hemos habituados a escuchar que la democracia era el peor de los gobiernos con excepción de todos los demás. Pero el nuevo sentimiento antidemocrático propone una versión más perturbadora de la fórmula. El gobierno democrático es malo, nos dice, cuando se deja corromper por la sociedad democrática, que quiere que todos sean iguales y que todas las diferencias sean respetadas. Es bueno, por el contrario, cuando moviliza a los individuos reblandecidos de la sociedad democrática con la energía de la guerra que defiende los valores de la civilización, que son los de la lucha de civilizaciones. El nuevo odio a la democracia puede entonces resumirse en una tesis simple: no hay más que una democracia buena, la que reprime la catástrofe de la civilización democrática. Las páginas que siguen buscarán analizar la formación y exponer las apuestas de esta tesis. No se trata solamente de describir una forma de ideología contemporánea. Esta tesis nos elucida también sobre el estado de nuestro mundo y sobre lo que en este se entiende por política. Puede así ayudarnos a comprender positivamente el escándalo que pesa sobre la palabra democracia y a redescubrir lo esencial de su idea.

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