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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La emancipación de la enseñanza

En 1818, un profesor de francés de la universidad de Lovaina inició un viaje excepcional. Una excepción de la que Joseph Jacotot, expulsado a Bélgica tras la restauración monárquica en su país, extrajo una lección universal. Hasta entonces, su trayectoria en la Francia posrevolucionaria había sido, si no napoleónica, desde luego brillante. Llegó a ser diputado. El exilio, gracias a la tolerancia de la monarquía belga y el prestigio de la universidad más antigua del país, prometía la calma que sucede al destierro si lo mece la hospitalidad. Se equivocó.

Enseguida sus clases gustaron y atrajo entre sus alumnos a unos cuantos que no sabían francés. Nada raro, salvo que Jacotot, contratado como lector de la lengua de Racine, no sabía flamenco, el idioma de sus estudiantes. Entre los libros publicados en Bruselas, Jacotot encontró la solución: una edición bilingüe de Las aventuras de Telémaco, de su compatriota Fénelon. Un intérprete hizo saber a los alumnos que debían aprenderse el texto en francés ayudándose de la traducción al flamenco. A la mitad del libro, Jacotot les hizo repetir una y otra vez lo que habían aprendido y les pidió que leyeran el resto como si luego fueran a “contarlo”. Avanzado el curso, cuando finalmente les pidió redactar, en francés, una opinión sobre la lectura, su sorpresa fue mayúscula: no escribían peor que la mayoría de franceses.

Hasta ese día Jacotot, como sus colegas, creía que su trabajo consistía en que quien poseía el conocimiento, el maestro, lo transmitiera a quienes lo ignoraban, los alumnos. Con explicaciones, pensaba, sus estudiantes podían aprender lo que no sabían. Y explicar, básicamente, era simplificar lo complejo para que los ignorantes pudieran comprenderlo. “¿Y cómo habían podido esos jóvenes comprender, sin explicaciones, una lengua nueva?”, se preguntaba un contemporáneo. Ante esa pregunta, aquella solución de urgencia se convirtió para Jacotot en un problema filosófico. Jacques Rancière lo retoma en El maestro ignorante, ensayo sobre filosofía de la educación reeditado ahora por Laertes.

La lengua materna

Jacotot se había limitado a “verificar” que lo que los lectores de Telémaco repetían se ajustaba al modelo que imitaban. También los niños aprenden sin que nadie les explique la gramática de su lengua materna y, sin embargo, “todos” aprenden a hablarla. Su conclusión era inasumible, incluso para los progresistas que defienden la escuela como forma de emancipación: la igualdad de las inteligencias no es una meta, es el punto de partida. Todas las inteligencias son iguales, por mucho que con tiempo, esfuerzo y entusiasmo se manifieste desigualmente.

Rancière ha rescatado la figura de Jacotot, según él mismo ha escrito, para intervenir en el debate educativo surgido en Francia a raíz de la entrada de los hijos de la inmigración a la escuela republicana. ¿Hay que adaptar los contenidos a las diferencias culturales, y poder así algún día remontar las desiguales capacidades frente las exigencias curriculares? ¿O por el contrario debía confiarse en el nivel igualador que la universalidad de los conocimientos difunde? Ambas posturas “se alinean del mismo lado frente a la alternativa introducida por Jacotot”, según explica Rancière en el prólogo de la edición brasileña.

Inteligencia y voluntad

La enseñanza, por tanto, debería consistir en verificar esa igualdad que el ignorante asume cuando sale al encuentro de lo que desconoce. Sólo esta enseñanza merece el nombre de emancipación. No es que no hagan falta maestros, sino que su función consiste en velar por que los aprendices no se pierdan en esa búsqueda del conocimiento. Las inteligencias son iguales, las voluntades, no. “La inteligencia sólo obedece a sí misma, mientras que la voluntad obedece a otra voluntad”, explica Rancière. Esa vigilancia de la voluntad por parte del profesor debe traducirse, del lado del alumno, en “atención”.

Para Rancière, al contrario que para Jacotot, no es tanto un asunto metodológico, ni de programas educativos, como una cuestión filosófica y política, y de ahí su permanente actualidad. Filosófica porque “se trata de saber si (…) la palabra del maestro es un testimonio de igualdad o de desigualdad”, según Rancière. Y política, añade, porque “se trata de saber si un sistema de enseñanza propone reducir una desigualdad o verificar una igualdad”.

Fuente: Público

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Los recuerdos y los forenses de la historia

La profesora de Psicología del Testimonio Elizabeth Loftus publica ‘Juicio a la memoria’, donde aborda el caso del supuesto ‘Iván el Terrible’, guardián de Treblinka, y el papel de víctimas y testigos en el proceso contra él


Cuando hace dos semanas el calor hizo suspender el juicio contra John Demjanjuk, acusado de colaborar en el asesinato de 28.060 judíos en el campo de Sobibor, en Múnich hacía 32 grados centígrados. Suficientes para que los médicos que tratan a este ucraniano de 90 años desautorizaran el traslado desde la prisión de Stadelheim a la sede del tribunal. Uno de los objetivos de este proceso –las sesiones diarias no duran más de hora y media– es mantener con vida a Demjanjuk. El mismo acusado a quién, sin embargo, un tribunal israelí ya había condenado hace años, por error, a morir en la horca.

“El acusado es Iván, el conocido como Iván el Terrible, operador de las cámaras de gas en el campo de exterminio de Treblinka”, decía aquella sentencia en 1988. Elizabeth Loftus, la primera forense a la que habían acudido los abogados de Demjanjuk para que testificara a su favor, como había hecho con otros muchos acusados, prefirió no hacerlo. Luego, cuando supo que había sido condenado a muerte, revivió en parte su dilema. “Fue terrible, me sentí muy mal por él y por su familia: porque yo tenía mis dudas”, explica Loftus, profesora estadounidense de Psicología del Testimonio, a Público.

Demjanjuk aportó luego documentos desclasificados, tras la desmembración de la Unión Soviética, que mostraban que él no estuvo en Treblinka y no podía, por tanto, ser Iván el Terrible. Fue absuelto en 1994. Esos mismos documentos, sin embargo, apuntaban a que había estado en Sobibor, por lo que debe responder ahora ante el tribunal alemán.
“Si los supervivientes estaban tan seguros de que era Iván el Terrible, cuando al parecer no lo es, ¿no es natural preocuparse de que ahora otros testigos afirmen con la misma certeza que estuvo en Sobibor?”, se pregunta Loftus en el prólogo a la edición española de su Juicio a la memoria, recientemente publicado por Alba.

La pregunta de Loftus apunta al ámbito al que suele aplicar sus más de 40 años de investigación. Su trabajo forense consiste en advertir al jurado de los inconvenientes de basar su veredicto de culpabilidad sólo en la identificación del acusado por parte de víctimas y testigos. Por desgracia, se equivocan mucho más de lo que creemos. “Y eso siempre es doloroso”, dice. Pero, indirectamente, su interrogante va más allá de la letra de la ley, puesto que se trata del mayor proyecto de exterminio humano jamás organizado.

Los juicios a los verdugos “no son sólo una caza al nazi, son mucho más que eso: son vitales para calibrar la importancia que el conocimiento el pasado tiene para el presente”, dice Reyes Mate, autor de Memoria de Auschwitz. El libro de Loftus concreta el modo en que funciona uno de los elementos más valiosos de los que disponemos no sólo para alcanzar una verdad moral que ayude a no repetir el pasado, sino también una verdad jurídica que permita castigar a los responsables: la memoria. Esa memoria que, en el caso de los supervivientes, “es capital para construir un presente que no sea la reproducción de la barbarie pasada”, añade Mate.

Un asunto personal

Loftus no aborda tanto aquellos testimonios que cinco de los supervivientes de Treblinka (donde fueron asesinados entorno a un millón de personas, sobre todo judíos) prestaron en Jerusalén, como su decisión de abstenerse. Su experiencia personal es un valioso elemento para el análisis de las repercusiones de esos testimonios. Su libro no sólo ayuda a entender cómo las víctimas y testigos de robos, violaciones y asesinatos, se equivocan al señalar al sospechoso, sino cómo también los jueces yerran clamorosamente. En esto último, el capítulo dedicado a
Demjanjuk es especialmente ilustrativo.

Loftus no habría dudado en aceptar un caso con tantas irregularidades en la investigación. Pero precisamente en este, dada su herencia judía y la fuerte implicación emocional que le suponían los crímenes juzgados, no quiso ver lastrada su objetividad: “Y de ahí mi decisión de que acudieran a otro experto que no tuviera que preocuparse de eso”, reconoce. Loftus recomendó a un prestigioso colega holandés.

Fueron las presiones de sus amigos y familiares, que condenaban al acusado por adelantado, las que influyeron en su decisión. Según refleja el libro, en base a una lógica bien definida: el arquetipo, aunque Loftus no use ese concepto. Las ventajas de dicha lógica son indudables, por ejemplo, para la literatura, donde una escena o un personaje arquetípico nos hacen ver todo un mundo: “La novelización que hace Semprún, aunque llena de experiencia, está construida artísticamente. Y es muy importante, siempre que no perdamos de vista sus límites como representación”, explica Mate. Para el autor de La herencia del olvido, ese rasgo puede ser fructífero también desde un punto de vista político y moral: “Cualquier verdugo de Sobibor trae a la memoria lo que fue aquel campo”, remata.

Una catarsis colectiva

En un sentido estrictamente penal, sin embargo, el arquetipo es un inconveniente. Un tío de Loftus, de 85 años y que había sufrido los progromos antisemitas rusos, resume en el libro ese deslizamiento. En el juicio a Demjanjuk, el segundo procesado en Israel por crímenes nazis, viene a decir, no sólo se juzgaban los actos de
John Demjanjuk: “Querida, ten presente que no se va a juzgar a una sola persona, sino a todo un mundo en el que sucedieron esas atrocidades”, decía la voz de su tío Joe grabada en el contestador.

El punto decisivo era si la cara de John Demjanjuk, que los supervivientes señalaban como la cara de Iván el Terrible, era correctamente identificada. Pero si Joe Loftus advertía a su sobrina sobre el contexto, lo hacía a sabiendas de lo delicado que resulta dudar de las víctimas y los testigos presenciales. “¿Me estás diciendo que vas a subir a la tribuna y vas a llamar mentirosos a los testigos? ¿Es eso lo que quieres decir, Beth?”, le espetó su mejor amiga cuando Loftus le planteó su dilema.

Un reportero de la televisión israelí trasluciría luego cómo esa presión se amplifica a las puertas del tribunal: “Es muy frustrante que después de cinco meses de duro trabajo de la fiscalía, no podamos todavía ponernos de pie y decir, sin un ápice de duda: ‘John Demjanjuk, tú eres Iván el Terrible”, según la cita recogida en The New York Times.

“Es aquel que se sienta allí. Con la edad ha cambiado, como es natural, pero no tanto como para no reconocerlo. Veo a Iván todas las noches. Está impreso en mi cabeza”, declaró en el juicio uno de los supervivientes. La sala, cuando terminó, se puso en pie y empezó a aplaudir. El Tribunal Supremo israelí dictaminó años después de aquella condena, que Pinchas Epstein y sus cuatro compañeros, respecto de ese detalle particular pero decisivo, estaban equivocados.

La conclusión más importante de las investigaciones de Loftus es que la seguridad de los testigos no guarda relación con la exactitud de su testimonio. Pero, como ella misma ha apuntado, “a la gente le impresionan la seguridad de los testigos presenciales”. “La verdad es que el paso del tiempo modifica los recuerdos, incluso cuando son traumáticos”, añade Margarita Diges, profesora de Psicología del Testimonio en la Universidad Autónoma de Madrid.


Una reflexión necesaria

Loftus renunció a la defensa de Demjanjuk ante la imposibilidad de que su entorno, sus amigos y familiares, comprendieran que dudar de la precisión de la memoria respecto de los detalles, no era dudar de su valor y su importancia. “Mi declaración se habría visto como un asalto sin cuartel contra los únicos recuerdos que tenemos de Treblinka”, escribió en un artículo para Newsweek, después de tomar su decisión.

“Primero dijeron que era Iván el Terrible, el de Treblinka. Pruebas posteriores sugirieron que eso no era así. Todo esto tiene que llevar a la gente a preguntarse sobre los problemas de las declaraciones de los testigos”, insiste ahora.

El juez obligó el jueves pasado a John, nacido IvánDemjanjuk, soldado del ejército rojo, prisionero de los nazis y acusado de haberse convertido luego en guardián de un campo de exterminio, a presentarse ante el tribunal. Llegó en una camilla de hospital.

La fiscalía alemana sitúa a Demjanjuk, al que le fue retirada la nacionalidad estadounidense, en Sobibor, construido, como Treblinka, en territorio polaco. “En él los internos fueron capaces de organizar una rebelión y eliminar a muchos de sus verdugos”, recuerda Reyes Mate. “Evoca la dignidad de las víctimas y al mismo tiempo particularmente horroroso: en muy poco tiempo exterminaron a unos 600.000 judíos”. “Las víctimas tienen todo el derecho a que se juzgue a los responsables”, concluye.

Fuente: Público.

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Dret a decidir

La plataforma Barcelona decideix està organitzant un referèndum que tindrà lloc a la ciutat de Barcelona el 10 d’abril del 2011 per preguntar-nos als ciutadans si volem la independència de Catalunya o romandre dins de l’Estat espanyol.

Felicito a la plataforma per aquesta iniciativa i els animo a que l’ampliïn perquè totes les sensibilitats polítiques s’hi puguin expressar. Concretament, proposo que la consulta incorpori una tercera opció, que és la integració de Catalunya en la República de França. A algunes persones no ens motiven les qüestions d’identitat nacional i preferim apostar per una solució que millori el nostre desenvolupament social i democràtic.

Aquesta opció és la incorporació a França perquè, tot i les seves imperfeccions, es tracta d’una democràcia republicana europea i d’un Estat social avançat. Per tant, per a nosaltres, pertànyer a l’Estat francès suposaria un gran pas endavant. Espero sincerament que tingueu en compte aquesta proposta.

Lucas Santos.

Fuente: La Vanguardia.

Comentarios recogidos en la edición digital el periódico:  aquí.

Versión en Castellano.

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Martín Gaite y Valente: vidas hiladas

Con el décimo aniversario de la muerte de ambos autores, que se celebra esta semana, las recuperaciones de su obra demuestran la vigencia de sus escritos

La segunda vez que Lucila, la hija mayor de José Ángel Valente (1929-2000), pisó la casa donde vivía su padre desde hacía 14 años, se quedó dos meses, de los últimos en la vida del poeta. Lucila Valente (1955, Ceuta) recuerda el reloj que le envió por entonces a Carmen Martín Gaite. “Yo la llamé desde Almería, aunque no sabía que estaba tan enferma. Andaba un poco mosca con ella porque hacía tiempo que no sabía nada”, dijo. Finalmente José Ángel Valente murió, ayer hizo diez años, en Ginebra, donde poco después, Lucila recibió una llamada. “Era la secretaria de Carmen, para decirme que había muerto Calila”.

Calila es como Lucila llamaba a Carmen Martín Gaite (1925-2000), que murió cinco días después que Valente: el próximo viernes hará una década. Sus trayectorias literarias apenas sí se habían cruzado una vez, en 1988. Entonces, ambos recibieron, ex aequo, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. “Siempre hubo esa trama extraña: murieron sus dos hijos en parecidas circunstancias –por problemas con las drogas–, les dieron el premio juntos y murieron casi el mismo día”, cuenta Lucila [a la izquierda, en una imagen de mitad de los noventa, que fue uno de los nexos en estas vidas paralelas, que tan pocas veces se cruzaron],  desde su casa en Ginebra,.

Sobre la obra, hay que señalar también la revisión de Martín Gaite sobre el libro de Valente, Al dios del lugar: “Es una reseña preciosa que recogí en Tirando del hilo, (Siruela)”, explica José Teruel, director de las Obras Completas de la salmantina, cuyo tercer volumen acaba de editar Galaxia Gutemberg. “Valente en cambio nunca escribió sobre ella, lo que no tiene nada de particular: nunca lo hizo sobre narradores de su tiempo”, precisa Claudio Rodríguez Fer, director de la Cátedra José Ángel Valente, en Santiago de Compostela.

El otro nexo biográfico entre los dos escritores es Ana María Martín Gaite, que sigue pasando los veranos en el pueblo de El Boalo, en la casa blanca con tejado de pizarra de la sierra madrileña. Hace unos días, se quitó la gorra que usa para salir, con sus 86 años, al sol, y dentro ya de la casa mostró la última obra de su hermana. “Poco antes de morir, quiso instalarse en esta habitación, pero le gustaba tener un baño para ella sola: así que hizo los dibujos, una maqueta y fíjate lo que quedó: !Una pasada!”, cuenta. Carmiña no llegó a ver terminado el amplio y luminoso baño que prolonga una pequeña habitación, con una cama sin respaldo encajada, un armario y una mesa de escritorio: “Esta mesa es de Rafael [Sánchez Ferlosio, su ex marido], que aquí sigue: ni a él ni a ella nunca le han importado las cosas materiales”, dice.

Ana María Martín Gaite (Salamanca, 1924) y José Ángel Valente fueron buenos amigos desde que en 1963 se reencontraran, ella trabajando como documentalista en Naciones Unidas y él como traductor en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra. La familia Martín Gaite había pasado algunos veranos en la tierra de Valente. “En vacaciones, de niños nos llevaban a jugar al patio a un colegio de monjas en Ourense. Había una monja, Sor Sabrina, que creo que estaba locamente enamorada de Valente. A los demás nos molestaba mucho, claro. Luego yo se lo decía a él en Ginebra: ‘Te tengo manía desde siempre. Tú eras el guapo, el delicioso, el niño rico, ¿y nosotros qué? ¡Una mierda, éramos!’. Se lo decía y él se moría de risa”, recuerda sonriendo.

Entre Ginebra y El Boalo

“Ana María siempre que estaba en Ginebra venía a casa”, explica Lucila Valente, que se iba a convertir en la mejor amiga de Marta, la hija de Carmiña y Ferlosio. “Fui a El Boalo porque me llevó Ana María. Yo debía de tener diez años. Fue un verano en el que primero estuve en Las Caldas de Besalla, en Cantabria. Recuerdo que había una estación de tren, como en el monte, donde me dejó mi madre y me fui hasta Madrid con el Talgo. Allí me esperaban Ana María con un dos caballos –sus padres eran muy divertidos– y un chófer, porque no conducían [risas]. Nos fuimos directamente a El Boalo y allí conocí a Marta. Ella ha sido una de mis amigas más íntimas”, recuerda.

¿Y vuestra relación con la literatura, teniendo a dos gigantes en casa? “Calila nos hacía concursos de escritura. Todavía tengo un cuaderno suyo inmenso, con tapas duras, que ponía “Borrador” y que me regaló con una dedicatoria. Yo le había escrito un cuento que le gustó mucho”, explica Lucila. Se esfuerza en remarcar las diferencias de relación entre las dos amigas con el poeta: “En mi casa, nada que ver. Mi padre era distinto. La escritura era suya. La biblioteca era suya”, añade.

El escritor Eloy Tizón (Madrid, 1964), recuerda el papel casi de maestra de Martín Gaite. “Era una escritora muy consagrada, pero que tenía mucha curiosidad por los que acabábamos de llegar a la literatura. Y en el trato de tú a tú te hacía sentir muy cómoda, sin establecer ningún tipo de barrera”. Para el autor de Parpadeos (Anagrama): “Valente y Martín Gaite eran muy distintos, pero diría que la obra de ambos estaba marcada por el signo de la exigencia, porque su literatura perdura. Y por eso, diez años después, siguen estando muy presentes en la vida cultural española”, explica.

La relación de Lucila con su padre, sin embargo, en su caso fue acercándose con el tiempo: “A medida que me fui convirtiendo en una adolescente, me hablaba de lo que escribía. Y yo traducía algunos de sus poemas al francés”. Hasta que se truncó: “En 1979 se fue de casa, con una señora, y para mí fue un drama”. Valente se casó luego con su segunda mujer, y en 1986 regresó a España (de donde había salido en 1953 para un lectorado a Oxford), y se fue a vivir a Almería.

Marta Sánchez Martín murió en 1985, con 26 años. Una desgracia que robusteció la amistad entre Calila y Lucila Valente: “No había ido al entierro, pero a los dos meses me cogí un avión y fui a verla. Si yo estoy así, cómo estará su madre, pensaba. Me fui a verla y me metí en aquel piso con ella y ahí empezó una relación muy especial y muy intensa”. Lucila explica que hablaban cada 15 días: “Cuando se encontraba triste y agobiada me llamaba. ‘Tengo arrepío’, me decía, que es una palabra que ella se inventó”. [corrección: arrepío no es una palabra por ella inventada]

Premio compartido

El Príncipe de Asturias los reunió a ambos en Oviedo en 1988. “En un momento en que la relación con mi padre era tan tenue y con Calila tan fuerte, que le dieran el premio a los dos, fue muy extraño”, cuenta Lucila. En su discurso, Martín Gaite, que lo pronunció en nombre de ambos, se refirió a los años de Ourense, donde después del patio de las monjas, se habían vuelto a cruzar, de jóvenes, pero sin saberlo.

El tercer hijo de Valente, Antonio, también moriría muy joven, en 1989. “Para él también fue un drama brutal. Destructor. Mi padre escribió muchos poemas a raíz de él”, según Lucila. “De hecho, buena parte de la imagen grave y doliente del último Valente descansa en la impresión causada por estos últimos poemas, pero José Ángel fue un hombre vitalista y divertido con el que yo mismo me reí hasta llorar en infinidad de ocasiones”, señala Claudio Rodríguez Fer, poeta y amigo íntimo de Valente.

La Catedra José Ángel Valente de la Universidad de Santiago, a la que el poeta legó su biblioteca y sus archivos y que dirige Rodríguez Fer, editará en breve dos libros como homenaje a los diez años del fallecimiento del autor de Fragmentos de un libro futuro.

En esta década, Ana María ha rescatado obras que su hermana nunca publicó. Entre ellas, destaca Cuadernos de todo (Areté), una voluminosa selección del centenar de cuadernos de notas que llevó durante su vida la autora de Nubosidad variable. “Yo he sido muy pudorosa para publicar inéditos. ¿Qué sabía yo si a ella le hubiera gustado publicarlos? Hasta que leyéndolos me encontré con un apunte definitivo: ‘Si algún día tuviera tiempo, fuerzas y ganas haría una selección para publicarlos´, así que lo hice”, cuenta.

El día que presentó el volumen de Narraciones [Narrativa] breves, teatro y poesía de sus obras completas, Ana María recordó una de las obsesiones que acompañó a su hermana hasta la muerte: “¿Anita, qué hago con el legado de la memoria? Sólo quedas tú, me decía”, le preguntó. El viernes, en la casa de El Boalo, junto al despacho donde la autora de El cuento de nunca acabar pegaba la mesa a la ventana, para escribir, lo recordó: “Esta casa ha estado llena de historias durante tres generaciones. Pero yo soy la última de Filipinas, detrás de mí, el diluvio”, dijo.

Lucila Valente volvió a retomar, con los años, el contacto con su padre. “Y tu amiga Carmiña, me decía…”, cuenta Lucila que le decía su padre sobre su relación con Carmen Martín Gaite, dando a entender que quizás él tuviese celos. La única vez que Lucila estuvo en su casa de Almería antes de que Valente muriese, él estaba en París, donde todavía vive su segunda esposa.

Fuente: Público.

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Silencio: Auschwitz se está gestando

La tercera noche de Walpurgis, escrita por Karl Kraus en 1933, alertaba contra el exterminio que Hitler pondría en marcha

La pregunta sobre si se podría seguir escribiendo después de Auschwitz no se había formulado todavía, porque Auschwitz, en 1933, no había tenido lugar. A Karl Kraus, sin embargo, ya le había invadido esa pregunta, porque pudo imaginárselo. La tercera noche de Walpurgis, quizá la más clarividente crítica del nazismo escrita antes de que se materializara el infierno que su fraseología informaba, fue su respuesta, pero no la publicó. El lector en español dispone ahora de una reedición de este libro que desde su primera frase –“No se me ocurre nada sobre Hitler”– está arrancado al silencio.

De Karl Kraus (1874), poeta, dramaturgo y periodista austriaco, tres veces candidato al Nobel, apenas había traducciones disponibles en castellano. “Había una deuda pendiente con Kraus, que es una figura muy relevante del siglo XX”, dice Sandra Santana, autora de una tesis doctoral sobre su obra, y que da por restituida parte de la deuda con esta reedición, junto con la también reciente de Escritos (una selección de artículos) y otras tres obras que se imprimirán en el próximo medio año.

Kraus, fundador y director de Die Fackel, la revista de la que publicó 922 números entre 1899 y 1936, año en que murió (“demasiado pronto”, según Walter Benjamin), y que a partir de 1912 no tuvo otro redactor, ni corrector ni editor que él mismo, ya había optado por el silencio al comienzo de la Primera Guerra Mundial. A finales de 1914, lo rompió con un artículo, En esta gran época, escrito para anunciar cuán pequeña, bajo las bombas, acabaría siendo: “En esta época ruidosa que retiembla con la sinfonía estremecedora de acciones que provocan noticias y noticias que disculpan acciones, en una época así no esperen de mí una sola palabra propia. Ninguna salvo ésta, justamente la que protege aún al silencio de ser malentendido”.

“Su revista fue la única que siguió publicando cartas de los soldados y artículos muy críticos con la guerra. Es verdad que pudo hacerlo gracias a su independencia económica y a sus amistades en la primera plana política, administrativa y militar”, explica José Luis Arántegui, traductor y compilador de Escritos (Visor). Acantilado publicará a principios de 2011 una selección de mil páginas de Die Fackel, además de un ensayo de Santana sobre su autor.

El silencio de La tercera noche de Walpurgis (Hiru), sin embargo, es otra cosa. No se trata de “esa estrategia retórica” que subraya Santana, utilizada otras veces como “estrategia de expresión frente a lo que está ocurriendo: por ejemplo, frente a la represión de una huelga, interrumpe la publicación de su revista”. Tampoco de su repentina muerte, aunque es verdad que había estado corrigiendo las galeradas de este libro (y las correcciones podían ocupar a Kraus durante meses y años), sobrevenida poco después de que lo atropellara una bicicleta en abril de 1936.

No. Respecto a las circunstancias históricas, él mismo dedicó un número de su revista, en julio de 1934 y titulado ¿Por qué no se publica Die Fackel?, para explicarlo: “Está el peligro de que por actos polémicos cuya utilidad no se podría demostrar se produjeran sacrificios humanos por la mera sospecha de que estas personas sean partidarios del polemista”, se lee al principio de ese ejemplar, según traducción simultánea y telefónica de Adan Kovacsics, traductor de la versión para teatro de Los últimos días de la humanidad, que publicará también Hiru en otoño.

Metáforas encarnadas

La tercera noche de Walpurgis, sin embargo, incluye el silencio como argumento y no sólo por motivos prácticos. Es, en parte, la impotencia de la sátira que sobreviene porque la realidad ya es una sátira, y sangrante, resume Arántegui. “El nazismo lo supera, de ahí que el libro sea algo abierto, porque sigue llegando material, cada vez más y cada vez peor”, añade Kovacsiscs.

El hitlerismo fue antes que nada una forma de hablar: “Un discurso que materializa las metáforas”, según el mismo Arántegui escribe en su epílogo a Escritos. El regreso a las esencias a través de una retórica incendiaria –intuyó Kraus– se iba a demostrar metiendo fuego a Alemania y Europa hasta reducirlas a ceniza. “La versión de que ‘a ningún judío se le ha tocado un solo cabello’ ha podido ser mantenida porque está comprobado que es la única forma de tratarlos que no se ha puesto en práctica; mientras que a muchos se les ha cortado todo el pelo al cero”, se lee en este libro escrito poco después de la llegada de Hitler al poder, en 1933.

De su aparato propagandístico, ayudado involuntariamente por todos los que repiten sus mensajes sin entender lo que implica repetirlos, Kraus sabe (como Goebbels) que es así como el nazismo devora cualquier discurso que quisiera resistírsele. Frente, por ejemplo, a las detenciones preventivas por motivos políticos: “A esos insatisfechos les toca en suerte la prisión preventiva, la desintegración de sus agrupaciones, e incluso la constatación a través de la oficina Wolff de que dicha desintegración no tuvo lugar”. La agencia de noticias Wolff informaba puntual y eficazmente de las bondades del nazismo, según puede comprobarse todavía consultando la hemeroteca, por ejemplo, de La Vanguardia.

No deben confundirse, sin embargo, las dudas de Kraus, con ninguna mistificación del exterminio de los judíos como si fuera algo inexpresable. Él mismo detestó esa mistificación por adelantado. No hay que atribuir a la lengua la impotencia e irresponsabilidad de los que la usan. Karl Kraus: “Si uno consigue ganarse a la lengua, ni siquiera un acontecimiento como el de Hitler podría usurparle el pensamiento”.

“Antes que Hitler, cualquier cosa”, fue, según Arántegui, la razón por la que él, más o menos socialdemócrata, acabó apoyando al canciller socialcristiano Dollfuss, ante la incapacidad de los socialdemócratas para comprender –aunque no le faltaban indicios entre sus militantes torturados– lo que Hitler suponía. “Nada más fatídico que la actitud de un liderazgo que con un nuevo aliento avanza veloz hacia la ruina pero no logra recobrarlo para decir la verdad”, escribió Kraus, judío, sobre los que eran sus compañeros de viaje (al campo de concentración, se entiende) sin saberlo. “Cuando su época alzó la mano contra sí misma, él era esa mano”, escribrió sobre él Bertold Brecht.

Una cosa es el silencio y otra la fatalidad. El libro de Kraus reconforta al menos porque, mirando de frente al desastre, no le concede en ningún momento el carácter de inevitable. ¿Cómo enfrentarse a él? Es a eso a lo que Kraus se niega a responder, porque habría sido liberar de su responsabilidad a cada uno de los lectores. “Sobre la responsabilidad personal, no hay nada que decir”, repite Arántegui, su traductor. Karl Kraus perdió la voz tras ser atropellado por un ciclista. Murió el 12 de junio de 1936.

Fuente: Público

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