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Martín Gaite y Valente: vidas hiladas

Con el décimo aniversario de la muerte de ambos autores, que se celebra esta semana, las recuperaciones de su obra demuestran la vigencia de sus escritos

La segunda vez que Lucila, la hija mayor de José Ángel Valente (1929-2000), pisó la casa donde vivía su padre desde hacía 14 años, se quedó dos meses, de los últimos en la vida del poeta. Lucila Valente (1955, Ceuta) recuerda el reloj que le envió por entonces a Carmen Martín Gaite. “Yo la llamé desde Almería, aunque no sabía que estaba tan enferma. Andaba un poco mosca con ella porque hacía tiempo que no sabía nada”, dijo. Finalmente José Ángel Valente murió, ayer hizo diez años, en Ginebra, donde poco después, Lucila recibió una llamada. “Era la secretaria de Carmen, para decirme que había muerto Calila”.

Calila es como Lucila llamaba a Carmen Martín Gaite (1925-2000), que murió cinco días después que Valente: el próximo viernes hará una década. Sus trayectorias literarias apenas sí se habían cruzado una vez, en 1988. Entonces, ambos recibieron, ex aequo, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. “Siempre hubo esa trama extraña: murieron sus dos hijos en parecidas circunstancias –por problemas con las drogas–, les dieron el premio juntos y murieron casi el mismo día”, cuenta Lucila [a la izquierda, en una imagen de mitad de los noventa, que fue uno de los nexos en estas vidas paralelas, que tan pocas veces se cruzaron],  desde su casa en Ginebra,.

Sobre la obra, hay que señalar también la revisión de Martín Gaite sobre el libro de Valente, Al dios del lugar: “Es una reseña preciosa que recogí en Tirando del hilo, (Siruela)”, explica José Teruel, director de las Obras Completas de la salmantina, cuyo tercer volumen acaba de editar Galaxia Gutemberg. “Valente en cambio nunca escribió sobre ella, lo que no tiene nada de particular: nunca lo hizo sobre narradores de su tiempo”, precisa Claudio Rodríguez Fer, director de la Cátedra José Ángel Valente, en Santiago de Compostela.

El otro nexo biográfico entre los dos escritores es Ana María Martín Gaite, que sigue pasando los veranos en el pueblo de El Boalo, en la casa blanca con tejado de pizarra de la sierra madrileña. Hace unos días, se quitó la gorra que usa para salir, con sus 86 años, al sol, y dentro ya de la casa mostró la última obra de su hermana. “Poco antes de morir, quiso instalarse en esta habitación, pero le gustaba tener un baño para ella sola: así que hizo los dibujos, una maqueta y fíjate lo que quedó: !Una pasada!”, cuenta. Carmiña no llegó a ver terminado el amplio y luminoso baño que prolonga una pequeña habitación, con una cama sin respaldo encajada, un armario y una mesa de escritorio: “Esta mesa es de Rafael [Sánchez Ferlosio, su ex marido], que aquí sigue: ni a él ni a ella nunca le han importado las cosas materiales”, dice.

Ana María Martín Gaite (Salamanca, 1924) y José Ángel Valente fueron buenos amigos desde que en 1963 se reencontraran, ella trabajando como documentalista en Naciones Unidas y él como traductor en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra. La familia Martín Gaite había pasado algunos veranos en la tierra de Valente. “En vacaciones, de niños nos llevaban a jugar al patio a un colegio de monjas en Ourense. Había una monja, Sor Sabrina, que creo que estaba locamente enamorada de Valente. A los demás nos molestaba mucho, claro. Luego yo se lo decía a él en Ginebra: ‘Te tengo manía desde siempre. Tú eras el guapo, el delicioso, el niño rico, ¿y nosotros qué? ¡Una mierda, éramos!’. Se lo decía y él se moría de risa”, recuerda sonriendo.

Entre Ginebra y El Boalo

“Ana María siempre que estaba en Ginebra venía a casa”, explica Lucila Valente, que se iba a convertir en la mejor amiga de Marta, la hija de Carmiña y Ferlosio. “Fui a El Boalo porque me llevó Ana María. Yo debía de tener diez años. Fue un verano en el que primero estuve en Las Caldas de Besalla, en Cantabria. Recuerdo que había una estación de tren, como en el monte, donde me dejó mi madre y me fui hasta Madrid con el Talgo. Allí me esperaban Ana María con un dos caballos –sus padres eran muy divertidos– y un chófer, porque no conducían [risas]. Nos fuimos directamente a El Boalo y allí conocí a Marta. Ella ha sido una de mis amigas más íntimas”, recuerda.

¿Y vuestra relación con la literatura, teniendo a dos gigantes en casa? “Calila nos hacía concursos de escritura. Todavía tengo un cuaderno suyo inmenso, con tapas duras, que ponía “Borrador” y que me regaló con una dedicatoria. Yo le había escrito un cuento que le gustó mucho”, explica Lucila. Se esfuerza en remarcar las diferencias de relación entre las dos amigas con el poeta: “En mi casa, nada que ver. Mi padre era distinto. La escritura era suya. La biblioteca era suya”, añade.

El escritor Eloy Tizón (Madrid, 1964), recuerda el papel casi de maestra de Martín Gaite. “Era una escritora muy consagrada, pero que tenía mucha curiosidad por los que acabábamos de llegar a la literatura. Y en el trato de tú a tú te hacía sentir muy cómoda, sin establecer ningún tipo de barrera”. Para el autor de Parpadeos (Anagrama): “Valente y Martín Gaite eran muy distintos, pero diría que la obra de ambos estaba marcada por el signo de la exigencia, porque su literatura perdura. Y por eso, diez años después, siguen estando muy presentes en la vida cultural española”, explica.

La relación de Lucila con su padre, sin embargo, en su caso fue acercándose con el tiempo: “A medida que me fui convirtiendo en una adolescente, me hablaba de lo que escribía. Y yo traducía algunos de sus poemas al francés”. Hasta que se truncó: “En 1979 se fue de casa, con una señora, y para mí fue un drama”. Valente se casó luego con su segunda mujer, y en 1986 regresó a España (de donde había salido en 1953 para un lectorado a Oxford), y se fue a vivir a Almería.

Marta Sánchez Martín murió en 1985, con 26 años. Una desgracia que robusteció la amistad entre Calila y Lucila Valente: “No había ido al entierro, pero a los dos meses me cogí un avión y fui a verla. Si yo estoy así, cómo estará su madre, pensaba. Me fui a verla y me metí en aquel piso con ella y ahí empezó una relación muy especial y muy intensa”. Lucila explica que hablaban cada 15 días: “Cuando se encontraba triste y agobiada me llamaba. ‘Tengo arrepío’, me decía, que es una palabra que ella se inventó”. [corrección: arrepío no es una palabra por ella inventada]

Premio compartido

El Príncipe de Asturias los reunió a ambos en Oviedo en 1988. “En un momento en que la relación con mi padre era tan tenue y con Calila tan fuerte, que le dieran el premio a los dos, fue muy extraño”, cuenta Lucila. En su discurso, Martín Gaite, que lo pronunció en nombre de ambos, se refirió a los años de Ourense, donde después del patio de las monjas, se habían vuelto a cruzar, de jóvenes, pero sin saberlo.

El tercer hijo de Valente, Antonio, también moriría muy joven, en 1989. “Para él también fue un drama brutal. Destructor. Mi padre escribió muchos poemas a raíz de él”, según Lucila. “De hecho, buena parte de la imagen grave y doliente del último Valente descansa en la impresión causada por estos últimos poemas, pero José Ángel fue un hombre vitalista y divertido con el que yo mismo me reí hasta llorar en infinidad de ocasiones”, señala Claudio Rodríguez Fer, poeta y amigo íntimo de Valente.

La Catedra José Ángel Valente de la Universidad de Santiago, a la que el poeta legó su biblioteca y sus archivos y que dirige Rodríguez Fer, editará en breve dos libros como homenaje a los diez años del fallecimiento del autor de Fragmentos de un libro futuro.

En esta década, Ana María ha rescatado obras que su hermana nunca publicó. Entre ellas, destaca Cuadernos de todo (Areté), una voluminosa selección del centenar de cuadernos de notas que llevó durante su vida la autora de Nubosidad variable. “Yo he sido muy pudorosa para publicar inéditos. ¿Qué sabía yo si a ella le hubiera gustado publicarlos? Hasta que leyéndolos me encontré con un apunte definitivo: ‘Si algún día tuviera tiempo, fuerzas y ganas haría una selección para publicarlos´, así que lo hice”, cuenta.

El día que presentó el volumen de Narraciones [Narrativa] breves, teatro y poesía de sus obras completas, Ana María recordó una de las obsesiones que acompañó a su hermana hasta la muerte: “¿Anita, qué hago con el legado de la memoria? Sólo quedas tú, me decía”, le preguntó. El viernes, en la casa de El Boalo, junto al despacho donde la autora de El cuento de nunca acabar pegaba la mesa a la ventana, para escribir, lo recordó: “Esta casa ha estado llena de historias durante tres generaciones. Pero yo soy la última de Filipinas, detrás de mí, el diluvio”, dijo.

Lucila Valente volvió a retomar, con los años, el contacto con su padre. “Y tu amiga Carmiña, me decía…”, cuenta Lucila que le decía su padre sobre su relación con Carmen Martín Gaite, dando a entender que quizás él tuviese celos. La única vez que Lucila estuvo en su casa de Almería antes de que Valente muriese, él estaba en París, donde todavía vive su segunda esposa.

Fuente: Público.

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