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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La emancipación de la enseñanza

En 1818, un profesor de francés de la universidad de Lovaina inició un viaje excepcional. Una excepción de la que Joseph Jacotot, expulsado a Bélgica tras la restauración monárquica en su país, extrajo una lección universal. Hasta entonces, su trayectoria en la Francia posrevolucionaria había sido, si no napoleónica, desde luego brillante. Llegó a ser diputado. El exilio, gracias a la tolerancia de la monarquía belga y el prestigio de la universidad más antigua del país, prometía la calma que sucede al destierro si lo mece la hospitalidad. Se equivocó.

Enseguida sus clases gustaron y atrajo entre sus alumnos a unos cuantos que no sabían francés. Nada raro, salvo que Jacotot, contratado como lector de la lengua de Racine, no sabía flamenco, el idioma de sus estudiantes. Entre los libros publicados en Bruselas, Jacotot encontró la solución: una edición bilingüe de Las aventuras de Telémaco, de su compatriota Fénelon. Un intérprete hizo saber a los alumnos que debían aprenderse el texto en francés ayudándose de la traducción al flamenco. A la mitad del libro, Jacotot les hizo repetir una y otra vez lo que habían aprendido y les pidió que leyeran el resto como si luego fueran a “contarlo”. Avanzado el curso, cuando finalmente les pidió redactar, en francés, una opinión sobre la lectura, su sorpresa fue mayúscula: no escribían peor que la mayoría de franceses.

Hasta ese día Jacotot, como sus colegas, creía que su trabajo consistía en que quien poseía el conocimiento, el maestro, lo transmitiera a quienes lo ignoraban, los alumnos. Con explicaciones, pensaba, sus estudiantes podían aprender lo que no sabían. Y explicar, básicamente, era simplificar lo complejo para que los ignorantes pudieran comprenderlo. “¿Y cómo habían podido esos jóvenes comprender, sin explicaciones, una lengua nueva?”, se preguntaba un contemporáneo. Ante esa pregunta, aquella solución de urgencia se convirtió para Jacotot en un problema filosófico. Jacques Rancière lo retoma en El maestro ignorante, ensayo sobre filosofía de la educación reeditado ahora por Laertes.

La lengua materna

Jacotot se había limitado a “verificar” que lo que los lectores de Telémaco repetían se ajustaba al modelo que imitaban. También los niños aprenden sin que nadie les explique la gramática de su lengua materna y, sin embargo, “todos” aprenden a hablarla. Su conclusión era inasumible, incluso para los progresistas que defienden la escuela como forma de emancipación: la igualdad de las inteligencias no es una meta, es el punto de partida. Todas las inteligencias son iguales, por mucho que con tiempo, esfuerzo y entusiasmo se manifieste desigualmente.

Rancière ha rescatado la figura de Jacotot, según él mismo ha escrito, para intervenir en el debate educativo surgido en Francia a raíz de la entrada de los hijos de la inmigración a la escuela republicana. ¿Hay que adaptar los contenidos a las diferencias culturales, y poder así algún día remontar las desiguales capacidades frente las exigencias curriculares? ¿O por el contrario debía confiarse en el nivel igualador que la universalidad de los conocimientos difunde? Ambas posturas “se alinean del mismo lado frente a la alternativa introducida por Jacotot”, según explica Rancière en el prólogo de la edición brasileña.

Inteligencia y voluntad

La enseñanza, por tanto, debería consistir en verificar esa igualdad que el ignorante asume cuando sale al encuentro de lo que desconoce. Sólo esta enseñanza merece el nombre de emancipación. No es que no hagan falta maestros, sino que su función consiste en velar por que los aprendices no se pierdan en esa búsqueda del conocimiento. Las inteligencias son iguales, las voluntades, no. “La inteligencia sólo obedece a sí misma, mientras que la voluntad obedece a otra voluntad”, explica Rancière. Esa vigilancia de la voluntad por parte del profesor debe traducirse, del lado del alumno, en “atención”.

Para Rancière, al contrario que para Jacotot, no es tanto un asunto metodológico, ni de programas educativos, como una cuestión filosófica y política, y de ahí su permanente actualidad. Filosófica porque “se trata de saber si (…) la palabra del maestro es un testimonio de igualdad o de desigualdad”, según Rancière. Y política, añade, porque “se trata de saber si un sistema de enseñanza propone reducir una desigualdad o verificar una igualdad”.

Fuente: Público

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