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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

De McOndo y Nocilla, o la literatura transversal

(Foto: David Puig)

Hay escritores que huyen de los efectos de su pasión, si es que la literatura es también inventar el nombre de las cosas. Cuando son ellos los etiquetados, disparan contra el apuntador. “La generación Nocilla es una etiqueta que puso el periodismo cultural para denominar a un grupo de escritores que ellos entienden que tienen algo en común. Vale.”, decía Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), autor de Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab, antes de subirse a la mesa para hablar de su generación –“‘mutante’, puestos a poner nombres, me parece un nombre más apropiado”, matizó– y de la generación McOndo.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) [era el invitado en nombre] de aquella antología, McOndo, que reunió a 21 escritores hispanoamericanos bajo ese título atinado. La antología del chileno Alberto Fuguet incluyó a tres autores españoles (Ray Loriga, José Ángel Mañas y Martín Casariego), aunque poco o nada tuvieran que ver con la guerra que se libraba en el prólogo. El gran objetivo de McOndo era desmarcarse del boom latinoamericano y su realismo mágico. Ellos no vivían en Macondo ni en ninguna de sus provincias, sino en grandes urbes con autopistas, Macdonald’s y ordenadores. Lo consiguieron: nadie lee ya a Rodrigo Fresán, Jaime Bayly, Mario Mendoza o Leonardo Valencia, algunos de los antologados por Fuguet en 1996, esperando que los personajes vuelen, pero no mueran.

La etiqueta, sin embargo, parece perseguirlos eternamente y a veces los alcanza a no demasiada altura. En el primer piso del Centro Cultural de España en Montenvideo, por ejemplo, [una antigua ferretería de tres plantas y un sótano que mantiene un cierto diseño industrial en su interior, con las vigas y las columnas de hierro al aire, pero diáfano, cómodo y luminoso como un apartamento de Woody Allen, donde ayer terminó el Festival Eñe (aforo completo en la decena de actos a los que que este corresponsal asistió)]. “Más allá de lo que yo pueda hacer o dejar de hacer, uno se quedó con la cosa McOndo y eso me va acompañar para bien o para mal porque que fue una marca generacional”, dijo Paz Soldán.

Prosa y jerarquías

Mutante o nocillero, Fernández Mallo –”Nocilla no me gusta porque particulariza ese movimiento en torno a mis libros”– sí que se identifica en cambio con ese “grupo de escritores que en España estamos haciendo algo que antes no se venía haciendo”. ¿Y qué es lo que hacen Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta o el propio Mallo? “Una lectura transversal de lo que tenemos alrededor: tú lees un spot publicitario y lo pones al mismo nivel que una cita de la más alta cultura que te puedas imaginar [“de Ciorán, por ejemplo”, dirá luego en la charla] , y todo eso dialogando sin jerarquías dentro de tu obra. Por supuesto, a eso ha ayudado mucho Internet: porque Internet obliga a empezar a pensar así. Las jerarquías, aunque existan, parece que no existen”. Eso y una narración a menudo fragmentada.

A diferencia de Nocilla, en McOndo había sobre todo un enemigo, más que una estética común. “Yo creo que había como mucho un aire de familia, sobre todo la identificación con los nuevos medios en la vida cotidiana: que para algunos era el cómic, para otros la televisión o la computadora, aunque creo que Nocilla ha hecho mucho más con el imaginario de Internet, o de Google, ¿no?”, según Paz Soldán.

¿Es entonces Nocilla una actualización de ese imaginario? Fernández Mallo: “Si es una actualización y de qué, yo ahí ya no me meto.. Lo que sí puedo decirte que si Edmundo dice que hemos llegado más lejos, no es que hayamos llegado más lejos, es que han pasado quince años. Entonces, por necesidad cada uno narra con su presente. Ellos no podían narrar con Google porque no existía Google. Si hubiera existido, habrían hablado de ello”, explica el autor de Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, finalista del Premio Anagrama de ensayo.

La última novela de Paz Soldán, Los vivos y los muertos (Alfaguara, 2009), basada en un hecho real ocurrido en un “pueblito” de Estados Unidos en 1996, sitúa la acción sin embargo en 2006. “La moví diez años porque quería meterme con la cuestión de las redes sociales, que era algo con lo que yo me movía muy bien pero que si hubiera respetado el marco cronológico habría sonado algo prehistórico”, cuenta Soldán, que además de escritor es profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Cornell, Nueva York.

El libro electrónico

La pregunta siguiente, y aunque el Festival Eñe de Literatura no haya dedicado ninguno de su centenar largo de actos al libro electrónico, es si el e-book, más allá de los decisivos efectos que sobre la edición y distribución de libros está teniendo (los serios aprietos por los que pasa Barnes&Noble, la mayor cadena de librerías norteamericana, frente a la explosión del libro electrónico y que hemos conocido esta semanada desaconsejan pensar lo contrario), puede modificar también la forma de escribir, el hecho literario en sí. “Bueno, tal y como está ahora, que es un volcado de pdfs, no me va afectar en nada”, avanza Mallo, aunque añade: “Para mí, como creador y como lector me resultará muy interesante cuando esté plenamente desarrollado el poder introducir imágenes, vídeos, música, y que yo sea también el que haga toda esa orquesta”.

Emundo Paz Soldán: “Para mí estas tensiones que surgen cada tanto son muy antiguas. Pensemos por ejemplo, en Kafka. Un escritor [que] iba a publicar La transformación y se niega a que su editor incluyera una ilustración del insecto, [porque] para él era algo que había que dejar a la imaginación del lector. Esas tensiones viven momentos de intensificación, como puede ser ahora. Pero igual que habrá escritores que se abran a las posibilidades del libro electrónico, en una novela como El Código da Vinci, por poner un ejemplo de super bestsellers, y con un simple click tengas a la Mona Lisa, o a la historia de los masones; pero habrá otros también que se cierren, y que busquen mantener su escritura en lo estrictamente literario. Y ninguno de los dos caminos me parece que tenga que ser el camino correcto”.

Fuente: Público

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Archivado en: Público

2 Responses

  1. …Sólo una cosa, Monsieur Braulio: no entiendo este párrafo: “Lo consiguieron: nadie lee ya a Rodrigo Fresán, Jaime Bayly, Mario Mendoza o Leonardo Valencia, algunos de los antologados por Fuguet en 1996, esperando que los personajes vuelen, pero no mueran”, refiriéndose a su intención de desmarcarse de esa especie de segundo cronismo de Indias que los Europeos esperaban de las exuberantes tierras del continente americano…
    …¿Cómo que ya nadie lee a Fresán?…

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  2. ladoblehelice dice:

    Por supuesto que los leen.

    Pero los lectores no esperan que los personajes vuelen, y vivan eternamente; esto es, no esperan (esperamos) encontrar en sus textos el estilo y las hitorias del realismo mágico.

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