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La indestructible traductora de Byron

¿Puede la poesía salvar al hombre? Pocas veces una pregunta tan abstracta hallará un ejemplo tan concreto como el de Tatiana Gnedich, poeta y traductora rusa, por respuesta. Nacida en 1907, acusada de alta traición y condenada, siendo inocente, por un tribunal estalinista, ingresó en prisión a finales de la década de los cuarenta. Cuando regresó de Siberia nueve años después, traía la mejor traducción rusa del Don Juan de Byron (más de 30.000 versos) que se ha hecho nunca, según George Steinter. En su caso, el espíritu fue un hueso duro de roer.

Su traducción, de hecho, disparó el interés por el inacabado poema de Byron en Rusia (parte de cuyos cantos sitúan la acción en el reinado de la emperatriz Catalina II). La sátira de Byron, en la que es el arquetípico Don Juan el que es fácilmente seducido en los brazos de las mujeres, había sido traducida al menos en diez ocasiones. Pero ninguna le había dado el vuelo y el poderío que imprimió a la suya Gnedich, hija del gran traductor de la Ilíada, Nicolay Gnedich.

Fiel y hermosa

Tatiana Gnedich empezó su versión rítmica del poema, que se sabía de memoria, en los calabozos. El hombre encargado de interrogarla quedó tan impresionado al saber que había traducido de cabeza el primer canto entero, que cambió las condiciones de su encarcelamiento para que pudiera pasar los dos años siguientes en una celda de Leningrado (hoy San Petersburgo) en solitario. Le proporcionó un volumen del Don Juan, un diccionario de inglés-ruso, papel, tinta y un escritorio. Cuando la terminó fue enviada a un gulag de Siberia, donde estuvo internada hasta 1955.

A su regreso, ya bajo el régimen de Nikita Jruschov y con la ayuda de uno de sus antiguos alumnos, por entonces eminente académico, consiguió un editor para su traducción. Como no había dispuesto ni de los diccionarios adecuados, ni de ningún tipo de discusión ni comentario sobre su trabajo durante la reclusión, el texto necesitó una revisión cuidadosa por parte de sus editores. Una de ellas, Nina Diakonova, es la que luego ha contado su historia en uno de los capítulos de The Reception of Byron in Europe, de Richard A. Cardwell: “La traducción finalmente apareció en Leningrado en 1959. Su publicación se convirtió en una sensación. Salieron al menos diez ediciones del libro y ha acabado siendo el texto definitivo. Don Juan, tal y como lo volcó T. Gnedich, es ahora parte de la poética rusa y objeto de numerosos estudios”.

Tatiana Gnedich, que dominaba el inglés y el francés, aunque nunca salió de Rusia, y que tradujo también versos de Shakespeare, murió en 1976. Para ella, “una traducción tenía que ser fiel como una esposa y hermosa como una amante”.

El caso de Gnedich suele rescatarlo en ocasiones George Steiner para ilustrar algunas de sus conversaciones y conferencias, con historias, “porque contando historias es como uno intenta comprender”, dice en La barbarie de la ignorancia, un libro de conversaciones con Antoine Spire. Ante Gnedich, concluye: “En primer lugar, que la mente humana es totalmente indestructible. En segundo lugar, que la poesía puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible. En tercer lugar, que una traducción, incluso con la imperfección humana, traduce lo que traduce, lo cual es otra manera de decir que hay una relación entre lenguaje y realidad. Y en cuarto lugar, que debemos ser muy felices”.

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Archivado en: Jornalero de la historia, Público

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