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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El Espíritu, a los pies de los caballos

Hegel celebró la entrada triunfal de Napoleón en Jena en 1806
“Usted mismo puede hacerse una idea de la urgencia con la que le envié el manuscrito el miércoles y el viernes pasados. Ayer, con la puesta del sol, veía el fuego de los disparos de las tropas francesas desde Gempenbachtal y Winzerla. […]. Hoy, entre las ocho y las nueve [de la tarde] las primeras unidades francesas se han abierto paso en la ciudad, seguidos por las tropas regulares una hora después”.

El 13 de octubre de 1806, Georg W. F. Hegel, entonces profesor de Filosofía en la Universidad de Jena, escribió esta carta, “el día que los franceses ocuparon Jena y el emperador Napoleón atravesó sus muros”, según su propio encabezamiento. Las tropas de Bonaparte, tras esta batalla de Jena en la que el derrotado ejército de Federico III de Prusia puso la mayoría de los 50.000 muertos, tomarían Berlín. En sólo 19 días, Prusia fue apartada de las guerras napoleónicas durante siete años.
Era lunes y dos días antes, por fin, había terminado de enviar, camino del olimpo de la filosofía, el manuscrito de su Fenomenología del espíritu. “Ahora son las 11.00 [de la noche], en casa del comisario jefe Hellfeld, donde me alojo actualmente y desde donde vemos los batallones franceses alineados y las hogueras sobre el mercado. La madera la han cogido de los puestos de las carniceros, cubos de basura y demás”, escribe.

Primer fin de la Historia

Lejos de sentirse derrotado, las líneas que Hegel envió a Friedrich I Niethammer celebran la llegada de los hijos de la revolución francesa, y al representante del espíritu universal. “He visto al emperador –esta alma del mundo– saliendo de la ciudad en tareas de reconocimiento. Qué maravillosa sensación ver a este hombre, que, concentrado en este punto concreto y a caballo, se extiende por el mundo y lo domina. En cuanto a la suerte de los prusianos, no podría haber pronóstico mejor”.

Para él, que celebraba la Revolución francesa (esa “aurora de la razón sobre la tierra”) y tenía en mente, por encima de los hombres, la realización objetiva de la Historia, Napoleón representaba el nuevo mundo que nacía sobre las ruinas del Ancien Régime y su cabeza cortada como una col. “Hegel pensaba en Napoleón como el “conquistador” que, por la fuerza –y contra sus propias intenciones particulares– iba a convertir a Alemania en un Estado moderno”, resume Félix Duque en su Historia de la Filosofía Moderna. Otra cosa es la suerte que el individuo Hegel iba a correr.
El día de la bienvenida se siente seguro. A pesar, dice, de lo mucho que con ese manuscrito podía perder: “No dudo de que el correo circula libremente más allá de las líneas francesas”. Sus conocidos, además, tampoco han sufrido por entonces ningún daño. “¿Acaso soy el único?”, se pregunta. “Como yo ya hice ayer, ahora todos desean suerte al ejército francés; […] difícilmente la suerte les va a faltar”. Las tropas napoleónicas, sin embargo, acabaron saqueando su casa y él, huyendo.

Año y medio después, y gracias a su amigo Niethammer, flamante ministro de Educación y Cultura del nuevo Estado de Baviera, creado por Napoleón, Hegel consiguió un trabajo para mantenerse: periodista en el Bamberger Zeitung. Apenas estuvo unos meses como jornalero de la Historia, cuyo final había decretado en la batalla de Jena, aunque lo bastante como para tener que informar de las campañas napoleónicas en España. Desde entonces, el final de la historia ha producido tantas noticias como desmentidos.

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Archivado en: Jornalero de la historia, Público

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