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Noticia bomba: miedo en el frente

Los soldados llegaron al frente, llamados a morir bajo las bombas, con cascos de tela y cuero. Hasta un año después de comenzada la Primera Guerra Mundial, una de las experiencias más atroces de la historia universal, según la describiría años después Walter Benjamin, ningún ejército había conocido los cascos de acero. El francés fue el primero en usarlos, en 1915, rápidamente imitado por el británico. Más de ocho millones de europeos no regresaron de las trincheras.

El casco es sólo un ejemplo de la desorientación con la que aquella época afrontó la gigantesca transformación de la vida y de la guerra, casi siempre por medio de la muerte, que ella misma había puesto en marcha. Nada sorprende, pues, que el mismo Benjamin dijera de los que sí volvieron (en total habían sido movilizados unos 60 millones de hombres) que volvieron mudos. “Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas y explosiones y corrientes destructoras estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano”. Es verdad que no podía compararla todavía con la mudez de Hiroshima y Nagasaki.

Hubo, sin embargo, quien rompió a hablar, cuanto menos a escribir. Muchos no habían dejado de hacerlo ni siquiera en el frente. Las notas que tomaron durante el conflicto sólo al anuncio de Radio France, que quiso reunir las cartas escritas por los reclutas en campaña, respondieron unas 8.000 personas reflejan el deseo de conservar el hilo que los unía a sus seres queridos, más allá de las alambradas. “¡Mi cuaderno, mi querido cuaderno, lo más íntimo que tengo aquí!”, escribía el violinista Maurice Maréchal, el miércoles 12 de agosto de 1914. La Gran Guerra había empezado doce días antes.

Congoja al raso

Al torrente de sangre y fuego, sucedió otro de palabras y tinta que generalizó una visión de la guerra hasta entonces cegada por la propaganda: la congoja del soldado raso. Esa es la gran noticia que Gabriel Chevallier, por poner un ejemplo de entre esos franceses que tuvieron que dejar los violines o las baguettes con las que se ganaban la vida, trajo del frente: “Le voy a decir la gran ocupación de la guerra, la única que cuenta: he tenido miedo”, escribió en El miedo (Acantilado), cuya publicación tuvo que suspenderse cuando iba a iniciarse la Segunda Guerra Mundial.

A veces, hizo falta la imaginación para describirlo. El mismo título eligió el italiano Federico de Roberto para su relato, el más crudo que dedicó a esa guerra, escrito en 1921, seis años antes de su muerte. La pérdida de una posición desde la que divisar el frente enemigo, el teniente Alfani obedece órdenes cuando va mandando soldados, de uno en uno, a intentar recuperarla. Los que lo intentan corriendo desde la trinchera, como los que lo intentan arrastrándose, uno tras otro, van cayendo por disparos austriacos.

El miedo (Gallo Nero) lleva al soldado Morana a negarse a ser el siguiente, reivindicando como propio ese escueto peso estadístico que envuelve la carne de cañón: quiere salvar su pellejo. “Los ojos extraviados, los labios morados decían que sí, que tenía miedo, mucho miedo, un miedo de locura, cuando ya no había que combatir en campo abierto, cuando la horrenda muerte estaba acurrucada allí arriba. Y la piedad, una piedad impotente, volvió a embargar el corazón del oficial ante aquel hombre al que, conforme a la ley de la guerra, tenía derecho a matar”.
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Foto: Imagen de una trinchera francesa, publicada en La batalla del Somme’ (Ariel), de Martin Gilbert.

Fuente: Público

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