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Un molino con vistas al cosmos

¿Qué pensaba un molinero del siglo XVI sobre el mundo que habitaba? Jamás lo habríamos sabido si sus opiniones no hubieran sido lo bastante incendiarias como para que la Inquisición, que administraba el espíritu de su época, decidiera quemarlo vivo.

Domenico Scandela nació en Montereale, en el noreste de lo que es Italia, en 1532. Todos lo llamaban Menochio. Casado, humilde pero no pobre de solemnidad, tuvo 11 hijos, de los que cuatro habían muerto cuando fue juzgado en 1584. Según su testimonio, era “molinero, carpintero, aserrador y albañil, entre otras cosas”, pero fue sobre todo molinero, y vestido como tal se presentó el día del juicio: un abrigo, una capa y un gorro de lana blancos.

Cuando todavía no hacía un siglo que se había inventado la imprenta, Menochio sabía leer y escribir y gastaba mucho de lo poco que ganaba en comprar libros. En 1581, llegó a ser alcalde de Montereale y alrededores. Pero el mismo obispo junto al que Menochio había administrado la iglesia local lo denunció ante el Santo Oficio el 28 de septiembre de 1583.

El queso y los gusanos

Gracias a los documentos de ese proceso, el historiador italiano Carlo Ginzburg pudo reconstruir en El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, el pensamiento de Menochio y su contexto. “Veinte años después de celebrado el concilio de Trento, acabada la incertidumbre sobre lo que se podía y debía creer, […] Menochio seguía lucubrando cosas altas, oponiendo sus propias ideas en materia de fe a los decretos de la Iglesia”, escribe.

El ex alcalde y paisano de confianza pasó a ser un enemigo público por la gracia de Dios. No faltaron los testimonios de sus vecinos para condenarlo por “herejía”. “Yo le he oído decir que al principio este mundo no era nada y que fue batido como una espuma del agua del mar y se coaguló como un queso, del cual luego nació gran cantidad de gusanos y estos gusanos se convirtieron en hombres, de los cuales el más poderoso y sabio fue Dios”, declaró uno.

El tribunal no creía que él solo pudiera pensar tan torcidametne. Y apuntando a los que transmitían las enseñanzas de la Reforma protestante, lo torturó buscando cómplices. Pero Menochio dijo seguramente la verdad: todo salía de su cabeza. En efecto, según Ginzburg, no fue tanto la letra impresa (Los Evangelios, Florilegio de la Biblia y Decamerón, entre otros libros), como el cortocircuito producido entre esos impresos y su bagaje de cultura oral el que produjo en la cabeza de Menochio esa explosión de materialismo poético y rural. Hoy, un centro social de Montereale lleva su nombre.

Menochio, que negaba que Dios hubiera creado el mundo, dudó también de que el cristianismo fuera esencialmente superior a las otras confesiones. “Creo que cada uno cree que su fe es la buena, pero no se sabe cuál es la buena. Como mi abuelo, mi padre y los míos han sido cristianos, yo quiero seguir siendo cristiano y creer que esta es la buena”, declaró.

Quizá lo más inasumible de todo fuera, sin embargo, que siendo molinero, tuviera ideas propias. Algo impensable, no sólo para las élites que lo juzgaban, sino también para sus compañeros de escalafón: “Yo soy un zapatero, y tú un molinero, no eres un hombre educado, así que de qué sirve hablar sobre eso”, le había dicho uno de los testigos que declaró en el juicio. El 6 de julio de 1601 murió en la hoguera.

Fuente: Público

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Archivado en: Jornalero de la historia, Público

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