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Bartleby en el aeropuerto

Bioy Casares asistió a un congreso de literatura en 1960. Ahora se publica el diario inédito de aquellos días, que vivió entre el arrepentimiento y la evasión

“¿Para qué voy a ir, si yo no hablo? Soy escritor por escrito”. Poco después de rechazar la invitación del presidente del PEN Club argentino para que viajara al congreso de Río de Janeiro — “¿Cómo se le ocurre?”, fue lo primero que le dijo–, Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1915-1999) acabó aceptando. Al contrario que el escribiente de Melville, traducido al castellano por su amigo Borges, Bioy no supo decir que prefería no hacerlo.

“Bioy no sabe por qué aceptó, no tiene nada que decirles a los otros invitados, no quiere hablar en público”, escribe Michel Lafon en el posfacio de Unos días en el Brasil, el diario de Bioy que se publica por primera vez y simultáneamente en Argentina y España. “Apenas llega a algún lugar del mundo empieza a preguntarse por qué no prefirió no hacerlo y quedarse en casa”, añade.

El reflejo de aquella indecisión perfila a un Bioy Casares esquivo, elegante y divertido. Michel Lafon, profesor de literatura argentina y amigo íntimo del autor, recibió ayer a Público en la Casa de América, en Madrid: “Es una parte del carácter de Bioy. Cuando ve a Borges dando conferencias, viajando al mundo entero en los sesenta, a él le parecería imposible hacer lo mismo”, dijo.

Absurdos burócratas

“Y hay también”, añadió Lafón, “una ironía permanente contra esos escritores, que empiezan a armar discursos interminables, vacíos”. “Estos escritores, ¿no se preguntan en ningún momento si están jugando a ser diputados? Cómo les gustaría serlo. El congreso es un pseudo parlamento que bombina en el vacío”, anotó el autor de La invención de Morel en este libro que hasta ahora sólo habían podido disfrutar los conocidos y amigos a los que él mismo regaló uno de los 300 ejemplares de una edición privada de 1991.

Las primeras páginas de su diario personal. “Había escrito su diario durante 60 años, unas 20.000 páginas, y de todas esas páginas sólo tenemos esto (Borges, que se publicó en 2006, está muy centrado en su figura)”, aclara Lafón para subrayar la importancia de esta edición conjunta de La Compañía y Páginas de Espuma.

Los apuntes perfilan, además del escritor exigente con su oficio, al seductor y aristócrático marido de Silvina Ocampo, que no se salva a sí mismo de su juicio severo, a la vez que tierno. “Uno sabe que está viejo cuando aparecen lunares en las manos y nota que se volvió invisible para las mujeres”.Tenía 46 años.

Los mejores días los pasó lejos del barullo, en la recién levantada Brasilia (capital que cumple este año su medio siglo), aunque no precisamente por lo que su construcción suponía: “Aquello tiene algo del sueño de arte moderno de un funcionario imaginativo”, anotó.

“Hacer fotos le salvó muchas veces”, según Lafon. Las que tomó durante aquella escapada a Brasilia, y que están incluidas en el libro, se pueden ver en gran formato hasta el próximo 19 de septiembre en Casa América.

Fuente: Público

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Archivado en: Público

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