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Náufrago de un huracán de rumores

Zeitoun, el nuevo libro de Dave Eggers, analiza los dos traumas de la era Bush, el Katrina y el 11-S, a través de la historia de un sirio encarcelado en Nueva Orleáns

(Abdulrahman Zeitoun, junto a sus hijas, en una playa de Málaga, en 2004.)

“Ahí fuera tenemos gente que lleva cinco días viendo cadáveres, viendo cómo unos vándalos matan gente, violan gente”. Tras el paso del Katrina a finales de agosto de 2005, estas palabras del alcalde de Nueva Orleáns pidiendo ayuda en el programa de Oprah Winfrey, uno de los más populares e influyentes de Estados Unidos, se rebotaron en los principales noticiarios del país. La gobernadora del estado de Luisiana había advertido ya de la llegada del ejército: “Estos soldados saben disparar y matar, y están dispuestos a hacerlo si es necesario, y espero que así lo hagan”, dijo. Pero la ola de saqueos, asesinatos y violaciones que, según las autoridades y los periodistas, habría devuelto Nueva Orleáns a un “estado casi animal”, en expresión del alcalde Ray Nagin, tras la ruptura de los diques del puerto, nunca existió.

Abdulrahman Zeitoun no se movió de la ciudad durante aquellos días y todavía hoy recuerda la distancia entre lo que su mujer Kathy, ella sí evacuada, le contaba que veía por televisión y lo que él veía con sus propios ojos: “En realidad, yo no veía lo que mi mujer me iba diciendo que estaba ocurriendo”, cuenta Zeitoun por correo electrónico a Público. Sin embargo, algo sí había de cierto en las palabras de la gobernadora Kathleen Blanco: la presencia militar iba a ser abrumadora.

Espejismo de agua sucia

Zeitoun (Mondadori), el nuevo libro de Dave Eggers (Boston, 1970), uno de los escritores norteamericanos más importantes de su generación, además de una precisa panorámica sobre los daños y las víctimas causados por la tormenta (más de 1.100 muertos en todo el estado de Louisiana), refleja también las consecuencias bien reales de aquel espejismo de agua sucia desencadenado en los despachos. Su protagonista vivió, en el ojo del huracán, ambos desastres.

Abdulrahman Zeitoun, ciudadano sirio, residente americano y dueño de una pequeña empresa de reformas, se dedicó a recorrer las calles inundadas en una vieja canoa que tenía y a rescatar a personas atrapadas por el agua durante los primeros días. Entre ellas, una anciana flotando como un nenúfar por el salón inundado de su casa. También alimentaba a algunos perros abandonados. “Cada día olía peor, a una mezcla espantosa de pescado, barro y productos químicos”, escribe Eggers en el libro.

Zeitoun llamaba diariamente a su mujer, acogida con sus cuatro hijos en casa de unos amigos en Phoenix. “Bueno, yo confiaba en lo que él me decía, pero sólo respecto de nuestra zona”, explica su esposa, Kathy Zeitoun. “Esos días, yo no sabía si los hechos se estaban exagerando o no. No sabía lo que pasaba”, añade él.

Las autoridades acabaron desmintiéndolo. “No tenemos ningún informe oficial que documente ningún asesinato, violación o asalto sexual”, declaró el mismo alcalde Nagin a The New York Times días después. Pero el clima de pánico y las reacciones que esa ola de rumores había desatado no se desmienten tan fácilmente.

Además de a Kathy, Zeitoun llamaba a menudo a su hermano Ahmad, un antiguo capitán de barco que vive en España desde hace casi 30 años. El 6 de septiembre, Zeitoun le pidió colgar. “Me dijo: Oye, espera un momento’, como si fuera a ir al baño o algo, no recuerdo. Me quedé esperando. Luego, empecé a llamarlo y no contestaba”, cuenta Ahmad por teléfono desde Málaga.

Las tres semanas siguientes, Zeitoun enmudeció como si las aguas se lo hubieran tragado. “Lo habían arrestado a punta de pistola en una casa de su propiedad, lo habían trasladado a una base militar improvisada dentro de una estación de autobuses, lo habían acusado de terrorismo y lo habían encerrado en una jaula exterior”, se lee. En efecto, Zeitoun estuvo en prisión incomunicada y sin fianza durante 23 días.

No lo acusaban de terrorismo, sino de “saqueo”. Pero eso no lo supo hasta que tuvo abogado. Por lo demás, los insultos de “talibán” y “terrorista” que algunos de los soldados le dirigían y la propia incomunicación le convencieron de que todo se debía a su origen sirio. “No saber dónde estaba, no saber que estaba detenido”, recuerda Kathy Zeitoun, fue lo que más les dolió.

Mientras, las imágenes de los enviados especiales seguían dando la vuelta al globo. “El cámara hizo un barrido por toda la prisión, Zeitoun incluido. La cámara llevaba una luz brillante y verse retratado así, bajo el destello de un foco y mostrado al mundo como un criminal enjaulado, enfureció a Zeitoun. Era mentira”.

A partir de ahí, Eggers, autor también de Qué es el qué, ha escrito una obra de no ficción que dispara contra los dos grandes traumas de la era Bush: el 11-S y el Katrina. “Si la gobernadora Blanco estaba en lo cierto, si se trataba de veteranos recién llegados de Afganistán e Irak, no pintaba muy bien para su marido”, pensaba Kathy Zeitoun por entonces. Pero Zeitoun no es sólo un ejemplo del racismo que genera la guerra contra el terror. El mismo Eggers lo señala: los policías no tenían nada contra sus orígenes. Eso sí, “estaban tensos”. Llegaron a Nueva Orleáns habiendo “oído hablar de tiroteos, violaciones y bandas armadas”, recoge el libro.

Ley marcial

Zeitoun fue detenido junto a dos norteamericanos que tardaron varios meses más en salir de Camp Greyhound, la cárcel improvisada en la estación de autobuses. Entre los otros detenidos con los que se cruzó, hay una anciana de 73 años, un enfermo mental, un empleado de una empresa de limpieza y un bombero llegado para trabajar en la reconstrucción de la ciudad.

Si algo tenían en común, es que fueron víctimas de un estado de excepción encubierto, no declarado pero practicado en medio del desconcierto general y que Eggers describe sutilmente. Los medios de comunicación ayudaron en la cobertura, al titular que el alcalde Nagin había decretado la “ley marcial” (lo que supone suspender las garantías constitucionales), a pesar de que no tenía potestad para ello. (¡Un portavoz de la Casa Blanca lo confirmó, erróneamente!). Todavía hoy, los Zeitoun siguen creyendo que fue esa ley la que se aplicó. “Lo primero que espero es que cambien la ley marcial”, responde Kathy cuando se le pregunta qué puede ayudar a cambiar que se conozca su historia. Aunque formalmente equivocada, no le falta razón práctica: 1.200 detenidos pasaron por Camp Greyhound.

Al principio, los Zeitoun, que aún esperan que la Justicia reconozca los abusos de la Administración, recibieron con nerviosismo la propuesta de Eggers para contar su historia. “Cuanto más hablamos, mejor nos sentimos. Para que se sepa lo que realmente pasó”, escribe ahora Kathy Zeitoun desde Nueva Orleáns.

(La fotografía está incluida en la edición española del libro, editada por Mondadori. El hermano de Abdulrahman Zeitoun, Ahmad, y su familia viven en Málaga desde hace más de veinte años)

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Fuente: Público

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