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Ramón Gaya: la reinvindicación de un artista solitario

La vida y la obra del pintor y escritor murciano convoca a escritores, filósofos y galeristas en el centenario de su nacimiento.

(Homenaje a Velázquez,  en la Galería Guillermo de Osma, Madrid)

La figura de Ramón Gaya viene entretejiéndose, cinco años después de su muerte, como una ausencia cada vez más presente. Pintor que escribía, ensayista y poeta, autodidacta desde los 10 años y doctor honoris causa por la Universidad de Murcia, donde nació hace cien años, su obra es ejemplo de lo que él mismo sostenía con su caballete al homenajear la pintura de Velázquez y otros grandes barrocos: su obra vuelve, en palabras de su editor Manuel Borrás, para “recordar el futuro”.

La Complutense le abre sus puertas mañana por primera vez con un encuentro internacional de filosofía, pintura y literatura en torno a su obra: “Es un intento de recordar al mundo académico la necesidad de estudiar a nuestras propias figuras”, dice Ana María Leyra, profesora de Filosofía y su organizadora. La galería Guillermo de Osma expone una selección de cuadros de sus exilios (México, Francia e Italia) en Madrid. Y la Universidad de Murcia ha inaugurado este fin de semana otra exposición con obra realizada en esa ciudad (donde está también el museo Ramón Gaya), México y Venecia. Su aura, indudablemente, le ha sobrevivido.

Entre el arte y la guerra

En su relación con el aura, precisamente, ese concepto elaborado por Walter Benjamin, contemporáneo de Ramón Gaya (Murcia, 1910-Valencia, 2005), ha fijado su atención Miriam Moreno, autora del reciente El arte como destino (La Veleta), al acercarse, y acercarnos, a este gran desconocido. El aura es eso que, en la obra de arte, se manifestaba como la “irrepetible aparición de una lejanía”, y cuya destruccióna través de la reproducción mecánica de imágenes (la fotografía o el cine) Benjamin celebraba. Gaya en cambio defendía la necesidad de que la mano del artista estuviera detrás de cada copia.

La casualidad brinda la posibilidad de volver sobre esa polémica, pues hay abierta tambiénen el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la Fundación Seoane de A Coruña, y disponible en internet, una exposición virtual inspirada en la obra del filósofo alemán, con el que Gaya coincidió (no hay noticia de que se conocieran) en el París de las vanguardias que tanto marcó a ambos, aunque en sentido contrario. Como casi nada en la vida de Gaya, esa divergencia no fue para Gaya un pedaleo sin cadena, sino una cuestión a vida o muerte entre el arte y la guerra.

La propia Moreno recoge la discusión que Gaya mantuvo con Josep Renau, en las páginas deHora de España, la revista que un puñado de intelectuales antifascistas fundaron en 1937 en Valencia. El motivo: los carteles de la propaganda republicana. “Él decía que los carteles los tendría que haber hecho [el pintor José Gutiérrez] Solana”, resume Leyra para recordar la postura de Gaya: “La pintura para él está mucho más vinculada a la vida, el cartel es más frío”. Para encender y levantar la pasión que Gaya creía que habitaba en la mejor parte del pueblo español de entonces, sólo valía “el arte libre, auténtico y espontáneo” de los pintores. “Para Gaya, la tinta no reproducía las emociones”, dice Moreno.

Lo curioso es que la idea de reproducción acabó convirtiéndose en uno de los grandes bastidores de su pintura, sobre todo a la vuelta de París, donde estuvo y expuso con gran éxito, con sólo 17 años. Regresó decepcionado y se fue al Prado: “Las Meninas es un cuadro infinitamente más moderno que todo lo que he visto en París”, recordará el propio Gaya.

El Museo del Pueblo

Las circunstancias históricas le llevaron a poner su visión del arte, a la vez exquisita y popular, manos a la obra. En 1932 empezó a colaborar con las Misiones Pedagógicas de la II República, reproduciendo algunos de los grandes cuadros del Prado (el primero: los Fusilamientos de La Moncloa, de Goya). Nigel Dennis, profesor de la Universidad escocesa de St. Andrews, conoce a fondo ese Museo del Pueblo en el que Gaya pintó durante cuatro años: “Salía de Madrid, acompañado de otros misioneros (María Zambrano, Cernuda, Val del Omar), cada tres o cuatro semanas. Los cuadros iban en cajas de madera en camiones alquilados, y montaban la exposición en el lugar más adecuado, como “el ayuntamiento del pueblo o alguna escuela”, explica por correo electrónico desde Escocia. Dennis estará el miércoles en el Paraninfo de la Complutense en Madrid, en la segunda jornada del simposio, donde también participarán José Luis Pardo y Jacobo Muñoz, entre otros.

Tras la “Guerra de España contra ella misma”, como se referiría luego, y la muerte de su mujer de entonces en el bombardeo alemán de Figueras, en 1939, Gaya estuvo internado en un campo de refugiados en Francia y acabó exiliándose en México. Allí empezó a pintar detalles de los autores clásicos, con un vaso, una copa de cristal, unas discretas flores delante. “Eran homenajes a los pintores por los que sentía nostalgia”, explicó él mismo en una de las entrevistas recogidas en De viva voz (Pre-textos). Algunos de esos homenajes los expone Guillermo de Osma en su galería. “Para él, la nostalgia era algo activo. Ese volver sobre los clásicos era una puesta al día. No es que diga qué pena que esto fue’, sino qué maravilla, esto es”, explica el galerista.

Un pintor que escribía

Gaya se sentía, antes que nada, pintor. Al menos desde los 10 años, cuando pidió a sus padres dejar la escuela y dedicarse sólo a pintar. Sus padres (él, maestro litógrafo, ella, ama de casa; catalanes, algo anarquistas), lo aceptaron. Un pintor que escribía. “Su escritura era tan deslumbrante que él mismo temía que si hacía hincapié en ella, la gente se volcara en su literatura y no en su pintura, que es lo que más le gustaba”, cuenta Andrés Trapiello, amigo de Gaya y de su segunda mujer, Isabel Verdejo. “Su obra escrita es una obra callada, limpia, inocente, mansa, firme”, afirma Manuel Borrás, también amigo y editor de Pre-textos (que en primavera publicó su Obra Completa).

De fama difícil y huraño, según Nigel Dennis, que lo trató durante más de 30 años, Gaya de cerca era “una persona generosa, cariñosa y atenta”. Uno de esos intelectuales que Andrés Trapiello ha llamado la “generación de los solitarios”: Zambrano, Bergamín, Cernuda, y pocos más. Los que mejor resisten el paso del tiempo. Un pintor sólo comparable a “Picasso y Solana”, según Trapiello, en el siglo XX español. Y según el antiguo director del Museo del Prado y catedrático de Historia del Arte, Alfonso Pérez Sánchez, “el escritor de arte más importante del siglo XX”. Pérez Sánchez, que murió en agosto, llegó a ver impreso el volumen de la Obra Completa de Gaya. Lo tocó, hojeó y pidió que se lo pusieran en un atril, junto a la cama, para tenerlo a la vista.

Fe de errores: En la edición de papel del diaro Público que recoge hoy este artículo, hay un error. Al contrario de lo que da a entender el texto, no estuvo en París durante 17 años. Ésa es la edad que tenía cuando estuvo en París: 17 años.

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Archivado en: Público

2 Responses

  1. Martín dice:

    Perdón, ¿el editor se llama Manuel Borrás?

    Me gusta

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