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A lomos de un elefante blanco y una litera dorada

Varias reediciones de obras teatrales y narrativas conmemoran los 75 años de la muerte de Valle-Inclán


“Valle escribió para un público que no existía todavía”. La frase del académico Darío Villanueva podría resumir la experiencia de unos cuantos genios de la literatura que murieron sin apenas lectores, pero refiriéndose, como lo hizo el martes, a Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), y a su teatro, traduce una realidad esperpéntica: Divinas palabras se estrenó en Madrid en 1933 y el segundo día no asistió más que una docena de personas a la representación, según escribió Luis Cernuda por entonces. Hoy, Luces de Bohemia, curiosamente el título que inauguró la colección Austral en 1920, además de sus incontables representaciones, es el libro más vendido de ese nutridísimo y casi centenario catálogo.

A 75 años de su muerte, el autor de La corte de los milagros no tiene sólo el favor del público. También el de buena parte de la crítica: “Tanto la narrativa, como el teatro, y algunos artículos de investigaciones históricas que publicó al final de su vida, son de una solidez enorme y sin comparación en el siglo XX”, según Miguel Casado, autor de la biografía Ramón del Valle-Inclán (Océano). “Es, de su generación [del 98], el que ha resistido mejor el paso del tiempo y el que está más vivo”, dice Villanueva, autor de una edición crítica de Sonata de Invierno (Círculo de Lectores).

Las reediciones de La lámpara maravillosa, Tirano Banderas y Martes de Carnaval en el sello Austral, así como la de su Narrativa completa en Espasa, vienen a conmemorar su fallecimiento, el 5 de enero de 1936. No parece, sin embargo, que su poesía haya aguantado el paso. “Yo creo que su poesía fue más circunstancial, como si la escribiera casi por el gusto de arriesgar y probar con distintos géneros, que por verdadera vocación”, explica el poeta Felipe Benítez Reyes.

Maestro sin discípulos

Lectura obligada en los institutos durante décadas, lo que sin duda ha contribuido a su amplia difusión, para Miguel Casado ha llegado la hora de leerlo por libre, sin clichés ni categorizaciones. “Quizá ha estado demasiado en manos de los profesores de Literatura (yo soy uno de ellos). Ahora que pronto quedarán libres los derechos [en 2016], quizá llegue verdaderamente a los lectores sin los esquemas y prejuicios con los que le han ido corpartimentando”, explica Casado. “De repente el grillo del teléfono se orina en el gran regazo burocrático”, se lee en Luces de Bohemia.

“Los grandes talentos no dejan discípulos, dejan otro tipo de huella: su mirada crítica, su posición ante el lenguaje y la realidad ha dejado mucha huella”, dice Casado. “Se notaría mucho que lo están imitando”, aclara Benítez Reyes respecto de los discípulos, y añade: “Pero acuñar un término, como el de esperpento, que aunque no lo inventó él sí fue quien lo puso en circulación, es uno de los grandes logros de todo escritor”. Lo esperpéntico, como lo kafkiano, se ha disuelto en la lengua.

Era demasiado personal como para dejar discípulos. “Ha dejado una herencia extraordinaria: las novelas de dictador, sobre todo hispanoamericanas”, precisa Villanueva: Yo, el supremo (Roa Bastos), El otoño del patriarca (García Márquez); aunque también Muertes de Perro (Francisco Ayala). Todas, ramas del mismo tronco: Tirano Banderas. “Así lo reconoció el propio Miguel Ángel Asturias, después de El señor presidente“. Asturias ganó el Nobel en 1967.

“Yo, hasta ahora, jamás he ganado cosa alguna con mis libros. De los primeros he vendido hasta cinco o seis ejemplares”, decía el propio Valle en 1904. “Todas mis esperanzas están puestas en un libro que publicaré dentro de algunos días: Sonata de primavera. Seguramente se venderán algunos centenares de miles, y con el dinero que me dejen, pienso restaurar los castillos del Marqués de Bradomín y comprarme un elefante blanco, con una litera dorada, para pasearme por la Castellana…”.

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