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El secuestro del inconsciente en el ‘caso Moro’

La crónica de Leonardo Sciascia sobre asesinato del político italiano indaga en los motivos ocultos de la Razón de Estado


“La versión de las autoridades italianas, agravada más que enmendada por cien retoques sucesivos y que todos los comentaristas se creyeron obligados a aceptar públicamente, no ha sido creíble ni un sólo instante. Su intención no era ser creída, sino ser la única en el escaparate, para luego ser olvidada, exactamente igual que un mal libro”. Este comentario de Guy Debord sobre el secuestro y asesinato del político Aldo Moro, escrito en enero de 1979 y publicado en el prólogo a la cuarta edición italiana de La sociedad del espectáculo, debe corregirse en un punto: hubo un comentarista que no transigió con esa obligación; que esa negativa produjera un libro excelente, sin embargo, respalda el acierto de la comparación de Debord en todo lo demás.

Leonardo Sciascia (Sicilia, 1929-Palermo 1989) no escribió El caso Moro pensando en el escaparate, sino en la verdad que ocultaba, y de ahí que siga siendo recordado: Tusquets acaba de reeditarlo en español. Esa crónica, escrita “en caliente”, disecciona las piruetas que esa versión oficial e increíble dio durante tres meses para justificar lo previsible: que Moro, presidente del Consejo Nacional de Democracia Cristiana, iba a ser asesinado y que el gobierno, presidido por el también democristiano Giulio Andreotti, no pensaba ceder un ápice para evitarlo.

Aldo Moro fue secuestrado el 16 de marzo de 1978 en Roma por un comando terrorista de las Brigadas Rojas, que asesinó en el acto a sus cinco escoltas. El cadáver de Moro fue hallado el 9 de mayo en el maletero de un Renault 4, en una calle de la misma capital. La familia pidió ese mismo día que se respetara la voluntad expresada por el propio Moro al final de su cautiverio: no quería ni manifestaciones públicas, ni ceremonias, ni discursos, ni luto nacional, ni ceremonias de Estado, ni medallas póstumas. “La historia juzgará la vida y la muerte de Aldo Moro”, concluía.

¿Pero por qué Moro, ex primer ministro y padre del “compromiso histórico” con los comunistas, rechazó todos los honores del Estado que había defendido durante décadas?

Nadie ha podido verificar gran cosa sobre los hechos del caso. Sciascia tuvo al menos la intuición y la honestidad de poner a prueba el relato que el poder hizo de su declarada impotencia para salvar a Moro, cuyo “compromiso histórico” fue ratificado, para perplejidad de muchos, el mismo día del secuestro: los comunistas apoyaron el gobierno del democristiano Giulio Andreotti. El libro se pregunta si no fue el Estado también quien lo condenó a muerte.

Sciacia no responde, porque sólo tuvo acceso a los textos, y aunque los lee como reflejo y síntoma de lo que estaba pasando, nunca pierde de vista que no eran lo que, literalmente, pasaba. Mientras los terroristas exigían concesiones a cambio de la vida del líder democristiano y el propio Moro argumentaba que la clemencia no es signo de debilidad del Estado, los compañeros de partido, de gobierno, los grandes periódicos e incluso el papa Pablo VI optaron por darlo por hombre perdido de antemano.

Las cartas de Moro, perfectamente razonables e incluso, según las lee Sciascia, con fórmulas encriptadas para informar a las autoridades sobre el lugar donde lo tenían secuestrados, son descartadas sistemáticamente. Las autoridades no dan razones políticas, sino excusas clínicas: primero dicen que las escribe coaccionado, luego que enajenado y finalmente acaban lamentando que Moro se haya convertido en otra persona. La firmeza inicial, engrasada por una repentina razón de Estado, deriva en una indiferencia de plomo. ¿Por qué un Estado que ha abolido la pena de muerte se cree autorizado, legitimado a dejar morir a un inocente?, se pregunta el autor de Todo modo.

El informe de la comisión parlamentaria de investigación, redactado por el mismo Sciascia, con datos y precisas interrogantes, describe en qué consiste también la política del espectáculo aplicada al terrorismo. Y nada tiene ello que ver, como advierte por lo demás Debord, con que los terroristas busquen salir en los titulares. Tiene que ver con un Estado que, a través de los servicios secretos, esconde más de lo que muestra, despliega miles de policías allí donde es materialmente imposible que esté en ese tiempo el secuestrado y no controla en cambio el barrio donde se ha producido el asalto. Si tiene que ver también con la complicidad en el asesinato, es algo que Sciascia no afirma porque no tiene pruebas.

La historia, en esa sociedad que el caso Moro sanciona, ni se la conoce ni se la espera que responda. Es, de hecho, la misma sociedad del espectáculo que diseccionaba Debord en su libro de 1967: un mundo en el que ya no hay lugar para ninguna verificación. ¿Cómo, entonces, iba a haberlo para el periodismo? ¿Y para la justicia? ¿Y para la política? Todas esas instituciones comparecen ante el tribunal del periodista y diputado del Partido Radical Sciascia. Ya es célebre que el propio Sciascia dijo de Italia que era “un país sin verdad”.

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Archivado en: Justicia poética, Público

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