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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Henry Jenkins: “El concepto de copia está en peligro de extinción”

Henry Jenkins (Atlanta, 1958), director durante una década del Programa de Estudios Mediáticos Comparados del Massachusetts Institute of Tech-nology (MIT), es un estudioso de la cultura popular y abogado público de fans, blogueros y videojugadores cuando ha hecho falta: ante el Senado norteamericano, por ejemplo, para desmentir la relación entre violencia juvenil y videojuegos. El Festival de literatura Kosmópolis de Barcelona, que este año ha puesto el foco en las relaciones entre literatura oral y literatura electrónica, uno de los temas que se cruzan en muchas de las reflexiones de Jenkins, lo invitó a impartir una videoconferencia el último día del festival, este pasado sábado. Autor de una decena de libros, entre ellos Convergence Culture y Piratas de textos, ambos en Paidós, actualmente enseña Periodismo, Comunicación y Artes Cinematográficas en la Universidad del Sur de California, y responde a esta entrevista por correo electrónico.

¿Internet está difuminando esa separación, que parecía fundamental para la creación, entre los autores y su público?

Primero conviene identificar el periodo del que hablamos. La separación absoluta entre autor y lector es característica del modelo que ha dominado la cultura de masas en el siglo XX. No estoy seguro de que ese modelo pueda extenderse a periodos anteriores, donde los narradores estaban profundamente moldeados por sus audiencias y respondían ante ellas en tiempo real, y donde mucha más gente intercambiaba historias a través de la cultura popular. Lo que está recuperando la cultura digital es un proceso creativo más abierto, que tiene mucho en común con esa cultura oral. Estamos asistiendo a un proceso en el que el contenido de los media se reescribe, se relee, se remezcla y circula continuamente. Por eso me interesa cada vez más cómo esa circulación del contenido representa un proceso colectivo por el cual el público ayuda a distinguir lo valioso y lo insignificante dentro del flujo infinito mediático que nos rodea a diario.

¿En qué medida eso modifica el concepto de “autor”?

Todo esto cortocircuita, ciertamente, esa concepción romántica del autor como genio solitario del que proviene toda creación. Puede que nos devuelva a esa vieja noción del autor como bardo, esto es, alguien que moviliza los recursos creativos de su comunidad. Cuando Homero recitaba la Odisea, no inventaba la guerra de Troya, ni los dioses griegos, ni siquiera muchos de los giros de sus versos. Él combinaba elementos que tomaba prestados de otros bardos frente a una audiencia específica en un momento determinado. Una noción de autor que me parece muy apropiada para la era digital, ya se trate de un narrador profesional que construye un mundo en el que captura la imaginación de su público o de un amateur que toma elementos de ese mundo y juega con ellos. En ambos casos, la historia no es algo que deba ser fijado, sino que pertenece a la cultura y cualquiera es libre de hacer con ese material lo que desee.

¿Y cómo podría redefinir todo eso las leyes de copyright?

No podría hablar de la ley española, que no conozco lo suficiente. Pero la ley americana, que ha influido en la de otros muchos países, consagra algunos supuestos sobre la autoría. Básicamente, asume el supuesto de una autoría corporativa. Por mucho que se hable de los derechos morales de los autores, estos no tienen derechos morales, según el copyright americano. Sus historias son propiedad de las compañías que las producen y distribuyen, y son empujadas fuera del proceso generativo de la cultura al que me refería antes. La ley asume, por tanto, algo así como una alquimia en la que algo emerge de la nada, en un acto de prístina creación, y que todo uso de ese trabajo supone una degradación y un daño. Por lo demás, esa ley da por hecho también un mundo en el que la mayoría de nosotros somos meros consumidores y no productores de historias. Incluso cuando se refiere al “uso justo” por terceros, se refiere sobre todo al derecho de otros profesionales como críticos, académicos o periodistas, antes que al derecho del público a comentar esos productos culturales. El mundo que yo describo, por tanto, supone una reconceptualización total de esas leyes. Mientras, la Ley del Copyright actual nos lleva a una situación parecida a la que vivió Estados Unidos bajo la Ley Seca en la década de 1930.

¿A quién deberían pertenecer, entonces, los derechos de autor de una película montada exclusivamente con imágenes de archivo?

Cuestiones como esa en torno a los remixes y la autoría/propiedad intelectual son muy reales, pero nuestro sistema de copyright actual no está preparado para afrontarlas. Uno podría imaginar cómo gestionar esos asuntos a través de algo parecido a una licencia creative commons, por ejemplo, en las que la recompensa podría darse en forma de atribución y reconocimiento. Pero ahora mismo, todo el mundo con intereses dentro del actual sistema se está empleando a fondo para oscurecer el potencial de nuevas opciones que podrían satisfacer las necesidades de los artistas y al mismo tiempo mantener un modelo de creación cultural mucho más participativo.

¿El concepto de copia ha perdido por tanto todo sentido?

El concepto de copia está en peligro de extinción en varios sentidos. Primero, las copias son ahora tan baratas de producir que han perdido todo su valor económico. Segundo, los textos son tan fáciles de personalizar que la idea de una copia exacta puede dejar paso a diferentes interpretaciones del mismo trabajo. Y tercero, la integridad de los textos se ha desplomado y el poder cultural real vendrá de la posibilidad de citar, extractar, reescribir y compartir fragmentos significativos de un trabajo más extenso. Todas estas fuerzas pueden ayudar a reconfigurar el modo en que la cultura se produce y se consume por caminos que ahora sólo empezamos a entender.

Fuente: Público

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Un ciudadano contra la impunidad

La petición de Manuel Borraz para que la Fiscalía de Cataluña analice los restos de la violación de Blanes está hoy en los periódicos. Mónica Ceberio Belaza lo recoge así en El País, y yo mismo, así en Público.

ElPais.com recoge además un breve análisis de Borraz donde explica con una claridad meridiana cómo la fiscalía podría intentar resolver esa violación impune desde casi veinte años. Este es su artículo:

Quizá aún se esté a tiempo

Aunque lo que concierne a la petición enviada a la Fiscalía Superior de Cataluña sobre el caso de Blanes de 1991 pueda parecer farragoso, en el fondo todo es bien simple. Hay unos delitos que no han prescrito, hay un sospechoso y hay medios para comprobar quien fue uno de los dos autores.

En principio, una violación cometida hace casi 20 años ya no es perseguible. Pero el plazo de prescripción puede alargarse hasta los 20 años bajo ciertas circunstancias que contempla la “letra pequeña” de la ley. En este caso: el hecho de que fueran dos los agresores y que estuvieran armados.

Dos asaltantes que hablan en “árabe” entre ellos, sin que uno de los dos hable español. Que abordan a las víctimas -una joven pareja- en despoblado, acusándolas de haber roto algo en las inmediaciones. Que agreden, maniatan y roban, armados con pistola y objetos contundentes. Que violan a la chica por turnos… Todo esto ocurre en Blanes en 1991.

Pero también en Olesa de Montserrat, veinte días antes. Uno de los agresores de Olesa pudo ser identificado y condenado: Antonio García Carbonell. A los desconocidos atacantes de Blanes se les oye decir “no matar” y repetir “Jeber, Jeber”. En episodios similares que tendrán lugar en 1995, García Carbonell y su acompañante no identificado usarán expresiones como “harva” y “jara no matar”.

Unos delitos no prescritos, un sospechoso y una prueba material que podría servir para acabar con la impunidad: los restos biológicos conservados en el Instituto Nacional de Toxicología. En su momento, la causa de Blanes fue archivada a falta de sospechosos. El ADN de la muestra no fue analizado, ni siquiera tras las condenas de Antonio García. Quizás aún se esté a tiempo.

Manuel Borraz es ingeniero y mantiene una web sobre el caso.

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Instrucciones para que la Fiscalía de Cataluña resuelva una violación impune

Manuel Borraz ha presentado esta mañana ante la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña una petición urgente para que se analicen las muestras de una violación cometida el 25 de noviembre de 1991, en Blanes, Gerona. (Para  información previa: La Realidad y sus víctimas)

 

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La realidad y sus víctimas

La casualidad ha querido, y yo se lo agradezco, que la semana que había empezado con la fiscalía de Barcelona denunciando al director del Festival de Sitges por programar una película, A Serbian Film, en la que un actor violaba un muñeco con forma de niño, terminara ayer con un ciudadano de Hospitalet dando los últimos retoques a un texto que, de no surtir el efecto merecido, servirá al menos (y esto ya es una apuesta personal) para demostrar de nuevo que la fiscalía catalana actúa siempre en el interés superior de los menores, siempre que ese interés no supere el suyo propio: figurar.

A diferencia de esa fiscalía, Manuel Borraz, ciudadano ejemplar, no reclama justicia para ningún arquetipo informativamente relevante, mucho menos para su inencontrable imagen cinematográfica, sino para personas de carne y hueso. Lleva años intentando que se haga justicia con Ahmed Tommouhi, para quien el ex fiscal jefe José María Mena siempre reservó sus mejores recursos literarios, y con quien la justicia no ha hecho nada, salvo condenarlo por error y luego no acertar jamás a reparar el daño.

Pero no se trata de Tommouhi esta vez. Borraz exige ahora resarcir a una mujer a la que violaron cuando tenía 25 20 años, cuya agresión sigue impune y por la que la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña hace más de dieciocho años que no ha movido un dedo. Un cabo suelto que podría servir además para tirar del hilo de otras seis violaciones, algunas de ellas cometidas contra menores, de las cuales sólo uno de los dos autores ha sido condenado.

Pero vayamos por partes, porque de todo hace ya casi veinte años. Antes que nada: me trago con gusto mis palabras. En la página 343 de la edición española de Justicia poética (Seix Barral, 2010) [p. 254 para la edición argentina de Falsos testigos del porvenir] en el capítulo de la entrevista con el ex fiscal Mena, y a cuento de una violación cometida en Blanes en noviembre de 1991 y que seguía impune entonces como hoy, escribí:

“La coincidencia del modus operandi, de las descripciones de las víctimas, así como que se hubieran confundido al señalar a Mounib, como ya había ocurrido en Olesa, indicaba que García Carbonell era, por lo menos, una pista buena. Hoy, las muestras siguen intactas y ese delito ha prescrito”.

Las muestras provenían del frotis vaginal que se le practicó a la víctima de Blanes la noche de autos y están conservadas en el Instituto Nacional de Toxicología de Madrid. Antonio García Carbonell esta condenado a más de 250 años de cárcel por seis violaciones cometidas en 1995 y una cometida cuatro años antes: se trata de ese caso de Olesa, donde primero habían sido condenados dos marroquíes injustamente (Abderrazak Mounib es uno de los dos), porque la chica se equivocó al identificarlos. Cuatro años después, gracias a una investigación de la Guardia Civil, el caso se reabrió y se demostró que los culpables eran García Carbonell y un pariente suyo que sigue sin ser identificado.

Pues bien, hace meses que Manuel Borraz me convenció de que seguramente me equivoqué al dar esa violación por prescrita. Por supuesto, no la di por prescrita: hice mis averiguaciones, pregunté a abogados y llegamos a la conclusión de que el delito, en efecto, había prescrito. Esa conclusión, sin embargo, se ha venido abajo desde que Borraz reparó en que puesto que la violación fue doble, esto es, que fue cometida, por turnos, por dos hombres distintos contra la misma víctima, y que además iban armados, podría elevar el plazo de prescripción hasta los veinte años (art. 180.2).

Eso quiere decir que prescribiría en noviembre de 2011 y que se está a tiempo todavía de analizar esas muestras y cotejarlas con el perfil del principal sospechoso que desde hace años, y hace meses también, maneja la Guardia Civil: Antonio García Carbonell, que pronto cumplirá dos tercios de su condena y podría empezar a disfrutar de permisos penintenciarios.

La Fiscalía de Cataluña tiene, pues, la oportunidad de mostrar que además de victimizar la imagen de la justicia, trabaja para que se haga justicia a las víctimas de verdad.

El tiempo corre contra nosotros.

(Mañana más)

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Diferencias entre la pedofilia y la fiscalía de Barcelona

De los expertos que han comentado (en Público y en La Vanguardia de papel)  el delirio de la fiscalía de Barcelona de denunciar al director del Festival de Sitges por permitir la proyección de una película, A Serbian film, en la que un actor viola a un muñeco de trapo con forma de niño, sólo el portavoz de la Asociación Profesional de la Magistratura (APM) da en el clavo: dice Pablo Llanera que el Código Penal “castiga la pornografía virtual, no real, que se simula aunque no se haya realizado”. El fiscal respira aliviado.

Es mentira, claro, pero es una mentira práctica: sin ella, la denuncia del fiscal no podría seguir adelante (al contrario de lo que se ha dicho: la fiscalía sí podría haberse abstenido de actuar; no así el juez de Vilanova, que al “imputar” a Ángel Sala lo único que está haciendo es permitirle que se persone como parte en el asunto, lo cual, teniendo en cuenta que podría acabar convirtiéndose en el acusado, es de agradecer). Que resulta práctica se prueba porque hoy el fiscal ve su confusión blanqueada como debate en los periódicos donde se discute sobre los límites de la realidad y la ficción, cosa que no sólo le ayudará a él personalmente, sino que nos relajará un poco a todos cuando veamos que  por fin se hace justicia, o lo que ya es lo mismo, que la justicia hace algo. Que por el camino pueda arruinarse, por poner sólo un ejemplo, la carrera profesional del imputado Ángel Sala es un efecto “colateral”, pero habrá merecido la pena. No todos los días podemos presumir de crear “conceptos jurídicos indeterminados”, a pesar de que se publiquen periódicos  diariamente y para desgracia de Carl Schmitt, el gran teórico de la justicia “por objetivos”.

Que es mentira, sin embargo, se prueba todavía a estas horas por el hecho de que es inútil para cualquier otro supuesto, condición a la que aspira incluso la indeterminación jurídica del nazi Schmitt, que por eso mismo es indeterminada. Porque, ¿acaso todas las violaciones que se han representado en centenares de miles de escenas de miles de películas de la historia del cine no incurrirían en el mismo delito? ¿Acaso no serían también virtualmente delictivas? ¿Por qué es pornografía simular la pornografía; y no es violación simular la violación? Tal y como están las cosas, la única diferencia radica en que todavía a ningún fiscal se le ha pasado por la cabeza tan discutible idea. Porque está claro que daría, y mucho, para que discutiéramos. No puedo garantizar, por tanto, que mañana siga siendo mentira, porque puede que esta tarde reformemos el código penal para darle la razón a estos iluminados.

Una última razón que se me ocurre es que habría gente, e incluso algún director de cine no del todo arrodillado, que saldrían a denunciar al fiscal por imbécil, porque prohibir la representación de una violación supone, de hecho, la imposibilidad de perseguirla penalmente cuando se comete en el mundo real, de cuerpo presente. Seguir el razonamiento del fiscal y de Pablo Llanera, portavoz de APM, de que lo que no debe exisitir no puede representarse, acaba dando por hecho que lo que no se representa, debe de no existir.  Pero todo esto es demasiado complejo para estos acomplejados.

A ver si entienden esto: hasta el más triste pedófilo necesita creer que el niño de la foto que esconde entre sus papeles  es un niño real, y no un muñeco. Es lo que distingue a los pedófilos de los lectores de Lolita y de los fiscales de Barcelona.

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Poesía fiscal: A Serbian Film

Si es verdad que la Fiscalía de Barcelona ha denunciado al director del festival de Sitges, Ángel Sala, por haber programado la película A Serbian film, en la que al parecer uno de los actores simula que viola a un muñeco con forma de niño; y si es verdad que la denuncia se remite al artículo 189.7 del Código Penal, la cuestión no tiene nada que ver con la censura. Es, de nuevo, pura justicia poética, ese simulacro cruel: la fiscalía no distingue entre la ficción y lo real.

Porque el artículo invocado  no tiene nada que ver con la moral, ni el respeto a una supuesta imagen de los menores en general, ni con las buenas maneras: tiene que ver con los delitos de prostitución y corrupción de menores, como indica el título del Capítulo V del Código penal en el que está enmarcado. Y concretamente, en el punto séptimo, con delitos en los que realmente se haya echado mano del cuerpo, la voz o la imagen de algún menor, para usos pornográficos. El art. 189.7 del Código Penal dice textualmente que:

7. Será castigado con la pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis meses a dos años el que produjere, vendiere, distribuyere, exhibiere o facilitare por cualquier medio material pornográfico en el que no habiendo sido utilizados directamente menores o incapaces, se emplee su voz o imagen alterada o modificada.

Las negritas son mías. Y la clave está en el posesivo de “su” voz o imagen: es decir, para que la denuncia del fiscal tuviera algún sentido no poético debería existir, en algún sótano de Serbia, el niño cuya imagen haya sido utilizada para la película. Niño de carne y hueso, a cuya estela la redacción del artículo se agarra muy cabalmente con esa sucesión de verbos en subjuntivo estirándose (para que no se le vaya de las manos) sobre su cuerpo, su voz o su imagen: pero siempre relacionándose directamente a UN menor. Parece que el director empleó un muñeco para rodar la escena de la violación.

Pero el fiscal, en el fondo, no actúa movido por la defensa de UN niño, sino de EL niño, esto es, LA imagen-niño, esa metáfora informativa que tanto nos tranquiliza.

A partir de ahí, tanto da que el fsical persiga al director del festival por programarla, al director de la película por dirigirla, o al fabricante de muñecos por hacer su negocio: el objetivo de la acción penal se elige en función de su eficacia retórica: esto es, el que más y mejores titulares dé.

 

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El fantasma de Hitler tropieza con la actualidad

Un periodista francés reconstruye en “Mein Kampf: Historia de un libro” la génesis y pervivencia del panfleto en el que Hitler esbozó su programa político // Las revueltas árabes cuestionan la principal tesis de este ensayo que Anagrama publicará a finales de esta semana

 

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“El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores”. Las palabras con las que George Steiner inauguró la Feria del Libro de Turín hace diez años nos ayudan a leer Mein Kampf. Historia de un libro (Anagrama), donde el periodista Antoine Vitkine (Francia, 1977) reconstruye la génesis y ausculta la “venenosa” actualidad del texto escrito por Adolf Hitler en 1924, nueve años antes de llegar al poder en Alemania.

Porque esa indeterminación es la que imposibilita una única respuesta a la primera gran pregunta que Vitkine plantea: ¿debería haber advertido Mein Kampf de la amenaza que representaba Hitler para toda la humanidad? Pero esa indeterminación radical, sin embargo, desmorona la respuesta sobre su actualidad, que el autor francés despliega en la segunda parte de este libro. El próximo jueves llegará a las librerías españolas, con la probable excepción de la única librería alemana de Ibiza, a la que Vitkine señala, sin pruebas, como atajo por el que los teutones seguirían volviendo al libro del Führer.

Por encima de sus lagunas, el libro de Vitkine es una guía útil, si no para entender por qué el libro de Hitler no puso suficientemente en guardia a sus contemporáneos, al menos sí para conocer cómo se gestó y circuló y en parte se leyó, lo que incluyó una veintena de versiones en otras lenguas (algunas traducidas por judíos), en entreguerras. Sin embargo, cuando rastrea su pervivencia en algunos países, la mayoría musulmanes pero también en la propia Alemania, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Vitkine naufraga en un juego de espejos donde se reflejan, sobre todo, sus propios prejuicios.

01. La génesis: Una Remington

En noviembre de 1923, Adolf Hitler (Brunau, 1889-Berlín, 1945) acaba de fracasar al frente de un intento de golpe de Estado. En una celda de la prisión bávara de Landesberg empieza a redactar su memoria de defensa. Tiene la mejor máquina de escribir de la época, una Remington que le regala el director del Deutsche Bank, Emil Georg, papel y una mesita que un militante del grupuscular Partido Nazi le ha comprado por siete marcos (la primera edición del libro costará 12). “Por primera vez, después de tantos años de trabajo incesante, contaba con la posibilidad de dedicarme a una obra que muchos me instaban a que escribiera y de cuya conveniencia para nuestra causa estaba convencido”, escribirá luego en el prefacio a su Mein Kampf. El 20 de diciembre de 1924, sale en libertad condicional con el manuscrito terminado y la idea de llevárselo a un amigo impresor: “Quiere hablar sin demora sobre la publicación de su libro”, escribe Vitkine.

02. La expansión: Una voz impresa

La pequeña editorial Eher-Verlag, dirigida por un tal Max Amann y al servicio del Partido Nazi, publica el libro. El término “judío” aparece 373 veces; 323 veces la palabra “raza”, 306 “Alemania”, 305 “guerra”, 194 “marxista” o “marxismo” y 120 veces “Francia”, según Vitkine. Utiliza una vez la palabra “exterminio”, pero para referirse a las supuestas intenciones de los judíos.

Hitler, que tiene prohibido hablar en público, encuentra en la letra impresa un instrumento propagandístico eficaz. A finales de 1932, las ventas alcanzan los 230.000 ejemplares y sólo en enero de 1933, el mes en que Hitler fue nombrado canciller, vendió 13.000 ejemplares más. A partir de entonces, su distribución se convirtió en un asunto de estado: cientos de miles de alemanes, por ejemplo, lo recibieron el día de su boda enviado por los ayuntamientos. Y fue lectura obligatoria en las escuelas.

Todo lo cual sumó muchos de los 12 millones de ejemplares que Vitkine da como cifra global para Alemania. Max Amman, el editor, abrió por entonces una cuenta secreta en Suiza a nombre de Hitler (que había renunciado públicamente a su sueldo de canciller) para ingresar los royalties derivados de la venta del libro, según publicó The Independent medio siglo después, en 1996.

03. El mensaje: Lo inimaginable

“¿Cómo fue posible difundir este libro en la opinión pública y cómo, pese a ello, fue posible el reinado de Hitler (…): este será siempre para mí el mayor misterio del Tercer Reich”. La cita de Victor Klemperer es, también, la pregunta que articula la primera parte del trabajo de Vitkine. A falta de respuesta, hay esbozos que reflejan esa “incalculable indeterminación” de la que habla Steiner.

Pero lejos de afectar sólo a las masas de lectores alemanes, Vitkine subraya que incluso Winston Churchill, atento lector del texto, dudará en 1937 de si lo que Hitler pretende es destruir la civilización o devolver a “su honor y su espíritu de paz a la gran nación alemana”.

04. El presente: Metáfora alemana

Vitkine escribe convencido de que los alemanes “han heredado la historia de su país” y de que el olvido del libro pretende también borrar “la prueba del crimen”: el exterminio de seis millones de judíos, aunque también de gitanos y opositores políticos, en los campos de Europa del Este.

Y para demostrarlo, echa mano de los arquetipos y de las metáforas. Así llega a Landsberg, donde Hitler escribió el libro: “En la gran plaza y con Mein Kampf en la mano, abordo a los viandantes. Les pregunto si conocen el libro, si lo han leído, si saben si en su época fue leído. Los más mayores, todos, reaccionan con miedo. La generación siguiente, la del baby-boom, más serena, responde que hay que pasar a otra cosa, que el pasado es pasado’. (…) Cuando explico a una francesa, que vive allí desde hace 20 años, la razón de mi presencia, exclama: Está usted loco, Mein Kampf es tabú aquí. De eso no se habla’. Tal vez para aclarar una cosa con la otra, me explicará también que en otro tiempo los habitantes de la ciudad aprovecharon la situación. Señalando con el dedo a una tienda de zapatos, dice: Aquéllos les robaron la tienda a los judíos que estaban allí antes”.

Tan colorido episodio podría tomarse como un respiro narrativo de no ser porque cuatro párrafos más adelante, para fundirlo a negro, esculpe: “En ciertos aspectos, Landsberg es por sí misma una metáfora de toda Alemania”.

05. El desliz: La librería de Ibiza

El dedo de Vitkine alcanza también a Ibiza, donde sin embargo no llega a poner el pie. El periodista francés afirma que “en la librería alemana de Ibiza, centro de vacaciones muy apreciado por los alemanes, se venden todos los veranos considerables cantidades de Mein Kampf en su versión original”.

La librería alemana de Ibiza es la librería Azul y su dueño, Joa Nesch, responde al teléfono: “Eso es mentira. Jamás lo he vendido y jamás venderé un libro como Mein Kampf”, dijo a Público el jueves pasado. Vitkine reconoció luego, también por teléfono, que no recordaba su fuente: “La verdad es que ya no sé donde lo leí, porque yo no lo constaté personalmente, desde luego. Yo no he puesto el pie en Ibiza, pero sí que lo leí”, dijo, después de asegurar que lo había leído “en algún recorte de prensa”.

06. La tesis (fallida): Las dictaduras árabes

Vitkine sí estuvo en El Cairo. Un abogado islamista con el que habló, para otro reportaje, acabó mostrándole un pdf de Mein Kampf en inglés. “No es más que el resultado lógico de una historia que comienza en los años treinta del siglo pasado”, sostiene Vitkine. Luego, su travelling histórico desemboca en un novelista argelino, cuya teoría se ajusta como un guante a la mano del periodista: “Sansal describe las similitudes entre el nazismo y los regímenes dictatoriales árabes que tienen a su país sometido”, anota. Sansal concluye: “Las dictaduras de los países árabes y musulmanes se sostienen bien y son cada vez más fuertes” y Vitkine se pregunta si no será esa “experiencia cotidiana” bajo las dictaduras lo que habría formateado “la mentalidad de los lectores para leer Mein Kampf”. Los hechos, en forma de revueltas, llevan tres meses desmintiendo su respuesta.

Fuente: Público

Entrevista con el autor, también en Público.

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Entre Dios y la Policía

Aparentemente sin misterio, la identificación de las personas supone, además de un asunto de vital importancia práctica en nuestra época, un campo cuyo estudio descubre las profundas transformaciones de las mentalidades que han hecho falta para que hoy nos parezca natural, por ejemplo, que nuestro número de DNI nos represente legalmente.

Algunas de las transformaciones más importantes de los últimos diez siglos están recogidas en Historia de la identificación de las personas (Ariel), una excelente síntesis –apenas 150 páginas– de las investigaciones más relevantes de este ámbito escrita por dos historiadores franceses, Ilsen About y Vincent Denis. La mayoría de los trabajos citados han sido escritos en los últimos 20 años a rebufo del fenómeno de lasmigraciones internacionales y de la extensión del control de seguridad.

La síntesis, centrada en el marco europeo, arranca en el año 1000. Las transformaciones de la época medieval son las que mejor revelan las resistencias que los distintos dispositivos han tenido que vencer para evolucionar desde el reconocimiento cara a cara a otros basados en signos que representan a la persona a distancia. El mejor ejemplo, una vez recuperado el sistema de nombre y apellidos en el siglo XI, es el del sello: “Una oblea de cera o una bola de metal presionada por una matriz que imprime su huella”, que conoció una rápida extensión con el auge de la escritura y servía, entre otras cosas, para garantizar las transferencias de propiedades.

“El éxito del sello se explica [en parte] por su función de sustituto de la persona, a la que vuelve presente’ en el acto”, explican los autores. Una conversión en signo, sin embargo, a la que no dejaban de resistirse las partes contratantes. Quizá temiendo que el mundo se les fuera a ir de las manos, insertaban “cabellos, uñas o una huella del dedo en el reverso de la cera”, como si de una “prolongación física de la persona” se tratara.

Por supuesto, nada de este desapego fue posible sin el permiso de Dios, una vez su hijo se hizo pan en la hostia consagrada. “Una mutación tal, que hacía del signo un sustituto de la persona legal, se hizo posible por la transformación del concepto que tenían los teólogos de los signos, mediante los debates sobre la eucaristía y la presencia real’ de Cristo que tuvieron lugar en los siglos XI y XII”, se lee.

Esa misma concepción acabó permitiendo también separar al cuerpo de la escritura. Las marcas judiciales, que primero se inscribían directamente sobre la piel del condenado, casi como en La colonia penitenciaria de Franz Kafka, evolucionaron luego hacia el expediente y los archivos donde se describía el aspecto de los fichados: ahora los cuerpos eran captados en los textos, y no a la inversa. La huella digital manchada de tinta nos recuerda todavía ese umbral entre el nombre y el cuerpo.

La nacionalización

Cuando la soberanía dejó de ser un atributo divino de los monarcas y empezó a emanar del cuerpo de la nación, y los estados consolidaron sus fronteras territoriales, surgió también la necesidad de definir y controlar a sus poblaciones. “Bajo el nombre de policía’ los gobiernos ponen en marcha dispositivos para enmarcar la vida de las poblaciones, […]y permitir su coexistencia en el marco urbano”, resumen los dos historiadores.

En ese contexto se generalizaron los pasaportes, que fueron obligatorios antes para los ciudadanos que para los extranjeros, y los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones, durante siglos anotados por las autoridades eclesiásticas, se convirtieron por fin en un registro civil centralizado por el Estado. El primero, el de Francia, en 1792. Hoy, el documento nacional de identidad es casi un certificado de existencia.

Los dispositivos de identificación hace crecido hasta volverse omnipresentes y por eso mismo imperceptibles. El desarrollo tecnológico multiplica esa capacidad de perfeccionamiento e invisibilización. Pero, como bien subrayan los autores, eso no significa que en la actualidad no quepan otras épocas. En muchas estaciones de metro y autobuses de Madrid, sin ir más lejos, se ha vuelto habitual que la policía, uniformada o de paisano, paren a inmigrantes sospechosos de serlo y no tener papeles. El primer indicio, de nuevo, vuelve a ser la cara.

Archivado en: Jornalero de la historia, Público

Principios (y derivas) de la justicia poética VII: el documental mexicano

Presunto culpable” retrata una tiranía dispersa pero implacable. Es la tiranía del expediente. El papel no es muestra del proceso judicial, es el ídolo al que todos tienen la obligación de rendir tributo. El acusado, los testigos, el acusador están impedidos de expresarse con naturalidad: han de dictar palabras extranjeras para la engorda del Santo Expediente. La policía no pierde el tiempo con investigaciones. Su trabajo es coleccionar hojas de papel. Las preguntas del interrogatorio judicial tienen una muralla infranqueable, lo asentado en el expediente.

El blog de Jesús Silva-Herzog Márquez.

Archivado en: Principios (y derivas) de la justicia poética

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