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Henry Jenkins: “El concepto de copia está en peligro de extinción”

Henry Jenkins (Atlanta, 1958), director durante una década del Programa de Estudios Mediáticos Comparados del Massachusetts Institute of Tech-nology (MIT), es un estudioso de la cultura popular y abogado público de fans, blogueros y videojugadores cuando ha hecho falta: ante el Senado norteamericano, por ejemplo, para desmentir la relación entre violencia juvenil y videojuegos. El Festival de literatura Kosmópolis de Barcelona, que este año ha puesto el foco en las relaciones entre literatura oral y literatura electrónica, uno de los temas que se cruzan en muchas de las reflexiones de Jenkins, lo invitó a impartir una videoconferencia el último día del festival, este pasado sábado. Autor de una decena de libros, entre ellos Convergence Culture y Piratas de textos, ambos en Paidós, actualmente enseña Periodismo, Comunicación y Artes Cinematográficas en la Universidad del Sur de California, y responde a esta entrevista por correo electrónico.

¿Internet está difuminando esa separación, que parecía fundamental para la creación, entre los autores y su público?

Primero conviene identificar el periodo del que hablamos. La separación absoluta entre autor y lector es característica del modelo que ha dominado la cultura de masas en el siglo XX. No estoy seguro de que ese modelo pueda extenderse a periodos anteriores, donde los narradores estaban profundamente moldeados por sus audiencias y respondían ante ellas en tiempo real, y donde mucha más gente intercambiaba historias a través de la cultura popular. Lo que está recuperando la cultura digital es un proceso creativo más abierto, que tiene mucho en común con esa cultura oral. Estamos asistiendo a un proceso en el que el contenido de los media se reescribe, se relee, se remezcla y circula continuamente. Por eso me interesa cada vez más cómo esa circulación del contenido representa un proceso colectivo por el cual el público ayuda a distinguir lo valioso y lo insignificante dentro del flujo infinito mediático que nos rodea a diario.

¿En qué medida eso modifica el concepto de “autor”?

Todo esto cortocircuita, ciertamente, esa concepción romántica del autor como genio solitario del que proviene toda creación. Puede que nos devuelva a esa vieja noción del autor como bardo, esto es, alguien que moviliza los recursos creativos de su comunidad. Cuando Homero recitaba la Odisea, no inventaba la guerra de Troya, ni los dioses griegos, ni siquiera muchos de los giros de sus versos. Él combinaba elementos que tomaba prestados de otros bardos frente a una audiencia específica en un momento determinado. Una noción de autor que me parece muy apropiada para la era digital, ya se trate de un narrador profesional que construye un mundo en el que captura la imaginación de su público o de un amateur que toma elementos de ese mundo y juega con ellos. En ambos casos, la historia no es algo que deba ser fijado, sino que pertenece a la cultura y cualquiera es libre de hacer con ese material lo que desee.

¿Y cómo podría redefinir todo eso las leyes de copyright?

No podría hablar de la ley española, que no conozco lo suficiente. Pero la ley americana, que ha influido en la de otros muchos países, consagra algunos supuestos sobre la autoría. Básicamente, asume el supuesto de una autoría corporativa. Por mucho que se hable de los derechos morales de los autores, estos no tienen derechos morales, según el copyright americano. Sus historias son propiedad de las compañías que las producen y distribuyen, y son empujadas fuera del proceso generativo de la cultura al que me refería antes. La ley asume, por tanto, algo así como una alquimia en la que algo emerge de la nada, en un acto de prístina creación, y que todo uso de ese trabajo supone una degradación y un daño. Por lo demás, esa ley da por hecho también un mundo en el que la mayoría de nosotros somos meros consumidores y no productores de historias. Incluso cuando se refiere al “uso justo” por terceros, se refiere sobre todo al derecho de otros profesionales como críticos, académicos o periodistas, antes que al derecho del público a comentar esos productos culturales. El mundo que yo describo, por tanto, supone una reconceptualización total de esas leyes. Mientras, la Ley del Copyright actual nos lleva a una situación parecida a la que vivió Estados Unidos bajo la Ley Seca en la década de 1930.

¿A quién deberían pertenecer, entonces, los derechos de autor de una película montada exclusivamente con imágenes de archivo?

Cuestiones como esa en torno a los remixes y la autoría/propiedad intelectual son muy reales, pero nuestro sistema de copyright actual no está preparado para afrontarlas. Uno podría imaginar cómo gestionar esos asuntos a través de algo parecido a una licencia creative commons, por ejemplo, en las que la recompensa podría darse en forma de atribución y reconocimiento. Pero ahora mismo, todo el mundo con intereses dentro del actual sistema se está empleando a fondo para oscurecer el potencial de nuevas opciones que podrían satisfacer las necesidades de los artistas y al mismo tiempo mantener un modelo de creación cultural mucho más participativo.

¿El concepto de copia ha perdido por tanto todo sentido?

El concepto de copia está en peligro de extinción en varios sentidos. Primero, las copias son ahora tan baratas de producir que han perdido todo su valor económico. Segundo, los textos son tan fáciles de personalizar que la idea de una copia exacta puede dejar paso a diferentes interpretaciones del mismo trabajo. Y tercero, la integridad de los textos se ha desplomado y el poder cultural real vendrá de la posibilidad de citar, extractar, reescribir y compartir fragmentos significativos de un trabajo más extenso. Todas estas fuerzas pueden ayudar a reconfigurar el modo en que la cultura se produce y se consume por caminos que ahora sólo empezamos a entender.

Fuente: Público

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Archivado en: Público

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