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¿El infierno son los otros?

Cuatro filósofos reflexionan en un libro sobre la presencia de la religión en el espacio público y los conflictos con la sociedad

El Tribunal Constitucional ha amparado esta semana a una profesora de religión despedida por casarse con un divorciado. Una juez, sin embargo, ha abierto diligencias por “escarnio religioso” contra diez ciudadanos que habían convocado una “procesión atea” para este jueves santo en Madrid y que el Gobierno decidió prohibir. En Estados Unidos, la ley no se inmutó cuando un pastor protestante quemó un ejemplar del Corán en público hace un mes, porque la libertad de expresión es sagrada. Lo mismo hizo, pero en privado, un miembro del Frente Nacional Británico y acabó detenido en cuanto el vídeo con el libro ardiendo llegó a manos de la Policía inglesa. Y en Francia, donde las alumnas tienen prohibido acudir al instituto con velo, la Policía detuvo hace días a varias mujeres vestidas con un burka, después de que entrara en vigor una ley que lo prohibía, en las calles de París. Una detención que sería ilegal en Londres.

Son ejemplos del roce conflictivo entre los hábitos religiosos y la “desnuda plaza pública”, según la expresión con la que un influyente pastor luterano norteamericano ironizaba sobre la separación entre Dios y los ciudadanos. Ejemplos no faltan. Lo que falta es un modelo que resuelva definitivamente tales conflictos. El poder de la religión en la esfera pública, que acaba de publicar en español la editorial Trotta, no colma esa falta, pero ayuda a aclarar por qué ese modelo tardará todavía mucho en llegar. [Tanto, quizás, como el mesías].

El origen del libro está en Jürgen Habermas, Charles Taylor, Judith Butler y Cornell West, cuatro eminentes pensadores de tradiciones y puntos de vista muy distintos, que fueron convocados a repensar la separación de religión y esfera pública. Una separación que, según se acepta comúnmente, articula las democracias occidentales. “Una de las tesis principales del libro es que hemos malentendido la secularización”, explica a Público Eduardo Mendieta (Bogotá, 1963), profesor de la Stony Brook University neoyorkina y editor del volumen. Una cosa es la deseable neutralidad del Estado ante la pluralidad de iglesias y confesiones, y otra que religión y sociedad puedan distinguirse como el agua del aceite. “La religión no es ni meramente privada ni puramente irracional. Y la esfera pública tampoco es un ámbito de franca deliberación racional ni un espacio pacífico de acuerdo libre de coacción”, precisa en su introducción.

Las cosas son más complicadas. Sobre todo después del renacimiento del fundamentalismo cristiano en Estados Unidos a partir de los años ochenta (de hecho, [el autor de La desnuda plaza pública, Richard John Neuhaus] se convirtió luego al catolicismo y acabó como asesor oficioso del ex presidente norteamericano George W. Bush); del arraigo de la inmigración musulmana en numerosos países europeos, con la consiguiente visibilización social del Islam; y de la acusación de antisemitismo que soportan quienes (y no pocos judíos entre ellos) critican la ocupación de los territorios palestinos por parte del Ejército y colonos israelíes. “Generalmente se habla de religión como si fuera un problema de pueblos y países subdesarrollados, no modernos. Supuestamente, la religión habría sido domesticada en Occidente, pero eso es una caricatura”, avanza Mendieta. Véase, por ejemplo, el presidente Sarkozy, nombrado canónigo de honor de la abadía de San Juan de Letrán hace tres años, en Roma, clamando contra “el desierto espiritual de los suburbios”.

El filósofo alemán Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929), que en 2005 mantuvo un diálogo público con el entonces cardenal JosephRatzinger (hoy Papa Benedicto XVI), lleva cinco años trabajando en un manuscrito con el título provisional, según Mendieta, de Razón y Fe. Habermas defiende la separación de ambos discursos y la necesidad de una traducción. “El discurso religioso en la esfera pública necesita traducción para que su contenido penetre e influya en la justificación y formulación de decisiones políticamente vinculantes y exigibles por ley”, se lee. Es decir, se podría entender que alguien se oponga al aborto porque se lo prohiba su religión, pero no que pretenda imponer su visión sin argumentarla de manera que pueda convencer también a los no creyentes.

El fetichismo de la laicidad

Charles Taylor (Montreal, 1931), canadiense y teórico del multiculturalismo, no cree necesaria tal traducción (¿acaso los conciudadanos de Luther King no lo entendían cuando este exigía en términos bíblicos la abolición de la discriminación racial?, se pregunta) y subraya que quizá la clave resida en superar la obsesión por la religión. Porque no hace falta referirse a la laicidad de la República francesa cuando los alumnos musulmanes reclaman un menú sin cerdo en sus escuelas, [como a nadie se le ocurriría invocar un maridaje sagrado de su ‘cuisine’ cuando se reclaman menús vegetarianos, por más que pueda haber quien lo considere también un rasgo identitario. La analogía no es de Taylor, pero resume su enfoque.]

Taylor pone de ejemplo el velo en las escuelas francesas, que se interpretó como “un signo” de hostilidad contra la République, a pesar de que lo negaran las mujeres que lo llevaban y, segúnTaylor, las investigaciones sociológicas encargadas por la comisión parlamentaria. Lejos de ser un argumento del debate, la invocación de la obligada laïcité del espacio público suele servir para clausurar cualquier discusión. “Lo más pernicioso de este fetichismo es que tiende a ocultar los auténticos dilemas con que nos encontramos”, explica Taylor. “Las democracias contemporáneas, a medida que se diversifican, tendrán que experimentar redefiniciones de su identidad histórica […] que pueden ser dolorosas y de largo alcance”.

El catolicismo, imposible de integrar

El ejemplo más revelador de los que cita Taylor, sin embargo, se debe a los trabajos del español José Casanova, profesor de Sociología de la Religión en Georgetown: “El catolicismo estadounidense en el siglo XIX estaba considerado imposible de integrar en la vida democrática, caso muy similar al de los actuales recelos hacia el islam”, subraya Taylor.”No hay razón alguna escrita en la esencia de las cosas para que en las comunidades musulmanas no pueda darse una evolución parecida”, remata.

Judith Butler [Cleaveland, 1956], autora de Vida precaria. Poder del duelo y de la violencia (Paidós), rescata la paradoja de que la secularización de la religión, su separación del Estado, es un mandato del protestantismo, algo que no debemos olvidar ahora que se habla de dejar “fuera” del espacio público a otras religiones, porque quizá estemos olvidando a las que están “dentro”. La secularización, para la religión, ha podido ser “una forma fugitiva de sobrevivir”, señala. Pero Butler aborda sobre todo un dilema personal y universal: exponerse a la acusación de antisemitismo cada vez que critica la violencia del Estado israelí contra los palestinos de los territorios ocupados. Butler, judía, remarca en cambio que esa crítica es una “obligación” ética para los judíos, religiosos o no, frente al sionismo político del Estado, que además discrimina religiosamente a sus ciudadanos árabes.

La intervención de Cornell West [Ocklahoma, 1953], “un artista del blues”, según él mismo se define (también es un filósofo afroamericano, socialista y cristiano), es en cambio una demostración práctica de la dificultad para distinguir nítidamente entre un discurso filosófico o religioso. Su “pragmatismo profético”, con el que denuncia la corrupción de Wall Street al tiempo que recuerda “el fondo del océano Atlántico [con sus] millones de cadáveres africanos”, coloca en un doble apuro al propio Habermas, que en el coloquio final alaba su “retórica conmovedora”. “La única respuesta posible sería ponerse en pie y cambiar de vida”, reconoce Habermas, [pero enseguida añade: “la otra parte del doble apuro es que estamos en una institución académica y siguiendo un formato”.]

La institución que acogió el debate fue la Cooper Union de Nueva York, donde unas mil personas siguieron durante cinco horas el acto el 29 de octubre de 2009, aunque, como se ha visto, sigue plenamente vigente. La conclusión es provisional: parece que estamos condenados a entendernos. “O como dice al revés Jean Paul Sartre: el infierno es el otro”, recuerda Mendieta, que explica: “Lo que quiere decir con eso es que nos convertimos en nuestros propios torturadores sino aceptamos la libertad del otro y el hecho de que tenemos que vivir juntos”.

Fuente: Público

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7 Responses

  1. Manuel dice:

    Yo creo Braulio que las religiones darán un paso adelante cuando no estén protegidas con medidas especiales por las autoridades.
    Creo que Arcadi Espada en su artículo ha dado en la diana. http://www.arcadiespada.es/2011/04/19/19-de-abril-4/
    Un saludo.

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  2. ladoblehelice dice:

    En efecto, exactamente como los vegetarianos.

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  3. Manuel dice:

    Te refieres a que quieren que todos dejen de comer carne. O eso entiendo.

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  4. ladoblehelice dice:

    No, Manuel, bueno: más allá del ejemplo puntual, quería decir que en parte comparto el argumento de Taylor: que a veces ‘sobrerreaccionamos’ contra todo aquello que tiene que ver con la religión. Y que la laicidad se puede llegar a convertir también en una forma de fetichismo, que bloquea cualquier debate. Quizá convenga a veces no considerarla, a la religión, como un caso tan especial.

    Si me preguntas por el caso de la ‘procesión atea’, pues por supuesto tampoco comparto la prohibición. Creo que no debería existir un delito tal como “ofensa religiosa”.

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  5. Manuel dice:

    Ok, no lo relacioné con el artículo. Perdona la torpeza.
    Sin duda la religión, sobre todo en occidente, es un blanco fácil. Pero blindarla no es la solución.
    A mí personalmente me da igual el religioso y el que se declara ateo, me parece un debate estéril porque está basado en creencias.
    Totalmente de acuerdo contigo.
    Un saludo.

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  6. Manuel dice:

    En las creencias de los religiosos claro.

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  7. ladoblehelice dice:

    Pues sí.
    Un saludo.

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