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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El desgastado hilo de una vida: Walter Benjamin

(W.B. en la Biblioteca Nacional de Francia, en París, en 1939. Foto: Gisèle Freund)

La única necrológica publicada tras la muerte de uno de los mayores pensadores del siglo pasado apareció en el periódico de los refugiados judíos de Nueva York. El 11 de octubre de 1940, Aufbau informaba del “trágico suicidio del profesor Walter Benjamin, el famoso psicólogo universitario”. Benjamin, sin embargo, nunca fue profesor universitario: su tesis de habilitación fue rechazada en 1925, un revés que marcó su vida y que, sin duda, explica en parte su trágico final, 15 años después. Muerto en una pensión dePortbou, lejos del puerto de Lisboa que debía ponerlo a salvo rumbo a Estados Unidos, fue enterrado en una tumba sin nombre. Jamás fue psicólogo. No sin razón, George Steiner anota sobre esa necrológica en un artículo de Los logócratas: “Hacía falta un Kafka para escribirla”.

La lectura de la Correspondencia que Benjamin mantuvo con su amigo Gershom Scholem, filólogo y historiador, durante los últimos siete años de su vida (1933-1940), que acaba de reeditar Trotta, subraya esa impresión kafkiana sobre el destino de este judío alemán cuya influencia se agranda, como un caño de luz en el túnel del tiempo, cuanto más se aleja de su origen. Además de las catastróficas y conmovedoras penurias económicas y de salud personales de Benjamin (1892-1940), estas cartas reflejan también la tragedia que, desde la llegada de Hitler al poder, se puso en marcha para todos los judíos de Europa. No es de extrañar, por tanto, que tras buscar inútilmente refugio en el Instituto de Horkheimer y Adorno, núcleo de la llamada Escuela de Fráncfurt, Benjamin aludiera a una frase de El Proceso de Kafka para expresar el temor por su futuro: “El Instituto de Ginebra, en cuyo desván, como sabes, se pierde el desgastado hilo de mi vida, se ha trasladado a América”.

Muchas de sus cartas están escritas en Ibiza, donde Benjamin pasó largas temporadas soportando “el carácter francamente desagradable y triste de los hogareños”. El 31 de julio de 1933, con una herida infectada en la pierna, escribe: “Vivo en una habitación de hotel por una peseta diaria (el precio ya indica el aspecto que tiene), y yo mismo me arrastro por la ciudad para solucionar los asuntos más urgentes”. Las noticias desde el Berlín nazificado no eran mejores, y así las transmite a su corresponsal: “La Inspección de Obras y Edificaciones quiere expulsarme de mi vivienda berlinesa, lo cual cuadra en perfecta armonía con mis dificultades económicas, por una parte, y por otra, con mi repugnancia a emprender una lucha inútil para conseguir un espacio en la prensa y la radio de Berlín. Por ahora me mantengo con un poco de dinero para cigarrillos que me ha adelantado Speyer y, en cuanto al resto, vivo de créditos”.

Una situación material que da forma a su obra literaria, cada vez más fragmentaria y dispersa, a medida que la depuración de los periódicos y revistas va cerrándole las puertas, a él y a todos su seudónimos. Pero incluso en el aparentemente relajado marco de una relación epistolar, deslumbra su penetración crítica : “El mundo de Kafka, frecuentemente jovial y habitado por ángeles, es el complemento exacto de su época, que se dispone a suprimir en una medida considerable a los habitantes de este planeta”. Un apunte profético.

El viaje a Palestina

Scholem (1897-1982), en cambio, llevaba una vida mucho más desahogada, aunque modesta, en Palestina, a donde había emigrado a mitad de los años veinte, siguiendo su ideología sionista (el sionismo que entonces prefería un “condominio judeo-árabe” a un Estado propiamente judío, todo sea dicho). El posible viaje a Palestina de Benjamin, ya para su instalación definitiva, ya para una estancia duradera, al que dedican varias cartas, nunca llegó a producirse.

No sólo ese. Y llega a parecer inconcebible que alguien como Benjamin, que tuvo casi 30 domicilios en una década, acabara con tanta obstinación en el lugar equivocado. Todavía en París, con la guerra en marcha, rechazó viajar a Londres donde su ex mujer, Dora Kellner, quiso acogerlo. En lugar de eso, acabaría atravesando la frontera franco-española, camino de Portbou, después de cruzarse en Marsella con varios amigos, entre ellos Hannah Arendt, a la que habló de la posibilidad de su suicidio. Tras su detención en Portbou, y temiendo que la policía franquista lo devolviera la Gestapo, se tragó la morfina con la que viajaba.

La mirada desprendida sobre sí mismo con la que Benjamin expresa su desesperación, resulta conmovedora: “Reflexiona una vez más sobre todo lo que me sucede. Es necesario”. La pregunta que se hace Scholem en el prólogo: “¿Por qué yo no extraje una consecuencia directa, patente en este libro, de las manifestaciones de Benjamin, en parte catastróficas y estremecedoras, acerca de su situación económica?”, se la harán también los lectores. Scholem contesta: “Puedo responder a esta pregunta, pero no quiero”

Archivado en: Público

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