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El fotógrafo que desmaquilló París

Una muestra reúne 30 años de imágenes de Eugène Atget, uno de los padres de la fotografía documental, sobre la capital francesa

El conjunto fotográfico más importante sobre el París de finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, cuya mirada influyó tanto a los surrealistas como a la fotografía documental de Walker Evans, es obra de un actor de provincias que vivió y murió pobre y sin sucesores, que nada quería saber de los movimientos estéticos con los que, instalado en París, se cruzó. El pie de una de las fotografías que tomó de su casa en 1910 y que se exponen ahora en Eugène Atget, París, 1898-1924, inaugurada ayer en la Fundación Mapfre de Madrid, lo deja bien claro: “Interior de la vivienda de un actor dramático”.

Eugène Atget (1857-1927) era, en efecto, un actor de teatro francés, “al que una afección de garganta lo retiró”, según el comisario de la muestra, Carlos Gollonet. Walter Benjamin, en su Pequeña historia de la fotografía, daba también noticia de este fotógrafo con evocadora precisión: “Atget fue un actor que, asqueado de su oficio, lavó su máscara y se puso luego a desmaquillar también la realidad”.

Esta muestra recoge ahora una exquisita selección de las casi 4.000 fotografías que dejó a su muerte: más de 200 imágenes (salvo nueve, todas positivadas por el propio Atget) consagradas a la ciudad en la que vivió los últimos 40 años de su vida. Pero no el París de la Belle Époque, precisamente. Atget fotografió el París en vías de extinción, de ahí que su obra recorra los callejones sin salida de los suburbios, entre en los patios interiores, se detenga ante vendedores de paraguas o de lámparas, organilleros y cantantes ambulantes en mitad de la calle, o refleje los maniquíes y los juguetes de los escaparates.

El largo tiempo de exposición al que Atget sometió París, con múltiples series que se alargan hasta 20 y 30 años, impiden cualquier ordenación cronológica de su obra, de ahí que el comisario haya optado por una ordenación temática, reflejo del deambular del autor: Pequeños oficios, tipos y comercios parisinos, Las calles de París, Ornamentos, Interiores, Los coches, Jardines, El Sena, Las calles de París, Extramuros y Alrededores de París. Que a pesar del título de esos capítulos, tan familiares a cualquier guía turística, ni una sola de sus fotografías parezca una postal de la ciudad de las luces, prueba la sorprendente originalidad de una mirada volcada sobre las cosas.

Documentos para artistas

Hay, además, una sala dedicada en exclusiva a reproducir las 43 fotografías que Man Ray compró a Atget y que completan dos aspectos importantes de su trabajo, apenas representados en los fondos del museo parisino que aporta la mayoría de las obras: imágenes de desnudos y de escaparates. El pope del surrealismo norteamericano y, sobre todo, su asistenta, Berenice Abbot, fueron los primeros en descubrir el talento de Atget, aunque no siempre contaran con su aprobación.

Una fotografía suya, en la que aparece un grupo de parisinos protegiéndose la vista con unas gafas especiales, mientras observan un eclipse, fue publicada en La Révolution Surréaliste bajo el título de Las nuevas conversiones, como si de una contemplación religiosa se tratara: “Ese doble uso de su obra por parte de los surrealistas no le hacía ninguna gracia”, explica el comisario. No en vano, Atget había aceptado que se publicaran sin que saliera su nombre.

Desde que abrió su estudio en 1882, siempre se presentó como un productor de “documentos para artistas”, en un sentido amplio del término, que incluía desde pintores y escultores hasta decoradores y arquitectos, editores, estudiantes y marmolistas. Pero Atget, fotógrafo ambulante y por encargo, era plenamente consciente de su labor como documentalista y arqueólogo, de ahí que a veces anotara, junto a la fecha y el lugar donde habían sido tomadas, su destino: “Va a desaparecer”. Una carta que envió al director de Bellas Artes (algo así como el ministro de Cultura actual) en 1920, para ofrecerle su legado, refleja que era consciente también de su importancia: “Puedo decir que tengo en mi poder todo el viejo París”, se lee. La exposición, que viajará a Rotterdam, París y Sidney, podrá verse en Madrid hasta el 27 de agosto.

 

Con Baudelaire, además de su concepción de la fotografía como “criada” de las grandes artes, Atget compartía el método del flaneur, y así hizo de sus paseos por la ciudad un ejercicio de coleccionismo e historia. Los traperos, los chabolistas, los artistas de circo en los descampados son algunos de los pocos personajes que se ven en estas fotografías, habitantes todos de un París condenado a desaparecer bajo el tiralíneas racional y moderno de Haussmann, iniciador de su regeneración urbana. Una elegía que siempre dejó fuera de foco al autor del crimen y sus huellas, de ahí quizá que decidiera, como subraya el catálogo, “no representar jamás los nuevos barrios construidos a raíz de las reformas de Haussmann”.

Archivado en: Público

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