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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

Gárgaras legales

Principios y derivas de la justicia poética (XII)

El último libro de Janet Malcolm, Iphigenia in Forest Hills: Anatomy of a murder trial, describe el campo de la justicia como una batalla entre dos relatos antagónicos en el que triunfa, no el que más se ajusta a la verdad de los hechos, sino el más consistente. Narrativamente hablando. Mucho de todo eso había ya en su anterior The Crime of Sheila McGough. 

Eso es más o menos lo que yo quise atrapar también con la expresión “justicia poética”. Hay un rasgo, sin embargo, que Malcolm subraya (y sobre el que, de hecho, la neoyorkina ha levantado toda su obra, según esta crítica del Guardian), en el que yo no había reparado lo suficiente y que ahora se me aparece como decisivo a la hora en que los jueces se sientan a escribir sus sentencias. Si luego sus relatos aparecen a veces tan llenos de costuras, torpes atajos con los que buscan mantenerse pegados al tejido de lo real, pero que los acaban devolviendo siempre al interior del texto de la sentencia, no es sólo por pereza, falta de verificación, o soberbia. Por encima de todo eso despunta nuestra inclinación para el autoengaño.

Salvo Manuel Borraz, que es quien me lo ha recordado a mí, nadie se acordará ya de Touhami Handaoui, un marroquí que murió a finales de julio pasado en un hospital de Teruel. Estaba preso, llevaba cinco meses en huelga de hambre y dos años y  medio condenado por una agresión sexual que había sufrido una chica en una urbanización de Torrevieja, Alicante, el 28 de diciembre de 2003. Handaoui, albañil, soltero [según la sentencia, aunque con esposa e hijo según El País] y sin familia en España, habría cumplido 41 años el 1 de octubre próximo.

Los artículos que Marta Garú escribió en el Heraldo de Aragón durante el último mes de vida de Handaoui, y el que publicó post mortem Jesús Duva en El País, son los únicos reseñables de un inventario que se reduce a una lista de teletipos, corta y pega y descanse en paz. (En fin, para quien se lo pregunte: yo supe de esta historia cuando ya no trabajaba en Público). Ninguno, sin embargo, llegaba a encararse con el hechizo del caso y su aterciopelado encaje en el autoengaño colectivo.

Digo autoengaño colectivo porque, contra lo que pueda parecer, a nadie debería tranquilizar que se condene a un hombre  (por mucho que sea moro y esté solo) por violación (por mucho que la víctima esté convencida de que él es su agresor) sin que la investigación haya movido un dedo para contrastar la palabra que lo señala. Sobre todo si, contra el señalamiento, consta en el expediente que el semen recogido de la ropa que la chica llevaba puesta aquella noche del día de los inocentes, era de otro hombre. Y aunque la víctima tenga 13 años.

Menos aún debería tranquilizarnos que eso pueda pasar sin que nadie haga públicos, para empezar, los nombres de los tres máximos responsables: D. José de Madaria Ruvira, Dña Gracia Serrano Ruiz de Alarcón y D. José Teófilo Jiménez Morago, el ponente, que firmaron su sentencia el 23 de febrero de 2009, en Elche. Handaoui murió el 24 de julio pasado protestando contra esa condena.

Y digo que no se encaran con su hechizo central, a pesar de que en sus artículos, Garú hiciera constar que:

Llama la atención, sin embargo, que la única prueba biológica –un resto de semen– que se recogió en la cazadora de la víctima no corresponda con el acusado.,

porque esa frase incisiva, con la que Garú abre el último párrafo, se diluye luego entre todas las comillas con las que sostiene el argumento del tribunal: que es “irrelevante”, que “no afecta” a la credibilidad de la víctima, o que la cazadora era de una “amiga íntima”, como si el hecho de que fuera “íntima” normalizara el que se la pudiera haber prestado manchada de semen.

Y muy a pesar también de que Duva contara en el suyo la escalofriante estupidez con la que nuestro Estado de Derecho confunde la investigación con la casualidad, cuando de detener a un cabeza de turco se trata:

Fue al cuartel de la Guardia Civil de Torrevieja (Alicante) para realizar un trámite relacionado con su coche… y allí mismo fue apresado. Una menor que estaba en el cuartel reconoció su voz y desde el primer momento le acusó de ser el hombre que le había violado.

Empezamos bien, debieron pensar los agentes.

Los dos artículos, sin embargo, al glosar el razonamiento del tribunal dejan de lado la pista central. Los lectores de este blog ya conocen la cháchara: que si lo describió “con precisión“, que si las “500 fotografías” que había en el álbum, o que si los lamentos del abogado defensor porque el acusado “apenas le facilitó pistas o datos que sirviesen para desvirtuar las acusaciones del fiscal”. Ya sabemos que la justicia poética adorna siempre la culpa de sus cadáveres, después de  condenarlos porque no han logrado demostrar su inocencia.

Y lo más importante tampoco es cómo justifican su conclusión de que el semen de la chaqueta no tenía nada que ver con la felación de Torrevieja:

“distinto hubiera sido que la muestra de semen se hubiera obtenido en la boca de la menor”,

se lee en la sentencia. Porque, si tan finos eran los jueces y el fiscal, como para preferirlo en boca, que acartonado y seco, dado que además la chaqueta era de una amiga “que tenía un amigo aunque no sabe si mantenían relaciones sexuales”, bien podrían haber llamado a la amiga para preguntarle si las mantenía y si cuando se la prestó, iba manchada. Si hubiera dicho que quizá sí, tendrían que haberle preguntado el nombre del amigo, y una vez localizado, comparar su código genético con el de la mancha: y sólo entonces descartar, de confirmarse la coincidencia, la duda razonable que sobre la culpabilidad de Touhami Handaoui ese dato introducía. Pero claro, la amiga “se marchó a Murcia perdiendo el contacto”, así que los investigadores [ahora releo “investigadores” y me da la risa] prefirieron condenar al moro antes que marcar el prefijo de la provincia limítrofe, incluso si también empieza por 96. El Fiscal se llamaba José Antonio Artieda Gracia.

En fin, nada nuevo y nada que me hubiera hecho volver otra vez a esto, porque habiendo aceptado ya que lo relevante es lo a gusto que nos quedamos sabiendo, en este tiempo de barra libre, que alguien ha pagado por algo, ¿a qué interrumpir la siesta de los justos? Pero sí hay algo nuevo, o por lo menos algo que sólo ahora veo con su justa relevancia: lo importante son las gárgaras.

Las gárgaras con las que el ponente se autoengaña hasta creerse que la fuente del derecho mana por su boca:

Por otro lado, la credibilidad que merece la declaración de la víctima para este Tribunal no se ve afectada por el informe del Instituto Nacional de Toxicología (folios 93, 94, 146, 147 y 148) en el que se sostiene que el vestigio de semen aparecido en la cazadora de la víctima no pertenece al procesado, ya que resulta completamente irrelevante en lo que concierne a la calificación y punición del hecho delictivo, como en lo que atañe a la autoría del mismo. Lo primero porque el tipo penal no exige la eyaculación para su consumación”.

Lo segundo, por lo que ya he explicado del semen, la boca y la chaqueta.

Así que acabemos con lo primero. “El tipo penal no exige la eyaculación para su consumación”. Traduzco: no hace falta que eyacule para que los hechos deban calificarse como violación. Así que, en efecto, la muestra resulta “completamente irrelevante” para la “calificación” del hecho delictivo, pero nunca, y aquí es donde patina su prosa engrasada, puede resultarlo para “la punición del hecho delictivo”. Es así como el diminuto cuerpo del condenado, que aparentemente está sólo en la segunda parte del razonamiento, es encajonado a la fuerza, como en un viejo número de circo, en la primera. Porque no puede haber punición, castigo, sin castigado, y para llegar a él, en caso de violación, no hay prueba más determinante que el semen recogido en el cuerpo o las ropas de la víctima.

Pero, ¿cómo  va a ser irrelevante en un caso de violación la identidad del semen analizado? No puede serlo, desde luego, pero tiene que serlo: y de ahí toda esa gimnasia lingüística para que parezca normal lo inconcebible. Ésa es la descomunal fuerza con la que el autoengaño nubla la vista de los jueces y deforma la sentencia, que dictan a tientas. Frente a eso, que insistan además en que la muestra era “escasa”, como si importara el tamaño, es una gota de tinta en el océano. Tan inútil como esta entrada.

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Archivado en: Justicia poética, Principios (y derivas) de la justicia poética

5 Responses

  1. Bernard Tieck dice:

    No, Braulio, no creo que la entrada sea inútil -aunque, en efecto, lo parece.

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  2. estupefacto dice:

    Inocente o no, del personaje aún no se sabe prácticamente nada. De hecho, El País, en la noticia del 31 de julio, lo presenta como soltero y, líneas más abajo, con esposa e hijo (si leen la noticia verán que no es un detalle menor…).
    ¿Un perfecto desconocido? Pero, ¿cómo?, si basta buscarlo por el nombre de pila que citó la prensa, Tohuami, para que Google encuentre casi 9.000 resultados, ¡y todos sobre su caso!¡Menudo lujo!
    Pues sí. Un perfecto desconocido del que se han dicho cuatro tristes cosas que repetidas y escampadas por la red abultan mucho, pero sólo eso. La mayoría de las noticias ni siquiera citan bien su nombre. Nadie se llama Tohuami, ni siquiera el recluso fallecido. Así que esos casi 9.000 resultados “exclusivos” no son un lujo sino todo un monumento a la ineptitud periodística.

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  3. Querido Braulio, inútiles son muchas cosas, y esta entrada no es una de ellas.
    Una manera de evitar estas injusticias son denunciarlas, y en eso tú has hecho una gran labor.
    Un abrazo y a seguir al pie del cañón.

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  4. ladoblehelice dice:

    Bernard y Manuel: sí, a mí también me gusta pensar eso.
    Gracias, en todo caso, y saludos.

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  5. […] Me hubiera gustado leer esa sentencia que tiene que dictar todavía el Supremo, para ver qué gargaras legales hacían esta vez: porque el primer informe de ADN ya era exculpatorio y sin embargo el tribunal no […]

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