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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

El juez, el historiador y la prueba

La legítima exasperación que ha provocado la historiografía inspirada por un modelo judicial tiende, cada vez más a menudo, a englobar también aquello que justificaba la analogía entre historiador y juez formulada, quizá por primera vez, por el erudito jesuita Henri Griffet: la noción de prueba. […]

Para muchos historiadores, la noción de prueba ya no está de moda, al igual que la de verdad, a la cual está unida por un lazo histórico (y por tanto no necesario) muy fuerte. Las razones de esta desvalorización son numerosas y no son todas de orden intelectual. Una de ellas es, sin dudarlo, el éxito exagerado que ha obtenido a un lado y otro del Atlántico, en Estados Unidos y en Francia, el término “representación”. […] Dicho de otro modo, se analizan las fuentes (escritas, inoconográficas, etc..) en tanto que testimonios de “representaciones” sociales pero, al mismo tiempo, se rechaza, como una imperdonable ingenuidad positivista, la posibilidad de analizar las relaciones entre esos testimonios y las realidades que designan o representan. […]

Para mí, como para muchos otros, las nociones de “prueba” y “verdad” son, al contrario, parte integrante del oficio de historiador. Eso no implica evidentemente que fenómenos inexistentes no sean significativos en el plano histórico: Bloch y Lefebvre nos han enseñado lo contrario desde hace mucho. Pero el análisis de las representaciones no puede hacer abstracción del principio de realidad. La inexistencia de   bandas de brigands [bandidos] vuelve más significativo (en tanto que más profundo y revelador) el miedo de los campesinos franceses durante el verano de 1789. Un historiador tiene el derecho de detectar un problema allí donde un juez vería un no-lugar. He ahí una importante divergencia, que sin embargo supone un elemento capaz de unir a historiadores y jueces: el uso de la prueba. El oficio de unos y de otros se funda sobre la posibilidad de probar, en función de reglas determinadas, que x ha hecho y; x pudiendo designar indiferentemente el protagonista, eventualmente anónimo, de un acontecimiento histórico o el sujeto implicado en un proceso penal; e y un acción cualquiera.

Pero no siempre es posible obtener una prueba.

Carlo Ginzburg, Le juge et l’historien: considérations en marge du procès Sofri, Verdier, 1997. [Traducción urgente]

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Un caso literario

Cuando la verdad, abandonada a la literatura, se hizo patente en la vida cotidiana con toda su trágica crudeza y ya fue imposible ignorarla o disimularla, pareció engendrada por la literatura. […] La impresión de que es, por así decirlo, un caso literario se debe sobre todo a esa fuga o abstracción de la realidad, a ese paso de los hechos –en el momento de ocurrir y aún más al contemplarlos luego en conjunto– a una dimensión imaginativa o fantástica de impecable coherencia lógica, de la que resulta una constante ambigüedad: tanta perfección no puede darse más que en la imaginación, en la fantasía , no en la realidad. Por decirlo con una boutade: uno puede escapar de la policía italiana –tal como está entrenada, organizada y dirigida–, pero no del cálculo de probabilidades.

Leonardo Sciascia, El caso Moro, Tusquets, 2010.

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Justicia creativa: los nombres de la cosa

A medio camino entre la justicia y la ley, los árbitros del TAS han descubierto un concepto que podría llamarse justicia creativa. Otros lo podrían llamar sentencia con final abierto, como si fuera una novela del nouveau roman o una película de la nouvelle vague, y criticar su ambigüedad como ilógica –decretando que el arma homicida es un suplemento nutritivo contaminado desconocido han logrado dar vida a un descubrimiento de hecho basado en una prueba cuando al mismo tiempo reconocen que no hay prueba–, pero nadie le podrá negar la virtud de que hace feliz a todos los actores implicados. Y eso cuando, dada la duración laberíntica de todo el proceso, previamente se había llegado a la conclusión unánime de que dejaría descontentas a todas las partes. Es la sentencia perfecta, claro.

Justicia creativa, Carlos Arribas, El País, hoy.

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En el juicio a Garzón, apoyado en una columna

Querido M.

Me preguntabas en tu último correo por el segundo juicio a Garzón. “¿Y nos vas a explicar qué pasa con Garzón?”, refiriéndote seguramente a este blog. De momento, no puedo hacerlo, porque lo que ha me ha llevado hasta allí impone, por ahora, un caballeroso pacto de silencio. Tampoco sé si alguna vez lo romperé. Pero no me resisto a cortar y pegar aquí una columna que he leído al llegar casa, después de la sesión de hoy, en la que han seguido declarando familiares y testigos, víctimas. Es, probablemente, una de las columnas más importante y  más verdadera, que se pueda leer hoy (aunque se escribió hace una semana) en un periódico español. Pero mucho me temo también que es una de las más inútiles. Un abrazo transatlántico.

La politización de la justicia

El propósito del ministerio de Justicia de devolver a los jueces la capacidad de autogobernarse es un acierto. Cualquier insistencia en desvincular la relación automática de la justicia con la soberanía popular es positiva. Por desgracia esta medida es condición necesaria, pero no suficiente para acabar con la politización de la justicia. España ha tenido una justicia subordinada a la política cuando el Parlamento ha elegido a los miembros del Consejo General del Poder Judicial y también cuando los han elegido los jueces. Los responsables principales de esta situación han sido los propios jueces y uno de los aciertos de esta devolución prevista es que deja en sus manos la solución del problema y los subraya con el dedo de la responsabilidad.

Pero no será fácil. Los jueces españoles están inmersos en un sistema cultural donde la objetividad de las decisiones está arruinada. Donde nadie, ni jueces, ni historiadores, ni periodistas ni políticos, y ni siquiera algunos científicos, se muestran dispuestos a reconocer la huella de lo real fuera del rígido zapato de sus convicciones. El problema no es únicamente español, pero no conozco otro paisaje epistemológico donde el desprecio a la objetividad sea tan evidente y ofensivo. No es una u otra decisión política la que nos ha llevado hasta esta situación, sino una cultura. Una cultura y, sobre todo, una pereza.

La objetividad es difícil. Exige más gasto cerebral. Y también económico. Cuanto más precarias son las comunidades más es el grupo un garantía de supervivencia. Y la politización de la justicia sólo es un intento de buscar la protección del grupo. Obviamente esa protección implica no contrariar las decisiones colectivas, y no contrariar las decisiones colectivas supone muchas veces renunciar a las propias. Cuando alguien se asombra de que en los partidos políticos no existan voces disonantes el asombrado soy yo: la voz disonante requiere de una cierta disponibilidad económica. No sólo en los partidos políticos: en cualquier institución poderosa. Cuando se dice, e incluso con ínfulas intelectuales, que la objetividad no existe, lo que se está diciendo en realidad es que no podemos pagarla. También les pasa a los periódicos: las opiniones son baratas. ¡Los jueces se politizan porque tienen que vivir!

En la politización hay, por último, poderosas razones psicológicas: la objetividad da soledad y frío.

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