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La continuación del periodismo, pero por otros medios.

La novela, ese invento de la imprenta (III)

[1]  “Sorprendentemente, entre los comentaristas sociales y políticos de la literatura pocos han prestado atención a la propia historicidad de la literatura. Sabemos, sin embargo, que clasificar el arte de escribir bajo la noción de “literatura” no es algo tan antiguo. Podemos remontar su origen a aproximadamente el comienzo del siglo XIX. Pero los críticos no han deducido a menudo ninguna consecuencia de ello”.

[2] “La “indiferencia” de la escritura, la práctica de una lectura sintomática y la ambigüedad política de esa lectura se tejen sobre una misma tela. Y esa tela podría ser la literatura como tal: literatura concebida no como el arte de escribir en general ni como un estado particular del lenguaje [specific state of the language], sino un modo histórico de visibilidad de la escritura, un nexo específico entre un sistema de significado de las palabras y un sistema de visibilidad de las cosas”.

[3] (Histórico, pero también literario). “El nuevo principio fue establecido con toda crudeza por Flaubert: no hay temas altos ni bajos. Mejor aún: no hay tema en absoluto, ya que el estilo es una forma absoluta de ver las cosas. Esta absolutización del estilo ha podido luego identificarse con una posición a-política o aristocrática. Pero en la época de Flaubert, solo podía interpretarse como un principio igualitario radical, alterando por completo el sistema de representación, el antiguo régimen del arte de escribir. […] La ‘aristocrática’ absolutización del estilo iba de la mano del ‘democrático’ principio de indiferencia”.

[4] “Es en este sentido que la literatura opuso su “democracia” a la jerarquía de la representación. Cuando Voltaire explicó el poder de las tragedias de Corneille, usó un argumento significativo. Afirmó que las tragedias se ponían en escena frente a una audiencia compuesta por oradores, magistrados, predicadores y generales. Desgraciadamente, asumía, la audiencia de su propia época ya no estaba compuesta por esos especialistas del mundo de la acción. Estaba formada únicamente, dijo, por “unos cuantos jóvenes caballeros y señoritas jóvenes”. Lo quería decir por cualquiera, nadie, sin destinatario. El régimen representacional de la escritura se basaba en la idea definida del discurso-acto. Escribir era hablar. Y hablar se veía como el acto del orador que trata de persuadir a la asamblea popular (incluso cuando no había tal asamblea popular). Se veía como el acto del predicador fortaleciendo las almas o el general arengando a sus tropas. El poder figurativo [representational] de hacer arte con las palabras estaba ligado al poder de una jerarquía social basada en la capacidad de dirigir un tipo apropiado de discurso a un tipo apropiado de audiencia. ”

[5] “Flaubert y sus coetáneos, al contrario, se dirigían a la audiencia estigmatizada por Voltaire: unos cuántas jóvenes señoritas y unos cuántos jóvenes caballeros. Literatura es el nuevo régimen de escritura en el que el escritor es cualquiera y cualquiera es el lector. ”

[6] “Literatura es el arte de escribir que se dirige específicamente a aquellos que no deberían leer”.

[7] Sobre la manera en que el mismo nombre de literatura, en este nuevo sentido, sustituyó al viejo de ‘belle-lettres’: “Este punto de inflexión presenta dos rasgos destacados. Primero, no señala ninguna novedad en la práctica de la escritura. Lo que había cambiado era la visibilidad de la escritura”. (¿No?)

[8] “El novelista escribe para gente que no debería leer novelas”.

[9] Importante revisar lo que los contemporáneos de la alta cultura dijeron de Flaubert: lo odiaban por lo mismo que ahora los nuestros pretenden amarlo.

Jacques Rancière, The Politics of Literature,

SubStance 103, Vol. 33, no. 1, 2004.

***

Nota: Estas notas no son provisionales sólo por su contenido y su forma, como suelen: éstas  además han sido traducidas a bote pronto del inglés.

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La novela, ese invento de la imprenta (II)

El corte de la cita de Piglia del otro día tenía truco: dejaba fuera la última frase: “Me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear. Ese es el problema, pero sobre eso no tenemos respuesta.”

Así es: no tenemos respuesta.

Se plantea entonces el problema de cómo responder a la pregunta que nos estamos haciendo: ¿cómo transformará internet el arte de escribir, si arte fuera? El problema del método.

Apenas nos sirve la actualidad, por lo que dice Piglia: a estas horas, no tenemos respuesta (¡y es la hora del cierre!). Los cambios se producen tan a largo plazo, de forma tan lenta y cuesta tanto percibirlos, que casi parecen una forma de mineralización.

De ahí que convenga escarbar y volverse sobre la invención de la imprenta y sus consecuencias sobre la literatura. Porque manejamos el criterio de Benjamin: que ciertos cambios técnicos producen cambios en la escritura; y en concreto en la narración escrita. Y porque no hay mejor ejemplo para poner ese criterio a prueba.

(Añadir que lo que dice Benjamin para la narración (El narrador, La obra de arte en la época…., Calle de dirección única, y algún sitio más) es una postura generalizable: todas las herramientas informan las cosas que con ellas creamos, con mayor o menor libertad. La preeminencia de las formas redondas (¿es así?) en la alfarería es una consecuencia directa (¿inevitable?) de la invención del torno (ejemplo de Ferlosio, creo)).

Habrá que explicar a partir de aquí en qué sentido decimos que la novela es un invento de la imprenta: en uno preciso (por repetir un ejemplo) pero también ambiguo (porque en parte deja flotando la idea): en el mismo sentido que (¿Mairena?) dijo que las masas son un invento de la metralleta.

Por último, habrá que manosear dos ideas que cuesta mucho arrancar de ciertas manos. Lo que hoy llamamos literatura no ha existido siempre (aunque pueda ser más o menos discutible; así lo defiende Miguel Morey a partir de Foucault en La invención de la literatura, creo; y así lo ve también Rancière en Politique de la littérature: la literatura como régimen históricamente determinado del arte de escribir). Es decir, que no había literatura, lo que más o menos llamamos literatura todavía hoy, antes de la imprenta.

Lo importante es, insisto, la relación de la imprenta con la literatura: para ello, hay dos o tres textos bellísimos de Carlo Ginzburg: sobre el molinero cósmico, pero también sobre narración, conocimiento e historia…

En fin, eso se planteará más o menos con una intención polémica (pero sincera y con voluntad de acuerdo). Pero sobre todo lo que se defenderá es que no siempre ha habido novelas. Que las Novelas griegas a las que se refiere Manguel en la entrevista, no eran novelas en el mismo sentido (histórico, pero también literario) que lo es Madame Bovary (o El Quijote, claro) y lo son todas las que después le han seguido.

Esto se lo pregunté personalmente a Jaume Aguilar (amigo) y estudioso del mundo griego, que me contestó con la precaución de los eruditos:

Vaya por delante que la novela aparece de manera tardía en Grecia (siglos II-I a.C.), una época en la que no me siento muy cómodo para decir nada con pies y cabeza, pues ya sabe que las cuatro cosas que sé sobre Grecia son de época arcaica.

En fin, no me resisto tampoco a citar otro párrafo de su respuesta, porque es un poco lo que yo quería decir también al principio de todo esto, pero resulta que ya él lo había resumido entonces:

Así pues, en cierto sentido, no se puede hablar de novela sólo a partir de la imprenta (recuerda que la intención de Guttenberg era utilizar su invento para imprimir biblias y clásicos grecolatinos; nunca se le había pasado por la cabeza algo como “Amazon”). La principal diferencia entre la novela antigua y la moderna, no obstante, sí que en parte es la aparición de la imprenta porque con ella nace la literatura. Las formas “novelescas” antiguas todavía están empapadas de mecanismos a caballo entre la oralidad y la escritura (“auralidad” como dicen algunos), todavía debemos imaginarnos su recepción un poco como lo que hacían nuestros abuelos cuando se reunían en torno de un transistor para escuchar el “serial” o lo que fuera: una persona leyendo y varias escuchando, compartiendo una serie de códigos, una serie de historias. A partir de la imprenta, ya no hay marcha atrás y la lectura individual y la escritura desprovista de oralidad triunfan, como bien sabe. Cuando se empieza a escribir “para la imprenta”, nace lo que hoy llamamos literatura. Nace el texto, nace un modo de aprender, debatir, estudiar, debatir, discutir.

Todo es interesante en este párrafo, y en varios sentidos: la referencia a la intención de Guttenberg y cómo el invento se le fue de las manos; el nacimiento de la literatura; “la escritura desprovista de oralidad”; en fin, el texto.

Aún así, “a caballo” iban tirados los coches (de caballos) de los antiguos, pero los coches modernos de los que hablamos hoy son, en demasiados sentidos, otra cosa… (Se podría, igualmente, escribir sobre lo que de sustancial siga manteniéndose, pero aquí nos interesan las diferencias…) Así que se insistirá por ello en que la novela, dicho sea con todas las precauciones que convengan, para empezar las que señala José Luis Pardo en uno de sus ensayos de Nunca fue tan hermosa la basura (lo veremos), es sobre todo un invento de la imprenta.

Hay una última cosa que me interesa de aquella respuesta de Jaume, y que enlazará con lo que dice Rancière… y lo que a su modo ocupa el horizonte del ensayo de Pardo: la manera como la literatura (entre otras formas de narrar) informa la comunidad que la recibe y entre la que circula.

 “Los antiguos no prestaron mucha atención a la novela y dejaron perder los manuscritos (consideraban que era una lectura propia de mujeres y esclavos)”. [cursiva mía]

¿Qué escritura y qué comunidad nos estará inventando internet sin que lo sepamos?

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La novela, ese invento de la imprenta (I)

¿Cambiará internet la manera en que escribimos? Esa pregunta, que está en el titular del reportaje de hoy de El País sobre el “nuevo paradigma del escritor“, se queda sin respuesta en el cuerpo desviado del texto. Ocurre a menudo: el titular anuncia una indagación sobre los cambios en la creación literaria y el reportaje acaba recopilando datos y opiniones sobre la manera en que la distribución digital de la escritura está cambiando.

Durante el año que trabajé en la sección de Culturas del diario Público, yo también planteé esa pregunta a una decena de novelistas, ensayistas y filósofos: de Fernández Mallo a Alberto Manguel, de Jacques Rancière a Henry Jenkins, todos respondieron con paciencia, y más o menos detalle, a mi interés, generalmente al margen del tema que nos había convocado. Mención especial merece Ricardo Piglia, y no sólo porque lo sufriera dos veces: en el Festival Eñe de Montevideo de 2010 y en Madrid, durante unas jornadas sobre Borges en junio de 2011. También porque fue el que más interés mostró en la cuestión, seguramente porque es el más benjaminiano de todos.  (Para mí sigue siendo mucho más iluminador leer algunos textos de Walter Benjamin para entender la implicaciones culturales de todo lo digital, a pesar de que fueron escritos hace ochenta años, que las últimas noticias de pasado mañana.)

Sin embargo, nunca incluí lo más interesante de esas respuestas al transcribir luego las conversaciones, aunque sí lo que se refería a la respuesta habitual: la distribución y el consumo, e incluso el maridaje de palabra e imágenes. A veces porque nunca cabía, siempre porque en ocasiones me podía un cierto pudor: me interesaba mucho y personalmente todo aquello, así que debí ir poniéndolo inconscientemente a salvo, algo así como los poemas que escribías en el instituto. Piglia señaló explícitamente el cambio de registro, con Manguel enfrente: “Me parece que nosotros estamos planteando un problema que en general no es el que aparece cuando se discute. No estamos hablando de cómo cambia la circulación y el consumo de los textos. El problema más serio es si eso va a cambiar el modo de crear, los modos de producir.” Pude meterlo en el último párrafo, pero es que Piglia había llegado a hablar del “estilo indirecto libre” y su relación con la imprenta: lo cual me pareció un hallazgo, pero impublicable.

Los blogs son una forma generalizada de decir Yo después de ese último párrafo. Y entiéndaseme: la generalización no afecta sólo a la herramienta: Yo lo dice cualquiera.

Así que, dado que la pregunta me sigue interesando y las respuestas que leo me siguen sin interesar, voy a volver aquí sobre los caminos abandonados entonces. Todo lo cual, dicho sea paso, viene a cuento porque me servirá también de prólogo a una nueva aventura.

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